Militantes de cristal: El dedo que toca la pantalla

Lucía terminó de untarle dulce de leche a la tostada cuando su feed le mostró el video: un edificio colapsando en Kiev, humo negro, gritos que atraviesan idiomas. Sin soltar la tostada, con la otra mano desliza el dedo hacia arriba y comparte la publicación. «Liberen Ucrania», escribe, y agrega tres emojis de corazón roto. La tostada ya se enfrió cuando termina de elegir el filtro perfecto para su story. Son las 8:47 de una mañana cualquiera en Buenos Aires, y Lucía acaba de militar.
¿O no?
Esta es la paradoja de nuestro tiempo: la distancia entre el dedo que toca la pantalla y el puño que se alza al aire se ha vuelto abismal, pero también imperceptible. Vivimos la época del activismo de sofá, esa militancia cómoda que se ejerce desde la intimidad del hogar, entre un mate y una serie de Netflix, donde las causas se abrazan con la misma facilidad con que se cambia de canal.
La revolución de bolsillo
Hay algo profundamente contradictorio en sostener la revolución en la palma de la mano. El mismo dispositivo que nos conecta con las injusticias del mundo nos desconecta de nuestro entorno inmediato. Mientras Lucía comparte contenido sobre la crisis humanitaria en Medio Oriente, ignora al vendedor ambulante que toca el portero de su edificio cada mañana. La pantalla se convierte en un espejo deformante: amplifica causas lejanas mientras achica las cercanas.
Pero sería injusto reducir este fenómeno a mera hipocresía. En 1968, los estudiantes franceses necesitaban imprimir panfletos clandestinos y tomarle las calles a la policía para que sus ideas llegaran a mil personas. Hoy, una adolescente de quince años puede viralizarle un mensaje sobre derechos LGBTI+ a un millón de usuarios mientras finge prestar atención en una clase de Zoom. La democratización de la palabra es, sin dudas, revolucionaria. La pregunta es qué hacemos con esa revolución.
Las Panteras Negras sabían que cada desayuno gratuito que servían en Oakland era un acto político concreto. Las Madres de Plaza de Mayo entendían que cada jueves de caminata era un paso hacia la verdad. El Cordobazo no se gestó desde hashtags sino desde la fábrica, la calle, el cuerpo que se planta frente al poder. Había una materialidad en la militancia que hoy se ha volatilizado en likes y retweets.
El algoritmo de la indignación
Las redes sociales no son neutrales. Su lógica comercial premia el contenido que genera engagement, y nada genera más engagement que la indignación. Los algoritmos han aprendido que un corazón partido o un puño alzado mantienen más tiempo los ojos pegados a la pantalla que una reflexión pausada o una propuesta constructiva. Así, nuestros feeds se convierten en máquinas de emociones intensas y fugaces: nos indignamos por la mañana, nos conmovemos al mediodía, nos solidarizamos por la tarde.
Esta lógica transforma las causas en mercancía emocional. El activismo digital opera bajo las mismas reglas que el marketing: segmentación de audiencias, construcción de brand personal, viralización de contenidos. La diferencia entre un influencer que promociona un shampoo y otro que promociona una causa social se desdibuja cuando ambos operan con las mismas herramientas y persiguen las mismas métricas.
Martina, estudiante de sociología, tiene más de treinta mil seguidores en Instagram. Sus stories combinan outfits aesthetic con estadísticas sobre femicidios, rutinas de skincare con denuncias sobre extractivismo. «Mi cuenta es política», dice, y no miente. Pero su política es también una marca, una identidad curada que genera capital social. Cada causa que abraza suma a su perfil de «chica consciente»; cada injusticia que denuncia fortalece su credibilidad progresista.
El marketing de la salvación
Las marcas detectaron la oportunidad antes que nadie. Hoy es imposible caminar por Palermo sin encontrar un café que «apoya la diversidad», una marca de ropa que «dona el 10% de sus ganancias» o una empresa que se pronuncia sobre cada efeméride progresista. El June is Pride Month se convirtió en una temporada comercial, donde las mismas corporaciones que durante once meses ignoran la diversidad sexual, en junio tiñen sus logos de arco iris.
«En este local apoyamos el amor», dice el cartel de una hamburguería que paga sueldos por debajo del mínimo vital. «Cada compra salva el planeta», promete una marca de fast fashion que contamina ríos en Bangladesh. El capitalismo demostró una vez más su capacidad camaleónica: no solo no se opone al activismo, sino que lo fagocita, lo digiere y lo convierte en estrategia de marketing.
