VITA:
Paris era una fiesta: Los años 20 música, arte, literatura y el espíritu que perdura
VITA Banner
24 May 2026, Dom

Paris era una fiesta: Los años 20 música, arte, literatura y el espíritu que perdura

Paris era una fiesta

El Paris de los años 20 música, arte, literatura y el espíritu que perdura

Una noche cualquiera de 1925 en Montparnasse. Llueve sobre los adoquines húmedos del boulevard y el resplandor de los faroles tiembla en los charcos. Desde La Rotonde se escucha el clamor de voces mezcladas en francés, inglés, español, italiano, ruso. Un saxofón llora jazz al otro lado de la calle. Humo de cigarrillos. Absenta. El aroma del café mezclado con lluvia y perfume. Pablo Picasso discute en una mesa con Modigliani; Ernest Hemingway, recién llegado de España, escribe en su cuaderno frases breves; una mujer joven —quizá la modelo Kiki de Montparnasse— ríe con voz cascada. Es una escena ordinaria. Es una escena imposible. Es el París de los años veinte, y caminar por estas calles equivale a respirar el futuro del arte moderno.


París después de la tormenta

La Primera Guerra Mundial había terminado apenas seis años atrás. Europa sangraba todavía por heridas que tardarían décadas en cicatrizar. Pero París, contra toda lógica, resurgía como un fénix. La ciudad se reconstruía no solo en piedra, sino en espíritu. Si la guerra había destruido una civilización, la década de 1920 —les Années folles, los años locos— se empeñaba en inventar otra.

El París de la posguerra se convirtió en el epicentro creativo del mundo. La ciudad ofrecía lo que otras capitales no podían: libertad artística sin censura, una efervescencia intelectual sin precedentes, y una relativa estabilidad económica que permitía vivir —aunque fuera pobremente— de la creatividad. Los artistas llegaban desde todos los rincones: de Nueva York y Londres, de Rusia y España, de Berlín y México, de Argentina y Perú.

Entre 1921 y 1924, el número de estadounidenses en París pasó de 6.000 a 30.000. Muchos huían de la Ley Seca y del puritanismo; otros simplemente buscaban un lugar donde el arte fuera más que una afición, donde ser escritor o pintor no equivaliera —como diría más tarde Mario Vargas Llosa recordando su propio exilio— a «la muerte civil».


La Generación Perdida

Fue Gertrude Stein quien bautizó a toda una generación. Durante una conversación con Ernest Hemingway en su apartamento repleto de cuadros cubistas, le dijo: «Todos ustedes son una generación perdida». La frase se refería a los jóvenes escritores estadounidenses cuya juventud había coincidido con la Gran Guerra: Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, John Dos Passos, Ezra Pound, Djuna Barnes.

Hemingway llegó a París en 1921 con su esposa Hadley Richardson. Trabajaba como corresponsal del Toronto Star, pero su verdadera obsesión era convertirse en escritor. Gertrude Stein y Ezra Pound se convirtieron en sus mentores. En las tardes de invierno, Hemingway escribía en La Closerie des Lilas —»uno de los mejores cafés de París», diría más tarde—, aprovechando la calefacción del local mientras perfeccionaba su estilo seco, preciso, revolucionario.

Scott Fitzgerald conoció a Hemingway en 1925, ambos ya borrachos enx| una noche de parranda. Fue el inicio de una amistad tortuosa. Fitzgerald acababa de publicar El gran Gatsby (1925), obra maestra que capturaba —según T.S. Eliot— «el primer paso importante que había dado la narrativa americana desde Henry James». Pero Fitzgerald luchaba contra el alcoholismo y la inestabilidad emocional de su esposa Zelda, quien lo arrastraba a los bares noche tras noche. «No tuve ningún amigo tan leal como Scott cuando no estaba borracho», escribiría Hemingway años después.

James Joyce vivía en París desde 1920. Su Ulises (1922) había revolucionado la novela moderna. Sylvia Beach, propietaria de la librería Shakespeare and Company en la rue de l’Odéon, fue quien se atrevió a publicarlo cuando nadie más lo hacía. Esa pequeña librería se convertiría en punto de encuentro obligado para los escritores anglosajones.


Los cafés literarios: templos de la modernidad

Si el París de los años veinte tenía un corazón latiendo, ese corazón eran sus cafés. No simples bares, sino verdaderos laboratorios de ideas donde se gestaba el arte del siglo XX.

En Montparnasse, cuatro cafés formaban el epicentro artístico: La Rotonde, Le Dôme, Le Select y La Coupole. Abrían toda la noche. Las mesas de zinc acogían a pintores sin un franco en el bolsillo y a millonarios excéntricos como Peggy Guggenheim. Jean Cocteau dijo que «la pobreza era un lujo en Montparnasse».

