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La noche en la que el imperio Austriaco se disparo a si mismo
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17 May 2026, Dom

La noche en la que el imperio Austriaco se disparo a si mismo

La noche en la que el imperio Austriaco se disparo a si mismo

Karánsebes, septiembre de 1788: anatomía de un desastre absurdo


Hay batallas que la historia recuerda por su gloria, otras por su horror, algunas por su ingenio estratégico. Y luego está Karánsebes, que la historia recuerda —cuando la recuerda— con una mezcla de perplejidad y vergüenza ajena, como se recuerda un accidente doméstico que terminó incendiando la casa entera. Es el tipo de episodio que los historiadores militares prefieren mencionar en notas al pie, como si fuera demasiado absurdo para el cuerpo principal del texto, demasiado humano para la épica marcial que se espera de los relatos de guerra.

La noche del 17 al 21 de septiembre de 1788 —las fuentes discrepan sobre la fecha exacta, como si hasta el calendario se resistiera a precisar semejante despropósito— cerca del río Timiș, en lo que hoy es Caransebeș en Rumanía, el ejército imperial de José II de Habsburgo libró una batalla feroz y sangrienta. El enemigo era temible, implacable, surgía de las sombras con una ferocidad que sembró el pánico en las filas imperiales. El enemigo era ellos mismos.

No hay metáfora aquí, no hay licencia poética. El ejército austríaco, uno de los más grandes y diversos de Europa, se atacó literalmente a sí mismo durante horas en la oscuridad de una noche de septiembre, convencido de estar repeliendo un ataque otomano que nunca existió. Miles de soldados dispararon contra sus propios compañeros, la caballería cargó contra la infantería imperial, los cañones tronaron contra posiciones austriacas. Cuando el sol finalmente iluminó el campo de batalla, revelando el horror de lo ocurrido, entre dos mil y diez mil soldados imperiales yacían muertos o heridos —las cifras varían tanto como los relatos—, víctimas no del enemigo turco sino de su propio terror convertido en pólvora y plomo.


Para entender cómo un ejército puede llegar a autodestruirse, hay que comprender primero qué era el ejército imperial de José II en 1788. No era un ejército en el sentido moderno del término, con su unidad lingüística, su doctrina homogénea, su cadena de mando clara como el cristal de Bohemia. Era más bien una babel armada, un mosaico de pueblos unidos apenas por la figura distante del emperador y por el miedo compartido al turco que avanzaba desde el este.

José II, ese monarca ilustrado que soñaba con modernizar su imperio a golpe de decreto, había heredado y expandido una máquina militar que era el reflejo perfecto de sus dominios: vasta, heterogénea, imposible. En las filas imperiales marchaban alemanes de Austria y Bohemia, húngaros de las llanuras del Tisza, croatas de las fronteras militares, serbios ortodoxos que odiaban al turco con fervor religioso, italianos del Lombardo-Véneto, polacos de Galitzia, rumanos de Transilvania. Cada regimiento hablaba su idioma, rezaba a su manera, entendía la guerra según sus propias tradiciones. Las órdenes se daban en alemán, pero debían ser traducidas, interpretadas, a veces adivinadas por oficiales que apenas dominaban la lengua de sus propios soldados.

Era septiembre de 1788 y la guerra contra el Imperio Otomano llevaba ya un año devorando hombres y recursos. José II, en una de esas decisiones que parecen brillantes en los mapas y desastrosas en el terreno, había decidido comandar personalmente sus ejércitos. El emperador filósofo jugando a Alejandro Magno, el reformador convertido en conquistador. Pero la guerra real no se parecía a los tratados militares que había estudiado. Era barro hasta las rodillas, disentería en los campamentos, provisiones que no llegaban, un enemigo que aparecía y desaparecía como los vapores del Danubio.

