EL RELOJ DE ARENA DE LA INFANCIA

Adopción, Estado y el tiempo que no vuelve
«Nunca conoceré el aroma de su piel, la calidez de su mirada, la ternura de sus caricias, cómo transitó la vida o incluso por dónde. No tendré el registro de su voz o el sonido de su respiración. Ni sabré los pensamientos, los anhelos más profundos. Hay muchas cosas que no tendré el privilegio de conocer. Hoy solo me queda agradecer a esa mujer, a ese ser por darme la oportunidad de vivir. Si de algo estoy segura: me dio una vida para crecer, aunque sea un rompecabezas desarmado. No tendré la certeza de conocer la hora de mi llegada a este mundo, como tampoco nadie conoce la de su partida. La adopción pudo haberme hecho percibir que alguien no me quería. Ese sentir no es siempre real, sino que es funcional a las situaciones que hacen el proceso, en donde los adultos no reparan que es un camino largo y emotivo para los tiempos de los niños, porque la niñez, al igual que la vida, pasa rápido y es en donde se construye la identidad que nos acompaña durante toda la vida. Adoptar es, en pocas palabras, elegir amar sin medidas.»
— A.S.A.
Hay relojes que no miden horas sino heridas. En Argentina, miles de niños, niñas y adolescentes viven atrapados en un sistema donde el tiempo administrativo avanza con la parsimonia de los expedientes mientras el tiempo de la infancia se escurre entre los dedos del Estado como arena imposible de recuperar. Cada día de demora es un día menos de abrazo posible, de juego compartido, de pertenencia. Cada formulario sin firmar es una noche más durmiendo en una cama que no es propia, mirando un techo que no reconoce como hogar.
Este no es un artículo sobre adultos que desean ser padres. Es un texto sobre infancias que esperan, sobre adolescentes que cumplen años en instituciones hasta que un día cumplen dieciocho y el sistema los despide con un certificado de egreso y una pregunta que nadie responde: ¿qué hago ahora con esta vida que nadie eligió cuidar?
El tiempo como violencia
Los números tienen la frialdad de las estadísticas pero esconden la temperatura de los cuerpos. Según datos oficiales de la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (DNRUA), la mayoría de familias buscan niños de hasta 3 años (el 84 %) y la adopción de adolescentes y niños mayores de 8 años está muy por debajo de lo que se necesita (y es casi inexistente para mayores de 12).
La matemática es brutal: hay extremadamente más adolescentes esperando familia que familias esperando adolescentes.
El Código Civil y Comercial de la Nación establece plazos que parecen razonables en el papel: ciento ochenta días como máximo para las medidas excepcionales de protección, noventa días para resolver la situación de adoptabilidad, seis meses de guarda preadoptiva. Sumados, no deberían superar el año y medio. Sin embargo, la realidad desmiente con crueldad esta aritmética legal. Según el último relevamiento de la entonces Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF), el 79% de los niños, niñas y adolescentes institucionalizados permanecen más allá de los ciento ochenta días previstos como plazo máximo. Muchos llevan años. Algunos, toda su infancia.
Un niño que ingresa a un hogar a los cuatro años puede egresar a los dieciocho sin haber conocido jamás una familia. Catorce años de espera. Cinco mil ciento diez días de un Estado que “protege” paralizando.
En Argentina hay actualmente cerca de diez mil niños, niñas, adolescentes y jóvenes viviendo en dispositivos de cuidado institucional. El 40% de ellos son adolescentes de trece años o más. El 86% reside en instituciones de tiempo completo. Las causas que motivaron su separación de la familia de origen son, en casi la mitad de los casos, situaciones de violencia y maltrato. En más de un tercio, abandono. El Estado intervino para en teoría protegerlos. Pero esa protección, muchas veces, se transformó en otra cosa, en otra forma de olvido.
La burocracia como sistema de exclusión
El camino hacia la adopción en Argentina atraviesa un laberinto de registros, juzgados, evaluaciones y expedientes que parece diseñado para desalentar antes que para unir. Cada provincia tiene su propio registro de aspirantes. La DNRUA articula a nivel nacional pero no ejecuta. Los organismos de protección de derechos evalúan, los juzgados de familia deciden, los equipos técnicos informan. Entre todos, nadie parece tener la urgencia que tiene un niño cuya infancia se consume mientras los papeles duermen en cajones.
El proceso formal exige inscripción en el registro correspondiente al domicilio, evaluaciones psicológicas, socioambientales, médicas. Luego, la espera. Cuando un juez declara a un niño en situación de adoptabilidad, debe solicitar legajos de aspirantes en un plazo no mayor a diez días. La selección considera las necesidades del niño, no los deseos de los adultos. Todo correcto en teoría. Todo fatalmente lento e irreal en la práctica.
