LA GUERRA FRÍA EN EL RÍO DE LA PLATA

Espionaje, embajadores y operaciones ruidosas en silencio
«El dolor exacto en el lugar exacto en la cantidad exacta para lograr el efecto deseado.» — Dan Mitrione, según testimonios de Manuel Hevia Cosculluela
El río de los espías
Hay una hora en Buenos Aires y en Montevideo que pertenece a los fantasmas. Es esa hora suspendida entre la última ronda de café en los bares del centro y el primer tranvía de la madrugada, cuando las calles empedradas brillan bajo la luz de neón y los hombres de gabardina caminan con las solapas levantadas, no siempre por el frío. En los años que van de 1950 a 1980, esa hora era el territorio natural de los servicios de inteligencia: la CIA y el KGB, el Mossad y la DGSE francesa, el MI6 británico y los servicios cubanos, todos operando bajo el paraguas de la neutralidad rioplatense, todos mirando por encima del hombro mientras encendían un cigarrillo en la esquina de alguna embajada.
El Río de la Plata, esa frontera líquida que separa y une a Argentina y Uruguay, se convirtió durante la Guerra Fría en uno de los escenarios más activos y menos reconocidos del conflicto Este-Oeste. No hubo aquí grandes batallas ni confrontaciones nucleares, pero sí operaciones de espionaje, redes de propaganda, entrenamientos en técnicas de contrainsurgencia que incluían la tortura sistemática, y una serie de asesinatos políticos que todavía hoy permanecen parcialmente envueltos en sombras. Buenos Aires, con sus avenidas amplias como las de París y su puerto siempre abierto al mundo, y Montevideo, con su escala humana y su tradición de neutralidad diplomática, fueron durante tres décadas el tablero donde las superpotencias jugaron una partida silenciosa pero letal.
Los cafés fueron los escenarios naturales de esta guerra invisible. En Montevideo, el Café Sorocabana de la Plaza Cagancha —inaugurado en 1939, con su decoración art déco, sus mesitas de mármol y sus butaquitas semicirculares— reunía a refugiados españoles, exiliados peronistas, socialistas argentinos como Alfredo Palacios, y políticos uruguayos de todos los signos. La escritora Armonía Somers, desde su departamento en el piso 10 del Palacio Salvo, bajaba cada viernes a hojear el semanario Marcha en solitaria contemplación. Mario Benedetti escribió La Tregua en la sucursal de la calle 25 de Mayo. Nadie sabía, mientras revolvía su cortado, quién era informante de quién, qué conversación terminaría en un cable cifrado hacia Langley o hacia Moscú.
El Cono Sur en el tablero global
Para comprender por qué el Río de la Plata se convirtió en un punto neurálgico del espionaje mundial, es necesario retroceder al final de la Segunda Guerra Mundial. Argentina había mantenido una neutralidad que favorecía a los poderes del Eje hasta 1944, cuando finalmente declaró la guerra a Alemania y Japón bajo presión estadounidense. Pero esa neutralidad tardía había dejado huellas profundas: redes de simpatizantes nazis, rutas de escape para criminales de guerra, y una relación ambigua con Estados Unidos que Washington nunca olvidaría.
Según documentos desclasificados de la CIA, ya en junio de 1941 Alemania había enviado 83 cajas de documentos desde su embajada en Tokio hacia Buenos Aires a través del buque MS Nana Maru. Cuando los agentes aduaneros argentinos las revisaron, encontraron cinco cajas con propaganda nazi camuflada entre material etiquetado como «científico, literario y cultural». Un mes después, las autoridades argentinas allanaron las oficinas secretas del Partido Nazi —disfrazadas como organizaciones laborales alemanas— y confiscaron aproximadamente 5.000 membresías del Frente Alemán del Trabajo. El historiador Uki Goñi, autor de The Real Odessa, documenta cómo en mayo de 1943 el funcionario de las SS Walter Schellenberg aseguró un acuerdo secreto con los militares argentinos que excluía a los nazis de cualquier arresto en territorio argentino y establecía un sistema de intercambio de valija diplomática entre ambos regímenes.
