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LOS HIJOS DE NADIE: Qué hacemos los argentinos con la niñez. La deuda eterna de un país que mira hacia otro lado.
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12 May 2026, Mar

LOS HIJOS DE NADIE: Qué hacemos los argentinos con la niñez. La deuda eterna de un país que mira hacia otro lado.

LOS HIJOS DE NADIE

Qué hacemos los argentinos con la niñez. La deuda eterna de un país que mira hacia otro lado.


El peso de una mano pequeña

Hay gestos que te cambian la vida sin que te des cuenta. El mío ocurrió una noche cualquiera, cuando mi hijo era muy pequeño y apoyó su mano sobre la mía para dormirse. No dijo nada. No pidió nada. Solo puso esa mano mínima, tibia, confiada, como si el mundo entero pudiera derrumbarse y, aun así, mientras yo estuviera ahí, todo seguiría siendo seguro. En ese instante entendí algo que ningún libro enseña: que ser padre no es un título ni una mística, sino una responsabilidad brutal que te cae encima de golpe. Un niño no te elige, no te distingue, no sabe quién sos; simplemente depende de vos. Y esa dependencia absoluta —tan real, tan física— es lo que te obliga a estar a la altura, a convertirte en refugio, a sostener incluso cuando no sabés cómo hacerlo.

Desde entonces, cada vez que lo veo dormir, siento el mismo vértigo. Un movimiento interno, primitivo, casi animal: la certeza de que sería capaz de cualquier cosa para protegerlo. No hablo de metáforas heroicas; hablo de lo que realmente pasa por el cuerpo. Cavaría con las manos si fuera necesario. Empujaría el mundo con los hombros. Haría lo imposible. Porque ese niño que respira suave frente a mí depende de mí para existir con calma: para comer, para sentirse a salvo, para saber que hay un lugar donde alguien lo cuida sin pedir nada a cambio.

Y, sin embargo, mientras lo miro dormir, una idea cruel me atraviesa como un rayo.

Que hay miles de niños en este país que no tienen esa mano que los sostenga. Miles que no tienen a nadie que los mire mientras duermen. Miles que ni siquiera tienen dónde dormir.

Los invisibles

En Argentina hay aproximadamente doce millones de niños, niñas y adolescentes. De ellos, según de UNICEF e INDEC correspondientes al primer semestre de 2024, el 67% vive en situación de pobreza. Crecen con lo justo, con lo mínimo, o directamente sin nada. Un número brutal —casi ocho millones de niños— se encontra bajo la línea de pobreza. Dos de cada tres. Siete de cada diez en algunos territorios.

Las cifras son tan grandes que se vuelven abstracciones. El cerebro humano no está diseñado para comprender el sufrimiento a escala industrial. Podemos llorar por un niño cuya foto aparece en los diarios, pero no podemos llorar por millones. Los números nos anestesian. Y esa anestesia es, quizás, la peor de nuestras complicidades.

«En 2024, más de cuatro millones de niños no tuvieron garantizada la alimentación. El 35,5% atravesó inseguridad alimentaria, y un 16,5% experimentó su forma más severa: el hambre.»

Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina, el 35,5% de los niños, niñas y adolescentes del país atravesó inseguridad alimentaria durante 2024. Eso significa que más de cuatro millones trescientos mil chicos no pudieron comer lo suficiente, o tuvieron que reducir la cantidad y calidad de sus alimentos, o directamente pasaron hambre. El 16,5% —casi dos millones— experimentó la forma más severa de esa carencia: hogares donde a veces no había qué poner en la mesa. Donde los padres mentían diciendo que ya habían comido para que la porción de sus hijos fuera un poco más grande. Donde el único plato del día era el que se servía en algún comedor comunitario, si es que todavía funcionaba.

El hambre no hace ruido. No grita ni protesta ni sale a la calle con banderas. El hambre se instala en silencio, como una humedad que va carcomiendo las paredes de adentro hacia afuera. Primero se achica la porción. Después se saltea una comida. Al final, el cuerpo se acostumbra a no pedir. Y lo que se pierde en esos años —los nutrientes que no llegan al cerebro en desarrollo, las conexiones neuronales que no se forman, las capacidades que se atrofian antes de florecer— no se recupera jamás.

Según la Organización Mundial de la Salud, la desnutrición infantil afecta la memoria, la capacidad de aprendizaje y el rendimiento académico. Pero también produce efectos a largo plazo: mayor riesgo de enfermedades crónicas, diabetes, problemas cardíacos. Un niño que pasa hambre hoy será un adulto con menos oportunidades mañana. Y un país que deja pasar hambre a sus niños está hipotecando su propio futuro.

La retirada

Durante décadas, los sucesivos gobiernos argentinos —de TODOS los signos políticos— han coincidido en una cosa: la retórica sobre la infancia. «Los niños primero», dicen los funcionarios en los actos escolares. «La inversión en educación es sagrada», repiten en los discursos de campaña. «Ningún chico sin pan», prometen cada vez que hay una crisis. Pero entre lo que se dice y lo que se hace hay un abismo tan profundo que podría tragarse todas las buenas intenciones.

Los números del presupuesto nacional cuentan una historia muy distinta. Según el análisis de UNICEF, el presupuesto destinado a la niñez sufrió recortes reales del 18% en 2024, del 17% en 2023 y del 2% en 2022. En lo que va de 2025, las becas escolares cayeron un 35% en términos reales, el presupuesto para salud infantil bajó un 21%, y el Plan Nacional de Primera Infancia sufrió una contracción del 50%. El programa de comedores comunitarios y merenderos recibió, en 2024, apenas un tercio de lo que recibía en 2023: una caída del 65,5% en términos reales.

La matemática es cruel pero simple: cada peso que se recorta de estos programas es un plato de comida que no llega, una vacuna que no se aplica, una maestra que no cobra, una escuela que se deteriora. Y las consecuencias no las pagan los funcionarios que firman los decretos ni los economistas que aplauden el ajuste. Las pagan los chicos que crecen en los márgenes, los que nadie ve, los que no votan, los que no aparecen en las encuestas de imagen.

«En marzo de 2024 cerraron quince mil comedores y merenderos por falta de recursos. En Argentina hay más de treinta y cuatro mil espacios comunitarios donde, muchas veces, se sirve el único plato del día para millones de niños.»

El caso de los niños con discapacidad merece un capítulo aparte en este catálogo de abandonos. Según datos oficiales, el presupuesto previsto para pensiones por invalidez en 2025 contempla una reducción de casi doscientas mil personas respecto a 2024. Los prestadores de servicios de salud para personas con discapacidad denuncian atrasos de hasta tres meses en los pagos. Hay hogares que evalúan cerrar porque no pueden sostener los costos operativos. Y detrás de cada cifra hay una familia que no sabe si podrá seguir llevando a su hijo a terapia, si conseguirá los medicamentos que necesita, si tendrá transporte para llegar al centro de rehabilitación.

«Su discapacidad no es un problema del Estado», le dijo un funcionario a una madre que pedía ayuda para su hijo con autismo. La frase, revelada por la prensa, es quizás el epitafio más preciso de una política pública que ha decidido mirar para otro lado. La discapacidad de tu hijo no es problema del Estado. Tu hambre no es problema del Estado. Tu falta de vivienda no es problema del Estado. Tu desesperación no es problema del Estado. Vos no sos problema del Estado. Resolvelo solo. Arreglate. “Donde hay una necesidad, NO hay un derecho” Javier Milei dixit

Los que miran para otro lado

Pero sería demasiado fácil —y demasiado cobarde— culpar solo al Estado. La verdad es que los argentinos de la mal llamada clase media, los que tienen heladera llena y techo seguro, son parte del problema. No por lo que hacen, sino por lo que eligen no hacer.

Viven en burbujas cuidadosamente construidas. Barrios cerrados, colegios privados, circuitos de consumo donde la pobreza es apenas un ruido de fondo, algo que aparece en las noticias pero que no los toca. Han aprendido a esquivar la mirada del chico que pide en el semáforo, a acelerar el paso cuando cruzan ciertas zonas, a cambiar de canal cuando aparecen imágenes de comedores comunitarios. La indiferencia se ha vuelto un mecanismo de supervivencia psicológica.

