Los Almacenes de Barrio: Una Crónica del Corazón Argentino

Corría 1984 y mi madre me mandó solo, por primera vez, al almacén de Don Cañueto.
En una mano llevaba el listado de los mandados escrito con su letra apretada, y en la otra una bolsa de tela heredada de mi abuela, con flores descoloridas que alguna vez fueron violetas y que ahora parecían manchas de lluvia vieja. Era una tarde templada de Agosto, y el sol de las cinco caía justo en el umbral de la ochava donde Don Cañueto abría su mundo al barrio. El local ocupaba la planta baja de una casa chorizo en Barracas, con una puerta que se abría hacia adentro con un tintineo de campanitas desafinadas. Cuando crucé el umbral, me envolvió ese aroma que después supe que era el perfume exacto del paraiso: una mezcla de quesos, jamónes, galletitas; un popurri indefinible que desprenden los productos cuando duermen juntos en el mismo lugar por mucho tiempo. Yo tenía entonces ocho años, el corazón un poco acelerado, y un miedo infantil a olvidarme algo de la lista o, peor aun, a equivocarme en los vueltos. Pero él me recibió como si fuera un habitué de la política vecinal.
—¿Qué pasó, te soltaron solo hoy pibe?- me dijo, ya cortando salame milán sin haber leído una palabra.
El almacén era un mundo en sí mismo: las galletitas Terrabusi, Capri, y Bagley dormían su siesta en grandes latas metálicas; el queso cuartirolo venía entalcado y envuelto en papel celofán; y la Coca-Cola de vidrio retornable esperaba en su cajón rojo, al lado de los sifones de soda. Había harina suelta, manteca fraccionada por panes, dulce de membrillo en cajon, y aceitunas Turcas en frascos pesados de vidrio que parecían salidos de un laboratorio de alquimia. En un rincón, las latas de duraznos en almíbar brillaban como medallas oxidadas al lado de las latas de dulce de batata con la imagen de La Giaconda. Sobre el mostrador, la balanza con pesas de bronce; y detrás de Don Cañueto, una pared entera de repisas con marcas y productos que no vería nunca más: latas de picadillo la negra, gomina Glostora, perfume old spice, ballenitas para camisas, hojas de afeitar Gillete, cigarrillos 43/70 y unas botellas de vidrio marrones aceite cocinero con etiqueta verde que parecían tan inamovibles como él.
Don Cañueto era un hombre de sesenta años que se sentia de setenta y se veia de ochenta, con bigotes grises de morsa y manos que conocían el peso exacto de cada cosa sin necesidad de balanza. Tenía una libreta negra donde anotaba con lápiz los fiados de la cuadra, y una memoria prodigiosa para recordar quién debía qué y desde cuándo. Detrás del mostrador, en estantes de madera que llegaban hasta el techo, se ordenaba el mundo conocido: frascos de pickles, botellas de ginebra que reflejaban la luz como pequeños soles y una gran variedad de productos de todo tipo.
—Decile a tu mamá que llegaron las galletitas Canale—dijo Cañueto mientras pesaba el fiambrin en la balanza de hierro que chirrió como un gato viejo—. Y llevate un puñadito de champagne, esas van de yapa…
Ese era el ritual sagrado de la yapa: esas galletitas obleas dulces de frutilla que caían como lluvia bendita en una bolsita de papel blanco, regalo de la casa, cortesía del almacenero que entendía que la vida, al fin y al cabo, necesita pequeñas dulzuras para ser soportable.
El almacén de barrio no era solo un lugar donde se compraban cosas. Era un confesionario laico, un teatro mínimo donde se representaba cada día la comedia humana del vecindario. Mientras Don Cañueto envolvía el jamón en papel manteca y lo ataba con piolín como si fuera un regalo, las mujeres del barrio se turnaban para contar los chismes más frescos: que la de la esquina había vuelto a discutir con el marido, que el pibe de los González había empezado a estudiar abogacía, que el dueño del kiosco de enfrente estaba por cerrar porque no le daban los números.
