VITA:
LA BANDA SONORA PERDIDA: Los ecos que definían nuestros barrios en la infancia argentina
VITA Banner
9 Jun 2026, Mar

LA BANDA SONORA PERDIDA: Los ecos que definían nuestros barrios en la infancia argentina

LA BANDA SONORA PERDIDA

Los ecos que definían nuestros barrios en la infancia argentina


«El oído es el sentido de la intimidad, el que nunca descansa, el que no tiene párpados.» Maria Zambrano

El hallazgo del silencio

Anoche se cortó la luz. Duró apenas cuarenta minutos, pero fueron suficientes para que algo se desplazara en el tiempo. Primero fue la oscuridad repentina, ese apagón que hoy nos deja más desamparados que a nuestros abuelos, porque ellos sabían dónde guardaban las velas y nosotros apenas recordamos dónde dejamos el cargador del celular. Pero lo que vino después fue otra cosa: el silencio. No el silencio vacío de una habitación cerrada, sino un silencio lleno, espeso, un silencio que parecía tener textura.

Se apagaron de golpe el compresor de la heladera, el murmullo constante del router, el zumbido casi imperceptible del transformador del televisor en standby, el runrún del aire acondicionado del vecino de arriba. Se fue ese ruido blanco contemporáneo que ni siquiera sabemos que escuchamos hasta que deja de sonar. Y en ese vacío súbito, antes de que aparecieran las voces alarmadas del edificio preguntando si a alguien le funcionaba algo, hubo un instante —no más de tres segundos, quizás cuatro— en el que escuché otra cosa.

Escuché un grillo.

No sé si era real o si lo inventó mi memoria. No sé si vino del pequeño jardín de la esquina o si subió desde algún sótano del recuerdo. Pero ahí estaba: cri-cri, cri-cri, con esa regularidad que parecía un metrónomo de otra época. Y entonces, como si alguien hubiera abierto una compuerta, volvieron todos los demás sonidos. No los de ahora. Los de antes. Los sonidos de una infancia en el interior profundo de la Argentina, cuando el oído era nuestra forma de estar en el mundo.

El sonido no era el silencio: era la atención.

Hay una frase que le escuché alguna vez a un sonidista de cine, uno de esos artesanos que trabajan en los estudios de postproducción fabricando pasos en la grava y portazos de época: «Antes, la gente escuchaba hacia afuera. Hoy escucha hacia adentro, con auriculares». La diferencia parece técnica, pero es existencial. Escuchar hacia afuera significaba que el mundo entraba en nosotros por el oído, sin filtro, sin selección, sin algoritmo. Éramos porosos al sonido del barrio, del pueblo, de la calle. El oído era un órgano comunitario.

Esa noche del apagón, mientras Buenos Aires se debatía entre el fastidio y el WhatsApp que no cargaba, yo estuve en otro lugar. Estuve en la siesta de un pueblo del interior donde el calor del mediodía hacía sudar hasta a las paredes, donde el único movimiento era el de las moscas contra el mosquitero, donde el silencio era una presencia física que se podía tocar. Estuve en una tarde de diciembre de hace cuarenta años, cuando el tiempo se medía en sonidos y no en notificaciones.

Esto que sigue es un intento de reconstrucción. No de una historia, sino de una acústica. La banda sonora no oficial de otra época, aquella que marcaba el ritmo cotidiano antes del encierro digital, el ruido homogéneo, el delivery, las notificaciones y los auriculares. Antes de que el mundo se pusiera audifonos y dejara de escucharnos entre nosotros.

El amanecer: cuando los pájaros eran el despertador

El día no empezaba con una alarma. Empezaba antes, mucho antes, cuando todavía era de noche pero ya no era noche cerrada. Empezaba con un sonido que hoy parece inverosímil: el canto de los pájaros. No uno, no dos, sino un coro entero que iba creciendo como una orquesta que afina sus instrumentos antes del concierto. Primero las calandrias, que son madrugadoras y cantan cuando el cielo apenas se pone gris. Después los zorzales, con ese trino líquido que parece agua cayendo. Luego los horneros, con su grito metálico, su «fuerte-fuerte-fuerte» que sonaba como un martillo pequeño golpeando una campana diminuta. Y por último los gorriones, esa masa desordenada de piidos que anunciaba que el sol ya estaba por asomarse. Como apostilla voy a contar que fueron introducidos en el pais no por Sarmiento sino por el empresario cervecero Emilio Bieckert, pero eso es material para otro nota.