Los gobiernos aprendieron la lección. Funcionarios que votan en contra de la legalización del aborto se toman fotos con pañuelos verdes. Intendentes que no garantizan agua potable en sus ciudades inauguran campañas contra el cambio climático. La causa se vuelve escenografía; el activismo, puesta en escena.
Las emociones del scroll infinito
Detrás de cada compartir, de cada like, de cada story solidario, operan emociones complejas que van mucho más allá de la simple empatía. Está la culpa del privilegio, que se alivia con un gesto digital. Está el deseo de pertenencia a una tribu ideológica, que se confirma compartiendo los contenidos correctos. Está la necesidad de construir una identidad pública coherente con los valores que queremos proyectar.
Pero también está, y esto es lo más inquietante, la sensación de haber cumplido. El cerebro no distingue entre la satisfacción de ayudar concretamente y la satisfacción de haber expresado la intención de ayudar. Compartir un posteo sobre el hambre infantil activa los mismos circuitos de recompensa que donar comida a un comedor. La diferencia es que lo primero cuesta cero esfuerzo y genera reconocimiento social inmediato.
Esta trampa neurológica convierte el activismo digital en una forma sutil de anestesia. Nos permite sentirnos comprometidos sin comprometernos, solidarios sin sacrificio, revolucionarios sin revolución. El resultado es una generación de militantes satisfechos que nunca pusieron un pie en una asamblea, que jamás sostuvieron una olla popular, que desconocen el teléfono de su concejal.
Entre la acción y la actuación
Sin embargo, sería un error desestimar completamente este fenómeno. Las redes sociales han visibilizado causas que antes permanecían ocultas, han conectado luchas dispersas geográficamente, han permitido que voces históricamente silenciadas encuentren amplificación. El #MeToo no habría sido posible sin Twitter; el #NiUnaMenos nació como hashtag antes que como marcha.
Además, existe una generación que creció digitalmente y para la cual la frontera entre lo online y lo offline es cada vez más difusa. Para ellos, compartir un contenido político no es menos real que pegar un afiche en la calle. Su militancia es nativa digital, y quizás deberíamos evaluarla con parámetros propios en lugar de compararla nostálgicamente con las formas de activismo del siglo XX.
El problema surge cuando la acción digital reemplaza completamente a la acción material, cuando el click se vuelve coartada para la inacción. Porque las injusticias no se resuelven con awareness sino con políticas públicas, no se combaten con visibilización sino con organización, no se erradican con empatía sino con poder.
El espejo deformante
Vuelvo a Lucía, que ya terminó su desayuno y se prepara para salir al trabajo. En el subte revisa las notificaciones: su story sobre Ucrania tuvo doscientos views y quince reacciones. Se siente bien. Ha hecho su parte. Pero en el vagón, una mujer mayor no consigue asiento y Lucía mira hacia otro lado, concentrada en su pantalla.
Esta imagen contiene toda la complejidad de nuestro tiempo: somos capaces de conmovernos genuinamente por tragedias que ocurren a diez mil kilómetros pero permanecemos ciegos a las que suceden a dos metros. Lloramos por los refugiados sirios pero ignoramos a los migrantes bolivianos de nuestro barrio. Nos indignamos por la deforestación del Amazonas pero no separamos la basura en casa.
No es crueldad ni cinismo. Es la consecuencia inevitable de vivir en un mundo hipermediatizado donde las causas compiten por nuestra atención limitada y donde la proximidad emocional no tiene correlación con la proximidad física. El dolor ajeno se democratizó, pero también se banalizó. Sufrimos por todo y por nada, nos comprometemos con todas las causas y con ninguna.
La pregunta que queda
Quizás la respuesta no sea elegir entre el activismo digital y el presencial, entre la militancia de sofá y la de asfalto. Quizás la clave esté en encontrar puentes, en convertir la indignación virtual en organización real, en traducir los likes en votos, los shares en presencia.
Pero mientras busco esos puentes, me queda una imagen que no puedo sacudir: la de millones de personas tocando simultáneamente la misma pantalla, creyendo que sus dedos se tocan entre sí, cuando en realidad cada una está sola con su dispositivo, en su burbuja, abrazando su reflejo en el cristal. ¿Es esa conexión ilusoria mejor que la desconexión honesta? ¿O acaso estamos aprendiendo una nueva forma de estar juntos que todavía no sabemos nombrar?
La revolución, si llega, tendrá que decidir si cabe en la palma de una mano.
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