La Infancia Interrumpida

Los Elásticos de la Memoria
E
n la cartografía imprecisa de la infancia, donde los recuerdos se dibujan con la tinta indeleble de las primeras emociones, Violeta I. guardaba una historia que había permanecido dormida durante años, como esas semillas que esperan la lluvia exacta para germinar. Era una época en que los barrios aún tenían esa porosidad que permite que la vida se filtre de casa en casa, de ventana en ventana, cuando las puertas se abrían sin miedo y la solidaridad no tenía horarios.
Por las calles a las orillas de los ríos Neuquén y Limay de su mundo pequeño recuerda ser testigo de una procesión cotidiana de necesidades. Venía gente a pedir casa por casa, sobre todo chicos, con esa urgencia silenciosa que llevan los niños cuando la pobreza les enseña demasiado pronto las palabras exactas para pedir sin humillarse. Para Violeta, aquella caravana de pequeñas manos extendidas era parte del paisaje natural de sus días, como el viento frío que sopla desde la Cordillera o las manzanas jugosas del Alto Valle.
Entre todas esas figuras que poblaban la geografía de su infancia, había una que se repetía con la constancia de las estaciones. Una niña casi adolescente que venía de un barrio vecino donde la pobreza no se disimula, donde las casas son promesas a medias y los sueños se construyen con materiales prestados. La madre de Violeta, mujer de esa moral práctica y honesta que entiende que la caridad verdadera se hace con las manos, le daba siempre alguna tarea: rastrillar las hojas doradas del otoño, regar el césped que insistía en crecer verde, ordenar el jardín. A cambio, le juntaba ropa que ya no usaban, pequeñas cosas necesarias, y siempre, siempre, un desayuno o merienda que se servía como un ritual de hospitalidad.
La niña sin nombre tenía predilección por el café con leche y el pan untado de dulce, o esos sándwiches improvisados con galletitas y dulce de leche que saben a infancia universal. Hablaba poco, como si las palabras fueran un lujo que no podía permitirse, y tenía el cabello fino y corto que enmarcaba una cara donde se adivinaba una belleza tímida, escondida detrás de la supervivencia.
Fue en una de esas mañanas de sol generoso, cuando Violeta jugaba en el patio con su elástico -ese juego que a sus 8 o 9 años era su obsesión dichosa, su pensamiento primero al despertar y último al dormir-, que sucedió algo extraordinario en su simplicidad. La niña se acercó, quizás atraída por la magia universal de un elástico que sube y baja, que desafía las piernas y la coordinación, que convierte cualquier espacio en un universo de posibilidades. Sin necesidad de palabras, sin protocolo, se encontraron jugando juntas, atando el elástico a un poste para suplir la ausencia del tercer jugador que todo elástico reclama.
Aquello se repitió varias veces, creando una costumbre que tenía la dulzura de los rituales no planeados. A veces estaba también María José, la compañera de colegio de Violeta, y entonces eran tres saltando, riendo, midiendo sus destrezas contra la altura caprichosa del elástico. María José siempre ganaba -tenía esa gracia natural que algunos niños poseen para dominar los juegos-, pero eso no importaba. Lo que importaba era ese espacio suspendido donde las diferencias sociales se disolvían en el aire como el polvo que levantaban sus pies al saltar.
Hasta que llegó el día de los días que no llegan. Un día como todos, pero diferente a todos. La niña cuyo nombre se ha perdido en los pliegues del tiempo vino, pero no a pedir trabajo ni desayuno. Vino simplemente a jugar al elástico. Para Violeta, aquello era la cosa más natural del mundo, un regalo que la vida le hacía sin que ella siquiera supiera que lo estaba recibiendo. No pensó en nada especial porque la infancia tiene esa capacidad milagrosa de aceptar la felicidad sin cuestionarla.
Y después, el silencio.
Un día la niña no vino. Y al día siguiente tampoco. Y nunca más. Se desvaneció como se desvanecen tantas cosas en la vida: sin explicación, sin la cortesía de un final anunciado. Desapareció como desaparecen los que nunca estuvieron del todo: sin escándalo, sin despedida. Violeta la buscó con los ojos en las calles del barrio, pero era como si la tierra se la hubiera tragado, como si hubiera sido apenas un sueño de esos que parecen reales hasta que uno despierta.
Años después, cuando Violeta ya era mujer y los elásticos de su infancia habían quedado guardados en la caja de los juguetes que ya no vuelven, comprendió con esa claridad tardía que a veces nos regala la vida lo que realmente había sucedido. Aquella niña no había desaparecido por casualidad o mudanza. Su infancia había terminado de golpe, como terminan las infancias de quienes no tienen el privilegio de vivirlas por etapas.
Porque las diferentes realidades socioeconómicas hacen que los roles familiares sean de facto diferentes a la construcción que la mayoría de la gente tiene asimilada. Para una porción importante de infantes, la vida no tiene etapas marcadas: viven desde que tienen uso de memoria en la necesidad de sobrevivir con cualquier herramienta al frío, al hambre y al desamparo que produce la indigencia por la falta de acción estatal. La niña del elástico había crecido de un día para el otro no porque quisiera, sino porque la supervivencia se lo exigía. Su infancia había sido fugaz, escueta, un paréntesis breve entre la primera consciencia y la responsabilidad adulta impuesta por la necesidad.