El ejército imperial, cerca de cien mil hombres según las estimaciones más generosas, avanzaba hacia Karánsebes, una pequeña ciudad en el Banato que controlaba los pasos hacia Transilvania. Los otomanos, se decía, estaban cerca. Siempre estaban cerca en esa guerra de nervios donde cada sombra podía ocultar a los temibles sipahis, la caballería otomana cuya sola mención helaba la sangre de los reclutas.


La tarde del día fatídico —llamémoslo 17 de septiembre por darle una fecha al desastre— la vanguardia del ejército imperial, compuesta principalmente por húsares, cruzó el río Timiș. Su misión era simple: explorar el terreno, asegurar el paso para el grueso del ejército que vendría detrás, detectar cualquier presencia enemiga. No encontraron turcos. Encontraron algo mucho más peligroso en las circunstancias: un grupo de gitanos valacos vendiendo aguardiente.

El schnapps, ese aguardiente transparente como el agua y ardiente como el infierno, corría por las gargantas de los húsares con la urgencia de quien sabe que mañana puede no existir. La guerra justifica estos pequeños consuelos, estas treguas líquidas contra el miedo. Los húsares compraron, bebieron, montaron un pequeño campamento improvisado alrededor de los barriles. El alcohol hacía su trabajo antiguo: disolvía jerarquías, borraba fronteras, convertía la proximidad de la muerte en una razón más para beber.

Pero entonces llegó la infantería. Soldados de a pie, muchos de ellos rumanos y serbios de las fronteras militares, hombres curtidos en la guerra de guerrillas contra los otomanos, que conocían al enemigo no como una abstracción sino como una presencia constante en sus vidas. Vieron a los húsares bebiendo y quisieron su parte. Los húsares, celosos de su aguardiente comprado con su propio dinero, se negaron. Las voces subieron de tono. Los idiomas se mezclaron: alemán, húngaro, rumano, serbio, cada uno gritando en su lengua incomprensiones mutuas que el alcohol convertía en agravios.

Alguien —nunca sabremos quién, ese primer motor inmóvil del caos— construyó barricadas improvisadas alrededor de los barriles. Un gesto absurdo, cómico si no fuera por lo que vendría después. Los de infantería intentaron cruzar las barricadas. Los húsares los empujaron. Alguien desenvainó un sable. Alguien más respondió con la culata de un mosquete. Y entonces, en esa confusión de cuerpos y gritos, alguien disparó.

Un solo disparo en la noche que comenzaba a caer. Un solo disparo que sería como la chispa en el polvorín, excepto que el polvorín era un ejército entero sumido en la paranoia de una guerra donde el enemigo podía aparecer en cualquier momento, desde cualquier dirección.


Lo que sucedió después tiene la cualidad onírica de las pesadillas, esa lógica inexorable del terror donde cada intento de escapar solo profundiza la trampa. El disparo fue seguido por otro, luego por una descarga, luego por el caos. En la oscuridad que caía rápida sobre el campamento —septiembre en los Balcanes, cuando la luz muere sin avisar—, alguien gritó la palabra que todos temían y todos esperaban: «¡Turci! ¡Turci!»

Los turcos. El grito se propagó como el fuego en hierba seca. Pero cada grupo lo gritaba en su idioma: «Török!» en húngaro, «Turci!» en rumano, «Turčin!» en serbio y croata. Y aquí está la ironía terrible, la trampa lingüística que convertiría el malentendido en masacre: para oídos alemanes aterrorizados, muchos de estos gritos sonaban extranjeros, enemigos. En la oscuridad, toda lengua desconocida es la lengua del enemigo.

Los oficiales alemanes, intentando imponer orden, gritaban «Halt! Halt!» —alto, deténganse—. Pero para oídos no germanoparlantes, en el fragor de lo que ya todos creían era una batalla, «Halt» sonaba peligrosamente similar a «Allah». Los soldados cristianos de las fronteras militares, convencidos de que los turcos habían infiltrado el campamento, de que los gritos de «Allah» confirmaban sus peores temores, comenzaron a disparar hacia donde creían que venía el enemigo.

El campamento imperial, extendido a lo largo de varios kilómetros a ambos lados del río, se convirtió en un organismo enloquecido que se devoraba a sí mismo. Los regimientos que escuchaban disparos y gritos en la distancia asumían que la vanguardia había sido atacada y corrían en su ayuda, solo para ser recibidos a tiros por compañeros que los tomaban por turcos en la oscuridad. La caballería, intentando formar líneas de batalla, cargó contra masas de hombres que resultaron ser su propia infantería. Los artilleros, escuchando el tronar de mosquetes y el chocar del acero, giraron sus cañones hacia los fogonazos y abrieron fuego.

Un oficial austríaco —el historiador militar László Markó sugiere que pudo ser el Conde Colloredo, aunque las fuentes son contradictorias— intentó detener la locura cabalgando entre las líneas gritando órdenes de alto el fuego. Fue derribado por una descarga de su propio regimiento. Otro comandante ordenó a sus tropas formar cuadro defensivo y disparar a todo lo que se acercara. Durante horas, mantuvieron su posición disparando metódicamente contra otros cuadros imperiales que habían recibido órdenes idénticas.

El emperador José II, enfermo de tuberculosis —la enfermedad que lo mataría dos años después—, fue despertado en su tienda por el estruendo. Los relatos difieren sobre qué sucedió exactamente: algunos dicen que intentó cabalgar hacia el frente para restaurar el orden pero fue arrastrado por sus propias tropas en retirada; otros que fue herido levemente por fuego amigo; otros más que cayó de su caballo en el caos y fue pisoteado por su propia caballería. Lo cierto es que el emperador, el centro teórico de toda autoridad, fue tan impotente como el último de sus reclutas para detener la autodestrucción de su ejército.


La física del pánico tiene sus propias leyes, tan inexorables como las de Newton. Un cuerpo en pánico tiende a permanecer en pánico hasta que el agotamiento o la muerte lo detienen. En Karánsebes, el pánico se alimentó a sí mismo durante horas que debieron parecer siglos. Cada regimiento que huía contagiaba su terror al siguiente. Cada grito de advertencia se convertía en confirmación del peligro. Cada intento de organizar una defensa era interpretado como un ataque enemigo.

Los ingenieros militares, intentando volar un puente para «impedir el avance otomano», solo lograron cortar la retirada a sus propios compañeros, que se ahogaron por docenas intentando cruzar el río a nado. Los depósitos de municiones, abandonados en la huida, explotaron —por accidente o por diseño, nunca lo sabremos— iluminando la noche con hongos de fuego que confirmaban para todos la magnitud del «ataque».

Un regimiento de granaderos croatas, manteniendo mejor disciplina que la mayoría, formó una línea defensiva perfecta y rechazó durante horas oleada tras oleada de «atacantes». Al amanecer descubrieron que habían estado masacrando sistemáticamente a un regimiento de dragones austríacos que intentaba buscar refugio tras sus líneas.

Los testimonios de los supervivientes, recopilados años después cuando el imperio ya intentaba olvidar el episodio, tienen la cualidad fragmentaria de los recuerdos traumáticos. Un sargento húngaro recordaba haber disparado «al menos cien veces» contra sombras que se movían entre los árboles, convencido de que eran jenízaros otomanos, solo para descubrir al amanecer que había estado acribillando los cadáveres de sus propios compañeros caídos, movidos por el viento. Un tamborilero italiano de quince años —los ejércitos de la época empleaban niños para llevar el ritmo de la marcha— contó cómo se escondió bajo una pila de muertos que resultaron ser todos del mismo regimiento imperial, muertos por fuego imperial, apilados por la confusión imperial.

La retirada se convirtió en desbandada. Miles de soldados huyeron en la oscuridad, abandonando armas, municiones, estandartes, la artillería que tanto había costado arrastrar a través de los Balcanes. Algunos corrieron hasta caer exhaustos a decenas de kilómetros del campo de batalla. Otros se escondieron en los bosques durante días, convencidos de que los turcos controlaban todo el territorio. Unidades enteras se disolvieron, sus hombres desapareciendo en la noche para nunca volver a formar bajo sus banderas.


Cuando el sol finalmente se alzó sobre Karánsebes —ese sol que los poetas llaman indiferente pero que esa mañana debió parecer acusatorio— reveló un espectáculo que ningún estratega militar podría haber imaginado. El campo estaba sembrado de muertos y heridos, todos vistiendo el mismo uniforme blanco de los Habsburgo. Los cañones imperiales apuntaban hacia posiciones imperiales. Los estandartes del águila bicéfala yacían en el barro junto a los cuerpos de quienes debían defenderlos.

No había un solo turco muerto. No había un solo turco, punto. El ejército otomano del Gran Visir Yusuf Pasha estaba, según sabrían después, a dos días de marcha de distancia.

Las cifras exactas de las bajas nunca se conocerán. El imperio tenía sus razones para minimizar el desastre, los críticos de José II tenían las suyas para exagerarlo. Las estimaciones varían salvajemente: algunos hablan de mil muertos, otros de diez mil. Los heridos, muchos de los cuales morirían en los días siguientes por falta de atención médica —los cirujanos del ejército habían huido también—, podrían haber duplicado esas cifras. Lo que sí sabemos es que cuando el ejército otomano llegó a Karánsebes días después, encontró la ciudad abandonada, las defensas desiertas, los depósitos de suministros imperiales intactos. Tomaron la ciudad sin disparar un solo tiro.

El Gran Visir Yusuf Pasha, ese comandante otomano que la historiografía occidental suele pintar como un bárbaro sediento de sangre, se mostró desconcertado por la facilidad de la conquista. Los espías le informaron de algún tipo de batalla, pero no podía entender contra quién habían luchado los austríacos. Cuando finalmente comprendió lo ocurrido —que el ejército imperial se había destruido a sí mismo— dicen que comentó, con esa mezcla de ironía y fatalismo que caracteriza la sabiduría otomana: «Alá debe amar verdaderamente al Sultán para confundir así a sus enemigos».


¿Cómo contar esta historia? ¿Cómo narrar el absurdo sin convertirlo en farsa, la tragedia sin caer en el melodrama? Los historiadores militares han tendido tradicionalmente a tratar Karánsebes como una nota al pie vergonzosa, una anécdota que se cuenta en los márgenes de historias más «serias». Cuando la mencionan, lo hacen con esa distancia irónica que protege al narrador del vértigo de contemplar el sinsentido puro.

Pero hay algo profundamente revelador en Karánsebes, algo que va más allá de la anécdota militar. Es un momento en que las contradicciones del Imperio Habsburgo —esa construcción política imposible que sobreviviría increíblemente hasta 1918— se manifestaron con violencia literal. Un imperio que se jactaba de su diversidad pero no podía hacer que sus partes se entendieran entre sí. Un ejército unido por la autoridad imperial pero dividido por todo lo demás: lengua, cultura, religión, memoria histórica.

Los historiadores marxistas han visto en Karánsebes una metáfora del colapso inevitable de los imperios multinacionales. Los nacionalistas de los diversos pueblos que componían el ejército lo han usado como evidencia de la imposibilidad de la convivencia forzada. Los pacifistas lo citan como la demostración última del absurdo de la guerra. Todos tienen razón y ninguno la tiene completamente.

Porque lo que sucedió en Karánsebes es, ante todo, profundamente humano. Es el miedo convertido en violencia, la incomprensión transformada en muerte, el rumor elevado a certeza fatal. Es lo que sucede cuando sistemas complejos —y un ejército multinacional del siglo XVIII era un sistema extraordinariamente complejo— operan más allá de su capacidad de coherencia.

El filósofo prusiano Carl von Clausewitz, escribiendo una generación después de Karánsebes, hablaría de la «niebla de guerra», esa incertidumbre fundamental que envuelve todo conflicto militar. Pero Karánsebes fue más que niebla: fue ceguera total, una noche del alma militar donde cada certeza se convirtió en su opuesto. El ejército no fue derrotado; se derrotó. El enemigo no atacó; el miedo al enemigo fue suficiente.


