Mariano Moreno: El Jacobino del Plata
La llama que no pudieron apagar

Editorial
No fue el sable, ni la espada, ni la bayoneta lo que definió su destino. Fue la palabra. Más punzante que cualquier filo, más peligrosa que cualquier pólvora, más amenazante que cien soldados alineados en la plaza mayor. Mariano Moreno no era un guerrero de uniforme ni un prócer de estampa marmórea. Era un hombre con fiebre en la sangre, un abogado joven, un hijo incómodo del virreinato que leía a Rousseau cuando los demás recitaban el rosario.
En la Buenos Aires de 1810 —esa ciudad de calles empedradas, carrozas, mercado y conventos—, Moreno se atrevió a pensar lo impensable: que los pueblos tienen derecho a emanciparse, que la revolución debía ser total y que no bastaba con cambiar de amo si el amo seguía teniendo látigo. Mientras otros soñaban con pactar, él redactaba planes de operaciones, proyectaba escuelas públicas, quemaba coronas y escribía al oído de un país que todavía no existía.
Pero los hombres que piensan demasiado suelen durar poco. Y a los 32 años, en medio del océano, alguien lo silenció para siempre. Lo que vino después fue el olvido, la viuda ignorada, la historia oficial escrita por quienes sobrevivieron gracias a callar.
Hoy, más de dos siglos después, su nombre persiste como un murmullo entre papeles viejos, manuales escolares mal leídos y alguna que otra estatua sin flores. Pero quizás, si escarbamos hondo, entre sus cartas, sus proclamas y su exilio eterno, podamos entender no solo quién fue Mariano Moreno, sino también qué clase de país nos negamos a ser.
En las páginas amarillentas del archivo, entre legajos que huelen a tiempo y a silencio, emerge la figura de un hombre que fue demasiado para su época y que, paradójicamente, sigue siendo demasiado para la nuestra. Mariano Moreno no es solo un nombre en el santoral patrio, una estatua de bronce que los gorriones manchan en las plazas de provincia, ni tampoco el revolucionario domesticado que nos vendió la historia oficial durante décadas. Es, acaso, la pregunta más incómoda que se hizo este país: ¿qué habría sido de nosotros si hubiéramos tenido el coraje de ser lo que él soñó?
Su vida, breve como un relámpago y feroz como una tormenta, contiene en sus apenas treinta y dos años la síntesis de todas las contradicciones que siguen desangrando a América Latina. Abogado de indios y criollo ilustrado, jacobino tropical y católico sincero, esposo tierno y revolucionario implacable, Moreno encarna esa tensión irresuelta entre el ideal y la realidad que caracteriza a nuestras independencias truncas. Su muerte en altamar, envuelta en sospechas y silencios, no fue solo el final de una vida: fue el asesinato de un proyecto de país que todavía no hemos tenido el valor de resucitar.
El niño que leyó a Rousseau
La historia de Mariano Moreno comienza en Buenos Aires, en 1778, cuando el virreinato del Río de la Plata era apenas un territorio marginal del imperio español, un lugar donde las ideas llegaban tarde y las fortunas se hacían despacio. Su padre, Manuel Moreno, era un funcionario menor de la administración colonial, un hombre de clase media que había logrado cierta respetabilidad sin llegar nunca a la opulencia. Su madre, Ana María Valle, provenía de una familia criolla con aspiraciones pero sin fortuna. En esa casa de la calle Defensa, entre el aroma del chocolate y las conversaciones en voz baja sobre los últimos edictos del virrey, se formó la sensibilidad de quien sería el ideólogo más radical de la Revolución de Mayo.
El Buenos Aires de la infancia de Moreno era una ciudad en transformación. La creación del virreinato en 1776 había convertido a la aldea grande en una capital administrativa, pero seguía siendo un lugar donde la modernidad europea se mezclaba con la tradición colonial de manera inarmónica. Las calles de tierra se llenaban de barro cuando llovía, y los carros tirados por bueyes convivían con los primeros indicios de un comercio que empezaba a mirar más hacia el Atlántico que hacia el Pacífico. Era una sociedad profundamente estratificada, donde la diferencia entre un criollo y un peninsular podía determinar el destino de toda una vida.
En ese contexto, la familia Moreno representaba esa clase media criolla que había adquirido cierta educación y ciertos modales europeos, pero que permanecía excluida de los círculos de poder real. Manuel Moreno había logrado que sus hijos accedieran a una educación que él mismo nunca tuvo, y en esa decisión se cifra parte del drama posterior: educar a un criollo en las ideas de la Ilustración era como darle armas para que combatiera el sistema que lo había excluido.
El joven Mariano mostró desde temprano una inteligencia excepcional y una sensibilidad particular hacia las injusticias. Los testimonios de la época lo describen como un niño serio, introvertido, que prefería los libros a los juegos y que ya entonces manifestaba una preocupación inusual por los problemas sociales. En el Colegio de San Carlos, donde estudió las primeras letras, se destacó por su capacidad de argumentación y por una curiosidad intelectual que lo llevaba a hacer preguntas incómodas a sus maestros.
Pero fue en el ámbito familiar donde se gestó la primera gran influencia en su formación política. La biblioteca de su padre, modesta pero cuidadosamente seleccionada, contenía algunos de los libros que la Inquisición había prohibido pero que circulaban de manera clandestina entre los criollos ilustrados. Allí, entre tratados de derecho y manuales de administración, se escondían las obras de los filósofos franceses que estaban cambiando el mundo. Y fue allí donde Mariano Moreno tuvo su primer encuentro con Jean-Jacques Rousseau, el encuentro que definiría el resto de su vida.