Y hay algo peor que la indiferencia: el desprecio activo. En los últimos años ha crecido en Argentina un discurso que culpabiliza a los pobres de su propia pobreza. «Si no progresan es porque no quieren trabajar». «Hay que dejar de mantener vagos con los impuestos». «El Estado tiene que achicarse y que cada uno se las arregle». Frases que se repiten en redes sociales, en programas de televisión, en conversaciones de café. Frases que suenan a sentido común pero que esconden una crueldad refinada: la idea de que los hijos de los pobres merecen su destino.

Es fácil pedir menos Estado desde una casa con calefacción. Es fácil hablar de meritocracia cuando tuviste una infancia con libros, con médicos, con comida en la mesa tres veces al día. Es fácil despreciar la ayuda social cuando nunca necesitaste depender de ella para que tu hijo no se muera de hambre. Pero hay millones de niños argentinos para quienes el Estado —con todas sus imperfecciones, con toda su burocracia, con toda su ineficiencia— es literalmente la diferencia entre comer y no comer, entre tener un techo y vivir en la calle, entre existir y desaparecer.

«Un país que abandona a sus niños firma su propia sentencia. Lo que un chico pierde hoy no se recupera jamás. La infancia es una línea del tiempo que no vuelve.»

El rostro del abandono

Permítanme bajar de las estadísticas a la tierra. Permítanme hablar de cosas concretas, tangibles, que se pueden tocar y oler. Porque la pobreza no es un porcentaje: es una heladera vacía. Es un guardapolvo roto que no se puede reemplazar. Es una casa donde entra el frío porque no hay plata para el gas. Es la humedad en las paredes que produce bronquitis crónica. Es el silencio de un chico que ya no pide porque aprendió que no hay. 

En los barrios mas populares del conurbano bonaerense —donde la pobreza infantil alcanza el 72,3% según datos de UNICEF— la vida transcurre en una dimensión paralela a la que conocen los que viven del otro lado de la General Paz. Casas de chapa donde en verano el calor es insoportable y en invierno el frío cala los huesos. Calles de tierra que se vuelven barro con la primera lluvia. Cloacas a cielo abierto. Agua que hay que ir a buscar porque no llega por las cañerías. Electricidad colgada de los cables, con el riesgo permanente de incendio o electrocución.

Diez millones de chicos comen menos carne y lácteos que hace un año por falta de dinero, según UNICEF. Más de un millón deja de hacer alguna comida —desayuno, almuerzo, merienda o cena— porque en la casa no alcanza. El consumo de verduras y frutas se redujo en el 58% de los hogares con niños. Lo único que aumentó fue la ingesta de fideos y harinas: calorías vacías que llenan la panza pero no nutren, que generan una obesidad paradójica hecha de malnutrición. Pero los politicos no comprenden de nutricion —o no les importa—  basta recordar al presidente de la vuelta de la democracia: “A vos no te va tan mal gordito” Raul Alfonsin dixit

En los hogares monoparentales con jefatura femenina —que son muchos, porque a menudo los padres se van y las madres se quedan— la situación es todavía más crítica. El 60% de los niños que viven en estos hogares están en situación de pobreza alta. Y el 52% de las madres que deberían recibir cuota alimentaria de los padres ausentes no la recibe. La ley existe, pero no se cumple. Y mientras tanto, son las mujeres las que hacen malabares para estirar lo poco que hay, las que deciden qué facturas no pagar para poder comprar comida, las que renuncian a su propio plato para que sus hijos tengan uno más grande, como hacia Doña Tota con Diego Maradona cuando chico en Fiorito.

El Estado real

Y sin embargo, hay luz. Hay siempre algo de luz, incluso en los rincones más oscuros. Porque mientras el Estado oficial se retira, mientras los funcionarios recortan presupuestos y los economistas aplauden los números del ajuste, hay otro Estado —uno hecho de personas comunes, de voluntad y de amor— que sostiene lo que puede, como puede, con lo que tiene.