Este fue el preludio de las célebres «ratlines» o «líneas de ratas»: las rutas de escape que, desde 1945 en adelante, permitieron a cientos de criminales de guerra nazis huir hacia Sudamérica. Las dos rutas principales operaban independientemente antes de comenzar a colaborar: una atravesaba España, la otra pasaba por Roma y Génova. El investigador Goñi demuestra que estas rutas fueron apoyadas por algunos miembros del clero católico, como el obispo austríaco Alois Hudal y el sacerdote croata Krunoslav Draganović, así como por dependencias del Comité Internacional de la Cruz Roja que, involuntaria o voluntariamente, proporcionaron documentos de identidad falsos. Juan Domingo Perón, tras asumir la presidencia argentina en 1946, estableció líneas de escape adicionales a través de Escandinavia y Suiza. Alrededor de 300 criminales de guerra y colaboradores nazis llegaron a Argentina; muchos con ayuda directa o indirecta de funcionarios, diplomáticos y contactos del peronismo
Entre los que llegaron estaban Adolf Eichmann, arquitecto logístico del Holocausto, bajo la identidad de «Ricardo Klement»; Josef Mengele, el «Ángel de la Muerte» de Auschwitz; Erich Priebke, responsable de la masacre de las Fosas Ardeatinas; y Franz Stangl, comandante de los campos de exterminio de Sobibor y Treblinka. Priebke recordaría años después: «En aquellos días Argentina era una especie de paraíso para nosotros». Estos hombres no solo encontraron refugio; encontraron empleos, comunidades de apoyo, y décadas de impunidad.
Las embajadas como teatros de sombra
Durante los años sesenta, la Secretaría de Inteligencia argentina (SIDE) estableció vigilancia constante sobre las embajadas del bloque oriental y de otras naciones comunistas en Buenos Aires. No era un esfuerzo unilateral: la CIA, según el propio sitio web de la agencia, considera al Congreso por la Libertad Cultural «una de sus operaciones encubiertas más audaces y efectivas de la Guerra Fría». Pero las embajadas no eran solo objetivos de vigilancia; eran centros operativos desde los cuales se proyectaba influencia, se reclutaban agentes, se planificaban acciones.
Un incidente revelador ocurrió en 1966, cuando un intento fallido de secuestro del cónsul soviético en Buenos Aires llevó a la URSS a presentar una protesta formal, amenazando con llevar el asunto ante organismos internacionales. El presidente de facto Juan Carlos Onganía, contra su voluntad, tuvo que pedir la renuncia del Secretario de Inteligencia Señorans, quien en su declaración final expuso que «el cónsul Petrov comanda un grupo de espías del KGB en Argentina». Era una acusación grave pero, según las fuentes disponibles, no infundada: la actividad de inteligencia soviética en el Cono Sur era intensa, aunque menos documentada que la estadounidense.
El agente soviético más notable que operó en la región fue Iosif Grigulevich, un oficial del NKVD y luego del KGB especializado en operaciones clandestinas. Nacido en Vilna en 1913 y emigrado a Argentina en su juventud, Grigulevich participó en el fallido atentado contra León Trotsky en México en 1940, liderando un equipo de pistoleros junto al muralista David Alfaro Siqueiros bajo órdenes directas de Stalin. Sus operaciones en el Río de la Plata durante la Segunda Guerra Mundial incluyeron el sabotaje de embarques hacia el Reich: según los archivos, su grupo colocó más de 150 minas en embarcaciones que transportaban bienes hacia Alemania, causando explosiones y deteniendo el comercio con el Eje. También realizaron asaltos a instalaciones de almacenamiento asociadas con simpatizantes nazis, combinando robo con daño explosivo para socavar el apoyo logístico a las potencias del Eje.
