C´ERAVAMO TANTO AMATI
Hay películas que no se miran con los ojos, se observan con el alma. Se habitan como quien habita una vieja fotografía o una carta escrita a mano que huele a café frío y melancolía. C’eravamo tanto amati —que en su título lleva la ironía feroz de quien alguna vez amó demasiado— es una de esas. Una película que no transcurre en el tiempo: lo convoca. Ettore Scola no filmó una historia de amigos: invocó un país entero en las grietas de una amistad. Italia es el cuarto personaje, la amante esquiva, la madre contradictoria, la memoria que arde y no termina de apagarse
Todo empieza con la épica: la resistencia. Tres hombres —Antonio, Gianni, Nicola— luchan por liberar a Italia del fascismo. Y lo hacen con la convicción Partisana de los que aún creen que el mundo puede cambiarse a balazos limpios y votos honestos. No saben que la guerra, esa bestia, también siembra heridas en el alma. Termina la contienda y empieza la posguerra, que no es menos brutal. Allí donde antes había trincheras, ahora hay oficinas, fábricas, concursos de televisión, ambiciones silenciosas. Y el amor. O mejor dicho, su espectro.

Luciana entra en escena como una canción triste tarareada en el fondo de un sueño. Antonio se enamora de ella con la transparencia de un niño que descubre el mar. Pero Luciana, que es más inteligente que todos ellos juntos, no cree en destinos prefijados. Gianni la seduce con el encanto opaco del que sabe que no puede amar sin destruir. Y Nicola, el tercero en discordia, la observa desde la vereda de los que no se animan.

Años después, los tres hombres recuerdan juntos sus tiempos de esperanza. Están en un restaurante romano, comiendo entre risas secas. La Roma de posguerra, sucia, viva, contradictoria, les sirve de escenario para una tragicomedia que no se resigna a caer en la desesperanza, pero que tampoco puede regresar a la inocencia.
Nicola pierde su trabajo por defender a Ladrón de bicicletas. Discute con un superior que no entiende que el cine no es solo entretenimiento sino trinchera, utopía, testimonio. Deja a su esposa, a su hijo, a su vida. Se lanza al vértigo de fundar una revista de cine que nadie leerá. Sueña con cambiar el mundo con palabras, pero las palabras a veces se pierden en el humo de los cafés mal ventilados.
Gianni escala. Siempre hacia arriba. Su moral es un acordeón que se adapta al viento. Rechaza defender a un empresario corrupto, pero termina casándose con su hija. Se instala en una villa en el campo, acumula poder como quien acumula estatuillas vacías. Mira a los otros desde su terraza como un general derrotado que aún conserva el uniforme limpio.
Antonio se emborracha con Luciana. Ella quiere ser actriz, él quiere que lo siga queriendo. Pero no se puede amar para siempre a quien ya se ha ido. La encuentra más tarde, en la Fontana de Trevi, convertida en un eco de lo que pudo ser. Y comienza su rescate.
Nicola participa en un concurso de televisión. Gana. Sonríe. Llama a su exesposa para compartir la alegría. Al día siguiente, lo pierde todo por decir demasiado. Responde con pasión, con conocimiento, con exceso de alma. Pero el sistema premia las respuestas correctas, no las verdades profundas. En una escena paralela, Vittorio De Sica —sí, él mismo— cuenta una anécdota que valida la respuesta perdida. Nicola tenía razón, pero ya era tarde. La verdad no siempre llega a tiempo.
Los tres hombres se reencuentran, otra vez. Se emborrachan como si pudieran desandar el camino. Discuten como quien se lame viejas heridas. Se culpan. Se perdonan. Rompen a llorar. Nicola confiesa que su hijo va a casarse. La vida continúa, aunque no como esperábamos. Van a visitar a la mujer de Antonio que resulta ser Luciana. Gianni intenta acercarse a Ella, le confiesa su amor eterno. Ella, con una dignidad intacta, le dice que no pensó en él ni un segundo. Lo deja helado. No por maldad, sino por piedad. La honestidad también puede doler más que un balazo.

Gianni finge pobreza. Los otros descubren que sigue viviendo en el lujo. Le dejan la licencia de conducir en la puerta y se marchan. En el fondo, ya no quieren cambiarlo. Solo buscan cerrar el círculo.
El filme no transcurre: se derrama. Pasa de blanco y negro a color sin pedir permiso. Salta en el tiempo como salta la memoria: de un detalle a una cicatriz, de una sonrisa a un duelo. La música de Armando Trovajoli es un suspiro largo, un piano que llora sin estridencia. Y el tema “Io era Sandokan” —que se insinúa en cada rincón— podría resumirlo todo: una pregunta sin respuesta, un país que se reconfigura entre la melancolía y la resistencia.
No es casual que la historia transcurra desde 1945 hasta 1975. Tres décadas en las que Italia se industrializa, se moderniza, se traiciona. Las promesas de la izquierda mueren ahogadas en su propio barro. El neorrealismo se vuelve reliquia. Y los hombres que soñaron con cambiar el mundo se convierten en pequeñas ruinas vivientes. No fracasaron por cobardes, sino por humanos. Por vulnerables.
Los actores encarnan algo más que personajes. Gassman no interpreta a Gianni: lo contiene. Manfredi le da a Antonio la nobleza de los que no pueden odiar del todo. Stefano Satta Flores, como Nicola, nos regala un idealismo conmovedor, roto pero intacto en el fondo. Y Stefania Sandrelli, ah, Luciana. Es la Italia ausente, deseada, siempre más bella cuando se aleja.
El filme es un tributo. Al cine. A la amistad. A la tristeza. Hay homenajes explícitos —a De Sica, a Fellini— y otros sutiles, como el modo en que la cámara se detiene ante una copa vacía o una puerta que se cierra.
Cuando Nicola llora al final de la cena, no lo hace por su hijo, o no solo. Llora porque entendió que la historia los pasó por encima. Que resistieron, pero no vencieron. Que amaron, pero no supieron quedarse. Que soñaron, pero la realidad era otra cosa. Y sin embargo, siguen ahí. Vivos. Juntos. Con el alma rota, pero con una memoria que los une como una canción vieja tarareada entre dientes.

La película se llama C’eravamo tanto amati. Una afirmación convertida en reproche. Un “te quise mucho” que se dice en pasado, pero se siente en presente. Una elegía disfrazada de comedia. Un espejo donde todos —italianos, argentinos, humanos— podemos mirarnos.
Porque todos fuimos Antonio. Todos fuimos Nicola. Todos fuimos Gianni. Todos nos creímos justos. Todos perdimos algo. Y todos seguimos buscando, entre la bruma, una Luciana que nunca nos pertenece del todo.
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