El impacto de la lectura del Contrato Social en la adolescencia de Moreno no puede ser subestimado. Para un joven criollo que había crecido viendo las diferencias sociales como algo natural e inmutable, las ideas de Rousseau sobre la igualdad natural de los hombres y la soberanía popular resultaron una revelación. «El hombre nace libre, y en todas partes se encuentra encadenado», había escrito el ginebrino, y esas palabras resonaron en la conciencia de Moreno con la fuerza de una profecía.
Chuquisaca: La forja del revolucionario
En 1799, a los veintiún años, Mariano Moreno viajó a Chuquisaca para estudiar derecho en la Universidad de San Francisco Xavier. El viaje desde Buenos Aires hasta la ciudad altoperuana era una travesía épica que podía durar meses, atravesando pampas, montañas y altiplanos en carretas tiradas por bueyes. Pero para Moreno, ese viaje representaba algo más que un traslado geográfico: era el paso de la provincia al centro intelectual más importante de Sudamérica.
La Universidad de Chuquisaca era en esa época un hervidero de ideas. Fundada en 1624, había evolucionado desde sus orígenes escolásticos hasta convertirse en un centro de difusión del pensamiento ilustrado. Sus aulas habían formado a buena parte de la elite intelectual de América del Sur, y en sus claustros se respiraba un aire de renovación que contrastaba con el conservadurismo de otras universidades coloniales.
El ambiente intelectual de Chuquisaca era particularmente propicio para la formación de una conciencia crítica. Los profesores, muchos de ellos formados en universidades europeas, habían introducido de manera sutil pero sistemática las ideas de la Ilustración en sus cátedras. Juristas como Victorián de Villava habían comenzado a cuestionar los fundamentos del derecho colonial, y filósofos como Terrazas difundían las ideas de los enciclopedistas franceses adaptándolas al contexto americano.
En ese ambiente, Moreno no solo completó su formación jurídica, sino que desarrolló una visión del mundo que lo acompañaría el resto de su vida. Su tesis doctoral, titulada «Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios», defendida en 1802, ya mostraba las características que definirían su pensamiento político: una crítica feroz a las injusticias del sistema colonial, una defensa apasionada de los derechos humanos, y una argumentación jurídica sólida al servicio de causas progresistas.
El documento es notable por varios motivos. En primer lugar, porque aborda una de las cuestiones más espinosas del sistema colonial: la explotación del trabajo indígena. Moreno no se limita a criticar los abusos puntuales, sino que cuestiona la legitimidad misma del sistema de encomiendas y de trabajo forzado. Su argumentación se basa tanto en el derecho natural como en la legislación española, mostrando las contradicciones entre los principios teóricos del imperio y su aplicación práctica en América.
Pero lo más significativo de la tesis es su fundamento filosófico. Moreno cita extensamente a autores como Grocio, Pufendorf y Wolff, pero también incorpora ideas de Rousseau y Montesquieu de manera sutil pero inequívoca. La influencia del Contrato Social se percibe en su defensa de la igualdad natural de los hombres y en su crítica a las formas de gobierno que no respetan la voluntad popular.
Durante sus años en Chuquisaca, Moreno también tuvo la oportunidad de observar de cerca la realidad social de las colonias. La ciudad, situada en el corazón del altiplano boliviano, era un laboratorio de las tensiones raciales y sociales que atravesaban toda América. Allí convivían españoles peninsulares, criollos, mestizos, indios y negros en una jerarquía compleja que determinaba no solo el estatus social, sino también el acceso a la educación, la justicia y las oportunidades económicas.
Esta experiencia marcó profundamente la sensibilidad social de Moreno. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, que veían las diferencias sociales como algo natural o inevitable, Moreno desarrolló una conciencia aguda de la injusticia del sistema colonial. Su correspondencia de la época muestra una preocupación constante por los «infelices indios» y una crítica cada vez más radical al sistema que los oprimía.
El abogado de los desposeídos
De regreso en Buenos Aires en 1805, Mariano Moreno se estableció como abogado y rápidamente se ganó una reputación como defensor de causas difíciles. Su bufete, modesto pero eficiente, se convirtió en refugio de indios, esclavos, pequeños comerciantes y todos aquellos que no encontraban justicia en los tribunales coloniales. Era una práctica poco lucrativa pero coherente con sus principios: Moreno había decidido poner su formación jurídica al servicio de los más débiles.
Los casos que tomó en esos años revelan tanto su capacidad profesional como su compromiso social. Defendió a indios que habían sido despojados de sus tierras, a esclavos que buscaban su libertad, a pequeños comerciantes que enfrentaban la competencia desleal de los monopolios peninsulares. En cada caso, Moreno no se limitaba a aplicar la ley, sino que desarrollaba argumentaciones innovadoras que cuestionaban los fundamentos mismos del sistema legal colonial.
Su práctica jurídica le permitió conocer de primera mano las múltiples injusticias del sistema colonial. Cada caso era una lección sobre la desigualdad estructural que caracterizaba a la sociedad virreinal. Los indios no solo eran explotados económicamente, sino que carecían de acceso efectivo a la justicia. Los esclavos eran tratados como mercancías, sin derechos ni protección legal. Los pequeños comerciantes criollos enfrentaban trabas burocráticas y privilegios comerciales que favorecían a los peninsulares.
Esta experiencia profesional fue crucial en la formación política de Moreno. A diferencia de muchos ideólogos de su época, que desarrollaban sus teorías en el aislamiento de los gabinetes, Moreno construyó su pensamiento político a partir de la experiencia concreta de la injusticia. Sus ideas sobre la igualdad, la justicia y la soberanía popular no eran abstracciones filosóficas, sino conclusiones derivadas de años de enfrentar la desigualdad en los tribunales.
El encuentro con Guadalupe
En 1804, poco antes de recibirse de abogado, Mariano Moreno conoció a Guadalupe Cuenca, una joven de familia acomodada que se convertiría en el gran amor de su vida. Guadalupe era hija de un comerciante español radicado en Buenos Aires, una familia que representaba esa burguesía comercial que había prosperado con la creación del virreinato. El encuentro entre ambos jóvenes se produjo en uno de esos salones porteños donde la alta sociedad colonial se reunía para discutir los últimos acontecimientos europeos y los chismes locales.
La relación entre Mariano y Guadalupe fue desde el principio más que un romance convencional. Ambos compartían una sensibilidad intelectual poco común en la época, y sus conversaciones versaban tanto sobre literatura y filosofía como sobre los problemas políticos del momento. Guadalupe había recibido una educación excepcional para una mujer de su tiempo, y su correspondencia posterior revela una inteligencia aguda y una cultura considerable.
El noviazgo se desarrolló en el contexto de una Buenos Aires en transformación. Las invasiones inglesas de 1806 y 1807 habían puesto en evidencia la debilidad del sistema colonial y habían despertado una conciencia criolla que hasta entonces permanecía dormida. Los jóvenes criollos que habían participado en la defensa de la ciudad habían adquirido una confianza en sí mismos que contrastaba con la sumisión tradicional a la autoridad peninsular.
Mariano y Guadalupe se casaron en 1804, en una ceremonia que fue tanto una celebración del amor como una alianza entre dos familias que representaban lo mejor de la sociedad criolla ilustrada. La boda se celebró en la Iglesia de San Nicolás, y entre los invitados se encontraban muchos de los que después serían protagonistas de la Revolución de Mayo.
La correspondencia entre los esposos, conservada parcialmente en diversos archivos, revela una relación de extraordinaria profundidad emocional e intelectual. Las cartas de Moreno a Guadalupe combinan la ternura del esposo enamorado con las reflexiones del pensador político, creando un documento único que permite acceder a la dimensión más íntima de su personalidad.
En una carta fechada en 1809, Moreno le escribía: «Mi querida Guadalupe, cada día que pasa confirma mi convicción de que el amor verdadero no es solo la unión de dos corazones, sino la comunión de dos espíritus que comparten los mismos ideales. Tú entiendes mis desvelos por la patria porque compartes mis sueños de justicia». La carta continúa con reflexiones sobre la situación política del momento, mostrando cómo Moreno no separaba su vida privada de sus convicciones públicas.
Guadalupe, por su parte, no era una esposa pasiva. Sus cartas muestran una mujer que participaba activamente en las discusiones políticas de su marido y que incluso lo influía en algunas de sus decisiones. En una carta de 1810, le escribía: «Mi querido Mariano, admiro tu valor y comparto tus convicciones, pero me preocupa que tu radicalismo pueda ponerte en peligro. Sé que no puedo pedirte que traiciones tus principios, pero sí puedo pedirte que seas prudente por el bien de nuestra familia y de la causa que defendemos».
La revolución llega a casa
Los primeros meses de 1810 fueron decisivos en la vida de Mariano Moreno. La crisis de la monarquía española, provocada por la invasión napoleónica, había creado una situación inédita en las colonias americanas. El virrey Cisneros, presionado por los acontecimientos europeos y por la creciente agitación criolla, había comenzado a hacer concesiones que hasta entonces parecían impensables.
En ese contexto, Moreno escribió la «Representación de los Hacendados», un documento que oficialmente trataba sobre la libertad de comercio pero que en realidad contenía una crítica sistemática al sistema colonial. El texto, redactado por encargo de los comerciantes criollos, trasciende ampliamente su propósito original para convertirse en una reflexión sobre los derechos naturales de los pueblos americanos.
La «Representación» es notable por su habilidad retórica y su audacia política. Moreno logra presentar argumentos revolucionarios bajo la apariencia de una solicitud comercial, utilizando el lenguaje del derecho natural para justificar cambios que en realidad cuestionaban los fundamentos del sistema colonial. Su argumento central es que las colonias americanas tienen derecho a comerciar libremente porque ese derecho se deriva de la naturaleza misma de las sociedades humanas, no de las concesiones de la corona española.
Pero el documento es importante también por lo que revela sobre la evolución del pensamiento político de Moreno. Aunque todavía no propone abiertamente la independencia, sus argumentos apuntan inexorablemente hacia esa conclusión. Si los pueblos americanos tienen derechos naturales que la corona no puede violar, si sus necesidades económicas son más importantes que los privilegios comerciales de los peninsulares, entonces ¿qué legitimidad tiene el dominio español sobre América?
Los acontecimientos se precipitaron en mayo de 1810. La llegada de noticias sobre la disolución de la Junta Central de Sevilla provocó una crisis política que los criollos supieron aprovechar. Las jornadas del 18 al 25 de mayo fueron un laboratorio de política revolucionaria donde Moreno desempeñó un papel central, no tanto como líder visible sino como ideólogo y estratega.
Su participación en el Cabildo Abierto del 22 de mayo fue decisiva. Aunque no fue uno de los oradores principales, su influencia se percibe en los argumentos utilizados por los partidarios del cambio. La tesis de que el pueblo reasume la soberanía ante la ausencia del rey legítimo, que fue central en los debates de esos días, había sido desarrollada por Moreno en sus escritos anteriores basándose en los principios del derecho natural y en las ideas de Rousseau sobre el contrato social.
La formación de la Primera Junta el 25 de mayo representó el triunfo, al menos parcial, de las ideas que Moreno había venido desarrollando durante años. Su nombramiento como secretario de la Junta no fue casual: los revolucionarios necesitaban a alguien que pudiera dar forma jurídica y política a sus aspiraciones, y Moreno era la persona mejor preparada para esa tarea.
El jacobino tropical
Como secretario de la Primera Junta, Mariano Moreno tuvo la oportunidad de implementar sus ideas políticas en la práctica. Su gestión, que se extendió desde mayo hasta diciembre de 1810, fue un intento sistemático de crear un nuevo orden político basado en los principios del liberalismo democrático y del republicanismo clásico.
Una de sus primeras medidas fue la creación de la Gazeta de Buenos Aires, el primer periódico patriótico que sirvió como instrumento de educación política y como medio de difusión de las ideas revolucionarias. En sus páginas, Moreno desarrolló una teoría política original que combinaba elementos del liberalismo ilustrado con una sensibilidad social muy avanzada para su época.
Los artículos de Moreno en la Gazeta son extraordinarios por su claridad expositiva y su profundidad conceptual. Su propósito era explícito: educar al pueblo en los principios del gobierno republicano y prepararlo para el ejercicio de la ciudadanía. «Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción», escribía, y por eso consideraba fundamental la educación política de las masas.
Sus escritos en la Gazeta revelan la influencia persistente de Rousseau en su pensamiento. El artículo «Sobre la libertad de escribir», publicado en junio de 1810, comienza con una cita del Contrato Social: «La voluntad general no puede errar jamás; pero para que sea verdaderamente general, es necesario que todos los ciudadanos tengan luces suficientes para conocer sus verdaderos intereses». A partir de esta premisa, Moreno desarrolla una defensa apasionada de la libertad de prensa como condición indispensable para el funcionamiento de la democracia.
Pero Moreno no se limitó a reproducir las ideas de los filósofos europeos. Su pensamiento político se caracteriza por una adaptación creativa de esas ideas a la realidad americana. En su «Plan de Operaciones», un documento secreto redactado para orientar la acción de la Junta, desarrolla una estrategia revolucionaria que combina la guerra de guerrillas con la agitación política y social.
El «Plan de Operaciones» es uno de los documentos más controvertidos de la historia argentina. Su atribución a Moreno ha sido discutida por los historiadores, pero su contenido es coherente con el pensamiento político que había desarrollado en otros textos. El plan propone una estrategia revolucionaria integral que incluye la guerra militar, la guerra económica y la guerra psicológica contra el sistema colonial.
Uno de los aspectos más notables del «Plan» es su propuesta de liberación de los esclavos y de incorporación de los indios a la causa revolucionaria. Moreno argumenta que «la revolución no será verdadera si no mejora la condición de los más desgraciados», y propone medidas concretas para lograr ese objetivo. Su visión de la revolución incluye una transformación social profunda que vaya más allá del simple cambio de gobierno.
El documento también revela la influencia de la experiencia francesa en el pensamiento de Moreno. Su propuesta de crear un «ejército del pueblo» organizado en base a principios democráticos, su insistencia en la importancia de la educación política, y su convicción de que la revolución debe extenderse a toda América, muestran claramente la influencia de los jacobinos franceses.
Esta influencia se hace evidente en su traducción del Contrato Social de Rousseau, que publicó en 1810 con un prólogo propio. El prólogo es un documento extraordinario que revela la profundidad del pensamiento político de Moreno y su capacidad para adaptar las ideas europeas a la realidad americana.
En el prólogo, Moreno escribe: «Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgariza sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía».
Estas palabras, escritas en plena efervescencia revolucionaria, muestran la lucidez política de Moreno y su comprensión de que la revolución política debe ir acompañada de una revolución cultural y educativa. Su proyecto no se limitaba a expulsar a los españoles, sino que aspiraba a crear una sociedad nueva basada en principios de igualdad, justicia y participación democrática.
El choque con la realidad
La radicalidad del proyecto de Moreno pronto generó resistencias dentro de la propia Junta. El enfrentamiento con Cornelio Saavedra, presidente de la Junta, simbolizó el choque entre dos visiones diferentes de la revolución: la moderada y gradualista de Saavedra, que buscaba preservar el orden social existente cambiando solo lo indispensable, y la radical de Moreno, que aspiraba a una transformación profunda de la sociedad.
Las diferencias no eran solo personales o tácticas, sino que reflejaban concepciones diferentes sobre el sentido mismo de la revolución. Saavedra representaba a los sectores criollos que habían apoyado la revolución para acceder al poder político, pero que no tenían ningún interés en alterar el orden social existente. Moreno, en cambio, veía la revolución como una oportunidad histórica para crear una sociedad más justa e igualitaria.
El conflicto se manifestó en múltiples aspectos. Moreno propuso la abolición de la esclavitud, la incorporación de los indios a la ciudadanía, la limitación del poder de la Iglesia, y la confiscación de los bienes de los españoles que no adhirieran a la revolución. Saavedra se opuso sistemáticamente a estas medidas, argumentando que eran prematuras y que podían provocar una reacción contrarrevolucionaria.
La disputa alcanzó su punto culminante en diciembre de 1810, cuando llegó la noticia de la victoria de Suipacha. Saavedra organizó una manifestación popular para celebrar el triunfo, pero Moreno interpretó la demostración como un intento de crear un culto a la personalidad que contradecía los principios republicanos. Su reacción fue escribir un artículo en la Gazeta titulado «Sobre las miras del Congreso que acaba de convocarse y Constitución del Estado», donde desarrollaba una crítica feroz a las tendencias autoritarias que percibía en el gobierno.
En el artículo, Moreno escribía: «Desde el momento en que un pueblo se acostumbra a tributar a sus magistrados un homenaje excesivo, está en riesgo de perder su libertad. Los honores desmedidos infunden en el alma sentimientos de soberbia que se oponen directamente a la sencillez y modestia republicanas».
