Una reflexión sobre los recientes ataques del presidente Milei al periodismo y su significado para la democracia argentina
El Show del Odio Disfrazado de Caridad
El domingo 29 de junio de 2025, mientras donaba un millón de pesos a refugios de animales en un streaming del canal Neura, el presidente Javier Milei convirtió un acto de supuesta solidaridad en una nueva trinchera de guerra contra la prensa. Entre caricias a su perro Conan y palabras dulces hacia los «hijitos de cuatro patas», el mandatario desplegó un arsenal de insultos contra los periodistas argentinos, calificándolos como «periomierdas» y «conjunto de soretes ensobrados». El contraste no podía ser más obsceno: ternura para los animales, veneno para quienes ejercen el derecho constitucional de informar.
Este episodio no es una anécdota pintoresca ni un exabrupto presidencial. Es la cristalización de una estrategia sistemática de amedrentamiento que busca silenciar las voces críticas y transformar el ecosistema informativo argentino en un jardín de elogios para el poder. Cuando un presidente utiliza su investidura para degradar públicamente a periodistas específicos —como lo hizo al llamar «mierda humana» a Joaquín Morales Solá—, no está ejerciendo su derecho a la crítica. Está usando el peso del Estado para intimidar, humillar y deslegitimar el trabajo de quienes tienen la responsabilidad democrática de fiscalizar al poder.
La Libertad de los Poderosos
Milei proclama que enfrenta a «un enemigo que intenta matarle» y que existe «real malicia, mala intención, mala leche» en el periodismo crítico. Sus palabras revelan una concepción autoritaria del poder: quien critica al gobierno no es un ciudadano ejerciendo su derecho, sino un «enemigo» que debe ser destruido. Esta lógica binaria —conmigo o contra mí, amigo o enemigo— es la antítesis del pluralismo democrático.
La «libertad» que predica Milei no es la libertad del pensamiento, sino la libertad del mercado sin regulaciones, la libertad de los poderosos para actuar sin escrutinio, la libertad para destruir instituciones sin rendir cuentas. Es una libertad unidireccional: él puede insultar, descalificar y humillar desde la máxima magistratura del país, pero los periodistas que ejercen su trabajo profesional son «mierdas», «ensobrados» y «enemigos del pueblo».
Esta no es la primera vez que un líder populista utiliza esta estrategia. Organizaciones como la Academia Nacional de Periodistas, ADEPA, FOPEA y ACERA han manifestado su inquietud por los insultos, malos tratos y acciones legales que Milei ha emprendido contra profesionales de la prensa. El presidente ya había denunciado por calumnias e injurias a tres periodistas —Carlos Pagni, Viviana Canosa y Ari Lijalad— por tratarlo de «nazi». El patrón es claro: cada crítica se convierte en una «operación», cada cuestionamiento en una «traición», cada pregunta incómoda en una «mentira maliciosa».
Ecos de la Historia
No es casual que Milei utilice un lenguaje deshumanizante para referirse a los periodistas. La historia nos enseña que cuando los líderes autoritarios comienzan a catalogar a sectores de la sociedad como «enemigos internos», «traidores» o —en este caso— «soretes», están sentando las bases para acciones más graves. La degradación verbal es siempre el primer paso hacia la degradación institucional. La historia nos a demostrado que lo que un dia son insultos y agravios, al otro pueden ser balas, como las del organismo paraestatal AAA (Alianza Anticomunista Argentina) que recordemos surgio en el seno de un gobierno democratico como el de Isabel Peron.
En la Argentina conocemos bien esta película. Hemos visto como esos regímenes autoritarios utilizaron la máquina estatal para perseguir, censurar y silenciar a la prensa. Hemos vivido las consecuencias de gobiernos que consideraron al periodismo crítico como un obstáculo a eliminar, no como un componente esencial de la democracia. Personalmente, mi familia conoció ese horror de cerca. José Manuel Díaz Rodríguez (Pachi), primo hermano de mi padre, fue asesinado el 13 de mayo de 1975 a los 23 años en una imprenta clandestina ubicada en Villa Crespo. Allí imprimía ideas, no armas; compartía palabras que buscaban un país más justo. Lo mataron por eso. Por creer que el cambio social también podía venir desde un mimeógrafo. Esa imprenta fue allanada por las fuerzas paraestatales. Hoy en ese lugar funciona un taller mecánico, como si el tiempo pudiera cubrirlo todo con una capa de grasa y olvido. Pero la memoria no se borra. La llevamos en la sangre, en las ausencias en nuestras mesas familiares, en los retratos que miran silentes desde un rincon al futuro que no pudieron vivir, en las anécdotas que se repiten como un rezo, para que no se las lleve el viento, en la rabia serena que provoca escuchar, medio siglo después, a un presidente que vuelve a sembrar odio desde el atril, banalizando la violencia con insultos y desprecio hacia quienes informan. Lo mas grave es que ahora el ataque viene envuelto en el lenguaje de la «libertad» y se transmite en vivo por streaming, con perros de por medio y donaciones solidarias como telón de fondo.
