LOS SIETE PECADOS CAPITALES EN LA BUENOS AIRES MODERNA

Tratado moral, guía sentimental y mapa de las tentaciones de una ciudad que peca con estilo y sufre con elegancia
CARTOGRAFÍA DEL PECADO RIOPLATENSE
Existe una ciudad en el sur del mundo que fue diseñada por urbanistas de la torre de Babel, parece haber sido hecha para la contradicción, construida por oleadas de nostalgia, de ambición, de desarraigo y de teatro. Bautizada por un viento que nunca sopla como debería, y habitada por muchas personas que dicen “descender de los barcos” y al mismo tiempo juran descender de ideas. Una ciudad donde se discute a Borges en los taxis y se insulta al prójimo con una inventiva lingüística que haría sonrojar a un marinero genovés. Una ciudad que tiene más psicoanalistas por metro cuadrado que Viena en su apogeo, más parrillas que iglesias, y más opiniones que habitantes. Buenos Aires: la única metrópoli del planeta donde un café puede durar cuatro horas, una discusión política puede acabar con una amistad de treinta años (ademas de dividir familias), y un gol de Boca puede provocar una experiencia mística verificable.
Esta es la ciudad de la furia, esta es la ciudad donde vamos a cometer nuestros pecados.
Porque Buenos Aires peca. Peca con devoción, con constancia, con un refinamiento que los teólogos medievales jamás previeron. Gregorio Magno, cuando en el siglo VI codificó la lista definitiva de los siete pecados capitales —superbia, avaritia, luxuria, ira, gula, invidia, acedia—, pensaba en tentaciones universales, aplicables a cualquier alma cristiana desde Constantinopla hasta los confines de Hispania. Lo que Gregorio no podía imaginar es que, mil quinientos años después, existiría una ciudad en los confines de la tierra capaz de elevar cada uno de esos pecados a la categoría de arte, de deporte nacional, de identidad cultural.
Dante Alighieri le dedicó al pecado una arquitectura de nueve círculos y una geometría de tormentos. Buenos Aires le dedica un ecosistema completo: barrios enteros, horarios específicos, aplicaciones de celular, menús degustación y hashtags. Si el florentino hubiera nacido en Almagro, el Averno de la Divina Comedia tendría como sufrimiento extra expensas astronomicas.
Lo que sigue es un intento —necesariamente imperfecto, inevitablemente parcial— de cartografiar los siete pecados capitales tal como se manifiestan en la Buenos Aires contemporánea. Empezaremos riendo, porque Buenos Aires siempre empieza riendo. Y terminaremos, como corresponde, mirando por la ventana de un departamento racionalista de dos ambientes mientras afuera los jacarandás hacen lo único que saben hacer: florecer sin pedir permiso, hermosos e indiferentes, sobre una ciudad que no para de pecar porque no sabe hacer otra cosa con tanto deseo acumulado.
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PRIMERA PARTE
COMEDIA URBANA EN SIETE ACTOS
- SOBERBIA
O el arte palermitano de creer que uno inventó el mundo
Hay un hombre sentado en un café de Palermo Soho. Tiene treinta y dos años, barba calibrada con la precisión de un relojero suizo, y una remera negra que costó lo suficiente como para no tener ninguna marca visible, porque la verdadera sofisticación, como él explicaría si se lo preguntaras —y aunque no se lo preguntes igual insistira en decirtelo—, consiste en pagar fortunas por la ausencia de logos. Se llama, digamos, Julián. Es director creativo de algo. Nadie sabe exactamente de qué, ni siquiera Julián, pero su perfil de LinkedIn tiene palabras como «coach estratega», «curador de experiencias» y «pensador lateral», que son la versión contemporánea de decir «no tengo un trabajo que mi abuela pueda explicarle a sus amigas».
Julián está sentado frente a un flat white de leche de avena —porque la leche común es para gente que no ha leído a Michael Pollan— y mira su teléfono con esa expresión de quien está a punto de salvar el mundo o de darle like a una story, que en Palermo viene a ser lo mismo. Cuando el mozo le trae la cuenta, Julián no lo mira. No por maldad: es que el mozo no entra en su campo visual. El campo visual de Julián está calibrado para registrar solo tres categorías de estímulos: pantallas, espejos y personas con más seguidores que él.
La soberbia porteña tiene una característica que la distingue de todas las demás soberbias del mundo: es culturalmente argumentada. El soberbio de otras capitales se limita a ignorar al prójimo; el soberbio porteño te explica, con citas de Byung-Chul Han y referencias a una galería que visitó en Berlín en la Straße Bülowstraße, por qué tiene razón al ignorarte. Es una soberbia con bibliografía. Una soberbia con curador.