La noche de Garibaldi: captura de Eichmann
La noche del 11 de mayo de 1960, relámpagos cruzaban el cielo argentino mientras un hombre llamado Ricardo Klement bajaba del autobús tras terminar su turno como capataz en una planta de Mercedes-Benz. Mientras caminaba hacia su modesta casa de ladrillos en un suburbio de clase media de Buenos Aires, pasó junto a un chofer y dos hombres trabajando bajo el capó abierto de un Buick negro. De pronto, fue agarrado por los hombres y arrastrado, pataleando y gritando, al asiento trasero del vehículo, que partió velozmente hacia la noche.
Era la Operación Finale del Mossad israelí. Klement era Adolf Eichmann, el teniente coronel de las SS que había sido el arquitecto logístico del transporte de millones de judíos europeos hacia los campos de exterminio. Durante años había evadido a las autoridades y vivido en relativa paz en Argentina. Ahora estaba en custodia del servicio secreto israelí, y sus crímenes estaban a punto de hacerse públicos ante el mundo.
La operación fue comandada personalmente por el director del Mossad, Isser Harel. El equipo de captura incluía a Rafi Eitan, Peter Malkin, Zvi Aharoni y Moshe Tabor. Todos los participantes eran voluntarios, y todos excepto Eitan habían perdido familiares durante la guerra. Las instrucciones eran claras: entregar a Eichmann a Israel vivo e ileso. La identificación definitiva del fugitivo llegó el 21 de marzo de 1960, cuando los agentes observaron una celebración en la casa de Klement. Revisando el expediente de Eichmann, determinaron que ese era el día en que Adolf y Veronica Eichmann celebraban su vigésimo quinto aniversario de bodas.
Durante nueve días, Eichmann fue mantenido en una villa alquilada por los agentes en un suburbio de Buenos Aires. Allí escribió y firmó una declaración: «Yo, Adolf Eichmann, declaro voluntariamente que ahora que mi verdadera identidad es conocida, es inútil intentar escapar del juicio. Acepto ir a Israel y comparecer ante un tribunal competente». El 20 de mayo de 1960, drogado y disfrazado como miembro enfermo de la tripulación de un avión de El Al, fue sacado clandestinamente del país y llevado a Israel. El juicio que siguió —uno de los primeros en ser televisados en su totalidad— estremeció al mundo con los testimonios de más de cien sobrevivientes del Holocausto. Eichmann fue condenado a muerte y ejecutado en la horca el 1 de junio de 1962: la única ejecución oficial jamás llevada a cabo por el Estado de Israel.
La captura de Eichmann provocó un grave incidente diplomático. Argentina, a través del embajador Mario Amadeo durante la presidencia de Arturo Frondizi, denunció ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas una grave violación de su soberanía. Argentina recibió apoyo del organismo internacional, pero Israel nunca tuvo intención de devolver al criminal nazi. La operación demostró dos cosas: que Buenos Aires era un refugio poroso donde fugitivos de todo el mundo podían esconderse, y que agencias de inteligencia extranjeras estaban dispuestas a operar en territorio argentino con o sin permiso del gobierno.
Buenos Aires: el ecosistema perfecto
¿Por qué Buenos Aires se convirtió en semejante centro de operaciones clandestinas? La respuesta es múltiple. Primero, la arquitectura: una ciudad diseñada sobre modelos europeos, con amplias avenidas, cafés con terrazas, edificios de departamentos donde era fácil perderse. Segundo, el puerto: uno de los más activos del hemisferio sur, con miles de llegadas y partidas diarias donde un rostro más no llamaba la atención. Tercero, la población: millones de inmigrantes de todo el mundo, italianos y españoles, alemanes y polacos, judíos y árabes, creando un tejido social donde cualquier acento era plausible y cualquier apellido posible. Cualquier persona, sin importar su fisonomia, podia pasar por Argentino.
Pero había algo más: la comunidad intelectual politizada, las tensiones entre civiles y militares, la cercanía con el exilio europeo de la posguerra, y una neutralidad histórica que hacía de Argentina un territorio donde todos podían operar sin que el gobierno tomara partido abiertamente. Philip Agee, el agente de la CIA que en 1975 publicaría Inside the Company: CIA Diary, sirvió en Montevideo entre 1964 y 1966 y describe en detalle cómo funcionaba este ecosistema. «Mis ojos comenzaron a abrirse poco a poco allí abajo», escribió años después, «cuando empecé a darme cuenta cada vez más de que todo lo que yo y mis colegas hacíamos en la CIA tenía un solo objetivo: apoyar las estructuras de poder tradicionales en América Latina. Estas estructuras de poder habían estado en su lugar durante siglos, donde unas pocas familias eran capaces de controlar la riqueza, los ingresos y el poder del estado y la economía, excluyendo a la mayoría de la población».
La CIA operaba a través de múltiples fachadas. Una de las más sofisticadas fue el Congreso por la Libertad Cultural (CCF), fundado en 1950 en Berlín Occidental y financiado secretamente por la agencia hasta que la conexión fue expuesta por The New York Times en 1966. En su apogeo, el CCF tenía oficinas en 35 países, empleaba a decenas de personas, publicaba más de veinte revistas de prestigio, organizaba exposiciones de arte, conferencias internacionales, y otorgaba premios a músicos y artistas. En América Latina, según el historiador Patrick Iber en su libro Neither Peace nor Freedom, el CCF intentó replicar la comunidad político-moral de los intelectuales de Nueva York: anti-estalinistas de izquierda que aceptaban el lado estadounidense de la Guerra Fría mientras criticaban políticas específicas y el macartismo. Pero los exiliados europeos que dirigían las operaciones latinoamericanas «fundamentalmente malinterpretaron América Latina», donde no había experiencia directa de opresión comunista pero sí abundante resentimiento contra los reaccionarios locales y sus patrocinadores estadounidenses.
Montevideo: neutralidad y secretos
Si Buenos Aires era el escenario principal, Montevideo funcionaba como su contrapunto discreto. Uruguay, conocido en el siglo XX como «la Suiza de Sudamérica», había construido bajo el batllismo un estado de bienestar adelantado a su tiempo: educación laica y gratuita, separación de la Iglesia y el Estado, legislación laboral progresista. Montevideo, «la Atenas del Río de la Plata», era un centro vibrante de cultura y artes con infraestructura moderna, paseos costeros, parques verdes, y arquitectura que mezclaba el estilo colonial con el art déco y el art nouveau. Pero a partir de los años sesenta, esta pequeña república comenzó a desmoronarse.
Los precios de la lana —base de la economía uruguaya— se derrumbaron y la economía siguió rápidamente; miles perdieron sus empleos; la inflación se disparó. Radicales estudiantiles, líderes sindicales y jóvenes políticos de izquierda se transmutaron en revolucionarios carismáticos que lanzaban robos audaces, colocaban bombas, secuestraban diplomáticos. Eran los Tupamaros, nombrados en honor al revolucionario inca Túpac Amaru II que había liderado un levantamiento contra el genocida imperio español en Perú en el siglo XVIII. A diferencia de otros grupos guerrilleros latinoamericanos, evitaban el derramamiento de sangre cuando era posible y hasta agosto de 1970 nunca habían matado a ninguno de sus prisioneros. Su rebelión relativamente contenida inicialmente generó amplio apoyo popular.
Desde Washington se temía una posible victoria de izquierda en las elecciones de noviembre de 1971, particularmente del Frente Amplio, siguiendo el modelo de la victoria de la Unidad Popular en Chile liderada por Salvador Allende. La Oficina de Seguridad Pública de Estados Unidos (OPS, por sus siglas en inglés), parte de USAID, ya estaba colaborando con la policía uruguaya desde 1965, suministrando armas y entrenamiento. Se afirma que la tortura ya se venía practicando desde entonces, pero fue con la llegada de Dan Mitrione cuando se convirtió en rutina institucionalizada.