El enfrentamiento se hizo irreconciliable cuando Saavedra logró que se incorporaran a la Junta los diputados del interior, una medida que diluía la influencia de los sectores más radicales de Buenos Aires. Moreno se opuso terminantemente a esta decisión, argumentando que transformaba la Junta en un cuerpo deliberativo ineficiente y que traicionaba el espíritu original de la revolución.
La crisis se resolvió con la renuncia de Moreno a la secretaría de la Junta en diciembre de 1810. Su carta de renuncia es un documento que revela tanto su desilusión política como su coherencia moral. En ella escribía: «No puedo continuar en un cargo donde mis convicciones entran en conflicto con las decisiones de la mayoría. Prefiero retirarme a traicionar mis principios».
La misión imposible
La salida de Moreno de la secretaría de la Junta no significó su retiro de la política. Los partidarios de sus ideas, conocidos como morenistas, continuaron ejerciendo influencia en el gobierno y presionando por una política más radical. En ese contexto, se decidió enviar a Moreno a Londres en una misión diplomática que tenía objetivos tanto explícitos como secretos.
Oficialmente, Moreno debía gestionar el reconocimiento británico del gobierno revolucionario y negociar acuerdos comerciales que permitieran sostener económicamente la revolución. Pero las instrucciones secretas que recibió revelan objetivos más ambiciosos: debía obtener apoyo militar británico para la causa americana, establecer contactos con otros movimientos revolucionarios del continente, y explorar la posibilidad de crear una confederación americana bajo protección británica.
La misión era extraordinariamente compleja y probablemente imposible. Gran Bretaña mantenía una política ambigua hacia las revoluciones americanas: por un lado, veía con buenos ojos la ruptura del monopolio comercial español, pero por otro, temía que el apoyo abierto a los revolucionarios pudiera comprometer sus relaciones con otros países europeos en el contexto de las guerras napoleónicas.
Moreno era consciente de la dificultad de su misión, pero la aceptó porque representaba una oportunidad de continuar sirviendo a la revolución desde el exilio. Su correspondencia con Guadalupe durante los preparativos del viaje revela tanto su entusiasmo por la nueva tarea como su tristeza por la separación familiar.
En una carta fechada en enero de 1811, le escribía: «Mi querida Guadalupe, este viaje me duele por lo que significa de separación de ti y de nuestros hijos, pero lo asumo como un deber hacia la patria. Si logro obtener el reconocimiento y el apoyo que necesitamos, habré contribuido más a la causa revolucionaria que en todos mis meses como secretario de la Junta».
El viaje a Londres también representaba para Moreno una oportunidad de conocer de primera mano el funcionamiento de las instituciones políticas británicas. Su interés por el sistema parlamentario inglés era evidente en sus escritos, y veía en la experiencia londinense una oportunidad de aprender sobre las prácticas de la democracia representativa.
La muerte en el mar
El 24 de enero de 1811, Mariano Moreno se embarcó en el navío «Fama» rumbo a Londres, acompañado por su hermano Manuel y por Tomás Guido. El viaje, que debía durar aproximadamente dos meses, se convirtió en una travesía trágica que terminó con la muerte de Moreno en altamar.
Los detalles de lo que ocurrió durante el viaje son objeto de controversia histórica. Según la versión oficial, Moreno enfermó gravemente durante la travesía y murió el 4 de marzo de 1811, a los 32 años, cuando el barco se encontraba cerca de las costas brasileñas. Su cuerpo fue arrojado al mar según las costumbres navales de la época.
Sin embargo, desde el momento mismo de conocerse la noticia, comenzaron a circular rumores sobre la posibilidad de que Moreno hubiera sido envenenado. Los testimonios de los pasajeros del barco son contradictorios, y la presencia a bordo del capitán Diego de Alvear y Ponce de León, un oficial español que había sido liberado por la Junta en un canje de prisioneros, despertó sospechas sobre sus verdaderas intenciones.
Uno de los pasajeros más controvertidos era el capitán García de Güemes, hermano del futuro general Martín Miguel de Güemes. García había sido enviado por la Junta como parte de la misión diplomática, pero su comportamiento durante el viaje y después de la muerte de Moreno generó dudas sobre su lealtad a la causa revolucionaria.
Los síntomas de la enfermedad de Moreno, tal como fueron descritos por los testigos, son compatibles tanto con una enfermedad natural como con un envenenamiento. Los vómitos, la diarrea, la fiebre y la desorientación que precedieron a su muerte podrían haber sido causados por una intoxicación alimentaria, por una enfermedad tropical, o por la administración de veneno.
La hipótesis del envenenamiento cobra fuerza cuando se considera el contexto político del momento. Los enemigos de Moreno en Buenos Aires tenían motivos para desear su desaparición, ya que su presencia en Londres podía ser un obstáculo para los planes de moderación que querían implementar. Su muerte eliminaba al líder más carismático y radical de la revolución, facilitando la consolidación de una política más conservadora.
Pero más allá de las especulaciones sobre las causas de su muerte, lo cierto es que la desaparición de Moreno representó un golpe devastador para el ala radical de la revolución. Su ausencia se sintió inmediatamente en la política porteña, donde sus seguidores perdieron cohesión y comenzaron a ser desplazados sistemáticamente del poder.
El silencio sobre Guadalupe
La muerte de Mariano Moreno no solo representó una pérdida política para la revolución, sino también una tragedia personal para Guadalupe Cuenca, quien quedó viuda a los 27 años con cuatro hijos pequeños. La historia de lo que ocurrió con la familia de Moreno después de su muerte es tan reveladora como trágica, y muestra cómo la política puede convertir a las víctimas en culpables.
Guadalupe no solo tuvo que enfrentar el dolor de la pérdida, sino también las consecuencias políticas de ser la viuda del revolucionario más radical. Los nuevos gobernantes, que habían triunfado sobre las ideas de Moreno, no sentían ninguna obligación de proteger a su familia. Al contrario, la presencia de Guadalupe en Buenos Aires era un recordatorio incómodo de las ideas que habían decidido enterrar.
La situación económica de la familia se deterioró rápidamente. Moreno había muerto sin dejar bienes de fortuna, ya que había dedicado su vida al servicio público sin preocuparse por el enriquecimiento personal. La pensión que le correspondía como viuda de un funcionario público fue demorada y reducida sistemáticamente, obligando a Guadalupe a depender de la caridad de algunos amigos fieles.
Pero lo más doloroso fue el ostracismo social al que fue sometida. La sociedad porteña, siempre sensible a los cambios políticos, comenzó a dar la espalda a la viuda de Moreno. Las familias que antes la recibían con honores en sus salones, ahora la trataban con frialdad o directamente la evitaban. Sus hijos fueron excluidos de los círculos sociales donde antes eran bienvenidos, y su situación se volvió cada vez más precaria.
La correspondencia de Guadalupe con algunos amigos de la familia, conservada fragmentariamente, revela la dimensión humana de esta tragedia. En una carta dirigida a Bernardino Rivadavia en 1813, escribía: «Señor, no busco favores para mí, sino justicia para mis hijos. Su padre murió sirviendo a la patria, y ahora esa misma patria parece haber olvidado su sacrificio. No pido riquezas, sino que se respete la memoria de quien dio su vida por la libertad».
El silencio que rodeó a Guadalupe Cuenca después de la muerte de su marido es emblemático del modo en que la historia oficial construyó un relato selectivo de la Revolución de Mayo. Recordar a Moreno era incómodo porque sus ideas seguían siendo demasiado radicales para los sectores que habían consolidado el poder. Era más fácil mitificar su figura como un prócer abstracto que enfrentar las implicaciones concretas de su pensamiento político.
El borramiento sistemático
La construcción del olvido de Moreno no fue un proceso espontáneo, sino el resultado de una operación política deliberada. Los historiadores liberales del siglo XIX, que escribieron la historia oficial de la independencia, tuvieron que enfrentar el problema de cómo tratar a una figura cuyas ideas contradecían la versión moderada y elitista de la revolución que querían imponer.
La solución fue convertir a Moreno en un prócer domesticado, un revolucionario sin revolución. En los manuales escolares y en los discursos patrióticos, se lo recordaba como el «primer periodista argentino» o como el «secretario de la Primera Junta», pero se evitaba cuidadosamente mencionar sus ideas sobre la igualdad social, la participación popular o la transformación revolucionaria de la sociedad.
Bartolomé Mitre, el gran constructor de la mitología nacional argentina, desarrolló una interpretación de Moreno que lo presentaba como un precursor del liberalismo político, pero omitía sistemáticamente sus aspectos más radicales. En su «Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina», Mitre escribía: «Moreno fue el teórico de la revolución, el hombre que supo darle forma jurídica a las aspiraciones populares». La descripción es elogiosa pero vacía, ya que no explica cuáles eran esas aspiraciones ni cómo pensaba Moreno que debían realizarse.
Esta operación de vaciamiento ideológico fue particularmente evidente en el tratamiento del «Plan de Operaciones». Los historiadores liberales negaron durante décadas la autoría de Moreno, argumentando que un documento tan radical no podía haber sido escrito por el prócer oficial. Cuando finalmente se aceptó la autoría, se lo presentó como un texto de circunstancias, dictado por la necesidad militar, sin conexión con el pensamiento político profundo de Moreno.
El proceso de mitificación alcanzó su punto culminante con las celebraciones del Centenario de la Revolución de Mayo en 1910. Las ceremonias oficiales presentaron a Moreno como uno de los «padres de la patria», pero la versión que se difundió era una caricatura que apenas conservaba algunos rasgos externos de la figura histórica. El Moreno del Centenario era un patricio ilustrado que había contribuido a la independencia con su pluma elegante, no el revolucionario radical que había propuesto la transformación social de América.
La recuperación polémica
La recuperación de la figura histórica de Moreno comenzó en las primeras décadas del siglo XX, cuando nuevas corrientes historiográficas empezaron a cuestionar la versión oficial de la independencia. Los historiadores revisionistas, influidos por las ideas nacionalistas y populares, redescubrieron en Moreno al revolucionario que había sido sepultado bajo décadas de mitificación liberal.
Ricardo Rojas, en su «Historia de la literatura argentina», fue uno de los primeros en reivindicar la radicalidad de Moreno. Su análisis del «Prólogo al Contrato Social» mostró la profundidad del pensamiento político de Moreno y su originalidad como teórico de la revolución americana. Rojas escribía: «Moreno no fue solo un traductor de ideas europeas, sino un pensador original que supo adaptar las ideas de la Ilustración a la realidad americana».
Pero fue José Ingenieros quien desarrolló la interpretación más influyente de Moreno en el siglo XX. En «La evolución de las ideas argentinas», Ingenieros presentó a Moreno como el representante del «idealismo revolucionario» frente al «realismo conservador» de Saavedra. Su análisis, aunque a veces esquemático, tuvo el mérito de restituir la dimensión política de los conflictos de 1810 y de mostrar que las diferencias entre los revolucionarios no eran meramente personales.
La interpretación de Ingenieros influyó profundamente en las generaciones posteriores de historiadores y políticos. Para los sectores nacionalistas y populares, Moreno se convirtió en el símbolo del proyecto nacional traicionado por las élites oligárquicas. Su figura fue recuperada por movimientos políticos tan diversos como el radicalismo yrigoyenista, el nacionalismo de los años treinta, y el peronismo.
Juan Domingo Perón, en particular, se apropió de la figura de Moreno para legitimar su propio proyecto político. En varios discursos, Perón presentó a Moreno como el precursor del justicialismo, el hombre que había comprendido la necesidad de una revolución que beneficiara a los sectores populares. Esta interpretación, aunque anacrónica, tuvo el mérito de rescatar los aspectos sociales del pensamiento de Moreno que habían sido sistemáticamente ocultados.
El pensamiento incómodo
La persistente polémica sobre la figura de Moreno revela algo más profundo que las disputas historiográficas: la incomodidad que produce su pensamiento para todas las corrientes políticas argentinas. Moreno no encaja fácilmente en ninguna de las tradiciones políticas que se han sucedido en el país, y por eso sigue siendo una figura controvertida más de dos siglos después de su muerte.
Para la derecha liberal, Moreno es incómodo porque su liberalismo político estaba acompañado de un compromiso social que contradice la versión elitista del liberalismo que dominó la Argentina del siglo XIX. Sus ideas sobre la igualdad, la participación popular y la justicia social no pueden ser fácilmente asimiladas por una tradición que identificó la libertad con el libre comercio y la democracia con el gobierno de los «mejores».
Para la izquierda tradicional, Moreno es problemático porque su radicalismo político se basaba en principios religiosos y nacionales que no encajan con la interpretación marxista de la lucha de clases. Su defensa de los indios y los esclavos no derivaba de una teoría sobre la explotación capitalista, sino de una convicción moral basada en el derecho natural y en la doctrina cristiana.
Para el nacionalismo conservador, Moreno es sospechoso porque su proyecto político incluía elementos cosmopolitas y democráticos que contradicen la versión autoritaria del nacionalismo. Su admiración por las ideas francesas, su defensa de la libertad de prensa, y su crítica al principio de autoridad no pueden ser fácilmente conciliadas con una tradición que privilegia el orden sobre la libertad.
Para el peronismo, Moreno es a la vez una inspiración y un problema. Su compromiso con los sectores populares y su crítica a las élites lo convierten en un precursor natural del justicialismo, pero su liberalismo político y su individualismo ilustrado contradicen algunos aspectos del proyecto peronista.
Esta incomodidad múltiple explica por qué Moreno sigue siendo una figura polémica. Su pensamiento contiene elementos que pueden ser reivindicados por diferentes sectores políticos, pero también elementos que molestan a todos. Es demasiado democrático para los conservadores, demasiado liberal para los autoritarios, demasiado radical para los moderados, y demasiado ilustrado para los populistas.
El país que no fue
La pregunta que surge inevitablemente al estudiar la figura de Moreno es qué habría sido de Argentina si sus ideas hubieran triunfado. Es una pregunta contrafáctica que no admite respuestas definitivas, pero que puede ser explorada a partir de los propios escritos de Moreno y de las experiencias históricas comparables.
El proyecto político de Moreno incluía varios elementos que no se concretaron en la Argentina real. Su visión de la democracia no se limitaba a la representación política, sino que incluía la participación directa del pueblo en las decisiones fundamentales. Su «Plan de Operaciones» proponía la creación de asambleas populares en todos los pueblos y ciudades, que deberían ser consultadas sobre las cuestiones importantes.
Su concepción de la igualdad era más radical que la de muchos de sus contemporáneos. Moreno no solo defendía la igualdad jurídica, sino que propugnaba medidas concretas para reducir la desigualdad social. Su propuesta de liberar a los esclavos, de incorporar a los indios a la ciudadanía, y de limitar las grandes fortunas, anticipaba debates que solo se desarrollarían plenamente en el siglo XX.
Su idea de la soberanía popular era más democrática que la de los liberales del siglo XIX. Moreno creía que el pueblo no solo debía elegir a sus representantes, sino que debía participar activamente en el control de la gestión pública. Su insistencia en la educación política y en la libertad de prensa derivaba de su convicción de que la democracia requiere ciudadanos informados y activos.
Su visión de la independencia era más integral que la de muchos de sus contemporáneos. Para Moreno, la independencia política debía ir acompañada de la independencia económica y cultural. Su propuesta de desarrollar la industria nacional, de promover la educación popular, y de crear una cultura americana, anticipaba elementos que solo se desarrollarían en el siglo XX.
Un país fundado en los ideales de Moreno habría sido probablemente más igualitario, más participativo, y más integrado socialmente que la Argentina real. Habría sido un país donde la educación popular habría tenido prioridad sobre la educación elitista, donde la industria nacional habría tenido prioridad sobre la exportación de materias primas, y donde la participación política habría tenido prioridad sobre la representación oligárquica.
Pero también habría sido un país más conflictivo, más inestable, y más revolucionario. Las ideas de Moreno implicaban una transformación social profunda que habría generado resistencias poderosas. Su proyecto político requería una movilización popular que la elite criolla no estaba dispuesta a aceptar, y una radicalización democrática que contradecía los intereses de los sectores dominantes.
La llama que no se apaga
Más de dos siglos después de su muerte, Mariano Moreno sigue siendo una presencia inquietante en la política argentina. Su figura aparece y desaparece del debate público según los momentos políticos, pero nunca se extingue completamente. Es el fantasma de la revolución que no fue, el recordatorio permanente de que la independencia argentina pudo haber sido diferente.
En los momentos de crisis política, cuando la legitimidad del sistema se cuestiona, la figura de Moreno reaparece como una alternativa al orden establecido. Su radicalismo democrático, su compromiso social, y su honestidad personal lo convierten en un símbolo de la política que debería ser frente a la política que es.
Pero Moreno no es solo un símbolo del pasado, sino también una pregunta sobre el presente. Sus ideas sobre la participación popular, la igualdad social, y la soberanía democrática siguen siendo relevantes en una Argentina que no ha logrado resolver los problemas estructurales que él había identificado hace más de dos siglos.
La pobreza, la desigualdad, la exclusión social, y la dependencia económica que Moreno denunciaba en 1810 siguen siendo características de la Argentina actual. Su crítica a las élites que se enriquecen a costa del pueblo, su denuncia de la corrupción que corroa las instituciones, y su llamado a la participación popular siguen teniendo vigencia en un país que no ha logrado construir una democracia plena.
En este sentido, Moreno no es solo una figura histórica, sino un desafío permanente para la política argentina. Su legado no se agota en los museos ni en los manuales escolares, sino que se renueva cada vez que alguien se pregunta por qué la Argentina no logra realizar sus potencialidades, por qué un país tan rico sigue teniendo tantos pobres, por qué una democracia tan antigua sigue siendo tan frágil.
La respuesta a estas preguntas no está en las recetas técnicas ni en los programas partidarios, sino en la recuperación de los valores que Moreno representaba: la honestidad en la gestión pública, el compromiso con la justicia social, la defensa de la soberanía popular, y la convicción de que la política debe servir al pueblo y no a las élites.
La herencia imprescindible
El legado de Mariano Moreno trasciende las fronteras argentinas para convertirse en patrimonio de toda América Latina. Su pensamiento político, forjado en la experiencia concreta de la injusticia colonial, ofrece elementos para comprender los problemas que siguen atravesando a nuestros países más de dos siglos después de la independencia.
Su visión de la democracia como participación popular efectiva, y no como simple representación formal, anticipó debates que solo se desarrollarían plenamente en el siglo XX. Su crítica a las élites que se apropiaban del poder político para defender sus intereses económicos, sigue siendo relevante en sociedades donde la democracia coexiste con la desigualdad extrema.
Su defensa de la soberanía popular frente a las presiones externas, su llamado a la independencia económica, y su insistencia en la necesidad de una cultura nacional, anticiparon elementos que serían centrales en los movimientos de liberación nacional del siglo XX.
Pero quizás lo más importante del legado de Moreno sea su ejemplo de coherencia moral. En una época donde la política se había convertido en un medio de enriquecimiento personal, Moreno demostró que era posible servir al pueblo sin traicionar los principios. Su vida frugal, su honestidad incorruptible, y su disposición a sacrificar su bienestar personal por el bien común, lo convierten en un modelo de lo que debería ser la política.
Este ejemplo sigue siendo necesario en una América Latina donde la corrupción política se ha convertido en un problema estructural. La figura de Moreno recuerda que la política puede ser un instrumento de justicia y no solo de poder, que los funcionarios públicos pueden ser servidores del pueblo y no solo beneficiarios del cargo.
Su muerte prematura, rodeada de sospechas y misterios, simboliza el destino de muchos líderes latinoamericanos que fueron eliminados porque sus ideas resultaban demasiado peligrosas para las élites dominantes. La historia de América Latina está llena de Morenos que murieron antes de poder realizar sus proyectos, de revolucionarios que fueron traicionados por sus propios compañeros, de visionarios que fueron silenciados porque su visión era demasiado radical.
Pero también su legado intelectual perdura como una fuente de inspiración para quienes siguen luchando por la justicia social y la democracia real. Sus escritos, sus ideas, y su ejemplo siguen siendo un patrimonio vivo que puede alimentar las luchas del presente.
En un mundo donde el neoliberalismo ha reducido la política a la administración de lo existente, donde la democracia se ha vaciado de contenido social, donde la desigualdad crece mientras los políticos se enriquecen, el ejemplo de Moreno recuerda que la política puede ser diferente, que la democracia puede ser más que un ritual electoral, que la justicia puede ser más que una promesa vacía.
Su figura nos recuerda que la revolución verdadera no es solo el cambio de gobierno, sino la transformación de la sociedad. Que la independencia real no es solo la formal, sino la que incluye la liberación económica, social y cultural. Que la democracia auténtica no es solo la representativa, sino la participativa.
Mariano Moreno murió a los treinta y dos años, pero sus ideas siguen vivas. Su proyecto político no se realizó en su época, pero sus elementos fundamentales siguen siendo válidos para pensar los problemas del presente. Su figura, incómoda para todas las ortodoxias, sigue siendo una fuente de inspiración para quienes se niegan a aceptar que la injusticia sea inevitable.
En las páginas amarillentas de los archivos, entre documentos que huelen a tiempo y a olvido, la figura de Moreno sigue brillando con la luz de la utopía. No es el bronce frío de los monumentos, sino el fuego vivo de la esperanza. No es el pasado muerto de los museos, sino el presente ardiente de la lucha por la justicia. Es la llama que no pudieron apagar, la pregunta que no tiene respuesta, el sueño que todavía espera ser realizado.
Su legado no es un museo, sino una interpelación. No es una lección de historia, sino una agenda política. No es un recuerdo, sino una promesa. La promesa de que otro país es posible, de que otra América es posible, de que otra democracia es posible.
Mariano Moreno murió en el mar, pero su muerte no fue el final de su historia. Fue el comienzo de su leyenda. Y las leyendas, como las ideas justas, son inmortales.
Esta nota se publica como un homenajes la memoria de Moreno y como una invitación a continuar su obra inconclusa. Porque mientras haya injusticia en América, mientras haya pueblos oprimidos y élites rapaces, mientras haya democracias formales y dictaduras reales, el ejemplo de Moreno seguirá siendo necesario. Su llama sigue ardiendo, esperando manos que la tomen para alumbrar el camino hacia la patria justa que él soñó.
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