En los pueblos del interior —en esos pueblos de la pampa húmeda, del litoral, de las sierras cordobesas, de los valles cuyanos— el amanecer era un acontecimiento acústico. Las casas tenían patios, los patios tenían árboles, los árboles tenían nidos. La arquitectura del pueblo estaba diseñada, sin que nadie lo planificara así, para que el sonido circulara. Las tejas coloniales resonaban distinto que las chapas de zinc. Las paredes de adobe absorbían el eco de otra manera que los ladrillos huecos. Cada material tenía su frecuencia, y los pájaros lo sabían.

Después venía otro sonido: el motor de la camioneta del panadero.

Seis de la mañana, a veces seis y cuarto. Uno aprendía a reconocerlo antes de verlo: era un ronroneo particular, asmático, que se acercaba por las calles de tierra con una parsimonia de otro siglo. La camioneta paraba, el motor quedaba encendido, se escuchaba el golpe de la puerta trasera —un golpe seco, de chapa, que rebotaba contra las fachadas dormidas— y después el roce de los cajones de mimbre sobre el metal. El olor llegaba antes que el panadero: ese perfume imposible del pan recién horneado, de la masa caliente, de la grasa derretida sobre las facturas. Pero era el sonido el que despertaba el hambre. El crujido del papel madera envolviendo los criollitos, el tintineo de las monedas en el bolsillo del panadero, el chirrido de las bisagras de alguna puerta que se abría para recibirlo.

Ese ritual se repetía cada mañana con una regularidad que hoy parece de otro planeta. No había delivery que llegara cuando quisiera. No había aplicación que mostrara en tiempo real dónde estaba el pedido. Había un hombre con una camioneta, una ruta memorizada en el cuerpo, y un pueblo entero que sabía, sin necesidad de mirar el reloj, que si el panadero ya había pasado, era hora de levantarse.

El tiempo no se medía en horas: se medía en sonidos que llegaban.

La mañana: la sinfonía de los oficios

Había una hora, entre las nueve y las once de la mañana, en que el barrio sonaba a trabajo.

No a ese trabajo silencioso de hoy, encerrado en oficinas con aire acondicionado y auriculares con cancelación de ruido. Era un trabajo que se escuchaba, que se anunciaba, que atravesaba paredes y llegaba a todos. Los oficios tenían banda sonora, y cada uno había desarrollado, con los años, un lenguaje acústico propio para hacerse reconocer.

El afilador de cuchillos. ¿Cómo explicarle a alguien que nació después de 1995 lo que era el sonido del afilador? Era una armónica, sí, pero no cualquier armónica. Era un instrumento construido específicamente para ese oficio, con un sonido particular —una especie de quejido agudo que subía y bajaba en una escala menor— que atravesaba las paredes, los patios, las conversaciones de las cocinas. El afilador no necesitaba golpear puertas ni gritar su mercadería. Su armónica era su publicidad, su marca registrada, su identidad. Uno podía estar en el fondo de la casa, haciendo cualquier cosa, y de pronto ese sonido llegaba como un mensaje de otro mundo: «Estoy acá, estoy pasando, si necesitás afilar algo salí ahora». Y la gente salía. Las mujeres juntaban los cuchillos de la cocina, las tijeras de costura, a veces hasta las hojas de las máquinas de cortar el pasto. Y el afilador se instalaba en la vereda con su piedra giratoria, su bicicleta adaptada con un mecanismo de pedales, y el ruido del metal contra la piedra se sumaba a la banda sonora del barrio: un chirrido áspero, intermitente, que producía chispas anaranjadas en plena luz del día.

Después venía el chatarrero.

El chatarrero no tenía armónica. Tenía algo mejor: un parlante latoso, destartalado, atado con alambre a un carro tirado por un caballo flaco o en el mejor de los casos por una Rastrojero. Y de ese parlante salía una voz grabada, siempre la misma, con ese eco metálico de los grabadores baratos, que repetía un letanía que todos los argentinos de cierta edad podemos recitar de memoria: «Compro botellas, diarios viejos, heladeras, calefones, lavarropas compro…!».

Esa voz tenía una cadencia particular, un ritmo casi hipnótico, que se mezclaba con el traqueteo de las ruedas del carro sobre el empedrado y los cascos del caballo marcando un tiempo lento, de otra época. El chatarrero era un arqueólogo del descarte. Recorría los barrios buscando lo que otros desechaban, y su grabación era una promesa de que todo podía tener una segunda vida. Las heladeras oxidadas, los ventiladores que ya no ventilaban, las ollas con el fondo quemado: todo tenía valor para alguien. Ese sonido era un recordatorio de una economía circular que funcionaba antes de que la llamáramos así, cuando reparar era más barato que comprar y tirar era casi un pecado.