El hombre del sótano
Daniel Anthony Mitrione había nacido en Italia el 4 de agosto de 1920 y emigrado a Estados Unidos siendo niño. Fue oficial de policía en Richmond, Indiana, de 1945 a 1947, ascendiendo hasta convertirse en jefe de policía antes de unirse al FBI en 1959. En 1960 fue asignado al departamento de cooperación y administración internacional, viajando a países sudamericanos para enseñar «técnicas avanzadas de contrainsurgencia». Brasil fue su primer destino importante, donde según A.J. Langguth, jefe de la oficina del New York Times en Saigón, Mitrione enseñó a la policía brasileña técnicas de tortura con electroshock de manera que los detenidos no murieran en el proceso.
En 1969, Mitrione fue trasladado a Montevideo. Según testimonios de oficiales de policía uruguayos retirados y agentes de la CIA, Mitrione enseñó técnicas de tortura a la policía uruguaya en el sótano de su propia casa en el barrio de Malvín, incluyendo el uso de descargas eléctricas en la boca y los genitales de las víctimas. Manuel Hevia Cosculluela, un cubano que se infiltró en la CIA y trabajó con Mitrione, publicó en 1978 un libro sobre sus experiencias titulado Pasaporte 11333: Ocho años con la CIA. Según Cosculluela, Mitrione torturó hasta la muerte a cuatro mendigos con descargas eléctricas en un seminario de 1970 para demostrar sus técnicas a policías uruguayos en entrenamiento. «El curso especial se realizó por grupos de no más de una docena de alumnos», escribió Cosculluela. «Como sujetos para las primeras pruebas, tomaron mendigos, conocidos en Uruguay como bichicones, de las afueras de Montevideo, junto con una mujer de la frontera con Brasil».
El 31 de julio de 1970, los Tupamaros secuestraron a Mitrione y al cónsul brasileño Aloysio Días Gomide. Exigieron la liberación de unos 150 presos políticos a cambio de los secuestrados. El gobierno uruguayo, con respaldo de Estados Unidos, se negó. El 10 de agosto, el cuerpo de Mitrione fue encontrado en el asiento trasero de un Buick convertible robado en un tranquilo barrio residencial de Montevideo. Había cumplido 50 años su quinto día como prisionero. Le habían disparado dos veces en la cabeza. No había otras señales visibles de maltrato, más allá del hecho de que durante el secuestro le habían disparado en un hombro, una herida que estaba limpia y sanando bien, y que evidentemente había sido tratada durante el cautiverio.
Pocos días después del funeral, Alejandro Otero, un alto oficial de la policía uruguaya, declaró al Jornal do Brasil que Mitrione había sido empleado para enseñar a la policía a usar «técnicas violentas de tortura y represión». El gobierno estadounidense emitió un comunicado calificando este cargo de «absolutamente falso» e insistiendo en que era un miembro genuino de la Agencia para el Desarrollo Internacional. En Richmond, Indiana, el Secretario de Estado William Rogers y el yerno del presidente Nixon, David Eisenhower, asistieron al funeral. Frank Sinatra y Jerry Lewis llegaron al pueblo para organizar un espectáculo benéfico para la familia de Mitrione. Y el vocero de la Casa Blanca, Ron Ziegler, declaró solemnemente que «el devoto servicio del señor Mitrione a la causa del progreso pacífico en un mundo ordenado permanecerá como un ejemplo para los hombres libres de todas partes».
El Senado uruguayo se vio obligado a realizar una investigación. Concluyó que la tortura se había convertido en «normal, frecuente y habitual», y que las técnicas comunes utilizadas para torturar prisioneros, incluidas mujeres embarazadas, incluían descargas eléctricas en los genitales, compresión lenta de testículos, agujas eléctricas bajo las uñas y quemaduras con cigarrillos. Víctor Paulo Laborde Baffico, ex oficial de inteligencia naval uruguayo, revelaría más tarde que el «submarino», la tortura con electroshock y lo que después se llamaría «waterboarding» fueron todos enseñados a oficiales militares uruguayos desde las páginas de manuales de tortura estadounidenses, incluyendo el manual KUBARK de la CIA de 1963.
