Italia declara la obesidad enfermedad crónica: el espejo donde Argentina debe mirarse

Una ley histórica que interpela a un país donde 4 de cada 10 niños viven con sobrepeso
La farmacia de la Via del Corso en Roma amanece distinta este octubre. Entre los anuncios de ofertas en protectores solares y vitaminas, un cartel oficial del Ministerio de Salud italiano proclama algo que hasta hace días era impensable: «L’obesità è una malattia cronica» — La obesidad es una enfermedad crónica. Los transeúntes se detienen, algunos toman fotos con sus celulares, otros asienten en silencio. Es el primer día de una nueva era sanitaria en Italia, el primer país del mundo en reconocer por ley lo que la ciencia médica viene sosteniendo hace décadas.
En un departamento del barrio Parioli, Maria Benedetti observa a su hijo de doce años mientras desayuna. El niño, que pesa veinte kilos más que el promedio de su edad, mastica lentamente su cornetto integral. «Finalmente», susurra Maria, sosteniendo el diario donde la noticia ocupa la primera plana. «Finalmente dejarán de decirnos que es culpa nuestra, que es falta de voluntad.» En sus ojos brilla algo parecido a la esperanza, esa que nace cuando el Estado reconoce que lo que uno padece no es un fracaso moral sino una condición médica que merece tratamiento, comprensión y recursos.
El peso de la historia
Italia ha reconocido oficialmente el pasado mes de Octubre a la obesidad como una «enfermedad progresiva y recurrente» con una ley especial aprobada en el Senado, convirtiéndose así «en el primero en reconocerla» como crónica, según anunció el Gobierno. La declaración del ministro de Sanidad, Orazio Schillaci, resuena en los pasillos del Parlamento: «Con la aprobación del proyecto de ley para la prevención y el tratamiento de la obesidad, Italia da un importante paso adelante en la protección de la salud pública.»
No es un gesto simbólico. La ley, que ya había sido respaldada por la Cámara de Diputados, destinará más de 2,7 millones de euros a la prevención y tratamiento de esta patología que afecta a seis millones de personas en el país. Un presupuesto que, aunque modesto para la magnitud del problema, marca un precedente: el Estado asume su responsabilidad en una crisis que durante décadas fue considerada responsabilidad exclusiva del individuo.
La nueva normativa de seis artículos introduce un marco regulatorio amplio y estructurado, con medidas que afectan a la salud, la educación, el empleo, la información pública y la formación profesional. La ley contempla la creación del Observatorio para el Estudio de la Obesidad (OSO) dentro del Ministerio de Salud, el cual se encargará de supervisar la aplicación de la ley, contribuir al desarrollo del programa nacional y presentar un informe anual al Parlamento con datos actualizados y evidencia científica.
El ministro Schillaci no escatima en claridad: «La obesidad supone un problema de salud global que no solo afecta a adultos sino también a niños y aumenta constantemente.» Sus palabras resuenan más allá de las fronteras italianas, en cada país donde la epidemia silenciosa del siglo XXI avanza sin tregua.
El mundo que engorda
Los números son brutales en su frialdad y devastadores en su significado. Según la Organización Mundial de la Salud, en 2022, una de cada ocho personas en el mundo eran obesas. Desde 1990, la obesidad se ha duplicado con creces entre los adultos de todo el mundo y se ha cuatriplicado entre los adolescentes. No hablamos de estadísticas abstractas: hablamos de más de mil millones de seres humanos cuya salud, esperanza de vida y calidad de existencia están comprometidas.
En 2022, 2500 millones de adultos (18 años o más) tenían sobrepeso. De ellos, 890 millones eran obesos. La geografía del problema revela desigualdades profundas: La prevalencia del sobrepeso variaba en función de la región: del 31% en las Regiones de la OMS de Asia Sudoriental y África al 67% en la Región de las Américas.
Pero es en la infancia donde la crisis muestra su rostro más cruel. Se estima que, en 2024, 35 millones de niños menores de 5 años tenían sobrepeso. Estos niños no eligieron su condición; nacieron en un mundo donde los alimentos ultraprocesados son más baratos que las frutas, donde las pantallas reemplazan al juego activo, donde las ciudades se diseñan para automóviles y no para caminar.
En 2022, más de 390 millones de niños y adolescentes de 5 a 19 años tenían sobrepeso, de los cuales 160 millones eran obesos. Cada uno de estos números representa un futuro comprometido, una vida que probablemente estará marcada por diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, discriminación social y muerte prematura.
Italia, paradójicamente, se encuentra entre los países europeos con menores tasas de obesidad. Con los valores más elevados se encuentran Malta (62,5%), Letonia (60,4%), Finlandia (59,8%) y Rumanía (59,7%). En la parte opuesta de la tabla se sitúan Italia (41,9%), Suiza (45,6%), Francia (46,4%) y Chipre (47,9%). Pero incluso con estas cifras relativamente bajas, el gobierno italiano entendió que la prevención es más barata que el tratamiento, que reconocer es el primer paso para resolver.