Hay un detalle que los historiadores suelen pasar por alto pero que resulta extraordinariamente significativo. En los días posteriores al desastre, mientras el ejército imperial intentaba reorganizarse, corrió el rumor de que todo había sido una conspiración. Que agentes otomanos infiltrados habían iniciado el pánico deliberadamente. Que el grito de «Turci!» había sido plantado por espías enemigos. Era más fácil creer en una conspiración elaborada que aceptar la verdad simple y terrible: que un ejército se había destruido a sí mismo por miedo a su propia sombra.

Este impulso —buscar una explicación conspirativa para el caos, una intención maligna detrás del sinsentido— es profundamente humano. Le da forma narrativa al horror, le encuentra un culpable al desastre. Pero en Karánsebes no hubo conspiración, no hubo plan maestro. Solo hubo hombres asustados en la oscuridad, disparando contra otros hombres asustados en la oscuridad.

José II nunca se recuperó completamente del shock de Karánsebes. Su salud, ya frágil, se deterioró rápidamente. Murió en 1790, a los cuarenta y ocho años, habiendo visto su gran proyecto de modernización imperial desmoronarse en múltiples frentes. En su lecho de muerte, dicen que murmuró: «Aquí yace un monarca que, con las mejores intenciones, nunca logró realizar ninguno de sus planes». No mencionó Karánsebes específicamente, pero el fantasma de esa noche debió perseguirlo hasta el final.

El Imperio Austríaco sobrevivió a Karánsebes, por supuesto. Sobrevivió a José II, a las guerras napoleónicas, a las revoluciones de 1848. Se transformó en el Imperio Austro-Húngaro y persistió, esa imposibilidad política magnífica y disfuncional, hasta que la Primera Guerra Mundial finalmente lo deshizo. Pero Karánsebes permaneció como una herida en la memoria militar, un recordatorio de lo que puede suceder cuando un organismo político se vuelve demasiado complejo para su propio bien.


Hay lecciones en Karánsebes, si estamos dispuestos a escucharlas. Sobre los peligros de la incomprensión lingüística elevada a escala militar. Sobre cómo el miedo puede crear aquello que teme. Sobre la fragilidad de los sistemas que parecen más sólidos. Pero sobre todo, Karánsebes nos enseña sobre la guerra misma, esa actividad humana que pretende ser racional —estrategia, táctica, logística— pero que está siempre a un paso del caos total.

Los teóricos militares modernos estudian Karánsebes como un caso extremo de lo que llaman «fuego amigo» o «fratricidio militar». Desarrollan protocolos, sistemas de identificación, tecnologías de comunicación para prevenir que algo así vuelva a suceder. Pero siguen sucediendo, en menor escala pero con regularidad deprimente: soldados disparando contra sus compañeros en Afganistán, drones atacando posiciones aliadas en Siria, la niebla de guerra que ninguna tecnología puede disipar completamente.

Porque el problema fundamental que reveló Karánsebes no es técnico sino existencial. En la oscuridad, bajo presión extrema, sumidos en el miedo, los seres humanos son capaces de crear sus propios monstruos y luego destruirse luchando contra ellos. El enemigo más peligroso no es el que viene de fuera sino el que construimos con nuestros propios terrores.

Los gitanos valacos que vendieron el aguardiente que inició todo desaparecieron en la noche, llevándose sus barriles y sus ganancias, probablemente sin entender nunca el papel que habían jugado en el desastre. Es tentador verlos como los únicos ganadores de la batalla de Karánsebes: vendieron su mercancía y escaparon antes de que el infierno se desatara. Pero incluso ellos son solo un elemento más en la cadena de contingencias que llevó al desastre. Quitar el alcohol de la ecuación no elimina el problema fundamental: un ejército dividido contra sí mismo no puede permanecer en pie.