Estado de sitio: la verdad filmada
En 1972, el director greco-francés Costa-Gavras estrenó Estado de Sitio (État de siège), protagonizada por Yves Montand en el papel de Philip Michael Santore, un personaje basado en Mitrione. La película fue rodada en Chile durante el breve gobierno democrático socialista de Salvador Allende, poco antes del golpe de estado de 1973 que Costa-Gavras dramatizaría más tarde en Missing. La CIA calificó la película de «propaganda», pero los años subsiguientes demostrarían que, si acaso, se había quedado corta.
En noviembre de 1975, el cumpleaños número 60 del general Augusto Pinochet, líderes de los servicios de inteligencia militar de Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay se reunieron con Manuel Contreras, jefe de la DINA (la policía secreta chilena), en la Academia de Guerra del Ejército en Santiago. Allí se creó oficialmente el Plan Cóndor. Según documentos de la CIA desclasificados y fechados el 23 de junio de 1976, «a principios de 1974, funcionarios de seguridad de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Bolivia se reunieron en Buenos Aires para preparar acciones coordinadas contra objetivos subversivos». La Operación Cóndor fue una misión cooperativa que permitía a los servicios de seguridad coordinar sus actividades, establecer una red especial de comunicaciones y construir centros de detención clandestinos compartidos.
El 5 de marzo de 2013 comenzó en Buenos Aires el histórico juicio por la Operación Cóndor, en el que veinticinco ex altos oficiales militares de Argentina y Uruguay fueron acusados de conspiración para secuestrar, desaparecer, torturar y asesinar a 171 opositores políticos durante las décadas de 1970 y 1980. Entre los imputados se encontraba el ex presidente argentino Reynaldo Bignone, ya condenado previamente por otros crímenes de la dictadura. El 27 de mayo de 2016, quince ex funcionarios militares fueron declarados culpables, y Bignone recibió una pena de 20 años de prisión. La abogada querellante Luz Palmás Zaldúa afirmó: este fallo es importante porque es la primera vez que la existencia de la Operación Cóndor ha sido probada en un tribunal.
La guerra invisible de las ideas
La Guerra Fría en el Río de la Plata no se libró solo con armas y agentes. Fue también, y quizás principalmente, una guerra por las mentes. La historiadora Frances Stonor Saunders, en su libro The Cultural Cold War: The CIA and the World of Arts and Letters, escribe: «Les gustara o no, lo supieran o no, hubo pocos escritores, poetas, artistas, historiadores, científicos o críticos en la Europa de posguerra cuyos nombres no estuvieran de alguna manera vinculados a esta empresa encubierta». Lo mismo puede decirse de América Latina.
El Congreso por la Libertad Cultural financió revistas como Cuadernos, editada desde París en español para lectores latinoamericanos, y más tarde Mundo Nuevo, publicada entre 1966 y 1971. A principios de los años sesenta, el CCF montó una campaña contra el poeta chileno Pablo Neruda, un ardiente comunista. La campaña se intensificó cuando pareció que Neruda era candidato al Premio Nobel de Literatura en 1964, aunque irónicamente también fue publicado en Mundo Nuevo. Otros intelectuales prominentes contra quienes el CCF dirigió esfuerzos fueron Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Thomas Mann.
Cuando en abril de 1966 The New York Times publicó una serie de cinco artículos sobre los propósitos y métodos de la CIA, y en mayo de 1967 la revista Ramparts expuso el financiamiento secreto, el Congreso por la Libertad Cultural se transformó en la Asociación Internacional por la Libertad Cultural (IACF), continuando su existencia con financiamiento de la Fundación Ford. Pero el daño estaba hecho. Thomas Braden, jefe de la División de Organizaciones Internacionales de la CIA que supervisaba el CCF, respondió al informe de Ramparts con un artículo titulado «Me alegro de que la CIA sea inmoral» en el Saturday Evening Post, defendiendo las actividades de su unidad dentro de la CIA. «Durante más de diez años», admitió Braden, «la CIA había subsidiado Encounter a través del CCF, que también financiaba; uno de los miembros del personal de la revista era un agente de la CIA».