Argentina: el espejo incómodo
A 11.000 kilómetros de Roma, en Buenos Aires, los números cuentan una historia más sombría. El 41,1 por ciento de los chicos y adolescentes de entre 5 y 17 años tiene sobrepeso y obesidad en Argentina, en una proporción de 20,7 por ciento y 20,4 por ciento, respectivamente, sin diferencias por nivel socioeconómico.La democratización perversa de la enfermedad: rica o pobre, la infancia argentina engorda.
En los niños de 0 a 5 años, el exceso de peso alcanza el 13,6 por ciento, una cifra elevada si se tiene en cuenta que el exceso de peso esperado para esta edad es de 2,3 por ciento. Bebés que nacen en un ambiente obesogénico, que aprenden a preferir lo dulce y lo salado antes de poder caminar, que crecen creyendo que las gaseosas son la bebida normal y el agua es la excepción.
La situación adulta no es mejor. El 68% de los adultos tienen exceso de peso por mediciones objetivas. Según la última Encuesta de Factores de Riesgo del Ministerio de Salud, realizada en 2018, alrededor del 36% de la población argentina tiene sobrepeso. En comparación con la primera ENFR, de 2005, la obesidad aumentó un 72%.
Un dato revelador sobre la desigualdad: A diferencia de los niños, niñas y adolescentes donde la obesidad afecta a todos los estratos socioeconómicos por igual, los adultos de los sectores de menores ingresos tuvieron un 22% más obesidad que los de mayores ingresos.La pobreza engorda. La falta de recursos condena a comer mal.
Las voces argentinas de la obesidad
En este contexto, figuras como Alberto Cormillot se han convertido en referencias ineludibles. Alberto, médico argentino especializado en nutrición y obesidad, graduado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, ha dedicado su vida al tratamiento de las personas con obesidad.
Creó y dirige instituciones como la Clínica de Nutrición y Salud Cormillot, Institucion modelo, y Fundación ALCO, con actividad en gran parte de Argentina y en varios países del mundo. Su trabajo no es solo médico; es social, político, cultural. Co conduce el panel de profesionales del ciclo Cuestión de Peso, emitido por Canal 13 de Argentina, que ha tenido protagonismo en la sanción de la ley que reconoce a la obesidad como una enfermedad.
Su hijo, Adrián Cormillot, continúa el legado familiar en torno a una condición que durante demasiado tiempo fue tratada como un problema estético o moral. A su lado, figuras como Sergio Verón, jefe de AF y referente en Health & Fitness, y Emiliano Estrada entre otros, completan una mirada integral del tratamiento de la obesidad en Argentina desde el movimiento.
En la Clínica Cormillot, un equipo interdisciplinario de profesionales de elite de la salud —que incluye especialistas en psiquiatría, psicología, nutrición, cardiología y clínica médica— conforma un ecosistema único de atención personalizada. Nombres como el de las Licenciadas Estefanía Pasquini, Andrea Di Mascio, Abril Cormillot, Cecilia Bruno y Débora Salomón en nutrición, la licenciada Melina Bucich en psiquiatría, los/las doctores/as Andrea Garone, Rómulo Spadadora y Mercedes Bello en clínica médica y diabetes, la licenciada Martina Knox en musicoteria, y Verónica Santamaría en rehabilitación, entre muchos otros, hacen de esta institución un modelo de referencia a nivel nacional e internacional, reconocido por su enfoque integral, humano y basado en evidencia para el tratamiento de la obesidad y las enfermedades metabólicas.
El Centro Municipal de Obesidad y Enfermedades Metabólicas «Dr. Alberto Cormillot» en Malvinas Argentinas representa un modelo único. Es el único centro municipal de obesidad en Argentina, quizás en el mundo, donde el tratamiento es gratuito y accesible.
El costo de la inacción
Argentina se encuentra entre los tres países con mayor prevalencia de sobrepeso y obesidad infantil en América Latina. Según un informe regional de UNICEF, el 36,5% de las chicas y chicos entre 5 y 19 años tienen sobrepeso u obesidad. Cada número esconde una historia: el niño que no puede correr en el recreo, la adolescente que no va a la pileta por vergüenza, el joven que desarrolla diabetes tipo 2 antes de terminar el secundario.
La paradoja argentina duele: un país que produce alimentos para 400 millones de personas no puede alimentar sanamente a sus 45 millones de habitantes. Los números confirman que los indicadores de desnutrición por déficit se mantuvieron estables en el país respecto de otros estudios previos y que el sobrepeso y la obesidad crecieron significativamente constituyéndose en el principal problema de malnutrición en el país.
Un estudio reciente reveló percepciones alarmantes: En Argentina, 4 de cada 10 personas con obesidad aún consideran que tener esta condición se debe a su falta de voluntad. Solo 3 de cada 10 personas con obesidad consideran que su condición puede prevenirse y que 9 de cada 10 se sintieron discriminadas.
Las lecciones italianas
La ley italiana no surge del vacío. Es producto de años de trabajo, presión de organizaciones de pacientes y evidencia científica acumulada. Luca Busetto, copresidente del Grupo de Trabajo de Gestión de la Obesidad de EASO, señaló que el 13 de noviembre la Camera dei Deputati del Parlamento italiano votó por unanimidad para aprobar una moción que reconoce la obesidad como una enfermedad crónica.