Y en el fondo de las casas, otro sonido marcaba la mañana: el traqueteo de las máquinas de coser.

Las Singer de pedal, esos monumentos de hierro negro con letras doradas, que habían sido la inversión de toda una vida para las abuelas y ahora pasaban de madre a hija como una herencia sagrada. El sonido era inconfundible: un ta-ca-ta-ca-ta-ca rítmico, veloz cuando la costurera estaba inspirada, lento cuando repasaba una costura difícil. Ese ruido salía por las ventanas abiertas —porque el calor no dejaba otra opción— y se mezclaba con las voces de la radio AM, con el tintineo de las tazas del mate, con la charla de las vecinas que se cruzaban a pedir una taza de azúcar o a devolver la olla de la torta del domingo. La máquina de coser era el latido doméstico del barrio, el metrónomo de una economía casera donde la ropa se hacía, se arreglaba, se achicaba para el hermano menor y se agrandaba para la hija que había crecido. Cada puntada era un acto de resistencia contra el consumo descartable que vendría después.

El mediodía: el silencio sagrado de la siesta

A las doce en punto, en verano, el pueblo se detenía.

No era una metáfora. Era una realidad física, verificable, que cualquiera que haya crecido en el interior argentino puede certificar. El sol del mediodía pampeano, litoraleño, santiagueño, cuyano, era un sol que no admitía réplica. Un sol que pesaba sobre los hombros, que hacía arder el cemento, que convertía las chapas de los techos en planchas al rojo vivo. Contra ese sol no había trabajo que valiera. Las persianas se bajaban —y ese era otro sonido, el traqueteo de las persianas de enrollar, como un ronquido mecánico que anunciaba la rendición colectiva ante el calor— y el pueblo entraba en un letargo que duraba hasta las tres, a veces hasta las cuatro de la tarde.

Pero el silencio de la siesta no era un silencio vacío. Era un silencio lleno de micro-ruidos, de sonidos mínimos que solo se escuchaban porque todo lo demás se había callado.

Las cigarras. Ese coro ensordecedor que parecía venir de todas partes y de ninguna, ese zumbido eléctrico que subía y bajaba de intensidad como si alguien moviera un dial invisible. Las cigarras cantaban con una regularidad obsesiva, y su canto era tan constante que uno dejaba de escucharlo conscientemente, pero estaba ahí, como un fondo sonoro del verano, como una marca de fábrica de las tardes de enero.

Los grillos. Más discretos que las cigarras, los grillos tenían su propio registro, más grave, más intermitente. Cri-cri. Cri-cri. Un grillo solo era casi un relojero, marcando segundos con una precisión metronómica. Pero cuando eran muchos, cuando el jardín entero se llenaba de grillos, el sonido se convertía en una marea, en un océano acústico que subía y bajaba según misteriosas leyes que solo ellos conocían.

El ventilador de techo. En las casas que tenían la suerte de tener uno, el ventilador era el compañero inseparable de la siesta. Sus aspas giraban con una lentitud hipnótica, produciendo un zumbido grave y un viento tibio que no refrescaba mucho pero que al menos movía el aire. El ruido del ventilador era un narcótico auditivo, una nana mecánica que invitaba al sueño. Y a veces, cuando las aspas estaban un poco desbalanceadas, producían un clic rítmico, clic, clic, clic, que se sumaba a la sinfonía del reposo.

Las moscas contra el mosquitero. Ese sonido mínimo, casi imperceptible, de las patas y las alas de las moscas tratando de entrar por la tela metálica, era el ruido de la derrota. Las moscas querían la sombra, la frescura relativa del interior, pero el mosquitero las detenía. Y ahí quedaban, zumbando contra la malla, golpeándose una y otra vez contra el obstáculo, produciendo ese toc-toc-toc diminuto que era, paradójicamente, un sonido de la calma. Si uno escuchaba las moscas contra el mosquitero, significaba que todo lo demás estaba callado.

Y de pronto, atravesando todo ese silencio poblado de pequeños ruidos, una respiración. La respiración de alguien que dormía en el cuarto de al lado. El crujido de un somier cuando alguien se daba vuelta. El golpe sordo de un pie descalzo contra el piso de mosaico, cuando alguien se levantaba a tomar agua. Esos sonidos humanos, esos sonidos de los cuerpos en reposo, eran el verdadero latido de la siesta. Porque la siesta no era un acto individual: era un acto colectivo. Todo el pueblo dormía al mismo tiempo, respiraba al mismo tiempo, sudaba al mismo tiempo. El silencio de la siesta era un silencio compartido.