Lo que revelan los papeles y lo que esconden
En los años noventa, bajo la presidencia de Bill Clinton, Estados Unidos desclasificó miles de documentos del Departamento de Estado relacionados con las actividades estadounidenses-argentinas desde 1954. Esta desclasificación fue provocada por ataques contra ciudadanos estadounidenses en Argentina, revelaciones sobre el financiamiento de la CIA a los militares argentinos, y una prohibición explícita del Congreso en 1990. Los documentos revelaron el conocimiento de Estados Unidos sobre los abusos de derechos humanos cometidos por los gobiernos militares.
Un cable de febrero de 1976 desde la embajada en Buenos Aires al Departamento de Estado revela que Estados Unidos poseía conocimiento previo del golpe argentino. El embajador escribió que el jefe de la mesa de América del Norte del Ministerio de Relaciones Exteriores le había informado que había sido contactado por el «Grupo de Planificación Militar» para preparar un informe y recomendaciones sobre cómo «el futuro gobierno militar puede evitar o minimizar el tipo de problemas que los gobiernos chileno y uruguayo están teniendo con Estados Unidos sobre cuestiones de derechos humanos». En un pasaje revelador, el embajador recuerda que «la embajada ha indicado discretamente y a través de terceros a los militares que el USG reconocerá un nuevo gobierno en Argentina…».
El periodista investigador John Dinges, autor del libro pionero The Condor Years, ha utilizado los documentos desclasificados para revelar la intimidad del vínculo entre los funcionarios estadounidenses y los operadores de Cóndor. «Durante décadas, tanto la CIA como el FBI nos mantuvieron en la oscuridad sobre lo que sabían y cuándo lo sabían», escribió Dinges. «Pero con los documentos recién desclasificados, esa pregunta central puede ser respondida, y es vergonzoso para el gobierno estadounidense. Hubo un enlace íntimo con los funcionarios de Cóndor y amplia inteligencia temprana sobre los planes de Cóndor que podría haber prevenido» los asesinatos.
Sin embargo, los documentos desclasificados también revelan lo que permanece oculto. Muchas páginas están tachadas, secciones enteras censuradas, nombres y operaciones redactados. El informe «Chilbom» del agente del FBI Robert Scherrer fue el primer documento parcialmente desclasificado que mencionaba la Operación Cóndor, identificándola como una «organización recientemente establecida entre servicios de inteligencia cooperantes en América del Sur». Pero incluso este documento fue liberado con significativas redacciones. La historia de la Guerra Fría en el Río de la Plata se sigue escribiendo a medida que más archivos se abren —y a medida que algunos archivos desaparecen. Goñi documenta cómo muchos documentos argentinos sobre las ratlines nazis fueron destruidos deliberadamente.
El río que no olvida
El Río de la Plata sigue fluyendo entre Buenos Aires y Montevideo, marrón y ancho, indiferente a la historia que se ha tejido en sus orillas. Pero las ciudades recuerdan. En la calle Garibaldi 6061 del partido de San Fernando, donde vivía Adolf Eichmann bajo el nombre de Ricardo Klement, la casa fue demolida y no hay ninguna indicación sobre los hechos ocurridos. En Montevideo, el Café Sorocabana de la Plaza Cagancha cerró sus puertas, y aunque ha habido intentos de reabrirlo, el hechizo —como escribió un cronista— se había perdido.