La Estrategia del Miedo
Milei sostiene que los medios «necesitan que esto salga mal porque si no, a ellos les va mal». Esta lógica conspirativa es funcional a su estrategia: presenta al periodismo no como una profesión que busca informar a la ciudadanía, sino como un sector corporativo que opera por intereses económicos contra el gobierno. Es una falacia que ignora la diversidad del ecosistema mediático argentino y reduce la complejidad del trabajo periodístico a una simple ecuación de poder y dinero.
La realidad es que el periodismo argentino está atravesado por múltiples crisis: económicas, tecnológicas, de credibilidad. Muchos medios luchan por sobrevivir en un contexto de transformación digital y contracción publicitaria. Pero esta fragilidad, lejos de ser un argumento para el silencio, debe ser una razón más para defender la independencia editorial y el derecho a la información.
Cuando Milei ataca sistemáticamente a periodistas específicos , está enviando un mensaje claro al resto de la profesión: «Así les puede pasar a ustedes si me cuestionan». El efecto intimidatorio es evidente y busca generar autocensura: que los periodistas moderen sus críticas por miedo a convertirse en el próximo blanco presidencial.
El Simulacro de la Indignación
Milei se presenta como víctima: «Me dijeron incestuoso, zoofílico, homofóbico. Me dijeron nazi. Toda esa mierda de periodistas». Su estrategia es conocida: invertir los roles para presentarse como el agredido cuando él es quien detenta el poder del Estado. Es cierto que algunos medios y periodistas han cometido excesos en su cobertura, y eso debe ser criticado. Pero la respuesta no puede ser la degradación sistemática de toda la profesión ni el uso del cargo presidencial como plataforma de venganza personal.
La diferencia de poder es abismal. Un periodista que critica al presidente ejerce su derecho y cumple con su deber profesional. Un presidente que utiliza la investidura para insultar a periodistas específicos está abusando de su posición y violentando las reglas democráticas básicas. No son lo mismo una crítica periodística y un ataque presidencial. El poder estatal no puede equipararse con el poder de la palabra crítica.
La Complicidad del Silencio
Lo más preocupante de este episodio no son solo las palabras de Milei, sino el silencio que las rodea. ¿Dónde están las voces de la dirigencia política que deberían defender las instituciones democráticas? ¿Dónde están los sectores empresarios que dicen valorar la estabilidad institucional? ¿Dónde están las organizaciones de la sociedad civil que se presentan como defensoras de la república?
El silencio cómplice es tan peligroso como el ataque directo. Cada vez que permitimos que un presidente insulte impunemente a periodistas, estamos normalizando la degradación de las instituciones. Cada vez que minimizamos estos ataques como «exabruptos» o «formas de ser», estamos habilitando la erosión democrática.
No es casual que la vicepresidenta Victoria Villarruel, cuyo vínculo con Milei está roto, haya publicado un mensaje defendiendo a «quienes, con compromiso y vocación, ejercen la labor fundamental de buscar la verdad, informar con responsabilidad y fortalecer la democracia». Ni siquiera dentro del propio gobierno hay unanimidad respecto a estos ataques. Esto debería ser una señal de alarma para quienes todavía pueden actuar en defensa de las instituciones.
El Periodismo como Trinchera
El periodismo no es perfecto. Comete errores, tiene sesgos, a veces cae en el sensacionalismo o la frivolidad. Pero en una democracia, la imperfección del periodismo no se corrige con ataques presidenciales sino con más periodismo, con mejor periodismo, con la competencia de ideas y la pluralidad de voces.
El rol del periodismo en democracia no es hacer feliz al poder. Es preguntar, investigar, cuestionar, incomodar cuando es necesario. Es contar lo que el poder quiere ocultar y mostrar lo que el poder prefiere que permanezca en las sombras. Es, como decía el gran periodista estadounidense Finley Peter Dunne, “El trabajo del periódico es consolar a los afligidos y afligir a los cómodos”..