La siesta era el único momento del día en que el tiempo se detenía y el oído podía descansar de escuchar.

La tarde: el estallido de la infancia

A las cinco de la tarde, el pueblo explotaba.

Era como si alguien hubiera abierto de golpe todas las puertas, todas las ventanas, todas las bocas. Los chicos salían de las casas como liberados de una cárcel benigna, gritando, corriendo, arrastrando bicicletas oxidadas y pelotas de cuero gastado. El silencio de la siesta se hacía añicos contra ese aluvión de voces infantiles que tomaban la calle como un ejército desorganizado y feliz.

Las escuelas del turno tarde también soltaban a sus prisioneros. El timbre de salida —ese ring metálico, estridente, que sonaba como una alarma de incendio pero significaba libertad— era la señal para la estampida. Mochilas golpeando contra las espaldas, guardapolvos blancos que salían corriendo sin preocuparse por el barro de las veredas, risas superpuestas, silbidos, insultos cariñosos, el ruido de las trabas de las bicicletas abriéndose, el clang de los portones de las escuelas que se cerraban hasta el día siguiente.

Y después, el sonido más esperado de toda la tarde.

La campanilla del heladero.

No era una campanilla cualquiera. Era un tintineo particular, agudo, que se reconocía desde tres cuadras de distancia. El carrito del heladero —a veces una bicicleta con un freezer adelante, a veces un triciclo con una caja de telgopor— tenía una campanilla atada al manubrio que sonaba con cada bache del camino, con cada movimiento del pedaleo. Pero además el heladero la hacía sonar a propósito, con ritmo, anunciando su presencia como un heraldo de la felicidad efímera.

«¡Heladooooos!»

Ese grito se estiraba en el aire caliente de la tarde, se alargaba como si el heladero quisiera que su voz llegara hasta el último rincón del barrio. Y los chicos reaccionaban como perros de Pavlov: corrían hacia sus casas gritando «¡mamá, el heladero!», juntaban las monedas que habían guardado toda la semana, volvían corriendo a la calle para no perderlo. El heladero sabía esperar. Paraba en cada esquina, dejaba que la campanilla siguiera sonando, dejaba que la ansiedad infantil creciera hasta el punto justo. Y cuando finalmente abría la tapa del freezer, salía una nube de vapor frío que era casi tan placentera como el helado mismo.

El sonido de las tardes de verano era el sonido de la pelota.

No había calle sin picado, no había baldío sin arco improvisado con dos piedras o dos buzos hechos un bollo. La pelota de cuero, cuando era nueva, hacía un poc grave y satisfactorio contra el empeine. Pero las pelotas nunca duraban nuevas mucho tiempo: se deformaban, se desinflaban, se parchaban con parches de bicicleta, y su sonido iba cambiando con cada golpe hasta convertirse en un plaf más sordo, más apagado. Y cuando la pelota era de goma —la clásica pulpo, esa pelota rayada de colores que se vendía en los kioscos— el sonido era otro: un rebote agudo, elástico, que se repetía infinitamente cuando los chicos jugaban al metegol en la vereda.

El sábado por la tarde, un sonido distinto dominaba el barrio: el chisporroteo de la parrilla.

Era el primer sonido del fin de semana, la señal de que el tiempo del trabajo había terminado y comenzaba el tiempo del placer. El carbón crepitando, la grasa goteando sobre las brasas y produciendo ese ssssss característico, el chasquido de la carne al ser vuelta. Y alrededor de la parrilla, el murmullo de los hombres opinando sobre el punto del asado, el tintineo de los vasos de vino, la risa de alguien que contaba un chiste que ya todos conocían. La parrilla era una institución acústica: un lugar donde el sonido del fuego se mezclaba con el sonido de la conversación, donde el ritual del asado era también un ritual de la palabra.

El atardecer y la noche: el réquiem del día

Cuando el sol empezaba a caer, los sonidos cambiaban de registro.

Las voces de los chicos se iban apagando, llamados uno por uno desde los balcones y las puertas. «¡Carlitos, a comer!» «¡Nena, entrá que hay humedad!» Esos gritos maternos, que atravesaban cuadras enteras, eran el anuncio de que el día se terminaba. Los picados se disolvían, las bicis volvían a sus galpones, las veredas se quedaban vacías. Y en ese vacío empezaba a sonar otra música: la música de la noche que venía.

La radio AM.