Las heridas de la Guerra Fría en el Cono Sur no han sanado completamente. En Argentina, las Abuelas de Plaza de Mayo siguen buscando a muchos de los nietos robados durante la dictadura, bebés arrebatados a madres que fueron «desaparecidas» y entregados en adopciones ilegales a familias y asociados del régimen. En Uruguay, la ley de amnistía de 1986 fue finalmente anulada en 2011, permitiendo el procesamiento de crímenes de lesa humanidad. Los juicios continúan. Los archivos se abren lentamente. Las víctimas y sus familias siguen exigiendo justicia pese al intento del gobierno de Javier Milei de reinstaurar la «Teoria de los dos demonios», una narrativa absurda que buscaba presentar una «simetría» entre ambos bandos y que las fuerzas armadas actuaron en respuesta a una agresión previa, justificando así la represión y la violencia del Estado.
Philip Agee, el agente de la CIA que denunció a su propia agencia, murió en La Habana el 7 de enero de 2008 debido a una úlcera perforada. Tenía 72 años. Hasta el final, mantuvo que había actuado por convicción moral. «Hubo un momento en los setenta cuando los peores horrores imaginables se produjeron en Hispanoamérica —Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay, Guatemala, El Salvador—, había dictaduras militares con escuadrones de la muerte, todos con el apoyo en la sombra de la CIA y el Gobierno estadounidense», dijo en una de sus últimas entrevistas. «Esto fue lo que me motivó para dar todos los nombres y para trabajar con periodistas interesados en conocer qué era lo que hacía la CIA en sus países».
Dan Mitrione fue enterrado como un héroe en Richmond, Indiana. El presidente George H.W. Bush, que había dirigido la CIA de 1976 a 1977, acusó a Agee de ser responsable de la muerte de Richard Welch, un clasicista educado en Harvard que fue asesinado por la Organización Revolucionaria 17 de Noviembre mientras dirigía la estación de la CIA en Atenas. Welch no fue nombrado en Inside the Company, que se centraba en América Latina, y ahora se sabe que su identidad fue descubierta por periodistas locales en Atenas. Pero la acusación se repitió durante décadas, incluyendo en la autobiografía de Barbara Bush de 1994.
Costa-Gavras sigue haciendo cine político. Los documentos siguen desclasificándose. Los historiadores siguen excavando. Y en las noches de tormenta sobre el Río de la Plata, cuando los relámpagos iluminan las aguas marrones y las fachadas de las embajadas brillan bajo la lluvia, es posible imaginar que todavía hay hombres de gabardina caminando por las calles empedradas, mirando por encima del hombro, encendiendo cigarrillos en las esquinas. Algunos secretos se llevan a la tumba. Otros emergen décadas después, tachados y fragmentarios, desde los archivos de agencias que ya no existen o que han cambiado de nombre. La Guerra Fría terminó oficialmente en 1991 con la disolución de la Unión Soviética. Pero sus ecos persisten en la memoria colectiva del Río de la Plata, en las cicatrices que dejó en el cuerpo político de naciones que todavía están aprendiendo a vivir con su pasado.
Lo que es recordado, vive. Y el Río de la Plata recuerda.
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Nota del editor: Esta crónica se basa exclusivamente en fuentes documentadas: archivos desclasificados de la CIA y el Departamento de Estado de Estados Unidos, testimonios judiciales, investigaciones históricas publicadas, y obras periodísticas verificadas. Las citas textuales provienen de documentos públicos y declaraciones oficiales. Cuando existe incertidumbre sobre algún hecho, se ha indicado expresamente. Los lectores interesados en profundizar pueden consultar las siguientes fuentes:
The Real Odessa: How Perón Brought the Nazi War Criminals to Argentina de Uki Goñi (Granta Books, 2002/2022); Inside the Company: CIA Diary de Philip Agee (Penguin Books, 1975); The Condor Years: How Pinochet and His Allies Brought Terrorism to Three Continents de John Dinges (The New Press, 2004); The Cultural Cold War: The CIA and the World of Arts and Letters de Frances Stonor Saunders (The New Press, 1999); Neither Peace nor Freedom: The Cultural Cold War in Latin America de Patrick Iber (Harvard University Press, 2015); el Digital National Security Archive de la Universidad George Washington; y el archivo de documentos desclasificados de la CIA sobre Argentina disponible en cia.gov.
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