Porque entre la teoría y la práctica se interpone la realidad de un sistema judicial sobrecargado, de equipos técnicos insuficientes, de articulaciones deficientes entre organismos, de prórrogas que se acumulan como capas geológicas en expedientes que engordan mientras los niños crecen y su infancias desvanecen. El artículo 607 del Código Civil establece que vencido el plazo máximo sin revertirse las causas que motivaron la medida, el organismo administrativo debe dictaminar inmediatamente sobre la situación de adoptabilidad y comunicarlo al juez dentro de las veinticuatro horas. Inmediatamente. Veinticuatro horas. Palabras que en muchos juzgados del país suenan a ciencia ficción.
El 85% de los aspirantes a adopción buscan niños de entre cero y tres años. Mientras tanto, el 37% de los niños institucionalizados tiene entre seis y doce años, y el 32% son adolescentes de trece a diecisiete.
Hay un desajuste estructural entre lo que las familias buscan y lo que el sistema ofrece. Pero reducir el problema a las preferencias de los adultos sería injusto y simplista. La responsabilidad primera es del Estado que no logra declarar a tiempo la situación de adoptabilidad, que demora años en resolver expedientes, que permite que un bebé de meses se transforme en un niño de diez años sin que nadie haya tomado una decisión definitiva sobre su destino.
El Estado y su responsabilidad ética
Argentina ratificó la Convención sobre los Derechos del Niño en 1990 y le otorgó jerarquía constitucional en 1994. La Ley 26.061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes proclama que el interés superior del niño debe ser una consideración primordial. El Código Civil y Comercial de 2015 reformuló integralmente el régimen de adopción con el objetivo de agilizar los procesos y garantizar derechos. Han pasado décadas de reformas legislativas. Y sin embargo hay desigualdades provinciales abismales. Hay registros que funcionan con criterios disímiles. Hay juzgados de familia con una carga de trabajo imposible de sostener. Hay equipos técnicos con dos o tres profesionales donde deberían trabajar quince o veinte. Hay falta de recursos, sí, pero también hay falta de voluntad política para priorizar a quienes no votan, no protestan, no tienen voz en los medios: los niños.
Las convocatorias públicas son la última instancia del sistema, el recurso extremo cuando ningún registro del país encuentra una familia para un niño en situación de adoptabilidad. Basta recorrer los sitios web de los registros provinciales para encontrar decenas de estas convocatorias: adolescentes de dieciséis años que buscan familia, grupos de cinco hermanos que no pueden separarse, niñas de once que esperan hace años. La convocatoria pública es la confesión de un fracaso: significa que el sistema agotó todas sus posibilidades internas y debe apelar a la sociedad toda para encontrar lo que debería haber garantizado desde el principio.
En 2025, Argentina registró un récord histórico: 977 guardas preadoptivas (que no es lo mismo que adopciones definitivas, es una etapa previa y no siempre concluye en adopción), superando las 866 de 2024 y duplicando las 657 de 2023. El Ministerio de Justicia celebró las cifras. ¿Es justo reconocer el avance? En realidad es necesario preguntar: ¿cuántos niños cumplieron dieciocho años ese mismo año sin haber encontrado familia? ¿Cuántos egresaron de instituciones hacia una adultez sin red? Las estadísticas no deben ocultar las estadísticas del abandono.
Las marcas en el alma
Las neurociencias y las teorías del apego coinciden en un punto crucial: los primeros años de vida son determinantes para el desarrollo cognitivo, emocional y social de una persona. La ausencia de un cuidador principal con quien establecer un vínculo afectivo seguro deja marcas que pueden durar toda la vida. Los niños que sufren institucionalizaciones prolongadas exhiben, según investigaciones citadas en estudios de la Universidad de Buenos Aires, dificultades en la formación del self, esa identidad básica que permite tener autoestima, sentir placer en relacionarse con otros, sentirse capaz de enfrentar la vida.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha señalado que el impacto perjudicial de la institucionalización se atribuye a varios factores: la ausencia de una figura de apego estable, la falta de estimulación, el acceso limitado a servicios básicos, el aislamiento de la comunidad. Las instituciones, en teoria, pueden proveer alimentación, educación, techo. Pero no pueden proveer lo que un niño más necesita: la certeza de que hay alguien en el mundo para quien él es único, irremplazable, elegido.
«La institución, al momento de compararla como un sustituto de hogar, carece de manera sistemática del trabajo de los vínculos afectivos», concluyen investigadores de la Facultad de Psicología de la Universidad Católica de La Plata.
