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EL PANÓPTICO DE CRISTAL: Vigilancia líquida y disciplinamiento emocional en la Argentina fragmentada
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12 May 2026, Mar

EL PANÓPTICO DE CRISTAL: Vigilancia líquida y disciplinamiento emocional en la Argentina fragmentada

EL PANÓPTICO DE CRISTAL

Vigilancia líquida y disciplinamiento emocional en la Argentina fragmentada


«El alma es la prisión del cuerpo»
—Michel Foucault

Son las 3:47 de la madrugada en Buenos Aires. El resplandor azulado de una pantalla ilumina un rostro insomne en Palermo, en Mataderos, en Villa Lugano, en Recoleta —la geografía no importa porque el territorio de esta historia es otro—. Un hombre, una mujer, alguien sin nombre ni edad precisa, contempla el cursor que titila sobre la caja de texto de Twitter, ahora X, como si ese pequeño guión vertical fuera el filo de una guillotina microscópica. Ha escrito y borrado el mismo párrafo siete veces. No es un manifiesto revolucionario ni una confesión íntima. Es apenas una opinión sobre el precio del dólar, sobre un discurso presidencial, sobre la inflación que devora los sueldos como un Saturno enloquecido devorando a sus hijos.

Pero no puede publicarlo.

No teme a la Policía Federal ni a la SIDE ni a ningún aparato de inteligencia estatal. Su miedo es más sutil y por eso más devastador: teme el enjambre. Teme despertar por la mañana y encontrar doscientas notificaciones, su nombre convertido en trending topic, su foto de perfil transformada en meme, su opinión diseccionada por miles de desconocidos que lo juzgarán, clasificarán y archivarán en alguna categoría moral irreversible: «tibio», «funcional», «casta», «kukatrón», «liberticida», «planero». El lenguaje como verdugo, las palabras como sentencia.

Jeremy Bentham, el filósofo utilitarista británico, soñó en 1785 con una prisión perfecta: el Panóptico. Una estructura circular con una torre central desde donde un único vigilante podría observar a todos los prisioneros sin ser visto. La genialidad del diseño no radicaba en la vigilancia real sino en la posibilidad perpetua de ser vigilado. Los presos, incapaces de saber cuándo eran observados, terminarían comportándose como si la mirada del guardia fuera constante. El poder se volvería económico: máximo control con mínimo esfuerzo.

Bentham murió en 1832. Su cuerpo, por voluntad propia, fue disecado y momificado, y aún hoy se exhibe en una vitrina del University College de Londres —una ironía macabra: el arquitecto de la vigilancia total convertido él mismo en objeto de exhibición perpetua—. Pero su idea sobrevivió y mutó.

Casi dos siglos después, Michel Foucault tomó esa arquitectura carcelaria y la transformó en una metáfora devastadora sobre el poder moderno. En Vigilar y Castigar (1975), el filósofo francés demostró que el panóptico no era solo una prisión: era el modelo de todas las instituciones disciplinarias de la modernidad —la escuela, el hospital, la fábrica, el cuartel—. Pero más importante aún: era una tecnología de producción de subjetividad. El poder ya no necesitaba torturar el cuerpo; bastaba con moldear el alma.

La torre que no existe

Lo que ni Bentham ni Foucault pudieron imaginar es esto: un panóptico sin arquitectura, sin muros, sin torre central. Un panóptico líquido, vaporoso, que flota en el éter digital y se materializa en cada pantalla. Un panóptico donde todos somos simultáneamente prisioneros y guardias, vigilados y vigilantes, víctimas y verdugos.

La Argentina de 2025 —atravesada por la retórica incendiaria del gobierno de Javier Milei, por una polarización que ha convertido cada conversación en un campo de batalla, por una crisis económica que ha vuelto la supervivencia en épica cotidiana— se ha transformado en el laboratorio perfecto para este experimento de control social sin precedentes.

Los números son elocuentes y escalofriantes: según el Digital Report 2025 de DataReportal, Argentina tiene 36.5 millones de usuarios activos en redes sociales, el 79.5% de su población total. El tiempo promedio diario en estas plataformas supera las 3 horas y 24 minutos. Twitter/X, la red preferida para el combate político, registra más de 9.6 millones de usuarios argentinos. Instagram alcanza los 24 millones. TikTok, esa fábrica de dopamina y vigilancia algorítmica, ya superó los 19 millones.

Pero las cifras no capturan la textura emocional de este fenómeno. No explican por qué una maestra de Florencio Varela borra sus publicaciones políticas antes de una entrevista laboral. Por qué un contador de Córdoba usa un perfil falso para opinar sobre economía. Por qué una estudiante de sociología en la UBA se autocensura en los grupos de WhatsApp familiares. Por qué un jubilado de Mar del Plata dejó de comentar en los diarios digitales después de recibir amenazas anónimas por defender el sistema previsional público.

La disciplina del algoritmo

El algoritmo no es neutral. Nunca lo fue. Es una arquitectura de poder diseñada para maximizar el engagement, y nada genera más engagement que la indignación. Los estudios del MIT Media Lab demuestran que las noticias falsas se propagan seis veces más rápido que las verdaderas en Twitter. La ira viraliza un 24% más que la alegría. El miedo es más contagioso que la esperanza.

En este ecosistema, el presidente Milei no es una anomalía: es el producto perfecto. Su estilo comunicacional —gritos, insultos, descalificaciones, la transformación de cada adversario en enemigo existencial— no es un defecto de carácter sino una estrategia de poder perfectamente adaptada a la economía de la atención digital. Cada exabrupto es un trending topic. Cada insulto, una inyección de dopamina colectiva. Cada enemigo señalado, una invitación al linchamiento digital.

«Zurdos de mierda», «parásitos de la casta», «ratas keynesianas», «comunistas empobrecedores»: el lenguaje presidencial no busca convencer sino clasificar. Es una taxonomía moral que divide la sociedad en categorías irreconciliables. Y en esa división, la vigilancia mutua se vuelve inevitable. Si el otro es el enemigo, observarlo es un acto de supervivencia.

Foucault escribió que el poder moderno no reprime: produce. Produce sujetos, deseos, identidades, verdades. El panóptico digital argentino produce un tipo específico de ciudadano: hipervigilante e hipervigilado, ansioso y combativo, adicto al conflicto y exhausto por él. Un ciudadano que ha internalizado tan profundamente la lógica del control que ya no necesita un guardia externo: él mismo se ha convertido en su propio carcelero.

La meritocracia como dispositivo de control

Hay una palabra que recorre como un mantra el discurso oficial: meritocracia. La promesa de que el esfuerzo individual será recompensado, de que cada uno es arquitecto de su destino, de que el fracaso es siempre una responsabilidad personal. Es una idea seductora en su simplicidad, cruel en sus implicancias.

Porque la meritocracia, tal como se articula en el discurso libertario argentino, no es una descripción de la realidad sino un dispositivo de poder. Transforma problemas estructurales en fracasos individuales. Convierte la desigualdad en justicia natural. Hace que el pobre se avergüence de su pobreza y el desempleado de su desempleo.

El sociólogo británico Michael Young, quien acuñó el término «meritocracia» en 1958, lo hizo en una novela distópica. Era una advertencia, no una aspiración. Young imaginó una sociedad donde la desigualdad se justificaba por el mérito, creando una nueva aristocracia más despiadada que la antigua porque se creía moralmente superior. Los ganadores no solo tenían más: merecían tener más. Los perdedores no solo tenían menos: merecían su miseria.

Sesenta y siete años después, esa distopía es el programa de gobierno.

El teatro de la crueldad

Antonin Artaud soñó con un teatro de la crueldad que sacudiera al espectador de su letargo burgués. La Argentina digital ha creado algo más extremo: un teatro de la crueldad permanente donde todos somos simultáneamente actores y espectadores, donde la violencia simbólica se ha vuelto entretenimiento y pedagogía.