En la ciudad de Neuquén de los ochenta, como en tantos otros lugares y como hoy en día, hay niños que saltan elásticos y niños que ya no pueden permitirse saltar. La diferencia no está en el deseo, sino en una geografía social que dibuja destinos con la impiedad de quien traza líneas en un mapa sin preguntarle a la tierra si está de acuerdo.
Cuando la pobreza devora los sueños antes de que nazcan
Hay mochilas que van a la escuela vacías no por olvido, sino por imposibilidad. Zapatillas con los talones comidos por el asfalto y la necesidad. Cuadernos que nunca conocerán la tinta porque la comida es más urgente que las palabras. Ollas que esperan un milagro diario para no quedarse huérfanas de sustento. En Argentina, más de 6 millones de niños y niñas conocen de memoria estos objetos de la carencia, estos símbolos mudos de una infancia que se escribe con hambre y se deletrea con frío.
Según los datos más recientes del INDEC correspondientes al primer semestre de 2024, el 66,1% de los niños de 0 a 14 años viven en la pobreza. De ellos, el 27% están en situación de indigencia. Son números que duelen como puñales: casi 7 millones de chicos que no pueden cubrir sus necesidades básicas, y 2,8 millones que ni siquiera acceden a una alimentación adecuada. La Argentina, que una vez soñó con ser granero del mundo, hoy tiene más niños pobres que toda la población de Suiza.
Esta no es una estadística nueva en nuestro país. Es una herida abierta que sangra hace décadas, que se agrava y se alivia según los vaivenes de la historia, pero nunca se cierra del todo. Durante la dictadura militar, los niños del terrorismo de Estado fueron la cara visible del horror, pero miles de otros crecían en la indigencia silenciosa de un modelo económico que ya entonces expulsaba a los más vulnerables. La hiperinflación de 1989 y 1990 devoró el presente y el futuro de una generación entera: familias que en días perdían todo lo que habían construido en años, niños que aprendieron que el dinero podía convertirse en papel inútil de un día para el otro.
La crisis de 2001 marcó otro punto de quiebre. Cuando el país ficcional creado por el neoliberalismo se derrumbó como un castillo de naipes, fueron los chicos los primeros en pagar las consecuencias. Las imágenes de pequeños rebuscando comida en la basura no eran postal de países lejanos: eran la Argentina real, la que se ocultaba detrás de los discursos sobre el primer mundo. La desnutrición infantil se disparó, la deserción escolar alcanzó picos históricos, y una generación completa creció sabiendo que el Estado podía fallar, que las promesas se rompían y que el futuro no estaba garantizado para nadie.
Pero el presente que comenzó en diciembre de 2023 con el gobierno de Javier Milei presenta características particulares que profundizan esta tragedia nacional. Los primeros seis meses de su gestión coincidieron con un aumento brutal de la pobreza infantil: pasó del 56,2% en el primer semestre de 2023 al 66,1% en igual período de 2024. La indigencia prácticamente se duplicó, saltando del 13,6% al 27%. En términos humanos, esto significa que en apenas un año, más de un millón de niños cayeron en la pobreza, y cerca de 1,4 millones se sumaron a las filas de la indigencia.
Estas cifras no son casuales ni producto de fuerzas divinas incontrolables. Son el resultado directo de decisiones políticas concretas. El análisis del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) identifica causas precisas: la inflación mensual promedio de alimentos durante el primer semestre de 2024 (9,4%) superó la del año anterior (7,7%), impulsada por la devaluación del 118% que implementó el gobierno al asumir. El poder adquisitivo de la Tarjeta Alimentar se desplomó un 48,6% respecto al primer semestre de 2023, mientras que su alcance se redujo drásticamente.
El discurso oficial intenta justificar este dolor como «mal necesario» o «herencia recibida», pero la realidad es que las políticas implementadas han golpeado directa y específicamente a la infancia. La consolidación fiscal se ha construido sobre las espaldas de los más pequeños: el presupuesto dirigido a la niñez se redujo 18% en 2024, después de caídas del 17% en 2023 y 2% en 2022. Programas como el fortalecimiento edilicio de jardines de infantes o el Plan Nacional de Primera Infancia muestran niveles de ejecución nulos o casi nulos.
En este contexto, cobra particular relevancia analizar ciertas expresiones del pensamiento oficial. La filosofía que sustenta estas políticas puede resumirse en una inversión cruel de principios básicos de justicia social. Donde antes se decía «donde hay una necesidad nace un derecho» –frase atribuida históricamente a Eva Perón y que expresa la idea de que las carencias sociales generan obligaciones colectivas–, desde lo mas alto del poder se ha planteado lo contrario: que donde hay una necesidad, no hay un derecho, dicho textualmente por el propio Milei.
Esta inversión no es meramente retórica: expresa una cosmovisión que ve en la pobreza infantil no un drama social que resolver, sino una realidad natural que aceptar. Bajo esta lógica, el niño que nace en la villa no tiene derecho a las mismas oportunidades que el niño que nace en Palermo, porque la «necesidad» no genera «derechos». Es la filosofía del darwinismo social aplicada a la infancia: que sobrevivan los más aptos, que el mercado decida quién merece futuro y quién no.
Pero los niños pobres no eligen nacer pobres. No eligen que sus padres no tengan trabajo formal, que sus barrios carezcan de cloacas, que sus escuelas se caigan a pedazos. Las diferentes realidades socioeconómicas hacen que los roles familiares sean de facto diferentes a la construcción que la mayoría de la gente tiene asimilada. Para una porción importante de infantes, la vida no tiene etapas marcadas: viven desde que tienen uso de memoria en la necesidad de sobrevivir con cualquier herramienta al frío, al hambre y al desamparo que produce la indigencia por la falta de acción estatal.
Un niño de 8 años que sale a vender en la calle no lo hace por vocación emprendedora: lo hace porque en su casa no hay comida. Una niña de 10 años que cuida a sus hermanos menores mientras su madre trabaja doce horas por un salario miserable no está «jugando a la mamá»: está ejerciendo una responsabilidad adulta que nunca debería haber sido suya. Un adolescente que abandona la escuela para trabajar no está eligiendo su futuro: está siendo expulsado de él por un presente que no le da otra opción.
La infancia interrumpida es un robo que se perpetúa generación tras generación. Los niños que crecen en la pobreza extrema tienen mayor probabilidad de desertar del sistema educativo, de no acceder a atención médica preventiva, de desarrollar problemas nutricionales que afectarán su desarrollo cognitivo para toda la vida. Son ciclos que se retroalimentan: la pobreza de hoy construye la pobreza de mañana, y cada niño que se pierde en el camino es una potencialidad humana que se destroza antes de florecer.
Los datos de UNICEF muestran que sin las transferencias monetarias como la Asignación Universal por Hijo, la situación sería aún más dramática: la tasa de indigencia infantil sería 10 puntos porcentuales más elevada, lo que significa que más de 1 millón de niñas y niños habrían caído en la indigencia durante el segundo semestre de 2024. Esto demuestra que las políticas públicas funcionan, que la intervención estatal puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, entre el futuro y la desesperanza.
Sin embargo, estas políticas se mantienen constantemente bajo amenaza. La lógica del «déficit cero» a cualquier precio convierte a los niños en variables de ajuste, en números que se pueden recortar sin consecuencias aparentes. Pero cada peso que se ahorra en alimentación infantil, cada jardín maternal que no se construye, cada vacuna que no se aplica, es una hipoteca que se toma contra el futuro del país.
La pobreza infantil no es solo un problema económico: es una catástrofe civilizatoria. Es la admisión de que como sociedad hemos decidido que algunos de nuestros niños no merecen las mismas oportunidades que otros. Es la confesión de que hemos naturalizado la injusticia hasta convertirla en sentido común.
Rodolfo Walsh escribió alguna vez que «nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires». Hoy podríamos agregar: han procurado que los niños pobres no tengan infancia, no tengan presente, no tengan futuro. Porque un niño sin infancia es un adulto más fácil de doblegar, una conciencia más simple de manipular, un ciudadano más dispuesto a aceptar cualquier injusticia como destino.
La Argentina que soñó Sarmiento cuando escribió que «los pueblos se educan como los niños» parece haber olvidado que educar implica primero alimentar, cuidar, proteger. Que no se puede construir un país próspero sobre la base de infancias destruidas. Que cada niño que se pierde en el camino de la pobreza es una promesa que se rompe, un futuro que se cancela, una esperanza que se marchita antes de nacer.
Recuperar la empatía hacia la infancia vulnerable no es sentimentalismo: es inteligencia política. Es entender que una sociedad que abandona a sus niños se está condenando a sí misma. Es recuperar la noción de que donde efectivamente hay una necesidad, debe nacer un derecho. Porque los niños no pueden esperar. Porque la infancia, una vez perdida, no se recupera jamás. Porque el futuro de una nación se juega hoy, en cada plato vacío, en cada sueño trunco, en cada sonrisa que se apaga antes de tiempo.
La historia juzgará duramente a quienes tuvieron en sus manos el poder de cambiar esta realidad y eligieron mirar hacia otro lado. Pero también recordará con gratitud a quienes entendieron que proteger la infancia no es un gasto sino una inversión, no es un favor sino una obligación, no es caridad sino justicia. El tiempo de elegir es ahora. La infancia interrumpida de hoy puede ser la tragedia irreversible de mañana, o el punto de partida para construir una Argentina donde ningún niño tenga que crecer con hambre, donde ninguna infancia sea sacrificada en el altar de ninguna ecuación económica.
Porque en el fondo, como sociedad, solo tenemos una pregunta que responder: ¿qué clase de país queremos ser? ¿Uno que protege a sus niños o uno que los abandona? La respuesta está en nuestras manos, pero el tiempo se agota. Y los niños, mientras tanto, siguen esperando.
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