La Grande Bellezza: Réquiem para una Roma que ya no sabe llorar

La fiesta perpetua y el silencio posterior
La terraza tiembla al ritmo del techno. Sobre los tejados de Roma, en el ático de Jep Gambardella, la noche del siglo XXI se derrama como champagne barato sobre mármol antiguo. Los cuerpos se mueven frenéticos, las risas estallan como fuegos artificiales, el Coliseo observa impávido esta bacanal de Botox y cocaína que sucede a sus espaldas. Y entonces, como un corte de navaja en seda, llega el silencio. El amanecer romano se cuela entre los escombros de la fiesta: copas rotas, tacones abandonados, la ceniza de mil cigarrillos que no calmaron ninguna ansiedad. Es en ese silencio —ese terrible, hermoso silencio posterior— donde comienza verdaderamente La Grande Bellezza de Paolo Sorrentino.
Estamos en 2013, pero podríamos estar en cualquier época de decadencia. Roma ha visto caer imperios, ha visto nacer papados, ha visto a Fellini filmar La Dolce Vita hace medio siglo. Y ahora ve a Jep Gambardella, sesenta y cinco años recién cumplidos, rey de la noche romana, cronista social que dejó de creer en la sociedad que cronifica, caminando entre los restos de su propia fiesta como un emperador sin imperio.
Si La Dolce Vita fue el diagnóstico de una enfermedad, La Grande Bellezza es la autopsia. Fellini nos mostró el nacimiento del vacío moderno; Sorrentino nos muestra su madurez terminal. Ya no hay paparazzi persiguiendo a Anita Ekberg en la Fontana di Trevi. Ahora hay selfies, performances vacías, cardenales que prefieren hablar de recetas de cocina antes que de Dios. La dolce vita se pudrió en su propia dulzura, y lo que queda es esto: una élite que baila sobre su propia tumba sin darse cuenta de que ya está muerta.

Jep Gambardella: El Virgilio del vacío
«¿Por qué no escribiste más libros?», le preguntan a Jep una y otra vez, como quien hurga en una herida antigua. L’apparato umano, su única novela, fue la promesa de un genio que nunca se cumplió. Pero Jep no es un fracasado; es algo peor: es alguien que eligió la comodidad del cinismo sobre el riesgo del arte. Toni Servillo lo interpreta con la precisión de un cirujano y la ternura de un sepulturero, creando un personaje que es simultáneamente despreciable y profundamente humano.
Jep tiene el don terrible de ver a través de todos. En una escena magistral, destruye a una artista conceptual con tres frases quirúrgicas, desnudando su mediocridad con la elegancia de un torero. «¿Sabes por qué no escribí más libros?», dice finalmente, con esa sonrisa que es mitad ironía, mitad dolor. «Porque buscaba la gran belleza, y no la encontré.»
Pero esa es su mentira piadosa. La verdad es más cruel: Jep encontró la gran belleza hace décadas, en el amor de su juventud, en los atardeceres sobre el faro, en la simplicidad de ser joven y creer que el mundo esperaba ser escrito. Y la dejó ir. Eligió Roma, eligió las fiestas, eligió ser el rey de un reino de cenizas. Ahora, a los sesenta y cinco, comprende que gastó su vida persiguiendo el reflejo de algo que ya había tenido en las manos.

Roma: Mausoleo a cielo abierto
Sorrentino filma Roma como nadie la había filmado: no como museo, no como postal, sino como cripta lujosa donde la belleza y la muerte coexisten en perfecta armonía. Sus travellings hipnóticos nos llevan por palacios que son tumbas, por jardines secretos donde la aristocracia cultiva su irrelevancia, por conventos donde las monjas parecen fantasmas de una fe que ya nadie profesa.
La Roma de Jep no es la Roma de los turistas. Es una ciudad paralela, accesible solo con las llaves correctas: apellidos antiguos, fortunas dudosas, esa mezcla perfecta de cultura y corrupción que define a la élite italiana. Los personajes deambulan por salones donde Caravaggio cuelga sobre conversaciones vacías, donde bustos romanos presencian orgías de mediocridad, donde cada piedra tiene dos mil años de historia y nadie tiene nada que contar.
Hay una escena reveladora: Jep consigue las llaves de los palacios más hermosos de Roma, esos que están cerrados al público. Lleva a una turista japonesa —símbolo de la inocencia que aún puede maravillarse— a recorrer estas maravillas ocultas. Mientras ella fotografía frenética cada fresco, cada columna, Jep observa con la indiferencia de quien ha visto demasiado. La belleza, parece decirnos Sorrentino, se vuelve invisible cuando la tienes todos los días frente a los ojos. O peor: se vuelve decorado.
El desfile de los monstruos elegantes
La galería de personajes que orbitan alrededor de Jep es un catálogo de las formas en que la élite europea ha encontrado para no enfrentar su vacío. Está Romano, el dramaturgo fracasado que vive de la gloria de obras que nadie recuerda. Está Stefania, la escritora feminista radical que esconde una vida de hipocresías burguesas. Está el cardenal que será Papa, más interesado en conseguir una buena receta de carciofi alla giudia que en discutir sobre el alma.
Pero el más patético de todos es el artista de performance, ese que se estrella la cabeza contra un acueducto romano «por el arte», mientras los espectadores aplauden sin entender, aplaudiendo su propia sofisticación por aplaudir lo incomprensible. Es la metáfora perfecta: golpearse contra la historia hasta sangrar, sin producir nada más que un espectáculo momentáneo que Instagram olvidará mañana.
Y está la niña artista, esa pequeña Jackson Pollock de guardería que arroja pintura mientras llora, produciendo «obras» que los coleccionistas compran por miles de euros. Sorrentino no necesita comentar: la imagen habla sola. El arte se ha convertido en berrinche, la profundidad en pose, la búsqueda de sentido en mercado.

Los destellos de la verdadera belleza
Pero La Grande Bellezza no es solo sátira. En medio del cinismo, Sorrentino planta momentos de belleza genuina que cortan la respiración. El encuentro con la jirafa en medio de la noche romana. El coro de monjas que aparece como una aparición. La santa centenaria que apenas habla, pero cuya presencia irradia algo que ninguno de los personajes principales posee: autenticidad.
El más conmovedor de estos momentos llega cuando Jep visita a la stripper enana que fue su primera amante. Ella no vive en palacios, no frecuenta las fiestas. Vive en un apartamento modesto, cuida de su marido enfermo, ha encontrado una dignidad en la simplicidad que Jep perdió hace décadas. «Eras hermosa», le dice Jep. «Era joven», responde ella, y en esa respuesta está toda la sabiduría que a Jep le falta.
La Santa —esa monja de 104 años que come raíces y duerme en el suelo— es el contrapunto perfecto de todo lo que representa el mundo de Jep. Cuando él le pregunta por el secreto de su paz, ella responde con otra pregunta: «¿Sabes por qué solo como raíces? Porque las raíces son importantes.» Es una bofetada sutil: Jep y su mundo han cortado todas sus raíces, flotan en un presente perpetuo sin pasado real ni futuro posible.

El río, la memoria y el despertar tardío
El Tíber fluye a través de la película como fluye a través de Roma: constante, indiferente, eterno. Es en el Tíber donde Jep tiene su epifanía final, donde comprende que la gran belleza no era algo que debía buscar, sino algo que debía recordar. Los flashbacks de su juventud en el faro, con Elisa, su primer amor, no son nostalgia barata: son la revelación de que la belleza siempre estuvo en lo simple, en lo primero, en lo que dejamos atrás creyendo que íbamos hacia algo mejor.
«Finisce sempre così. Con la morte,» dice la Santa. «Ma prima c’è stata la vita. Nascosta sotto il bla bla bla bla bla. È tutto sedimentato sotto il chiacchiericcio e il rumore. Il silenzio e il sentimento. L’emozione e la paura. Gli sparuti incostanti sprazzi di bellezza. E poi lo squallore disgraziato e l’uomo miserabile. Tutto sepolto dalla coperta dell’imbarazzo dello stare al mondo.»
Siempre termina así. Con la muerte. Pero primero estuvo la vida. Escondida bajo el bla bla bla. Todo está sedimentado bajo la charla y el ruido. El silencio y el sentimiento. La emoción y el miedo. Los escasos, inconstantes destellos de belleza. Y después la sordidez desgraciada y el hombre miserable. Todo enterrado bajo la manta de la vergüenza de estar en el mundo.
El triunfo melancólico de Sorrentino
Sorrentino no ofrece redención, solo reconocimiento. Jep no va a escribir otra novela, no va a dejar las fiestas, no va a convertirse en santo. Pero al menos ahora sabe. Sabe que gastó su vida persiguiendo un espejismo mientras la belleza real —pequeña, cotidiana, mortal— se le escurría entre los dedos como el agua del Tíber.
La genialidad de Sorrentino está en cómo filma esta desolación: con una belleza tan abrumadora que duele. Cada plano es una pintura barroca, cada movimiento de cámara es una caricia, cada corte es un suspiro. La banda sonora —que va de la música sacra a los hits japoneses de los sesenta— crea una atmósfera donde lo sublime y lo ridículo coexisten sin contradicción. Es como si Sorrentino dijera: sí, todo es vacío, pero qué hermoso es este vacío cuando se ve desde el ángulo correcto.
Los travellings circulares que caracterizan la película no son solo virtuosismo técnico: son la metáfora visual perfecta de vidas que giran en círculos, que vuelven siempre al mismo punto, incapaces de avanzar o retroceder. Los personajes están atrapados en un eterno presente, en una fiesta que nunca termina porque terminarla sería admitir que no hay nada después.
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Roma al amanecer
La Grande Bellezza termina donde empezó: en Roma, al amanecer, cuando la ciudad se despoja momentáneamente de sus habitantes y queda sola con su belleza milenaria. Es en esos momentos —cuando las fuentes cantan sin testigos, cuando las estatuas respiran sin ser vistas, cuando las cúpulas se tiñen de rosa sin Instagram que las capture— que la gran belleza existe verdaderamente.
Jep Gambardella seguirá siendo el rey de la noche romana. Seguirá asistiendo a fiestas donde nadie tiene nada que celebrar, seguirá escribiendo columnas que nadie recordará, seguirá buscando en las terrazas equivocadas algo que perdió en un faro cuando tenía dieciocho años. Pero ahora lo hace con conciencia, y esa conciencia —parece sugerirnos Sorrentino— es quizás la única belleza que nos queda cuando todas las demás se han agotado.
Roma permanece. Los Jeps pasan, las fiestas terminan, los palacios se vacían, pero Roma permanece. Hermosa, indiferente, eterna. Esperando al próximo Fellini, al próximo Sorrentino, al próximo artista que venga a documentar cómo su última generación de hijos pródigos encuentra nuevas formas de perderse entre tanta belleza.
Y nosotros, espectadores de este réquiem visual, salimos del cine —o apagamos la pantalla— con una certeza incómoda: todos somos Jep Gambardella. Todos hemos cambiado la gran belleza por el gran ruido. Todos hemos elegido el bla bla bla sobre el silencio donde habita lo real. La diferencia es que la mayoría no tenemos Roma como escenario de nuestra derrota.
Solo nos queda el consuelo melancólico de haberlo visto, por dos horas y veinte minutos, a través de los ojos de Sorrentino: ese mago visual que convirtió el vacío en ópera, la decadencia en ballet, la muerte espiritual de Occidente en la película más hermosa sobre la fealdad que el cine nos ha regalado en este siglo que ya huele a antiguo.
«La più grande bellezza è quella che non si può afferrare.» La belleza más grande es la que no se puede atrapar. Jep lo aprendió demasiado tarde. Nosotros, tal vez, todavía estamos a tiempo.

TRAILER SUBTITULADO:

SOUNDTRACK ORIGINAL:
¿DONDE VERLA?: https://www.justwatch.com/ar/pelicula/la-gran-belleza
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