Hay una frase que funciona como santo y seña de esta tribu: «En Europa esto es distinto». Se pronuncia con los ojos ligeramente entrecerrados, como quien mira un horizonte lejano y más civilizado que haria zapatear de felicidad al tartufo de Domingo Faustino Sarmiento en su tumba. Se usa para todo: para opinar sobre el transporte público, sobre la gastronomía, sobre el diseño de las veredas, sobre la forma en que la gente camina o no camina, sobre la temperatra del café, sobre la democracia, sobre la humedad relativa. «En Europa esto es distinto» es menos una observación sociológica que un mantra existencial: la convicción secreta de que uno nació en el continente equivocado y que su verdadera patria es un departamento en el Marais con piso de roble y vecinos que no escuchan cumbia a todo trapo.
En el barrio de Palermo existe un fenómeno que los antropólogos del futuro estudiarán con la misma fascinación con que hoy estudiamos los rituales de fertilidad del neolítico: la curaduría de todo. Se curan menús, se curan playlists, se curan «experiencias gastronómicas», se curan ramos de flores secas. He visto, con estos ojos que se ha de comer la tierra, un cartel que ofrecía una «experiencia curada de mate artesanal». El mate, esa cosa que nuestros abuelos preparaban con una pava abollada y yerba comprada en el almacén de la esquina, ahora requiere un curador. Pronto necesitará un vernissage.
Pero no nos engañemos. No toda la soberbia vive en Palermo. La soberbia porteña tiene filiales en cada barrio. Está en el taxista que corrige tu pronunciación del francés. En el mozo de Caballito que te mira con desdén porque pediste un cortado «sin espuma» en lugar de un «cortado seco». En la señora de Belgrano que dice «yo soy de Belgrano R» como si la R fuera una condecoración militar. En el tipo que lleva tres cuadras explicándote por qué River es más que un club: es una filosofía, un estado del alma, una posición existencial frente al universo (para no hablar del pene de la estatua del masculado de Gallardo).
La soberbia en Buenos Aires no necesita rascacielos ni yates. Le alcanza con un tono de voz.
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- AVARICIA
O la metafísica del dólar blue y otros misterios de la fe argentina
En Buenos Aires hay una palabra que se pronuncia con la misma reverencia con que un monje tibetano pronuncia «om»: dólar. Dólar blue, dólar MEP, dólar tarjeta, dólar solidario, dólar cripto, dólar turista. Hay más tipos de dólar en Argentina que variedades de malbec, y eso es decir bastante. El porteño promedio no sabe exactamente cómo funciona cada uno, pero los monitorea con la devoción maniática de un astrólogo leyendo las fases de la luna. Porque el dólar, en Buenos Aires, no es una moneda: es un oráculo. Sube, y el país se hunde. Baja, y nadie le cree. Se queda quieto, y la gente sospecha.
La avaricia porteña es hija legítima del trauma. No es la avaricia del millonario que acumula por deporte, como un dragón sentado sobre su montaña de oro. Es la avaricia del sobreviviente. Es la avaricia de quien vio cómo sus ahorros se evaporaban en el corralito del 2001, cómo la inflación convertía un sueldo en papel decorativo, cómo los planes quinquenales duraban menos que un queso crema abierto en la heladera. La avaricia argentina no nace de la codicia: nace del pánico. Nace de tener que pasar el invierno.
Hay un personaje arquetípico de esta economía sentimental: la abuela que guarda dólares en una lata de galletitas Bagley. Existe en cada familia. Es una mujer que sobrevivió a varios gobiernos, dos o tres devaluaciones épicas, al menos un golpe de Estado y a un marido que le decía que «invertir en ladrillos es lo más seguro». La abuela no confía en los bancos, no confía en el gobierno, no confía en el mercado de valores y, si me apuran, no confía del todo en Dios. Confía en la lata. La lata está debajo de la cama, o arriba del placard, o adentro del tanque de agua del baño —hay versiones—, y contiene una cantidad de billetes que nadie conoce con precisión pero que la familia entera calcula con la frecuencia obsesiva con que otros consultan el horóscopo.
Mientras tanto, a pocas cuadras, un desarrollador inmobiliario vende departamentos «premium» de treinta y dos metros cuadrados con vista a una medianera pintada de gris perla. En el folleto dice «luminoso», si claro, luminoso en compracion de las catacumbas del Cafe Tortini porque en la realidad, para que entre un rayo de sol, el astro tendría que tomar el subte, dos colectivos y pedir permiso. El precio, sin embargo, se cotiza en dólares, porque en Buenos Aires hay cosas que no se miden en pesos: los departamentos, los autos usados, los pasajes al exterior y la dignidad. Todo lo demás, en pesos. Y devaluándose. Y para colmo de males, desde que asumio Milei ahora tambien se devalua el dolar. Lo unico que sube, son los precios, siempre para arriba, como burbuja de liberación gaseosa intestinal de buzo
El gran deporte nacional no es el fútbol. Es ganarle a la inflación. Es esa actividad incesante, agotadora, que consiste en mover el dinero de un lado a otro como un jugador de ajedrez paranoico: plazo fijo, Lecap, dólar MEP, FCI money market, cripto, ladrillo. Hay argentinos que no saben cocinar un huevo frito pero manejan cuatro billeteras virtuales, la cuenta DNI y pueden explicarte la curva de rendimiento de un bono soberano con la fluidez de un trader de Wall Street. No lo hacen por ambición. Lo hacen para que el sueldo llegue vivo a fin de mes.
La avaricia en Buenos Aires no se parece a la de Scrooge. Se parece más a la de un náufrago que cuenta las provisiones mirando el horizonte vacío.
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III. LUJURIA
O los algoritmos del deseo en la línea D
Son las ocho y veintitres de la mañana en la estación Palermo de la línea D, y el subte viene lleno. Lleno de verdad: lleno de la manera específica en que se llena el subte de Buenos Aires, que no es la compresión ordenada del metro de Tokio ni el hacinamiento festivo del de Ciudad de México, sino una forma particular de intimidad forzada en la que uno termina sabiendo qué desayunó la persona de al lado —tostadas con queso crema y palta, probablemente, porque es la linea D, si fuera la C serian mates con biscochitos— y compartiendo una cercanía física que en cualquier otro contexto requeriría al menos tres citas previas.
Y ahí está la lujuria. En esa mirada. La que cruza el vagón como un rayo silencioso entre dos desconocidos que jamás se van a hablar pero que durante cuatro estaciones —de Palermo a Facultad de Medicina, digamos— van a sostener un diálogo erótico completo hecho exclusivamente de pestañeos, medias sonrisas y el accidente controlado de un roce de manos en el pasamanos. Es una lujuria elegante, casi literaria: un cuento de Cortázar que dura lo que dura el trayecto y se disuelve en la escalera mecánica.
Pero eso era antes. Antes de las aplicaciones. Antes de que el deseo se convirtiera en un ejercicio de logística digital comparable a pedir comida por delivery. Hoy la lujuria porteña tiene interfaz gráfica y sistema de geolocalización. Se desliza el dedo hacia la derecha y el algoritmo hace el trabajo que antes hacían el azar, la noche, el bar de la esquina y un gin tonic de más. Es eficiente. Es rápido y, hay que decirlo, tan romántico como una hoja de cálculo.
En Recoleta, donde las avenidas son anchas y las expectativas más anchas todavía, las aplicaciones de citas producen un fenómeno sociológico particular: el match aspiracional. Ella tiene veintinueve años, trabaja en consultoría, y en su perfil dice que le gustan «los viajes, el vino y las conversaciones profundas», que es la forma universal de decir «soy una persona sin ningún rasgo particular pero me gustaría que creyeras lo contrario». Él tiene treinta y tres, dice que trabaja en fintech —lo cual puede significar cualquier cosa, desde ser el CEO de una startup hasta manejar un bot de Telegram—, y puso una foto con un golden retriever que no es suyo. Se encuentran un jueves en un bar de Uriarte. Él pide un negroni. Ella pide un aperol spritz. La conversación dura exactamente lo que dura el cóctel: cuarenta y cinco minutos. Hablan de series, de un viaje a Tailandia que él planea hacer «en algún momento», de que Buenos Aires «está cada vez más complicada». A las diez menos cuarto se despiden con un beso en la mejilla y una promesa vaga de repetir que ambos saben que no van a cumplir. El deseo se consumió completo en el intervalo entre el primer sorbo y la cuenta.
La lujuria porteña contemporánea es así: veloz, perfumada, descartable como un vaso de café de especialidad. No es la lujuria mediterránea de balcón y sudor, ni la nórdica de saunas y silencios. Es una lujuria de departamento temporal alquilado por Airbnb, de playlist curada para la ocasión, de preservativo comprado en el Farmacity de la esquina a las once de la noche con la naturalidad de quien compra chicles. Es higiénica, consensuada, efímera. Y en esa eficiencia perfecta hay algo que se pierde: el temblor. Ese temblor del que no sabe si el otro lo va a besar o no, esa electricidad insoportable del tal vez, esa lujuria vieja y desordenada que tenía barro en los zapatos y no necesitaba wifi.