El sentimiento de no-ser-elegido es una sombra que acompaña a muchos niños institucionalizados. No fueron elegidos por su familia de origen, que no pudo o no quiso cuidarlos. No fueron elegidos por las familias adoptivas, que buscaban bebés “sanos” y no adolescentes. No fueron elegidos por el Estado, que los protegió encerrándolos en un sistema que los preparó para la autonomía sin haberles dado antes la experiencia del amor. Son niños que aprenden muy temprano que el mundo es un lugar donde hay que sobrevivir, no un lugar donde se puede confiar.
Cuando el amor llega
Pero esta no es solo una crónica del dolor. También es necesario contar lo que sucede cuando el sistema ocasionalmente funciona, cuando una familia y un niño se encuentran, cuando el amor llega aunque llegue tarde. Porque adoptar a un adolescente que pasó años en instituciones no es un acto de caridad sino un acto de valentía. Requiere adultos dispuestos a sostener crisis, a tolerar rechazos, a esperar que la confianza se construya lentamente, piedra sobre piedra, sobre los escombros de las decepciones anteriores.
Las nuevas vivencias pueden actuar de manera reparatoria respecto de aquellas experiencias que fueron dañinas, señala la guía informativa oficial del Ministerio de Justicia de la Nación. La adopción no borra el pasado pero puede reescribir el futuro. Hay adolescentes que encontraron familia a los quince, a los dieciséis, a los diecisiete años, y que hoy testimonian que conocer el abrazo de una madre o un padre, aunque sea tardío, cambió para siempre su manera de estar en el mundo.
La familia es un acto político. Elegir ahijar a un niño que el sistema había condenado a la soledad es una forma de resistencia contra la indiferencia colectiva. Es decirle al Estado y a la sociedad: este niño merece lo mismo que cualquier otro, merece ser mirado, merece ser nombrado, merece pertenecer. Colectivos como Adopten Niñes Grandes trabajan para visibilizar que la adolescencia no es un impedimento sino una oportunidad, que estos jóvenes tienen mucho para dar si alguien se anima a recibirlos.
El vínculo adoptivo no nace de la biología sino de la decisión. Es un lazo que se teje cada día, con paciencia y con errores, con frustraciones y con alegrías imprevistas. Las familias adoptivas aprenden que el amor no se mide en genes sino en presencia, en la constancia de estar ahí aunque el niño empuje para afuera, en la certeza que se transmite sin palabras: no voy a irme, no voy a abandonarte, te elijo todos los días.
Lo que se recuerda, está vivo
La adopción puede ser un acto de reparación histórica o puede ser otra forma de violencia estructural. Depende de cuánto tiempo dejemos pasar, de cuántos expedientes acumulemos, de cuántos cumpleaños celebremos en instituciones antes de que alguien firme un papel. El reloj de arena de la infancia no espera decisiones judiciales ni resoluciones administrativas. Corre sin pausa, y cada grano que cae es un día de abrazos que ya no será.
Es imperativo exigir al Estado argentino lo que ya prometen las leyes: plazos que se cumplan, equipos que se fortalezcan, recursos que se asignen, prioridades que se reordenen. Pero también es necesario interpelar a la sociedad: ¿por qué buscamos bebés cuando hay adolescentes esperando? ¿Por qué nos asusta la historia que traen consigo cuando todos, de un modo u otro, cargamos historias difíciles? ¿Por qué creemos que solo podemos amar lo que se parece a nosotros?
Cada niño que espera en una institución es una pregunta que el Estado debe responder. Cada adolescente que egresa sin familia es una deuda que la sociedad arrastra. Cada día de demora es una herida que se suma a las anteriores. Pero también cada adopción que se concreta, cada vínculo que se construye, cada familia que elige amar sin medidas es una respuesta posible, un acto de fe en que otra forma de cuidar es posible.
A.S.A. escribió su testimonio siendo una adulta, mirando hacia atrás, intentando armar el rompecabezas de su propia historia. Hoy es una mujer brillante, luminosa, fuerte y hondamente empática; alguien que transformó las preguntas sin respuesta en sensibilidad, y la ausencia inicial en una forma de comprender al otro. Desde esa fortaleza serena vuelve sobre su origen no para reclamar certezas, sino para abrazar lo vivido y ponerle palabras a aquello que durante años existió solo como silencio. Escribió su testimonio no solo como un acto íntimo de memoria, sino también como un gesto profundamente político: para darle visibilidad a una realidad que sigue siendo marginal, aunque debería ocupar un lugar prioritario y urgente en la agenda nacional. Hoy hay miles de niños y adolescentes cuyas piezas todavía están dispersas, esperando que alguien las recoja, las ordene, les dé sentido. No podemos devolverles el tiempo perdido. Pero podemos, al menos, dejar de robárselo.
«La hija que siempre quise era una hija que no conocía hasta que te adopté.»
— Familia adoptiva de A.S.A.
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