En Argentina funcionan más de treinta y cuatro mil comedores y merenderos comunitarios, según el Registro Nacional de Comedores (ReNaCoM). Son espacios donde mujeres de los barrios —porque si, casi siempre son mujeres— cocinan para sesenta, setenta, cien chicos del vecindario. Son ollas populares que se arman con donaciones, con lo que sobra en las verdulerías, con el esfuerzo de quienes menos tienen. Son centros comunitarios donde, además de un plato de comida, los chicos encuentran un lugar donde jugar, donde hacer la tarea, donde sentirse cuidados.

El Banco de Alimentos distribuyó más de seis millones de kilos de comida en 2024 entre 1.300 comedores y merenderos del área metropolitana. Cáritas, las parroquias, los clubes de barrio, las sociedades de fomento, los centros culturales: toda una red invisible de solidaridad que funciona sin presupuesto oficial, sin recursos garantizados, sin reconocimiento público. Es el Estado que debería existir arriba y que, en cambio, existe abajo. Es la sociedad organizándose para suplir lo que el poder no hace.

Y están los docentes. Esos maestros y maestras de escuelas públicas que ganan sueldos miserables y sin embargo llegan todos los días, preparan sus clases, contienen a los chicos que llegan con hambre, que vienen de hogares violentos, que no tienen útiles ni zapatillas. Esos profesores que ponen plata de su bolsillo para comprar materiales, que se quedan después de hora para dar apoyo escolar, que muchas veces son el único adulto estable y confiable en la vida de sus alumnos. La escuela pública argentina, con todas sus carencias, sigue siendo uno de los últimos refugios para millones de niños que no tienen otro lugar adonde ir.

«En Dinamarca, Noruega y Finlandia, donde la pobreza infantil está por debajo del 2%, el Estado destina más del 10% del PIB a gastos sociales dirigidos a la infancia. En Argentina, esa inversión se recorta año tras año.»

El espejo de los otros

Argentina es un país extraño. Produce alimentos para cuatrocientos millones de personas pero tiene millones de niños que pasan hambre. Es una de las economías más grandes de América Latina pero tiene uno de los salarios mínimos más bajos de la región: apenas 289 dólares mensuales según las proyecciones para 2025, mientras Costa Rica paga 690, Uruguay 580 y Chile 517. Es un país con universidades gratuitas y hospitales públicos, pero donde la mitad de los chicos no puede acceder a una alimentación adecuada.

Hay países que han demostrado que la pobreza infantil se puede reducir drásticamente si existe voluntad política. Finlandia y Dinamarca tienen tasas de pobreza infantil por debajo del 2%, en gran parte porque destinan más del 10% de su PIB a prestaciones sociales y familiares. Polonia implementó una prestación universal por hijo y redujo su pobreza infantil casi un 40% en menos de siete años. Uruguay, nuestro vecino, con menos recursos que nosotros, ha logrado mantener niveles de pobreza infantil muy inferiores a los argentinos gracias a programas como Uruguay Crece Contigo y un sistema de protección social más robusto.

La diferencia no está en la riqueza de los países sino en las decisiones que toman sus sociedades. Los países que priorizan a la infancia —con presupuesto real, no con discursos— logran que sus niños crezcan mejor alimentados, mejor educados, con más oportunidades. Y esa inversión se paga sola con el tiempo: adultos más productivos, menos gastos en salud, menos criminalidad, sociedades más cohesionadas. No es caridad: es sentido común económico. No es ideología: es matemática de largo plazo.

Lo que hace falta

No hay soluciones mágicas ni recetas instantáneas. La pobreza infantil en Argentina es el resultado de décadas de malas decisiones, de crisis recurrentes, de un modelo económico que premia la especulación y castiga el trabajo, de una política que piensa en el corto plazo electoral y no en el largo plazo generacional. Revertir esta situación requiere algo que en Argentina escasea tanto como los dólares: consenso, continuidad y compromiso.