Ese runrún constante, ese murmullo de voces lejanas, de publicidades cantadas, de noticieros con voz engolada, que salía de las ventanas abiertas como una niebla sonora. Cada casa tenía su radio, y cada radio estaba sintonizada en una estación diferente, y todas esas estaciones se mezclaban en el aire de la calle formando un collage incomprensible pero familiar. Era el sonido de un país que todavía compartía una misma frecuencia, un mismo universo de referencias. Los programas de la tarde —los consultorios sentimentales, los radioteatros, los partidos de fútbol relatados con pasión épica— salían de las ventanas y se convertían en patrimonio común.

Después llegó la televisión, y el sonido cambió.

Los televisores a tubo tenían un zumbido característico, una vibración eléctrica que anunciaba su presencia antes de que apareciera la imagen. Y cuando la imagen aparecía, el sonido que salía era distinto al de la radio: más plano, más metálico, como si viniera de más lejos. Las cortinas musicales de los programas, las voces de los conductores, las risas grabadas de las comedias norteamericanas: todo eso se mezclaba con la noche, salía por las ventanas y se sumaba a la banda sonora del barrio. Pero ya no era lo mismo. La televisión, a diferencia de la radio, exigía mirar. El sonido de la televisión era un sonido que te llamaba hacia adentro de la casa, no hacia afuera. Era el comienzo de algo nuevo, aunque entonces no lo sabíamos.

En el interior profundo, donde los pueblos todavía no tenían luz eléctrica constante o donde la señal de televisión llegaba borrosa y esquiva, la noche tenía otros sonidos. El viento en los cables de luz, ese silbido agudo que variaba según la intensidad de las ráfagas. Los grillos, que en la noche multiplicaban su presencia hasta convertirse en un océano de cri-cris superpuestos. Los sapos, con su croar grave y gutural, que anunciaban lluvia o simplemente cantaban porque sí, porque era su naturaleza cantar en la oscuridad. El crujido de la tierra, ese sonido casi imperceptible que hacía el suelo cuando se enfriaba después del calor del día, como si la pampa respirara.

Y las puertas. El golpe seco de las puertas de madera o de chapa que se cerraban por última vez, anunciando que la casa se replegaba para la noche. Cada casa tenía su sonido de cierre, su firma acústica. Las puertas de madera maciza sonaban con un toc grave y definitivo. Las puertas de chapa sonaban con un clang metálico que resonaba en la calle vacía. Las puertas con mosquitero hacían un doble sonido: el clap de la puerta interior y el tap del mosquitero que rebotaba antes de acomodarse. Uno podía adivinar, con los ojos cerrados, qué vecino estaba cerrando su casa.

La noche era el único momento en que el silencio del campo invadía los pueblos, recordándoles de dónde venían.

Los personajes sonoros del barrio

Había sonidos que no pertenecían a momentos del día sino a lugares, a espacios, a instituciones del barrio que tenían su propia identidad acústica.

El herrero. En algún fondo, en algún galpón oscuro al que los chicos nunca se atrevían a entrar, estaba el herrero con su fragua. Y de ahí salía un sonido que parecía venir de otra época: el golpe del martillo sobre el yunque, ting-tang, ting-tang, con un ritmo regular que podía durar horas. El herrero hacía rejas, hacía herraduras, hacía bisagras y cerraduras. Y cada golpe de su martillo era una conversación con el metal, un diálogo antiguo entre el fuego, el hierro y la fuerza del brazo. Los chicos se acercaban hasta la puerta del taller y espiaban adentro, fascinados por las chispas que saltaban en la penumbra, por el fulgor anaranjado de la fragua, por ese hombre cubierto de hollín que parecía un mago oscuro conjurando formas del fuego.

El colchonero. Otro oficio perdido, otra banda sonora desaparecida. El colchonero venía una vez al año, con su carromato cargado de herramientas, y se instalaba en algún baldío a cardar lana. El sonido de la cardadora era un zumbido particular, como de abeja gigante, que se mezclaba con el golpe rítmico de las varas sobre el colchón abierto. El colchonero golpeaba y golpeaba, soltando la lana apelmazada, aireándola, devolviéndole la esponjosidad perdida por años de uso. Y cuando terminaba, el colchón parecía nuevo, y el barrio entero olía a lana limpia durante días.

El bondi. Los colectivos urbanos en las ciudades medianas y el conourbano —los Mercedes Benz 1114, con su carrocería de chapa y sus asientos de cuerina gastada— tenían una identidad sonora inconfundible. El motor asmático que tosía en cada arranque, el compresor que resoplaba antes de abrir las puertas, el chirrido de los frenos que anunciaba la parada. Y dentro del bondi, la máquina de boletos: ese aparatito metálico que el chofer accionaba con una palanca, haciendo girar un rollo de papel y produciendo un crac satisfactorio con cada boleto cortado. El sonido del boleto era el sonido del viaje, la confirmación de que uno estaba yendo a algún lugar, de que el movimiento era posible.