La Closerie des Lilas tenía una historia más antigua. Antes de la guerra, Paul Fort había convertido el café en sede de su revista Vers et prose, reuniendo cada martes a poetas de todos los países. Picasso fue introducido allí por Guillaume Apollinaire. Fue en La Closerie donde Scott Fitzgerald le hizo leer a Hemingway el manuscrito de Gatsby el Magnífico. También fue allí —cuentan las crónicas— donde una discusión entre André Breton y Tristan Tzara puso fin al dadaísmo y dio nacimiento al surrealismo.

En Saint-Germain-des-Prés, dos cafés rivales dominaban la escena: Café de Flore y Les Deux Magots. Ambos existían desde finales del siglo XIX, pero alcanzaron su apogeo en los años veinte. Les Deux Magots —nombre que proviene de las dos estatuas de «magos» chinos en su interior— fue frecuentado por Hemingway, Picasso, Brecht y Joyce. El café estableció su propio premio literario en 1933, el Prix des Deux Magots, que otorgaba cada año.


La Escuela de París: cuando el mundo pintaba en Montparnasse

Mientras los escritores llenaban los cafés, los pintores transformaban Montparnasse en el taller del mundo. La llamada Escuela de París no era un movimiento artístico unificado, sino una constelación de talentos llegados desde todos los continentes.

Pablo Picasso había llegado de Barcelona en 1900, con apenas diecinueve años. Primero vivió en Montmartre, en el célebre Bateau-Lavoir —ese edificio laberíntico de madera donde en 1907 pintó Las señoritas de Avignon, obra fundacional del cubismo—. Hacia 1910, Picasso y otros artistas migraron hacia Montparnasse, que ofrecía estudios más baratos y menos turistas.

Marc Chagall llegó de Rusia en 1911 y se instaló en La Ruche (La Colmena), una ciudad de artistas en Montparnasse creada con materiales reciclados de la Exposición Universal de 1889. Allí conoció a Chaïm Soutine, Jules Pascin y Moïse Kisling. Chagall diría más tarde: «Traje mis cosas de Rusia y París las iluminó».

Amedeo Modigliani, el italiano de rostros alargados y melancólicos, vivía en la miseria absoluta. Cuando la pintora inglesa Nina Hamnett llegó a París en 1914, la primera tarde en La Rotonde un hombre sonriente de la mesa vecina se presentó amablemente: «Modigliani, pintor y judío». Se hicieron amigos. Una vez, Hamnett tomó prestados un jersey y pantalones de pana de Modigliani, fue a La Rotonde y bailó en la calle toda la noche.

Henri Matisse, Fernand Léger, Constantin Brâncuși, Alberto Giacometti: todos convivían en esos mismos kilómetros cuadrados. Vivían sin agua corriente, en estudios húmedos, sin calefacción. Vendían cuadros por unos francos para comprar comida. El marchante Daniel-Henry Kahnweiler los promovía. Hoy esas obras se venden por millones de euros.


Jazz, baile y Josephine Baker

Y llegó la música. El jazz —ese ritmo salvaje y liberador nacido en Nueva Orleans— cruzó el Atlántico con los soldados estadounidenses durante la guerra y se quedó para siempre.

Josephine Baker desembarcó en París en septiembre de 1925. Tenía diecinueve años, era afroamericana, venía de St. Louis, y su talento era explosivo. El 2 de octubre debutó en el Théâtre des Champs-Élysées con La Revue Nègre, acompañada por una orquesta de jazz dirigida por Claude Hopkins y el saxofonista Sidney Bechet.

El éxito fue inmediato y escandaloso. En 1927, Josephine encabezó las Folies Bergère con un vestuario que se volvió icónico: una falda hecha de bananas artificiales. Pablo Picasso, Ernest Hemingway, Fernand Léger acudían fascinados a verla. La llamaban la Venus de Ébano, la Perla Negra. París se enamoró de ella como nunca se había enamorado de nadie.

Josephine Baker representaba algo más que el jazz: era la libertad física, el cuerpo sin censura, el movimiento puro. Sus bailes combinaban charlestón con pasos callejeros y acrobacias. Era lo opuesto a la rigidez del ballet clásico. Era modernidad encarnada.

El jazz se extendió por todos los cabarets: el Moulin Rouge, Le Chat Noir, el Bal Tabarin. Los cabarets permanecían abiertos toda la noche. Se bailaba el charlestón hasta el amanecer. Sidney Bechet, Oscar Alemán —ese guitarrista argentino del Chaco que tocó con Josephine—, y tantos músicos negros encontraron en París lo que Estados Unidos les negaba: respeto y libertad.


Latinoamericanos en la Ciudad Luz

París también atraía a los escritores y artistas de América Latina. Muchos llegaban huyendo de dictaduras, otros buscando reconocimiento en la capital cultural del mundo.

César Vallejo, el poeta peruano, llegó a París en julio de 1923 como corresponsal del diario El Norte de Trujillo. Se quedó hasta su muerte en 1938. Vivió del periodismo y la traducción, siempre con dificultades económicas. En 1926 fundó con Juan Larrea la revista Favorables París Poema, donde colaboraron Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Pierre Reverdy y Tristán Tzara. Vallejo murió pobre, a los cuarenta y seis años, y fue enterrado en el cementerio de Montparnasse. Su obra alcanzaría gloria póstuma.