Hace falta un Estado presente, no un Estado que se retira. Hacen falta políticas públicas serias, sostenidas en el tiempo, que no cambien con cada gobierno. Hace falta planificación a treinta años, no a treinta días. Hacen falta dirigentes formados, sensibles, que entiendan que gobernar no es ajustar planillas de Excel sino decidir quién come y quién no come, quién tiene futuro y quién no lo tiene.

Hace falta reconstruir el tejido social, la confianza entre los argentinos, la idea de que somos parte de una misma comunidad y no átomos aislados compitiendo por la supervivencia. Hace falta una ética pública que ponga a los niños primero de verdad, no solo en los discursos. Hace falta educación afectiva y emocional, para que los padres de mañana sean mejores que los de hoy. Hace falta un enfoque integral de derechos, que entienda que un niño no es solo una boca que alimentar sino una persona completa que necesita afecto, estímulo, seguridad, oportunidades.

Pero sobre todo, hace falta que nosotros —los que podemos— dejemos de mirar para otro lado. Que entendamos que los hijos de los otros también son, de algún modo, nuestros. Que la suerte de un chico que nace en una villa no debería ser tan radicalmente distinta a la de uno que nace en un barrio cerrado. Que no hay meritocracia posible cuando la cancha está inclinada desde el minuto cero.

Los que no pueden esperar

La niñez es una línea del tiempo que no vuelve. Lo que un chico pierde hoy —los nutrientes que no recibe, los estímulos que le faltan, el afecto que no tiene, la seguridad de la que carece— no se recupera con ningún programa de emergencia ni con ninguna ley reparatoria. El cerebro de un niño se desarrolla en los primeros años de vida; después, ciertas ventanas se cierran para siempre. La infancia que se derrumba hoy es una deuda que pagaremos durante generaciones.

Hay algo obsceno en un país que debate sobre el dólar mientras millones de chicos se van a dormir con hambre. Hay algo profundamente enfermo en una sociedad que se escandaliza por un gol mal cobrado o por la pelea Tapia – Veron en la AFA pero se encoge de hombros ante la desnutrición infantil. Hay algo monstruoso en un sistema que puede rescatar bancos y empresas privadas pero no puede garantizar que todos los niños tengan un plato de comida.

De noche, cuando mi hijo duerme, pienso en los otros. En los millones de chicos que esta noche también se duermen —o no logran dormir— en casas donde hace frío, donde la heladera está vacía, donde nadie les lee un cuento ni les promete que mañana va a ser mejor. Pienso en las madres que hacen malabares para estirar lo poco que tienen. En los padres que salen a buscar trabajo y no encuentran. En las abuelas que crían nietos porque los hijos se fueron o se perdieron. En toda esa Argentina invisible que existe a pocas cuadras de mi casa pero que podría estar en otro planeta.

Un país se define por cómo trata a sus niños. Por cómo protege a los que no pueden protegerse. Por cómo distribuye las oportunidades entre los que nacen. Argentina, hoy, está reprobando ese examen. Y la factura no la vamos a pagar nosotros: la van a pagar ellos. Los hijos de nadie. Los invisibles. Los que no tienen voz ni voto ni poder ni influencia. Los que dependen de que alguien, en algún lugar, decida que sus vidas importan.

Movería montañas por mi hijo, pensé hace un rato, mirándolo dormir. Pero quizás sea hora de que empecemos a mover montañas por todos los hijos. Porque el país que abandona a sus niños firma su propia sentencia de muerte. Y porque, al final, lo que se recuerda es lo que se hizo, no lo que se dijo. Lo que se dio, no lo que se prometió. Lo que se protegió, no lo que se dejó caer.

La pregunta no es si podemos. La pregunta es si queremos como Argentinos. Y el tiempo, para millones de niños argentinos, no es un concepto abstracto: es un plato vacío esta noche. Y esa noche es hoy.


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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

Un comentario sobre «LOS HIJOS DE NADIE: Qué hacemos los argentinos con la niñez. La deuda eterna de un país que mira hacia otro lado.»
  1. Cuántas verdades que no analizamos. Y cuánto podemos hacer con poco. Solo nos falta organización.
    Excelente Nota. Felicitaciones.

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