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- IRA
O el arte de convertir una bocina en un grito existencial
El semáforo acaba de ponerse en verde. Han pasado exactamente 0,7 segundos. La bocina ya suena.
No es una bocina cualquiera: es una bocina porteña, que es a la bocina convencional lo que un aria de Verdi es a un silbido. Tiene matices, capas, intenciones. Hay una bocina corta y seca que significa «avanzá». Hay una bocina larga y sostenida que significa «te odio con toda mi alma y me arrepiento de haber nacido en la misma era geológica que vos la recalcada hendidura cavernosa de tu hermana». Hay una doble bocina que es pregunta retórica. Y hay una bocina infinita, desesperada, que ya no le habla a ningún conductor en particular sino al universo entero, a Dios, al intendente, al destino.
Buenos Aires, la ciudad de la furia como bien lo sabia Cerati, es una ciudad iracunda. Iracunda con estilo, iracunda con elocuencia, pero iracunda al fin. La ira porteña no es la rabia muda del londinense que aprieta la mandíbula en el bus ni la explosión napolitana que dura dos minutos y se resuelve con un abrazo. La ira porteña es discursiva, argumentativa, interminable. Es una ira que viene con tesis, antítesis y ninguna síntesis. Se despliega en sobremesas familiares con la fatalidad de un fenómeno climático: empieza con alguien que dice «no hablemos de política» y termina con un tío que no le va a dirigir la palabra a un primo durante los próximos seis meses.
La sobremesa política argentina merece un estudio aparte, una tesis doctoral, una intervención de Naciones Unidas. Es el único evento social del planeta donde un plato de ravioles puede provocar una ruptura diplomática. Funciona así: hay un almuerzo familiar, generalmente un domingo, generalmente con sol, generalmente con postre. Alguien —siempre alguien— menciona algo que escuchó en la radio, o algo que leyó en Twitter, o algo que le dijo el remisero. Para que. La mesa se tensa. Los cubiertos se detienen. Las miradas se cruzan con la gravedad de un duelo al amanecer. Y entonces, con la inevitabilidad de una tragedia griega, la conversación se bifurca en dos bandos irreconciliables que discuten con una pasión que otras culturas reservan para asuntos de vida o muerte, y que los argentinos emplean para debatir sobre la obra pública de un municipio del conurbano.
Después está Twitter. O lo que queda de Twitter llamado X. Es decir, esa zona de combate digital donde el porteño canaliza a las once y cuarenta y siete de la noche toda la furia que no le pudo expresar al jefe, al colectivero que le cerró la puerta en la cara, al cajero del supermercado que no tenía cambio, a la aplicación del banco que no funciona, a la humedad, al destino. A las once y cuarenta y siete, acostado en la cama, con la luz del teléfono iluminándole la cara como una fogata solitaria, el porteño escribe un hilo furioso sobre algo que leyó hace tres minutos y que mañana no recordará, pero que ahora mismo, en este preciso instante, le parece la injusticia más grande desde la caída de Constantinopla.
La ira porteña es así: estruendosa, retórica, inagotable. Pero si uno se acerca lo suficiente —si uno apaga las bocinas y los hilos y las sobremesas—, debajo de tanta furia lo que se escucha es otra cosa. Un murmullo más bajo, más antiguo.
Pero eso viene después. No se me apure.
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- GULA
O la religión del fuego, la grasa y el domingo
El humo sube desde la parrilla como una oración. No es una metáfora: en Buenos Aires el asado tiene la estructura formal de un acto litúrgico. Hay un sacerdote —el asador—, hay un fuego sagrado que no puede apagarse, hay un ritual de preparación que involucra la sal, la espera y una fe ciega en que la carne sabe lo que tiene que hacer si uno no la molesta. Hay fieles que observan. Hay un momento de comunión. Y hay, al final, esa modorra beatífica del que ha comido demasiado y mira el cielo desde una reposera con la misma expresión de paz que un monje después de la meditación.
La gula en Buenos Aires no es un vicio: es un sistema de creencias. El asado del domingo no se discute como se discute una comida; se discute como se discute una doctrina. ¿Carbón o leña? He visto amistades romperse por menos. ¿La entraña va con o sin la telita? Hay familias que llevan tres generaciones sin ponerse de acuerdo. ¿El chimichurri lleva pimiento? Depende de la parroquia.
Pero Buenos Aires no es solo carne. Buenos Aires es también el brunch de las once de la mañana en un local de Chacarita que hace dos años era un taller mecánico y ahora tiene suculentas en la entrada, menú en tipografía sans-serif y una tabla de pancakes que cuesta lo que un obrero gana en medio día. El brunch porteño es un fenómeno que merece análisis: es la única comida del día que se hace exclusivamente para fotografiarla. Nadie come un brunch a oscuras. El brunch requiere luz natural, de preferencia la que entra por un ventanal industrial, y una disposición del plato que sugiera la intervención de un escenógrafo. Hay huevos benedictinos que han sido más fotografiados que el Obelisco.
Y está el helado. El helado artesanal porteño es un asunto serio, tan serio que existen barrios enteros cuya identidad cultural gira alrededor de una heladería. Hay gente que cruza la ciudad —media hora de viaje, cuarenta minutos si hay tráfico— para comprar un cuarto kilo de dulce de leche granizado en un local específico cuyo nombre pronuncian con la veneración que otros reservan para un château del Médoc. Porque el helado porteño no es un postre: es una posición existencial. Decime qué helado pedís y te diré quién sos. Chocolate amargo: intelectual. Dulce de leche: clásico. Mascarpone con frutos rojos: palermitano. Limón: psicópata con autocontrol. Crema moca: La abuela con algunos dolares que sacrifico de la lata. Menta granizada: desaparecido de la discusión seria.
Hay algo en la gula porteña que va más allá del estómago. Es un acto de comunidad. Alrededor de la parrilla, alrededor de la mesa, alrededor del mantel de papel que ya tiene manchas de chimichurri y círculos de vino, se construye algo que no se construye en ningún otro lugar: la conversación. Esa charla larga, divagante, que va del fútbol a la metafísica pasando por la anécdota del tío que una vez se quedó encerrado en un ascensor con un diputado, y que dura exactamente lo que dura el fuego: mientras haya brasas, hay palabras. Y mientras haya palabras, hay algo parecido a un hogar.
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- ENVIDIA
O el espejo roto de la comparación
El vecino cambió el auto. Era un Gol Trend gris, aunque deberia llamarse “VW Jauretche”, el caballo de batalla de la clase media argentina, y ahora es una SUV china negra con llantas de aleación que brilla en el garaje como un trofeo. El vecino no dijo nada. No hacía falta. El auto habla solo. El auto dice: «Yo pude. ¿Y vos?»
La envidia porteña es silenciosa, sofisticada, casi imperceptible. No se manifiesta en arranques de furia ni en sabotajes evidentes. Se manifiesta en una frase que es la obra maestra de la ambigüedad emocional argentina: «Qué bien, ¿no?». Esas dos palabras, pronunciadas con el tono exacto —un tono que se aprende en la infancia y se perfecciona en décadas de práctica—, pueden significar simultáneamente admiración sincera, odio profundo, resignación cósmica y una evaluación detallada de si la otra persona realmente se merece lo que tiene o si la vida es simplemente una lotería injusta.
Pero hay una envidia peor, más lenta, más corrosiva. Es la envidia del que se fue. El amigo que se fue a vivir a Madrid. El primo que está en Barcelona. La compañera de facultad que ahora trabaja en Berlín y sube fotos a Instagram donde se la ve sonriendo frente a un canal, o un parque, o un mercado de pulgas que parece sacado de una película de Wim Wenders, con un pie de foto que dice algo como «nuevo capítulo» o «eligiéndome» o simplemente un emoji de avioncito, que es la forma millennial de decir «me fui y soy más feliz que vos pedazo de criatura de linaje sencillo y patrimonio discreto». Otra vez la soberbia.
Esa envidia duele distinto. No es la envidia del auto nuevo ni la del ascenso en la oficina. Es la envidia que toca algo más profundo: la sospecha de que tal vez la vida posible está en otro lado. De que tal vez Buenos Aires, con toda su belleza desordenada, no alcanza. De que tal vez el sacrificio cotidiano de vivir acá —la inflación, la incertidumbre, el tránsito, la burocracia, las crisis cíclicas que vuelven como las estaciones— no tiene la recompensa que uno esperaba. Y entonces uno mira la foto del amigo en Madrid, sonriendo frente a una caña de cerveza y un bocadillo de calamares en una plaza soleada, y piensa lo que jamás diría en voz alta: ¿y si el equivocado soy yo?
La envidia en Buenos Aires tiene el tamaño de un océano. Y del otro lado, hay alguien que extraña las medialunas de la esquina y no se lo dice a nadie.
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VII. PEREZA
O el elogio secreto del domingo que no termina nunca
Son las cuatro de la tarde de un domingo de otoño. La luz entra sesgada por la persiana americana y dibuja rayas en el piso de madera. Hay un sillón. En el sillón hay un ser humano que podría estar leyendo, o viendo una serie, o revisando el teléfono, o simplemente mirando cómo el mate se va enfriando en la mesa ratona mientras piensa, con la urgencia de quien no tiene ninguna urgencia, que debería levantarse a calentar el agua. No se levanta. Esta en cueros y a esta altura la piel ya se hizo una con la tela de cuero ecologico del sillon. El mate puede esperar. Todo puede esperar. Es domingo.
La pereza porteña es un arte menor que aspira a ser un arte mayor. Tiene su propia liturgia: el mate que se ceba y se receba hasta que la yerba ya no da más y hay que cambiarla, pero cambiarla requiere levantarse, y levantarse requiere una decisión existencial que a las cuatro de la tarde de un domingo simplemente no está disponible. Tiene su propia banda sonora: el silencio de la ciudad vacía, interrumpido apenas por un perro que ladra disfonico a lo lejos, por la radio del vecino que transmite un partido de la B metropolitana que a nadie le importa demasiado, por el rumor de las hojas de un plátano que se sueltan en la vereda con la elegancia de quien se despide sin hacer escándalo.
Hay una expresión que resume la ontología entera de la pereza argentina: «Lo vemos después». Es una frase que no designa un momento futuro concreto. No hay un «después» preciso. «Después» es una coordenada temporal que flota en el aire como una promesa sin fecha de vencimiento. «Lo vemos después» significa: podría hacerlo ahora, pero prefiero no hacerlo; podría tomar una decisión, pero las decisiones cansan; podría moverme, pero el universo no se va a acabar si me quedo exactamente donde estoy, en este sillón, con estas rayas de luz, con este mate frío, con esta modorra que no es sueño sino algo más dulce que el sueño: la suspensión voluntaria de toda obligación.
La pereza del domingo porteño no es holgazanería. Es resistencia. Es la última trinchera contra una semana que pide, que exige, que demanda, que notifica, que cobra, que vence. El domingo es el único día en que el porteño se permite no ser productivo, no ser eficiente, no optimizar nada, no ganarle a nada. El domingo es el único día en que el porteño simplemente es. Y hay algo enormemente valiente en eso, aunque no lo parezca.
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SEGUNDA PARTE
LO QUE LOS PECADOS NO DICEN (O DICEN SOLO CUANDO SE LES ESCUCHA DE CERCA)
Pero hay un momento —siempre hay un momento— en que la comedia se detiene.
No se detiene con un golpe ni con un estruendo. Se detiene como se detiene el viento antes de una tormenta: de a poco, por sustracción, como el giro de la ruleta, que roza nuestra esperanza apenas para dejarla morir en el casillero de al lado, dejando un silencio que no estaba ahí hace un minuto y que ahora lo ocupa todo. Se detiene cuando uno deja de reírse de los personajes y empieza a reconocerlos. Cuando el director creativo de Palermo deja de ser un chiste y se convierte en tu jefe. Cuando el tipo que grita en el tránsito tiene nuestra cara. Cuando la abuela de la lata de galletitas deja de ser una estampa costumbrista y se convierte en nuestra propia abuela, entonces —cuando finalmente estire la pata— la familia entera se lanzará a una competencia feroz, digna de secuela de “It’s a Mad, Mad, Mad, Mad World”, para ver quién llega primero al legendario escondite.
Ese momento es ahora.
Porque hay algo que la comedia no muestra, o muestra solo de reojo, como quien mira el sol de costado para no quemarse: detrás de cada pecado hay una herida. Detrás de cada vicio, un miedo. Detrás de cada exceso, una carencia que no sabe cómo salir a la luz.
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LAS HERIDAS DETRÁS DE LOS NOMBRES
Volvamos a Julián, el director creativo. Volvamos a mirarlo, pero esta vez sin la lente del humor. Mirémoslo a las dos de la mañana, cuando cerró el café, cuando se fue el último like, cuando el algoritmo dejó de alimentarlo y el departamento de un ambiente en Thames está en silencio. Julián está acostado en la cama. No duerme. Mira el techo y piensa en su padre, un tipo que trabajó cuarenta años en un banco, que nunca publicó nada, que nunca curó nada, que nunca apareció en ninguna lista de «los 30 under 30», y que sin embargo —Julián lo sabe con la claridad insoportable de la madrugada— fue más feliz que él. La soberbia, vista desde las dos de la mañana, no es arrogancia: es el ruido que uno hace para que no se note el silencio interior. Es miedo. Miedo a no ser visto. Miedo a no importar. Miedo a que sin los seguidores, sin la remera negra, sin las palabras en inglés, no quede nada.