Victoria Ocampo, la aristócrata argentina, realizó viajes sucesivos a París durante la década de 1920. Allí respiró el aire intelectual que más tarde llevaría a Buenos Aires con la fundación de la revista Sur en 1931. Conoció a Valéry, a Supervielle, a Drieu La Rochelle. París moldeó su visión cosmopolita.

Para publicarse y ser reconocidos internacionalmente, los latinoamericanos necesitaban pasar por París. La editorial Garnier y la casa Ch. Bouret editaban prácticamente todas las novedades del continente en español y luego las exportaban en barco a América.


Vanguardias en ebullición

París era un hervidero de movimientos artísticos. El cubismo —Picasso, Braque, Juan Gris— deconstruía la realidad en planos geométricos. El dadaísmo de Tristan Tzara celebraba el absurdo y la provocación. El surrealismo de André Breton exploraba el inconsciente y los sueños. El fauvismo de Matisse explotaba el color puro.

Las discusiones eran encarnizadas. Los manifestos se sucedían. Las rupturas artísticas eran también rupturas personales. Breton expulsaba a quienes no seguían ortodoxamente sus dictados surrealistas. Pero de esa tensión constante nacía arte que cambiaría el mundo.


El golpe: el Crash del 29

Y entonces llegó el martes 29 de octubre de 1929. El Martes Negro. La bolsa de Nueva York se desplomó. En un solo día, 16 millones de acciones fueron ofrecidas a la venta sin compradores. El pánico se extendió como peste.

La crisis alcanzó a Europa en 1931. El comercio internacional se contrajo brutalmente. Estados Unidos retiró los préstamos que había otorgado a Europa para la reconstrucción. Los bancos quebraron. El desempleo se disparó. La producción industrial cayó en picada.

El París dorado de los años veinte empezó a desvanecerse. Los cafés perdieron clientela. Los estudios de artistas cerraban. Muchos expatriados estadounidenses regresaron a su país, aunque allí la situación era aún peor. La bohemia brillante se convirtió en bohemia hambrienta. Los sueños se enfriaron.

La Generación Perdida comenzó su diáspora. Algunos volvieron a Estados Unidos. Otros se dispersaron por Europa. El París festivo dio paso a un París sombrío, que en pocos años vería llegar sombras aún más oscuras: el ascenso del fascismo, la Guerra Civil Española, y finalmente la Segunda Guerra Mundial que ocuparía la ciudad en 1940.


El legado: un París que nunca muere

¿Qué queda de aquel París? Todo y nada. Los cafés siguen en pie. La Closerie des Lilas, Les Deux Magots, el Café de Flore conservan sus mesas de caoba y sus bancos de cuero. Los turistas los llenan buscando fantasmas. Los escritores contemporáneos aún van a escribir allí, sabiendo que Hemingway escribió en esas mismas mesas, que Sartre y Simone de Beauvoir discutieron allí durante horas.

El París de los años veinte pervive en la literatura. París era una fiesta (1964), las memorias póstumas de Hemingway, se convirtieron en testamento de aquella época. «Si tuviste la suerte de haber vivido en París cuando eras joven», escribió, «entonces, dondequiera que pases el resto de tu vida, París te acompaña, porque París es una fiesta transportable». Scott Fitzgerald capturó los años locos en El gran Gatsby y Suave es la noche. Gertrude Stein, en sus memorias, pintó retratos indelebles de aquella bohemia.

El cine de Woody Allen (Medianoche en París, 2011) y decenas de novelas mantienen vivo el mito. Los turistas literarios recorren las calles buscando las huellas de Hemingway y Joyce. El Museo Picasso guarda testimonio de aquellos años feroces de experimentación.

¿Qué puede aprender hoy un lector —porteño, mexicano, madrileño— del París de los años veinte? Quizá esto: que la creatividad florece en la libertad, que el cosmopolitismo enriquece el arte, que la mezcla de culturas genera chispas de genio. Que la valentía artística —esa disposición a romper todas las reglas, a experimentar sin red— es lo que transforma épocas. Y que a veces, contra toda lógica, de las cenizas de la guerra nace la fiesta más luminosa que el mundo haya visto.


El último sorbo de café se enfría en la taza. El farol de la esquina se apaga al amanecer. Un saxofón suena todavía al otro lado del Sena. Si cerras los ojos, si prestas atención al silencio, puedes escuchar todavía las voces de aquella noche de 1925: Picasso discutiendo, Hemingway escribiendo, Josephine Baker riendo mientras el jazz nunca termina.

París era una fiesta. Y en algún rincón secreto del tiempo, todavía lo es.


«Si tuviste la suerte de haber vivido en París cuando eras joven, entonces, dondequiera que pases el resto de tu vida, París te acompaña, porque París es una fiesta transportable.»
— Ernest Hemingway, París era una fiesta


Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Avatar de Gavroche

By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

Deja un comentario

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo