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«El Eterno Retorno de la Conquista: La Perversa Fábula del ‘Orden’ contra el ‘Caos’»
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9 Jun 2026, Mar

«El Eterno Retorno de la Conquista: La Perversa Fábula del ‘Orden’ contra el ‘Caos'»

El Eterno Retorno de la Conquista

La Perversa Fábula del ‘Orden’ contra el ‘Caos’

 

Hay videos que no informan: reviven fantasmas. A veces basta un minuto de propaganda para que se despliegue, con su vieja arrogancia intacta, el eco de quinientos años de conquista. No es solo la nostalgia de un imperio o la ignorancia histórica de un gobierno improvisado; es algo más siniestro: la repetición de un gesto ancestral, el del vencedor que narra la historia del vencido como si fuera suya. Resulta escalofriante comprobar cómo, en pleno siglo XXI, el gobierno de Javier Milei resucita y promueve desde sus canales oficiales la misma ‘fábula perversa’ que justificó el genocidio y el saqueo fundacional de América.

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Este video propagandístico, que miope y arrogantemente celebra la «gesta civilizatoria» de Colón, no es una mera lección de historia mal contada; es la piedra angular de un relato que busca naturalizar la lógica de la conquista —el ‘orden’ del más fuerte sobre el ‘caos’ del diferente— como virtud fundacional. Al glorificar la imposición violenta de un «orden» basado en el derecho occidental y la fe cristiana sobre lo que tacha de «barbarie», el libertarismo en el poder revela su núcleo más reaccionario: su concepción de la civilización no se basa en la libertad, sino en la dominación cultural y material del que considera inferior. Es este mismo espíritu, que en 1492 disfrazó de cruz y espada, el que hoy viste de dogmas económicos y desprecio por lo colectivo. Un repudio absoluto merece este intento de blanquear la herida abierta de nuestro continente para presentarla como un triunfo.
 

11 de octubre de 1492, medianoche

El universo taíno respiraba su última bocanada de eternidad. En la isla que pronto sería bautizada como San Salvador —como si necesitara salvación—, los fuegos nocturnos titilaban entre las chozas de palma, ajenos a que estaban ardiendo por última vez en un mundo intacto. Los niños dormían enrollados en hamacas que sus madres habían tejido con fibras de algodón silvestre, mecidos por un viento que todavía no conocía la pólvora. Los ancianos soñaban con sus antepasados, sin saber que serían los últimos en poder hacerlo sin la interferencia de cruces y espadas.

Era una noche común en el paraíso condenado. Los grillos cantaban su sinfonía milenaria, los murciélagos cazaban polillas bajo un cielo que aún no había sido cartografiado por ojos europeos, y el mar Caribe lamía las costas con la misma cadencia hipnótica de los últimos diez mil años. Pero en el horizonte negro, tres sombras más oscuras que la noche misma se deslizaban sobre las aguas como ataúdes flotantes. Las velas de la Pinta, la Niña y la Santa María cortaban el viento salado mientras sus cascos crujían con el peso de un apocalipsis que nadie había profetizado.

Los vigías taínos, si acaso alguno velaba esa madrugada, habrían visto primero las siluetas imposibles: estructuras que no correspondían a ninguna categoría conocida de su cosmogonía. No eran ballenas, no eran nubes, no eran dioses. Eran máquinas de madera habitadas por fantasmas barbados que traían consigo microbios más letales que cualquier arma, lenguas que devorarían dialectos enteros, y una sed de oro capaz de drenar continentes.

El amanecer del fin

Cuando el sol del 12 de octubre comenzó a teñir de oro el horizonte oriental, iluminó una escena que marcaría el principio del fin de un mundo. Las carabelas, ahora visibles en toda su extrañeza alienígena, se mecían frente a la costa como bestias marinas esperando el momento de saltar sobre su presa. Los primeros nativos que las divisaron debieron experimentar ese vértigo particular que precede a las catástrofes: cuando el cerebro percibe algo tan ajeno a su realidad que por un instante se niega a procesarlo.

No fue un encuentro. Fue una colisión entre dos placas tectónicas civilizatorias donde solo una tenía la fuerza para fracturar a la otra. Los botes que descendieron de las naves transportaban más que hombres: cargaban con el peso de una cultura que ya había decidido, antes siquiera de pisar tierra, que todo lo que encontrara le pertenecía por derecho divino. Cada remo que golpeaba el agua marcaba el compás de una marcha fúnebre para lenguas que nunca serían escritas, para dioses que serían olvidados, para millones de almas que morirían de viruela antes de entender qué les había matado.