Hoy, Caransebeș es una pequeña ciudad rumana de unos veinte mil habitantes. Los turistas que la visitan van por sus iglesias medievales o como parada en el camino hacia los Cárpatos. Pocos saben que están caminando sobre uno de los campos de batalla más extraños de la historia, donde un ejército libró su batalla más sangrienta contra sí mismo.

No hay monumentos a los caídos en Karánsebes. ¿Cómo conmemorar a los muertos por error, a las víctimas de su propio ejército? ¿Qué inscripción poner en una lápida así? «Aquí yacen soldados imperiales muertos por soldados imperiales, creyendo morir por el imperio». Es demasiado absurdo para el mármol, demasiado verdadero para el olvido.

Pero quizás ese sea precisamente el monumento que Karánsebes merece: ninguno. Un vacío en la memoria oficial que habla más elocuentemente que cualquier estatua. Un silencio que grita la verdad que todos los poderes preferirían olvidar: que a veces, los imperios no son destruidos por sus enemigos sino por sus propias contradicciones internas llevadas a su conclusión lógica y sangrienta.

La batalla de Karánsebes no fue una batalla. Fue un suicidio colectivo accidental, un cortocircuito imperial, un momento en que la realidad superó cualquier ficción que el más imaginativo de los novelistas pudiera concebir. Fue el imperio disparándose en el pie, excepto que el pie resultó ser la cabeza, y la cabeza el corazón, y al final todo el cuerpo yacía desangrándose en el barro de los Balcanes.


¿Qué nos dice Karánsebes sobre nosotros mismos, aquí, ahora, en este siglo XXI que se suponía iba a ser más racional, más conectado, menos propenso a estos malentendidos fatales?

Vivimos en un mundo donde los algoritmos amplifican los rumores hasta convertirlos en verdades, donde el miedo viaja a la velocidad de la fibra óptica, donde grupos humanos que comparten territorio pero no lenguaje común —lenguaje en el sentido amplio: cultural, político, existencial— se miran con la misma suspicacia que los regimientos imperiales en aquella noche de septiembre. Los gritos de «¡Turci!» han sido reemplazados por otros gritos, otros pánicos, otros enemigos imaginarios o exagerados hasta la deformación.

La tecnología nos prometió comunicación perfecta, traducción instantánea, el fin de los malentendidos. Pero Karánsebes nos recuerda que el problema nunca fue técnico. Un ejército que se dispara a sí mismo no necesita mejor comunicación; necesita entender por qué está dispuesto a disparar en primer lugar. Necesita examinar el miedo que lleva en sus entrañas, la paranoia que ha normalizado, la violencia que ha convertido en respuesta automática.

El escritor austríaco Joseph Roth, escribiendo sobre el colapso del Imperio Austro-Húngaro más de un siglo después de Karánsebes, observó que los imperios no caen por invasiones externas sino por agotamiento interno, por la imposibilidad de mantener unido lo que nunca debió estarlo. Karánsebes fue un adelanto, una prefiguración en clave de farsa sangrienta de lo que vendría después.

Pero también hay algo más universal en juego. Karánsebes es lo que sucede cuando el miedo se vuelve el principio organizador de una sociedad, cuando la sospecha del otro —incluso cuando el otro viste tu mismo uniforme— supera cualquier sentido de propósito común. Es la guerra de todos contra todos de Hobbes, pero no en el estado de naturaleza sino en el corazón mismo de la civilización, con uniformes, rangos, y cadenas de mando que no sirven de nada cuando el pánico disuelve todos los vínculos.


El historiador militar británico Geoffrey Regan incluyó a Karánsebes en su libro sobre los mayores errores militares de la historia. Pero «error» parece una palabra demasiado pequeña, demasiado administrativa para lo que sucedió. Un error es calcular mal las provisiones, subestimar al enemigo, elegir el terreno equivocado para la batalla. Karánsebes fue algo más: fue un colapso ontológico, un momento en que la realidad misma se volvió incomprensible.