La radio siempre estaba encendida, sintonizada en alguna AM que transmitía tangos por la mañana y fútbol por la tarde. Los sonidos se mezclaban: el crujir del papel de estraza, el tintineo de las monedas en la caja registradora mecánica, el murmullo de las conversaciones y, de fondo, la voz de Hugo del Carril cantando «Yira yira» o los gritos de un relator describiendo un gol de Boca.
En las góndolas improvisadas se exhibían los productos con la paciencia de los objetos que saben que van a durar. Los caramelos sueltos vivían en vidrios alargados de forma cilíndrica, con tapas que se abrían con un pequeño esfuerzo y liberaban el aroma a vainilla y praline. La Coca-Cola venía en botellas de vidrio retornable, con el logo grabado en relieve y un sabor que ningún envase posterior pudo igualar. Casi todo se vendía suelto, o por unidad, como si cada cosa fuera un pequeño lujo que había que administrar con cuidado.
Don Cañueto conocía los gustos de cada cliente como un director de orquesta conoce a sus músicos. Sabía que la señora Marta prefería el queso más cremoso, que el viejo Ramón solo compraba cigarrillos Particulares y que la señora Rosa necesitaba que le cortaran la mortadela bien finita porque tenía problemas con la dentadura. Era un catálogo humano, una enciclopedia del barrio que se actualizaba cada día con nuevos datos, nuevas historias, nuevos dramas domésticos.
Los domingos, el almacén cerraba pero la vida continuaba. Los hombres se juntaban en la vereda, algunos con el diario Cronica debajo del brazo, otros con la radio a transistores pegada a la oreja, todos esperando que llegara la noche para ver ¨Funcion privada¨ o para discutir si River tenía chances en el campeonato.
Entonces llegaron los años noventa, un tal Carlos Saul al sillon de Rivadavia, el neoliberalismo y con ellos, la modernidad arrasó como un viento que no distingue entre lo bueno y lo malo. Aparecieron los primeros supermercados: Casa Tía, Todo, Norte, Disco. Enormes espacios con aire acondicionado, música funcional y góndolas infinitas llenas de productos envueltos en plástico. La promesa era tentadora: variedad, precios competitivos, comodidad. Pero nadie nos había advertido que también llevaba consigo la despersonalización de la compra, el fin de la relación humana con el comercio y posterior monopolizacion del mercado.
En los supermercados, las cajeras cambiaban cada mes, los productos se apilaban como soldados en formación y el cliente se convertía en un número más en la fila. No había yapa, no había charla, no había tiempo para preguntar por la familia. El intercambio se reducía a lo esencial: plata por mercadería, gracias, que tenga buen día.
Los almacenes de barrio comenzaron a cerrar uno por uno, como luces que se apagan en una ciudad que se queda sin electricidad. Don Cañueto resistió hasta mediados de los noventa, pero finalmente tuvo que bajar las persianas cuando se dio cuenta de que la libreta de fiados se había convertido en una lista de deudas incobrables y que los clientes de toda la vida habían migrado hacia las ofertas de los grandes supermercados.
El local se transformó en un videoclub, después en un locutorio, más tarde en un ciber, y finalmente en un almacén chino. Los nuevos dueños, una familia de inmigrantes que trabajaba dieciocho horas por día, instalaron refrigeradores modernos, góndolas metálicas y un sistema de precios que cambiaba cada semana. El horario se extendió hasta las dos de la madrugada, los días de la semana se multiplicaron y el concepto de descanso dominical se volvió arqueología.
Los almacenes chinos trajeron eficiencia, variedad y horarios imposibles. Pero también trajeron el fin de la conversación, el adiós a la confianza, y la inexistencia de la yapa. El fiado se reemplazó por la tarjeta de débito, el papel manteca por el film plástico, el piolín por las bolsas de polietileno. La cuenta se liquidaba al instante, sin memorias ni historias pendientes.
El almacén de barrio había sido algo más que un negocio: había sido un ritual, una institución, un punto de encuentro donde la comunidad se reconocía a sí misma. Era el lugar donde se aprendían las primeras lecciones de economía doméstica, donde se descubría que la vida tenía un precio pero también tenía crédito, donde se entendía que detrás de cada producto había una historia, una marca, una procedencia.