La iglesia. El campanario del pueblo era el reloj público, el anunciador de eventos, el pulmón acústico de la comunidad. Cada toque de campana tenía un significado distinto. El repique de misa, alegre y repetitivo, llamando a los fieles cada domingo a las nueve de la mañana. El toque de difuntos, lento y grave, con pausas largas entre cada campanada, que anunciaba una muerte antes de que nadie supiera de quién se trataba. El repique de casamiento, festivo y prolongado, que llenaba todo el pueblo de un sonido de celebración. Y el toque del ángelus, tres veces al día —a las seis de la mañana, al mediodía, a las seis de la tarde— marcando el ritmo de las horas como un metrónomo sagrado.

El club del barrio. En un rincón del barrio siempre había un club, una sociedad de fomento, un lugar donde los hombres se juntaban a jugar a las bochas o al truco. El sonido de las bochas chocando era un golpe sordo y satisfactorio, toc, seguido de la discusión sobre quién había quedado más cerca del bochín. El sonido del truco era una mezcla de naipes golpeando contra la mesa, fichas de plástico contando puntos, y voces cantando: «¡envido!», «¡truco!», «¡quiero retruco!». El club era un lugar donde los hombres hablaban de fútbol y de política, donde se arreglaban negocios y se deshacían amistades, donde el sonido de la comunidad masculina se condensaba en unas pocas mesas de madera gastada.

El tren. En los pueblos que todavía tenían estación —antes de que el menemismo desmantelara los ramales con sus recetas neoliberales, antes de que los rieles se oxidaran y las estaciones se convirtieran en ruinas habitadas por fantasmas— el tren era el latido del lugar. El silbato a lo lejos, ese lamento grave que anunciaba la llegada desde kilómetros de distancia. El traqueteo de las ruedas sobre las vías, tac-tac-tac-tac, cada vez más fuerte a medida que se acercaba. El chirrido de los frenos, largo y agudo, que duraba más de lo que uno esperaba. Y después el silencio súbito, denso, de la locomotora detenida. El tren era el mundo exterior que entraba en el pueblo, que traía noticias, parientes, mercadería. Y cuando se iba, su silbato de despedida dejaba un vacío en el aire que tardaba en llenarse.

La fábrica. En los pueblos industriales, la sirena de la fábrica organizaba el tiempo mejor que cualquier reloj. Sonaba a las seis de la mañana para el turno de la mañana, a las dos de la tarde para el cambio de turno, a las diez de la noche para el turno nocturno. Esa sirena —un aullido mecánico que podía oírse desde cualquier rincón del pueblo— era el recordatorio constante de que el trabajo era el centro de todo, de que la vida giraba alrededor de la producción. Cuando las fábricas empezaron a cerrar, a fines de los años setenta y durante los ochenta y los noventa, el silencio de la sirena fue el primer anuncio de la desgracia. Un pueblo sin sirena de fábrica era un pueblo sin futuro.

Y la cancha de fútbol. No la cancha profesional, no el estadio con tribunas de cemento: la cancha del potrero, la cancha del club de barrio, la cancha de tierra donde se jugaban los partidos de los domingos. Desde lejos, cuando el viento soplaba en la dirección correcta, llegaba el murmullo del partido: voces que gritaban, un silbato que pitaba, y de pronto, como una explosión contenida, el rugido de un gol. Ese rugido —cien gargantas, doscientas gargantas, gritando al mismo tiempo— viajaba por el aire como una onda expansiva, llegaba a los oídos de quienes no estaban en la cancha y les contaba una historia sin necesidad de palabras. Un gol del equipo local tenía un rugido distinto al gol del visitante. Uno aprendía a distinguirlos, a leer el resultado del partido con solo escuchar.

La naturaleza que enmudeció

Hay un silencio que no notamos porque nunca lo escuchamos llegar.

Es el silencio de los insectos.

Quienes crecimos en las décadas del setenta y ochenta recordamos las noches de verano como sinfonías de bichos. Las cigarras con su zumbido eléctrico, los grillos con su cri-cri metronómico, los mosquitos con su quejido agudo que anunciaba la picadura que venía. Y también los veíamos: las luciérnagas parpadeando en los jardines, los bichos bolita que nos entretenían haciéndolos enrollarse en una pelotita gris, las mariposas nocturnas golpeándose contra las lámparas del porche. El verano estaba vivo de insectos, y esa vida tenía banda sonora.