Cristóbal Colón —ese navegante genovés convertido en instrumento del destino— pisó la arena blanca con la pompa de quien cree estar escribiendo historia, cuando en realidad estaba borrándola. El estandarte real que clavó en la playa no era solo un trozo de tela: era un virus cultural que se replicaría hasta infectar cada rincón del continente. Los nativos que se acercaron, desnudos y curiosos, ofreciendo loros y bolas de algodón, no podían imaginar que su hospitalidad sería recompensada con cadenas, que sus cuerpos terminarían en las minas, que sus hijos olvidarían los nombres de sus propios dioses.

La asimetría del «descubrimiento»

Hablar de «descubrimiento» es perpetuar la arrogancia colonial que permite a una civilización negar la existencia de otra hasta el momento en que decide reconocerla. América no fue descubierta; fue invadida por una mirada que la transformó instantáneamente en «lo otro», en territorio virgen esperando ser fecundado por la semilla de la civilización. Los taínos no «descubrieron» a los españoles ese día; fueron descubiertos, es decir, convertidos en objetos de una narrativa ajena.

La escena debe imaginarse como el aterrizaje de una nave extraterrestre en Times Square: seres de otro mundo descendiendo con tecnología incomprensible, estableciendo contacto no para aprender sino para poseer, catalogando a los humanos como especímenes curiosos pero inferiores, dignos de estudio, pero no de respeto. Los españoles miraron a los nativos como nosotros miraríamos a una civilización que no ha inventado la rueda: con una mezcla de fascinación antropológica y superioridad tecnológica que justifica cualquier atropello.

El espejo del tiempo

Hoy, mientras nuestros radiotelescopios escudriñan el cosmos buscando señales de vida inteligente, mientras enviamos sondas con discos dorados esperando ser encontrados, deberíamos preguntarnos: ¿hemos aprendido algo desde aquel octubre de 1492? Si mañana aparecieran naves en nuestro cielo —no carabelas de madera sino estructuras de materiales que ni siquiera podemos concebir—, ¿seríamos nosotros los taínos del siglo XXI?

La historia nos enseña que el encuentro entre civilizaciones con disparidad tecnológica rara vez termina bien para el más débil. Los europeos no llegaron a América con la intención de cometer genocidio; llegaron buscando especias y oro. Pero la lógica de la conquista, una vez puesta en marcha, tuvo su propia inercia devastadora. ¿Qué buscarían los visitantes del espacio? ¿Agua? ¿Minerales raros? ¿O simplemente un planeta habitable más para añadir a su imperio galáctico?

Y en el otro extremo del espectro: cuando seamos nosotros —si es que algún día lo somos— quienes lleguemos a un mundo habitado, ¿repetiremos el patrón? ¿Clavaremos banderas en suelos ajenos, bautizaremos con nombres terrestres geografías que ya tienen historia, «descubriremos» civilizaciones que llevan milenios existiendo sin necesidad de nuestro reconocimiento?

El eterno retorno

El 12 de octubre de 1492 no terminó al caer la noche. Continúa repitiéndose en cada frontera que se cruza sin permiso, en cada cultura que se erosiona bajo el peso de otra más poderosa, en cada lengua que muere llevándose consigo una forma única de entender el universo. Las carabelas siguen llegando, solo que ahora tienen otros nombres: globalización, desarrollo, progreso…libertad. Y nosotros, herederos tanto de conquistadores como de conquistados, como bien lo describió Eduardo Galeano: ¨’En América todos tenemos algo de sangre originaria. Algunos en las venas. Otros en las manos…¨, navegamos en el limbo moral de una historia que no podemos deshacer pero de la cual parecemos condenados a no aprender.

En aquella playa del Caribe, mientras los primeros regalos se intercambiaban y las primeras palabras incomprensibles se cruzaban, moría un mundo y nacía otro. No fue un parto, fue una cesárea practicada sin anestesia sobre el vientre de un continente. Y la criatura que nació de esa violencia somos nosotros: mestizos del trauma, híbridos de la conquista, supervivientes de un choque del que todavía no nos recuperamos.

¿Y si algún día, lo que fuimos para Europa, lo fuéramos nosotros para otros ojos venidos del cielo? ¿Seríamos capaces de reconocer en la mirada del otro —sea extraterrestre o simplemente extranjero— algo más que un territorio a conquistar? ¿O estamos condenados a repetir, en escala cósmica, la misma historia de dominación que comenzó aquella madrugada cuando tres sombras aparecieron en el horizonte de un mundo que no sabía que estaba a punto de terminar?


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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

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