En esos almacenes se forjaba el paladar argentino: el gusto por el queso cuartirolo que dejaba los dedos blancos de talco, por el jamón cocido que se cortaba en fetas gruesas, por las galletitas de agua que se comían con dulce de leche o con queso. También se educaba el oído: el sonido de las botellas de vidrio chocando entre sí, el ruido de la caja registradora mecánica, el crujir del papel de estraza que se convertía en el envoltorio de todos los productos.
Hoy, cuando entro a un supermercado moderno, con sus pasillos anchos y sus luces frías, extraño el desorden fértil del almacén de barrio. Extraño la conversación casual, la yapa inesperada, la posibilidad de que el almacenero me pregunte por mi familia. Extraño la humanidad básica de un intercambio comercial que también era un intercambio de afectos.
Los almacenes de barrio fueron víctimas del progreso, pero también fueron víctimas de nosotros mismos, de nuestra prisa, de nuestra búsqueda de comodidad, de nuestra aceptación de que la eficiencia es más importante que la calidez humana. Elegimos la variedad por sobre la cercanía, el precio por sobre el trato, la velocidad por sobre la conversación.
Pero todavía quedan algunos, resistiendo como soldados en una guerra perdida. En las esquinas más olvidadas de la ciudad, en los barrios que la modernidad no terminó de conquistar, sobreviven almacenes que mantienen vivas las tradiciones: la libreta de fiados, la yapa, la charla informal, el conocimiento personal de cada cliente.
En esos almacenes, las latas de conserva todavía se apilan como pequeños rascacielos, las galletitas sueltas siguen viviendo en sus latas metálicas y el queso cuartirolo sigue entalcado, blanqueando los dedos de quien lo corta. Son lugares donde el tiempo se ha detenido, donde la Argentina de los almacenes de barrio sigue viva, esperando que alguien la redescubra.
Don Cañueto murió en el 2003, el mismo año en que cerraron los últimos videoclub del barrio. Su funeral fue multitudinario: vinieron clientes de toda la vida, vecinos que lo habían conocido durante décadas, proveedores que habían trabajado con él desde los años setenta. El cortejo fúnebre pasó por delante del local que había sido su almacén, y alguien dejó una corona de flores en la puerta con una cinta que decía: «Gracias por tantas yapas».
Su hijo, que había estudiado ingeniería y trabajaba en una empresa multinacional, no quiso hacerse cargo del negocio. «Es una época que ya pasó», me dijo cuando nos encontramos en el velorio. «Hoy la gente compra en los supermercados, nadie quiere conversar con el almacenero, nadie tiene tiempo para las yapas». Tal vez tenía razón. Tal vez el almacén de barrio había sido una institución de su tiempo, y ese tiempo había terminado.
Pero a veces, cuando el sol de la tarde entra por mi cocina y el mantel huele a pan recién hecho, cuando el aire se llena de esos aromas que despiertan memorias dormidas, juro que escucho su voz diciendo: «Llevate un puñadito de champagne, … esas van de yapa». Y por un momento, el mundo vuelve a ser ese lugar donde la generosidad se medía en gramos de galletitas dulces y la confianza se anotaba con lápiz en una libreta negra.
Los almacenes de barrio fueron el corazón comercial de la Argentina, el lugar donde cada mostrador era una grieta de historia y dignidad. Fueron la prueba de que el comercio puede ser también un acto de amor, de que comprar y vender pueden ser formas de reconocerse, de que la economía puede tener rostro humano.
Cuando cierro los ojos, todavía puedo ver a Don Cañueto envolviendo el jamón en papel manteca, atándolo con piolín como si fuera un regalo, y regalándome esa sonrisa que decía que la vida, al fin y al cabo, se puede endulzar con pequeñas cortesías. Esa era la Argentina de los almacenes de barrio: un país donde cada compra era también un acto de fe, donde cada yapa era una promesa de que mañana podía ser mejor que hoy. Vos que opinas?
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Me acuerdo de las Capri rosas!!! eran re ricas!!!