La soberbia es la armadura más ruidosa del mundo. Y debajo no hay un guerrero: hay un chico que quiere que alguien le diga que está bien.
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Volvamos a la abuela. Volvamos a la lata de galletitas. No es avaricia lo que hay adentro de esa lata: es miedo cristalizado en billetes. Es la memoria del cuerpo de una mujer que vio cómo se llevaban todo —los ahorros, la estabilidad, la promesa de que si uno trabaja y ahorra, al final hay una recompensa—. La avaricia argentina no es pecado: es cicatriz. Es el gesto reflejo de quien aprendió, a golpes de historia, que lo único seguro es lo que uno esconde con sus propias manos. La abuela no guarda dólares por codicia. Los guarda por amor. Los guarda para que sus nietos tengan algo cuando todo lo demás falle, cuando todo lo demás siempre falla.
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Y la lujuria. La lujuria veloz, la lujuria de Tinder, la lujuria de una noche y un taxi al amanecer. Detrás de cada match desesperado, detrás de cada deslizamiento del dedo, detrás de cada cita que dura lo que un aperol spritz, hay algo que no se dice en los perfiles: soledad. Una soledad enorme, moderna, perfectamente diseñada, con buena iluminación y banda sonora lo-fi. Una soledad que no se parece a la de los abuelos, que era sólida y reconocible como un mueble pesado. Esta soledad es líquida, se cuela por todas partes, no tiene forma fija. Y cada vez que alguien abre una app a las once de la noche quizas no está buscando sexo: está buscando, con la torpeza de quien busca a oscuras, algo que se parezca a la compañía. Algo que dure un poco más que la efimera espuma de un café.
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La ira. Toda esa ira. Las bocinas, los hilos, las sobremesas rotas, el insulto quirúrgico que el porteño dispara con la precisión de un francotirador léxico. Debajo de esa ira no hay odio. Hay impotencia. Esta la frustración acumulada de vivir en una ciudad que siempre promete y nunca cumple, que brilla y se apaga, que tiene la belleza de París y los problemas de un país que cada diez años debe empezar de cero. El porteño grita porque no sabe qué hacer con lo que siente. Porque nadie le enseñó. Porque en esta ciudad se enseña a discutir pero no a decir «tengo miedo». Se enseña a tener razón pero no a pedir ayuda.
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La gula. Toda esa carne, todo ese fuego, toda esa abundancia del domingo. Debajo del asado interminable, debajo del tercer plato que nadie necesita pero todos aceptan, hay ansiedad. Hay la necesidad de llenar algo que no es el estómago. Esta la intuición —nunca formulada, siempre presente— de que mientras haya comida en la mesa todavía no está todo perdido, de que el fuego encendido es una forma de decir que seguimos acá, que la familia no se rompió del todo, que hay una cosa, al menos una, que funciona. La gula es miedo disfrazado de abundancia. La gula es amor disfrazado de achuras.
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La envidia. Esa envidia que duele como una astilla de roble debajo de la uña. No es mezquindad. Es la comparación constante, implacable, y fatalmente inevitable de vivir en una ciudad desigual donde la distancia entre los que pueden y los que no se mide en cuadras: diez cuadras separan un country de una villa, una cena de doscientos dólares de una olla popular. La envidia porteña nace de mirar todo el tiempo hacia los costados en lugar de mirar hacia adelante, porque mirar hacia adelante, en Buenos Aires, a veces da vértigo. Un vértigo inmune al dramamine. Y ese vértigo, como la inflación, es algo a lo que uno no se acostumbra por más que lo intente.
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Y la pereza. La pereza del domingo, la modorra, el «lo vemos después». No es vagancia. Es agotamiento. Es depresion oscura. Es el cuerpo que dice basta cuando la mente no se atreve. Es la fatiga moral de vivir en una ciudad que exige performance constante: ser productivo, ser gracioso, ser informado, tener opinión sobre todo, estar al día, llegar a fin de mes, esquivar la crisis, tener que reinventarse cada tres años como si uno fuera una startup tecnologica y no una persona de carne y hueso con el derecho humano, básico, irrenunciable, de no hacer absolutamente nada un domingo a la tarde.