Las sesiones de escarnio público en Twitter/X tienen la estructura ritual de los autos de fe medievales. Primero, la identificación del hereje —alguien que expresó una opinión «tibia», que mostró dudas, que sugirió matices—. Luego, la acusación pública, amplificada por cuentas con miles de seguidores. Después, el juicio sumario en forma de quotes tweets, memes, videos burlones. Finalmente, la humillación viral que puede durar horas, días, semanas.

El caso de la economista Marina Dal Poggetto es paradigmático. Después de cuestionar las proyecciones inflacionarias del gobierno, fue sometida a una campaña de hostigamiento digital que incluyó amenazas de muerte, divulgación de datos personales, y la creación de cuentas falsas para difundir información difamatoria. No es un caso aislado. Es el modus operandi de un sistema de disciplinamiento que usa el escarnio público como herramienta de control social.

Los cuerpos dóciles del siglo XXI

Foucault hablaba de la producción de «cuerpos dóciles»: sujetos disciplinados, productivos, normalizados. El panóptico digital argentino produce algo más sutil: almas dóciles. No necesita disciplinar el cuerpo porque coloniza directamente la subjetividad.

El trabajador precarizado que celebra la flexibilización laboral porque «hay que ser competitivo». La jubilada que justifica el recorte de medicamentos gratuitos porque «no se puede gastar lo que no se tiene». El estudiante que defiende el arancelamiento universitario porque «todo tiene un costo». No son solo opiniones: son síntomas de una subjetividad colonizada por la lógica del poder.

La docilidad contemporánea no se manifiesta en la obediencia sino en la identificación. El sujeto no obedece al poder: se fusiona con él. No acata sus mandatos: los desea. Es lo que Gilles Deleuze y Félix Guattari llamaron «micropolítica del deseo»: el poder no necesita reprimir el deseo cuando puede producirlo y direccionarlo.

VII. La economía política del like

En la economía digital de la atención, el like es la unidad básica de valor. Pero es más que eso: es un dispositivo de subjetivación. Cada like es una micro-recompensa dopamínica que refuerza conductas. Cada ausencia de likes es un micro-castigo que las modifica.

Los estudios de la Universidad de Harvard muestran que recibir likes activa los mismos circuitos cerebrales que la cocaína. La adicción no es una metáfora: es un diagnóstico clínico. Y como toda adicción, genera tolerancia. Se necesitan cada vez más likes para obtener el mismo efecto. La escalada es inevitable: opiniones más extremas, posiciones más radicales, conflictos más violentos.

En este contexto, la moderación es un lujo que pocos pueden permitirse. El matiz no viraliza. La duda no genera engagement. La reflexión pausada se hunde en el timeline como una piedra en el agua. Solo el grito atraviesa el ruido.

La resistencia molecular

Y sin embargo, algo resiste.

No es una resistencia épica, organizada, visible. Es lo que Foucault llamaba «resistencia molecular»: pequeños gestos de desobediencia, micro-sabotajes al orden disciplinario, líneas de fuga que atraviesan el dispositivo de control.

El profesor de filosofía que sigue enseñando pensamiento crítico a pesar de las presiones. La médica que atiende gratis a pacientes sin obra social en su tiempo libre. El grupo de vecinos que organiza una olla popular sin publicarlo en redes. El adolescente que apaga el celular y lee un libro. La pareja que conversa sin fotografiar la conversación. El amigo que escucha sin juzgar.

Son gestos mínimos, casi invisibles. Pero en su pequeñez reside su potencia. Porque el poder totalizante tiene una debilidad estructural: necesita la participación activa de los sujetos que controla. Sin nuestra colaboración, el panóptico es solo una arquitectura vacía.

La memoria como territorio de disputa

En la Argentina, la memoria nunca es neutral. Es un campo de batalla donde se disputa el sentido del presente y la dirección del futuro. El gobierno de Milei lo sabe y por eso su ataque a la memoria no es casual sino estratégico.

Cuando el presidente llama «terroristas» a los desaparecidos, cuando cuestiona el número de víctimas de la dictadura, cuando reivindica el «Proceso de Reorganización Nacional», no está haciendo revisionismo histórico: está produciendo una nueva subjetividad. Una subjetividad que naturaliza la violencia, que justifica la represión, que acepta la eliminación del diferente como mal necesario.

La memoria es peligrosa porque recuerda que las cosas fueron distintas y pueden volver a serlo. Por eso el poder necesita colonizarla, reescribirla, o en el extremo, borrarla. El panóptico digital es también una máquina de desmemoria: el flujo incesante de información produce una amnesia perpetua donde el escándalo de hoy borra el de ayer.

El punto ciego del poder

Todo dispositivo de poder tiene puntos ciegos. Zonas que escapan a su lógica, territorios que no puede colonizar completamente. El panóptico digital argentino tiene el suyo: la capacidad histórica de este país para la creatividad en la resistencia.

Argentina es el país del «que se vayan todos», del cacerolazo, del escrache, del «ni una menos». Es un país que ha desarrollado un repertorio amplísimo de formas de protesta y resistencia. Un país donde la desobediencia es casi una tradición cultural.

Esa memoria rebelde, ese ADN insurrecto, es lo que impide que el panóptico se cierre completamente. Siempre hay una fisura, una grieta —sí, una grieta— por donde se filtra la posibilidad de otro mundo.

XI. La batalla por el lenguaje

Wittgenstein escribió que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. El poder lo sabe y por eso la batalla por el lenguaje es central en el dispositivo de control contemporáneo.

Cuando el gobierno impone términos como «batalla cultural», «casta», «libertarios», «colectivismo», no está solo nombrando: está creando realidad. Cada palabra es un vector de poder que transporta una visión del mundo, una moral, una forma de entender lo posible y lo imposible.

La resistencia, entonces, también debe ser lingüística. Recuperar las palabras secuestradas. Inventar nuevos términos. Desactivar los dispositivos semánticos del poder. Hacer que el lenguaje vuelva a ser un territorio de creatividad y no de disciplinamiento.

El agotamiento como política

Hay una estrategia en el caos. El bombardeo incesante de escándalos, conflictos, agresiones, produce un agotamiento psíquico que es funcional al poder. Una sociedad exhausta no resiste: sobrevive. Una sociedad en estado de alerta permanente no piensa: reacciona.

Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano-alemán, lo llama «la sociedad del cansancio». Un nuevo tipo de dominación que no necesita la coacción externa porque el sujeto se autoexplota hasta el agotamiento. El neoliberalismo del siglo XXI no produce obreros disciplinados sino emprendedores exhaustos.

En Argentina, este agotamiento tiene características específicas. Es el cansancio de la crisis permanente, de la inflación crónica, de la polarización infinita. Es el agotamiento de tener que ser resiliente todo el tiempo, de normalizar lo anormal, de sobrevivir en lugar de vivir.

La intimidad sitiada

El panóptico digital no respeta fronteras entre lo público y lo privado. Todo es potencialmente público. Cada foto, cada mensaje, cada like puede ser usado en tu contra. La intimidad no desaparece: es tomada como rehén.

Los casos se multiplican: el empleado despedido por un posteo en Facebook, la docente escrachada por una foto en Instagram, el funcionario renunciado por un audio de WhatsApp. La vida privada se ha vuelto un campo minado donde cada gesto puede ser malinterpretado, descontextualizado, weaponizado.

Esta colonización de la intimidad produce un nuevo tipo de alienación. No es la alienación del trabajador respecto al producto de su trabajo que describió Marx. Es la alienación del sujeto respecto a su propia vida interior. Cuando todo es potencialmente público, la sinceridad se vuelve peligrosa y la autenticidad, un lujo que pocos pueden permitirse.

Los nuevos inquisidores

El tribunal de la Inquisición tenía jueces con rostro, acusaciones formales, procesos (aunque fueran una farsa). El tribunal digital no tiene rostro ni proceso. Es un enjambre que puede activarse en cualquier momento contra cualquiera.

Los «cazadores de tibios», los «patrulleros de la moral libertaria», los «guerreros de la batalla cultural»: nuevas figuras de un poder disciplinario que no necesita investidura oficial. Son ciudadanos comunes convertidos en agentes de control social. No cobran sueldo del Estado pero cumplen una función estatal: disciplinar las conductas, castigar las desviaciones, mantener el orden moral.

El fenómeno no es exclusivamente argentino —existe en Estados Unidos con las «cancel culture wars», en España con las «guerras culturales», en Brasil con el «gabinete del odio»— pero adquiere aquí características particulares por la intensidad de la polarización y la virulencia del discurso público.

La paradoja de la transparencia

El panóptico digital promete transparencia total. Todo visible, todo auditable, todo trazable. Pero la transparencia total no produce verdad: produce opacidad. Cuando todo es visible, nada lo es realmente. La sobreinformación genera desinformación. El exceso de datos produce ceguera.

Mark Fisher, el teórico cultural británico, lo llamó «realismo capitalista»: la incapacidad de imaginar alternativas al sistema actual. El panóptico digital produce un efecto similar: un «realismo de la vigilancia» donde la observación mutua permanente parece natural, inevitable, hasta deseable.

«Si no tenés nada que ocultar, no tenés nada que temer», repite el sentido común. Pero Edward Snowden lo refutó brillantemente: «Decir que no te importa la privacidad porque no tienes nada que ocultar es como decir que no te importa la libertad de expresión porque no tienes nada que decir».

El futuro del panóptico

¿Hacia dónde evoluciona este dispositivo de control? Las tendencias son inquietantes. La inteligencia artificial permite niveles de vigilancia y predicción comportamental sin precedentes. El reconocimiento facial convierte cada espacio público en zona de control. Los algoritmos de scoring social —ya implementados en China— asignan puntajes de confiabilidad a cada ciudadano.

En Argentina, estos desarrollos tecnológicos se superponen con dinámicas políticas y sociales específicas. La tentación autoritaria siempre latente en nuestra historia encuentra en las tecnologías de vigilancia herramientas de una potencia inédita.

Pero la tecnología no es destino. Es un campo de disputa donde se juegan futuros posibles. La misma red que permite la vigilancia permite la organización. El mismo algoritmo que controla puede ser hackeado. La misma plataforma que disciplina puede ser usada para resistir.

El hombre que apretó enviar

Volvamos al principio. A ese hombre, esa mujer, ese alguien frente a la pantalla a las 3:47 de la madrugada. El cursor sigue titilando. Las palabras siguen ahí, esperando. El dedo flota sobre el botón «Publicar».

Y entonces ocurre algo inesperado. No un acto heroico ni una epifanía. Solo un pequeño gesto de recuperación. Respira hondo. Lee una vez más lo que escribió. No es incendiario ni complaciente. Es, simplemente, lo que piensa. Su verdad pequeña, imperfecta, cuestionable. Pero suya.

Aprieta enviar.

El mensaje se pierde en el océano digital, una gota más en el diluvio informativo. Probablemente nadie lo lea. O tal vez alguien lo lea y lo interprete mal, lo critique, lo ridiculice. No importa. Lo que importa es el gesto. Ese mínimo acto de soberanía sobre la propia voz.

Porque el panóptico, al final, es también una ficción. Una ficción poderosa, efectiva, real en sus consecuencias. Pero ficción al fin. Y toda ficción puede ser reescrita.

En algún lugar de Buenos Aires, mientras la ciudad duerme su sueño intranquilo, alguien escribe otro mensaje. Y otro. Y otro. No es una revolución. Es algo más modesto y más radical: la insistencia en seguir hablando cuando el poder preferiría el silencio.

El panóptico de cristal puede parecer invulnerable. Pero el cristal, por definición, es frágil. A veces basta un grito para hacerlo trizas. A veces, basta un susurro.

Y Argentina, este país imposible y magnífico, este territorio de pasiones desbordadas y resistencias inesperadas, siempre ha sabido encontrar la frecuencia exacta para hacer temblar las estructuras del poder.

Incluso —especialmente— cuando parecen más sólidas.


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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

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