Los periodistas argentinos no necesitan que el presidente los ame. Necesitan que respete su trabajo, que respete su derecho a ejercer la profesión sin amenazas ni intimidaciones, que entienda que la crítica periodística no es un ataque personal sino un componente esencial de la vida democrática.
La Normalización de lo Anormal
Uno de los mayores peligros de estos ataques sistemáticos es su normalización. Con cada insulto, con cada descalificación, con cada ataque, la sociedad se va acostumbrando a un nivel de degradación del debate público que antes nos hubiera parecido inaceptable. Lo que ayer nos escandalizaba, hoy nos parece «normal» porque «así es Milei».
Esta normalización es tóxica para la democracia. Cuando normalizamos que un presidente insulte a periodistas, estamos aceptando que el poder puede actuar sin límites retóricos. Cuando normalizamos la descalificación sistemática de la prensa, estamos debilitando uno de los pilares del sistema democrático.
La democracia no es solo votar cada cuatro años. Es un sistema de pesos y contrapesos, de controles mutuos, de respeto por las instituciones y las reglas de juego. El periodismo libre es parte esencial de ese ecosistema. Cuando lo atacamos, atacamos a la democracia misma.
La Responsabilidad de los Medios
Esto no significa que el periodismo argentino no deba hacer autocrítica. Al contrario: estos ataques presidenciales deberían ser una oportunidad para reflexionar sobre los propios errores y mejorar el trabajo profesional. Es necesario revisar las prácticas, elevar los estándares, fortalecer la independencia editorial y reconstruir la credibilidad pública.
Pero esta autocrítica no puede hacerse bajo presión presidencial ni como respuesta a intimidaciones. Debe surgir de la propia profesión, de sus organizaciones, de su compromiso con la verdad y con la sociedad. El periodismo argentino tiene una larga tradición de excelencia profesional y compromiso democrático. Esa tradición debe ser defendida y fortalecida.
Los medios tampoco pueden permitir que estos ataques los paralicen o los lleven a la autocensura. Al contrario: deben redoblar su compromiso con la investigación rigurosa, con la información verificada, con el análisis profundo. La mejor respuesta a la descalificación es el trabajo profesional de calidad.
La Amenaza Real
Más allá de los insultos y las descalificaciones, existe una amenaza más concreta: el uso del poder estatal para perseguir al periodismo crítico. Las denuncias penales que Milei presentó contra tres periodistas son una señal de alerta que no puede ser ignorada. Cuando un presidente utiliza la Justicia para intimidar a periodistas, está cruzando una línea roja que no debería cruzarse en democracia.
El derecho penal no puede ser utilizado como herramienta de persecución política ni como mecanismo de venganza personal. Las figuras de calumnias e injurias, tal como están redactadas en nuestro Código Penal, pueden prestarse para el lawfare contra periodistas. Es necesario revisar esta legislación para evitar que sea utilizada como arma contra la libertad de expresión.
La comunidad internacional debe estar atenta a estos desarrollos. Los organismos de derechos humanos, las organizaciones internacionales de periodistas, los gobiernos democráticos del mundo no pueden permanecer en silencio mientras se erosiona la libertad de prensa en Argentina.
El Costo de la Inacción
Si permitimos que estos ataques continúen sin respuesta, estaremos abriendo la puerta a escaladas más graves. Hoy son insultos y denuncias penales. Mañana pueden ser otras formas de presión: inspecciones impositivas selectivas, retiro de publicidad oficial, presión sobre anunciantes privados, persecution judicial sistemática.
El deterioro de la libertad de prensa nunca es un proceso abrupto. Es gradual, sistemático, progresivo. Comienza con la descalificación verbal, continúa con la persecución legal, sigue con la presión económica y puede terminar con el control directo del ecosistema mediático. Argentina no puede permitirse recorrer ese camino.
Cada día que pasa sin una respuesta firme a estos ataques es un día ganado para la erosión democrática. Cada silencio cómplice es una habilitación para el próximo insulto. Cada normalización de lo anormal es un paso hacia la degradación institucional.
La Construcción del Relato Único
Milei sostiene que está «llevando a cabo el mejor gobierno de la historia» y que eso «les revuelve las tripas» a los críticos. Esta construcción narrativa es funcional a su estrategia: presentar cualquier crítica como producto de la «envidia» ante el «éxito» gubernamental, no como el resultado de un análisis objetivo de las políticas públicas.