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EL PORTEÑO
Un retrato compuesto
Resulta que todos esos personajes eran uno solo. El director creativo que no mira al mozo es el mismo que a las dos de la mañana piensa en su padre. La chica de la app es la misma que guarda la foto de sus abuelos en la mesita de luz. El tipo que grita en el tránsito es el mismo que llora en silencio cuando escucha «Plegaria para un niño dormido» de Spinetta. La señora que mide la felicidad del vecino con la precisión de un tasador es la misma que lleva dos meses juntando coraje para llamar al hijo que vive en Madrid. Y el que no se levanta del sillón el domingo es el mismo que el lunes va a levantarse, va a tomarse el subte lleno, va a pelearse con la burocracia, va a ganarle —o intentar ganarle— a la inflación, va a pedir un café cortado y va a seguir adelante con una tenacidad estoica que desde afuera se parece a la costumbre pero que desde adentro es algo más complejo: es la decisión inquebrantable, renovada cada mañana, de no rendirse en una ciudad que a veces parece diseñada para que uno se rinda.
Ese porteño no es un villano. No es un pecador incorregible. Es simplemente un ser humano que vive en una ciudad exigente, bella y brutal, donde los jacarandás florecen con una insolencia que parte el alma, donde el río existe pero nadie lo ve, donde los edificios más hermosos conviven con veredas rotas, donde se puede discutir sobre Kierkegaard en un taxi y perderse en la burocracia de un trámite kafkiano a los veinte minutos.
Buenos Aires es una ciudad que pide demasiado y da lo justo. Que hiere y consuela en el mismo gesto. Que te rompe el corazón un martes y te lo repara un sábado con un atardecer en el Parque Centenario que parece pintado por un dios que estudió en Bellas Artes, no terminó la carrera, pero tenía talento.
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LO QUE REFLEJA EL ESPEJO
Gregorio Magno pensaba que los pecados capitales eran puertas al infierno. Que cada uno era una escalera descendente hacia la condenación del alma. Tal vez tenía razón. O tal vez —y esta es la sospecha que nos queda flotando como el humo del último cigarrillo de la noche— los pecados no son escaleras hacia abajo sino espejos. Espejos torcidos, sucios, manchados de humedad como los espejos de los bares viejos de San Telmo, pero espejos al fin.
Y lo que reflejan no es la maldad. Es la fragilidad. La fragilidad de un animal urbano que necesita ser visto y por eso construye soberbias. Que necesita seguridad y por eso acumula. Que necesita compañía y por eso desea. Que necesita justicia y por eso se enfurece. Que necesita consuelo y por eso come. Que necesita sentir que su vida vale y por eso compara. Que necesita descansar y por eso, a veces, simplemente se detiene.
Buenos Aires no condena. Buenos Aires refleja. Con la crueldad de un espejo que no miente y la compasión de una ciudad que, pese a todo, sigue encendiendo sus luces cada noche como si esperara a alguien.
Quizás el verdadero pecado nunca fue la soberbia ni la gula ni la pereza. Quizás el verdadero pecado, el único que no tiene redención porque no tiene conciencia, es no mirarse. Pasar por esta ciudad hermosa y rota y no detenerse nunca a ver lo que refleja: que somos frágiles, que tenemos miedo, que hacemos lo que podemos con lo que tenemos, que fallamos con constancia Kafkiana que a esta altura es casi una forma de perseverancia.
Afuera, los jacarandás. Siempre los jacarandás. Florecen sin preguntar si los merecemos. Cubren las veredas rotas con un manto violeta que es lo más parecido a una absolución que esta ciudad ofrece. Y debajo de ese manto, entre las baldosas flojas y el ruido y el humo y la prisa y el deseo, camina pesadamente alguien. Un porteño cualquiera. Con todos sus pecados a cuestas y todas sus heridas adentro. Va al trabajo, o vuelve del trabajo, o simplemente camina porque caminar en Buenos Aires es la forma más antigua de pensar.
No sabe que es un personaje de esta crónica. No sabe que alguien lo está mirando. Camina con la cabeza un poco inclinada, como si buscara algo en el piso o como si el peso de la semana le tirara del cuello. Y de pronto, sin razón visible, levanta la vista. Hay un jacarandá en la esquina. Es noviembre. Las flores caen en cámara lenta. Y ese porteño —ese pecador magnífico, ese soberbio vulnerable, ese avaro generoso, ese iracundo tierno— se detiene. Solo un segundo. Un segundo en el que no mira el teléfono, no calcula nada, no compara nada, no desea nada.
Un segundo en el que simplemente mira.
Y en ese segundo, brevísimo, Buenos Aires —la ciudad de la furia entera, con sus siete pecados y sus siete heridas y sus siete mil contradicciones— es perfecta.
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