Hoy, ese sonido casi ha desaparecido.

La disminución de las poblaciones de insectos es un fenómeno documentado por la ciencia, estudiado en universidades de todo el mundo, publicado en revistas especializadas. Los entomólogos lo llaman «el apocalipsis de los insectos» o «el Armagedón de los insectos». Las causas son múltiples y se superponen: el uso masivo de agroquímicos —herbicidas, insecticidas, fungicidas— que matan no solo a las plagas sino a todo lo que vuela, rampa o se arrastra. La pérdida de hábitat natural, la desaparición de los montes, de los pastizales, de los humedales. La contaminación lumínica que confunde a los insectos nocturnos. El cambio climático que altera los ciclos de reproducción.

Hay una imagen que resume esta catástrofe silenciosa, una imagen que cualquiera que tenga más de cuarenta años puede verificar en su propia memoria: el parabrisas del auto.

Antes, cuando uno viajaba por ruta en verano, el parabrisas terminaba cubierto de insectos. Era un problema práctico: había que parar en las estaciones de servicio a limpiar el vidrio porque la acumulación de bichos estallados impedía ver. Los faros también quedaban empastados, el radiador se obstruía de cadáveres de mariposas y polillas. Era desagradable, sí, pero era también la prueba de que el aire estaba lleno de vida.

Hoy llegamos de un viaje de mil kilómetros con el parabrisas casi limpio. Unos pocos insectos, apenas perceptibles. Y ese parabrisas limpio, que parece un triunfo de la higiene, es en realidad una tragedia monumental. Es la prueba de que algo se ha roto en el mundo, de que un eslabón fundamental de la perfecta cadena de la vida se está deshaciendo.

Un parabrisas limpio después de un viaje por ruta es la fotografía del desastre: donde antes había vida, ahora hay silencio.

Los sapos han desaparecido de los patios. Las luciérnagas son un recuerdo de la infancia que los niños de hoy no van a tener. Los grillos cantan cada vez más bajo, cada vez menos. Y con ellos se va una parte de nuestra banda sonora, una parte de nuestra memoria colectiva. Porque el silencio de la naturaleza no es paz: es ausencia. No es calma: es muerte.

Los estudios científicos hablan de disminuciones del 75% o más en las poblaciones de insectos voladores en algunas regiones. Hablan de la desaparición de las abejas, de la crisis de polinización, del colapso de ecosistemas enteros. Pero los números, por alarmantes que sean, no capturan lo que realmente perdimos. Lo que perdimos es el sonido del verano. Lo que perdimos es esa noche llena de cri-cris y zumbidos que era el soundtrack de nuestra infancia. Lo que perdimos es esa conexión acústica con un mundo natural que ya no está.

Lo que perdimos, lo que queda

¿Qué escuchan hoy los chicos?

No es una pregunta retórica. Es una pregunta genuina que me hago cada vez que veo a un grupo de adolescentes caminando por la calle, cada uno con sus auriculares puestos, cada uno en su propia burbuja sonora, cada uno habitando un universo acústico privado, intransferible, incomunicable. ¿Qué escuchan? No lo sé. No puedo saberlo. Su música no sale de sus auriculares, no se derrama sobre la calle, no se mezcla con el ruido del tránsito, no se convierte en patrimonio común.

Antes, la música era colectiva por necesidad. Las radios sonaban para todos, los tocadiscos llenaban el living, los equipos de música del vecino atravesaban las paredes y nos imponían su selección aunque no la quisiéramos. La música era una experiencia compartida, un territorio común donde los gustos se negociaban, se imponían, se resistían. Uno aprendía a escuchar cumbia porque el vecino escuchaba cumbia, aprendía a reconocer a Sandro porque la tía lo ponía todos los domingos, aprendía a odiar ciertos temas de tanto escucharlos contra su voluntad.

Hoy, cada oído es una isla.

Los auriculares con cancelación de ruido no solo cancelan el ruido: cancelan el mundo. Cancelan la posibilidad de escuchar lo que no elegimos escuchar, de ser interrumpidos por un sonido inesperado, de pertenecer a una comunidad acústica. El algoritmo de Spotify nos ofrece más de lo mismo, refuerza nuestros gustos, nos encierra en una cámara de eco musical donde nunca nos encontramos con lo diferente. Y mientras tanto, la calle se vuelve cada vez más ruidosa —más motores, más bocinas, más alarmas, más sirenas— pero nadie la escucha porque todos llevamos nuestros propios auriculares puestos.

¿Existe todavía una banda sonora común?