Los soldados que disparaban en la oscuridad no estaban equivocados en el sentido convencional. Dentro de su marco de referencia —el terror, la confusión, los gritos incomprensibles, los disparos reales— su respuesta era perfectamente lógica. Dispara o te disparan. Mata o te matan. Que el enemigo fuera imaginario no hacía menos reales las balas.

Este es quizás el aspecto más perturbador de Karánsebes: que no requirió locura, solo la lógica llevada a sus extremos en condiciones de incertidumbre total. Cada soldado actuó racionalmente dado lo que creía saber. La suma de todas esas racionalidades individuales fue la irracionalidad colectiva más absoluta.

Los economistas tienen un término para esto: la falacia de composición, cuando lo que es verdad para las partes no es verdad para el todo. En Karánsebes, cada soldado intentando salvarse contribuyó a la destrucción general. Cada regimiento intentando defenderse aumentó el caos que intentaba repeler. Cada oficial intentando imponer orden añadió una capa más de confusión.


Hay un último detalle que merece ser contado, aunque las fuentes son contradictorias y puede que sea más leyenda que historia. Se dice que días después del desastre, cuando las tropas imperiales comenzaban a reagruparse, apareció un soldado solitario, un granadero húngaro que había permanecido en su puesto durante toda la noche, disparando metódicamente hacia la oscuridad, convencido de estar defendiendo una posición crucial contra el enemigo otomano.

Cuando finalmente se quedó sin municiones y la luz del día reveló el campo vacío de enemigos, el soldado se negó a creer lo que veía. Insistía en que los turcos debían estar escondidos, preparando otro ataque. Tuvieron que relevarlo por la fuerza, y dicen que lloró al ser apartado de su puesto, no de alivio sino de vergüenza por lo que creía era su cobardía al abandonar la posición.

Real o apócrifa, la historia de este soldado solitario captura algo esencial sobre Karánsebes: la terrible dignidad del error honesto, la tragedia de cumplir con el deber cuando el deber mismo se ha vuelto absurdo. Ese soldado, disparando toda la noche contra enemigos imaginarios, es todos nosotros cuando nuestras certezas nos ciegan, cuando nuestros miedos se vuelven más reales que la realidad.


Karánsebes no terminó ninguna guerra ni comenzó ninguna revolución. No cambió fronteras ni derrocó dinastías. En los grandes libros de historia militar aparece, cuando aparece, como una curiosidad, una anomalía estadística, un recordatorio de que en la guerra, como en la vida, lo imposible a veces sucede.

Pero quizás precisamente por eso Karánsebes importa. Porque nos recuerda que los grandes sistemas —imperios, ejércitos, civilizaciones— son más frágiles de lo que parecen. Que basta una noche oscura, un malentendido, un grito en el idioma equivocado, para que todo se venga abajo. Que el orden es una ilusión consensuada que puede romperse en cualquier momento.

Y sobre todo, Karánsebes nos recuerda que el enemigo que más debemos temer no viene de fuera. No cruza fronteras ni habla idiomas extraños. El enemigo más peligroso es el que construimos con nuestros propios miedos, el que proyectamos en la oscuridad, el que existe porque creemos que existe y al creer lo hacemos real, terriblemente real, mortalmente real.

En aquella noche de septiembre de 1788, cerca del río Timiș, en una ciudad cuyos nombres se escriben de formas diferentes según el idioma —Karánsebes, Caransebeș, Karansebesch— un ejército se destruyó a sí mismo. No fue heroico ni glorioso. Fue absurdo y terrible y profundamente humano. Fue Karánsebes: la batalla que nunca fue, la victoria que nadie ganó, la derrota que todos sufrieron.

Y en algún lugar, en algún tiempo, otro ejército —literal o metafórico— se prepara para repetir la misma historia. Porque eso es lo que hacemos los humanos: repetir nuestros errores con variaciones, convencidos cada vez de que esta vez será diferente. Hasta que una noche, en la oscuridad, alguien grita una palabra que no entendemos, y respondemos de la única forma que sabemos: disparando hacia las sombras, disparando hacia nosotros mismos.


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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

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