El objetivo final es claro: construir un relato único, sin matices, sin voces disidentes. Un relato donde el gobierno siempre tiene razón, donde las críticas son siempre malintencionadas, donde los periodistas son siempre «enemigos» y donde la única verdad válida es la que emana desde el poder.
Esta es la esencia del autoritarismo moderno: no la supresión abierta de la libertad de expresión, sino su degradación progresiva hasta convertirla en un simulacro. No se trata de cerrar medios, sino de volverlos irrelevantes. No se trata de censurar directamente, sino de crear un clima de intimidación que lleve a la autocensura.
El Poder de la Palabra
Los periodistas tienen armas poderosas para defenderse: la palabra, la investigación, la verdad. Pero estas armas solo son efectivas si se usan con coraje, con rigor profesional y con apoyo social. El periodismo solo no puede defender la democracia. Necesita el apoyo de toda la sociedad democrática.
Es hora de que los argentinos comprendan que defender al periodismo libre no es defender a los periodistas como corporación, sino defender el derecho de todos los ciudadanos a estar informados. Es defender el derecho a conocer la verdad, a escuchar voces diversas, a tener acceso a información que permita tomar decisiones políticas informadas.
Cuando atacan al periodismo, nos atacan a todos. Cuando degradan la libertad de prensa, degradan la democracia. Cuando insultan a los periodistas desde el poder, insultan a todos los ciudadanos que tienen derecho a estar informados.
La Urgencia del Presente
No podemos esperar a que estos ataques escalen para actuar. No podemos esperar a que se aprueben leyes de medios restrictivas para defender la libertad de prensa. No podemos esperar a que se multipliquen las denuncias penales para decir basta. El momento de actuar es ahora.
Los colegios profesionales de periodistas deben alzar su voz. Las universidades que forman comunicadores deben defender a sus graduados. Los sindicatos de prensa deben proteger a sus afiliados. Las organizaciones de derechos humanos deben incluir la libertad de expresión en su agenda prioritaria.
Los partidos políticos de la oposición no pueden limitarse a declaraciones tibias. Deben presentar proyectos concretos para fortalecer la libertad de prensa, para limitar el uso del derecho penal contra periodistas, para garantizar el acceso a la información pública. Deben hacer de la defensa del periodismo libre una bandera de la resistencia democrática.
La Resistencia Democrática
Cada periodista que sigue investigando pese a los ataques es un acto de resistencia. Cada medio que mantiene su independencia editorial es una trinchera democrática. Cada ciudadano que defiende el derecho a la información es un guardián de la república.
La democracia argentina está bajo tensión. No es una tensión abstracta o teórica: es concreta, visible, medible. Se manifiesta en cada insulto presidencial a periodistas, en cada denuncia penal contra voces críticas, en cada intento de degradar las instituciones.
Pero la democracia también tiene defensores. Están en las redacciones que siguen investigando, en las aulas universitarias que siguen enseñando periodismo ético, en las organizaciones sociales que siguen defendiendo derechos, en los ciudadanos que siguen creyendo en la importancia de la información libre.
El Llamado Final
Este no es un problema solo de periodistas. Es un problema de toda la sociedad argentina. Es un problema de todos los que creemos en la democracia, en la república, en el estado de derecho. Es un problema de todos los que entendemos que la información libre es un derecho humano fundamental y que la libertad de prensa es una condición sine qua non de la vida democrática.
No podemos permitir que el streaming de donación a refugios de animales sea recordado como el momento en que normalizamos los ataques presidenciales a la prensa. No podemos permitir que la ternura hacia los perros conviva con el odio hacia los periodistas. No podemos permitir que la caridad hacia los animales coexista con la crueldad hacia quienes ejercen el derecho a informar.
Es hora de que todos los sectores democráticos de la Argentina digan basta. Es hora de que las organizaciones empresarias, los colegios profesionales, las universidades, los sindicatos, los partidos políticos, las organizaciones sociales y los ciudadanos de a pie se unan en defensa de la libertad de prensa.
Es hora de entender que cuando un presidente convierte una donación solidaria en una plataforma de odio hacia el periodismo, está perforando los cimientos mismos de la democracia. Es hora de entender que el silencio ante estos ataques es complicidad con la erosión institucional.
La palabra está bajo asedio. Es hora de defenderla.
Es hora de defender el derecho de los periodistas a incomodar, a preguntar, a contar lo que el poder quiere ocultar.
La defensa de la palabra libre es la defensa de la libertad misma.
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