El consenso fue absoluto: El resultado fue 458/458 a favor, es decir, el texto fue adoptado por unanimidad por los diputados presentes. No hubo grieta, no hubo debates partidarios. Frente a la evidencia científica y la crisis sanitaria, la política italiana encontró un punto de acuerdo.
Aunque la iniciativa fue aprobada por mayoría, asociaciones de pacientes exigen ahora acciones concretas. Algunos de los puntos que incluye la ley son el reconocimiento de la obesidad como enfermedad, campañas de concienciación y medidas para facilitar la inclusión de personas con obesidad en escuelas, trabajo, deporte y actividades recreativas.
El Plan de Aceleración global
La decisión italiana no ocurre en aislamiento. En la 75.ª Asamblea Mundial de la Salud, celebrada en 2022, los Estados Miembros exigieron y adoptaron nuevas recomendaciones para la prevención y la gestión de la obesidad y respaldaron el Plan de Aceleración de la OMS para Poner Fin a la Obesidad.
El Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la OMS, fue contundente: «Este nuevo estudio pone de manifiesto la importancia de prevenir y controlar la obesidad desde las primeras etapas de la vida y hasta la edad adulta a través de la alimentación, la actividad física y la atención necesarias.»
En contramano, increiblemente el Gobierno de Javier Milei ratificó a fines de mayo, en el marco de la visita oficial a Buenos Aires del secretario de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr., la decisión de que Argentina se retire de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
El futuro en juego
Las tasas de sobrepeso y obesidad a nivel mundial van en aumento, según nuevas proyecciones. Grecia será el país europeo de renta alta más obeso en 2050, con tasas del 48% entre las mujeres y del 41% entre los hombres.En 2050, aproximadamente uno de cada cuatro adultos obesos del mundo tendrá 65 años o más, lo que podría sobrecargar aún más los sistemas sanitarios.
Para Argentina, las proyecciones son igualmente sombrías si no se actúa. El país ya destina recursos millonarios al tratamiento de las complicaciones de la obesidad: diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, cánceres relacionados. Prevenir sería infinitamente más barato que curar, pero requiere voluntad política, recursos y, sobre todo, reconocimiento.
El momento de actuar
En un consultoria de una nutricionista cualquiera en Buenos Aires una madre observa a su hija de ocho años mientras la pesan. La balanza marca números que no deberían existir en la infancia. «¿Cuándo van a hacer algo?», pregunta, con esa mezcla de enojo y desesperación que solo conocen los padres de niños con enfermedades crónicas. «¿Cuándo van a entender que esto no es culpa de ella, que necesitamos ayuda?»
La pregunta flota en el aire viciado del sistema de salud argentino. Italia acaba de responder con una ley. México tiene un etiquetado frontal que advierte sobre el contenido nocivo de los alimentos. Chile prohibió la publicidad de comida chatarra dirigida a niños. Uruguay implementó políticas integrales de prevención.
Argentina observa, debate, posterga. Mientras tanto, el 41,1% de sus niños y adolescentes viven con sobrepeso u obesidad. Cada día que pasa sin políticas públicas efectivas es un día más de condena para millones de argentinos.
La ley italiana no es perfecta. El presupuesto es insuficiente, las medidas necesitarán ajustes, la implementación será compleja. Pero es un comienzo. Es el Estado diciendo: «Esto es una enfermedad, merece tratamiento, no es tu culpa, vamos a ayudarte.»
El peso de las palabras
En Roma, en esa farmacia de la Via del Corso, el cartel sigue ahí. «L’obesità è una malattia cronica.» Cinco palabras que cambian todo. Porque cuando el Estado reconoce, cuando la ley nombra, cuando la sociedad acepta, entonces —y solo entonces— comienza la posibilidad de sanar.
Argentina tiene frente a sí una oportunidad histórica. Puede seguir tratando la obesidad como un problema individual, moral, estético. O puede mirar a Italia, a la evidencia científica, a sus propios números devastadores, y actuar. Declarar la obesidad como enfermedad crónica no es rendirse ante ella; es el primer paso para combatirla con todas las armas del Estado moderno: educación, prevención, tratamiento, investigación, políticas públicas.
En ese departamento del barrio Parioli, Maria Benedetti abraza a su hijo. Por primera vez en años, siente que no está sola en esta batalla. Que el peso que cargan no es solo el de los kilos de más, sino el de una sociedad que finalmente entiende.
En Buenos Aires, millones de Marías esperan su momento. La pregunta no es si Argentina seguirá el ejemplo italiano. La pregunta es cuántos niños más desarrollarán diabetes tipo 2, cuántos adolescentes más sufrirán discriminación, cuántos adultos más morirán prematuramente antes de que los funcionarios, los legisladores, la sociedad toda, entiendan que la obesidad no es una elección.
Es una enfermedad. Y como toda enfermedad, merece tratamiento, comprensión y políticas públicas. Italia acaba de demostrarlo. El mundo observa. Argentina debe actuar.
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