Quizás en los estadios de fútbol, donde miles de gargantas todavía cantan al unísono canciones que todos conocen. Quizás en los recitales, esos momentos de comunión efímera donde un público comparte la misma música durante unas horas. Quizás en las plazas, en las manifestaciones, en los actos públicos donde la voz colectiva todavía se hace escuchar. Pero son islas en un océano de ruido privatizado, momentos excepcionales en una vida cotidiana de auriculares y notificaciones.

El paisaje sonoro de hoy es paradójico: hay más ruido que nunca, pero menos sonidos que importen. Las ciudades son más ruidosas —los estudios sobre contaminación acústica lo confirman— pero ese ruido es homogéneo, monótono, sin matices ni ritmos. Es el rugido constante del tránsito, el zumbido de los aires acondicionados, el pitido de las alarmas, el ping de las notificaciones. No es un sonido que cuente una historia, que marque un momento del día, que anuncie la llegada de alguien. Es ruido blanco, ruido sin sentido, ruido que no dice nada.

¿Qué dice de un país el sonido que produce?

La Argentina de aquellas décadas —con sus trenes, sus fábricas, sus oficios ambulantes, sus radios encendidas— era una Argentina que sonaba a trabajo y a comunidad. Era un país donde el oído era un órgano social, donde escuchar hacia afuera era la forma natural de estar en el mundo. Los sonidos nos conectaban: todos escuchábamos al panadero, todos escuchábamos la sirena de la fábrica, todos escuchábamos el partido de fútbol saliendo de las ventanas. Esa escucha común nos hacía comunidad.

La Argentina de hoy suena distinto. Suena a delivery en moto, a notificación de WhatsApp, a auricular Bluetooth, a alarma de auto. Suena a aislamiento sonoro, a cada uno en su burbuja, a nadie escuchando lo mismo que el otro. Los sonidos ya no nos conectan: nos separan. Cada oído está enchufado a su propia playlist, a su propio algoritmo, a su propia soledad digital.

Y sin embargo.

Y sin embargo, algo queda.

Anoche, cuando se cortó la luz y escuché —o creí escuchar— ese grillo imposible, algo se movió adentro mío. No fue nostalgia, o no solo nostalgia. Fue el reconocimiento de que esos sonidos siguen ahí, en algún lugar de la memoria, esperando ser convocados. Fue la certeza de que una parte de lo que somos está hecha de los sonidos que escuchamos cuando éramos chicos, de que nuestra identidad tiene una banda sonora aunque hayamos dejado de escucharla.

El afilador ya no pasa, pero si cierro los ojos puedo escuchar su armónica. El tren ya no llega a la estación del pueblo, pero su silbato sigue sonando en algún rincón de mi cabeza. Las luciérnagas ya no parpadean en el jardín, pero su luz silenciosa sigue encendida en mi memoria.

Quizás eso sea lo que queda: la memoria del sonido. La capacidad de cerrar los ojos y volver a escuchar lo que ya no existe. La posibilidad de contar, como estoy contando ahora, la banda sonora de una época para que otros puedan escucharla a través de las palabras.

Porque eso hacemos los que escribimos: convertimos sonidos en letras, transformamos ecos en oraciones, guardamos en la palabra lo que el aire ya se llevó.

Y cuando alguien lea esto —quizás vos que estás leyendo ahora— y reconozca un sonido, y diga para sus adentros «yo viví ahí, yo escuché eso», entonces algo habrá sido rescatado del olvido. Una vibración mínima, un eco casi imperceptible, un fragmento de esa banda sonora perdida que fue, durante décadas, la música de fondo de nuestras vidas.

Lo que se recuerda, está vivo. Y mientras alguien cuente lo que escuchó, el silencio no habrá ganado del todo.

Esta noche, antes de dormir, voy a hacer algo que no hago nunca: voy a apagar todo. El teléfono, la computadora, el router, el televisor en standby. Voy a sentarme en el balcón con los ojos cerrados y voy a escuchar. No sé qué voy a encontrar: quizás solo el ruido de la ciudad insomne, el tránsito lejano, una sirena, un perro. Pero quizás, si el viento sopla en la dirección correcta, escuche algo más. Quizás escuche un grillo perdido cantando en algún jardín olvidado. Quizás escuche el eco de un tren fantasma que ya no existe. Quizás escuche, muy a lo lejos, la voz de mi madre llamándome a comer, aunque hace años que se fue.

Porque, como bien reflexiono la filosofa Española Maria Zambrano, el oído no tiene párpados. Y algunos sonidos, los que importan de verdad, nunca terminan de apagarse.


Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Avatar de Gavroche

By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

Deja un comentario

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo