Chupa Chups: Una Pequeña Historia Redonda

El caramelo con palo que endulzó la infancia, encantó a Dalí y llegó al espacio exterior
El aeropuerto de Barcelona me despide con esa luz mediterránea que siempre me desarma. He venido por trabajo, pero Barcelona tiene esa forma de convertir cualquier obligación en un regalo imprevisto. Camino hacia el free shop de del Prat con la urgencia de quien busca un tesoro. La misión, llevar a casa un regalo dulce para mi hijo.
Entre perfumes caros y chocolates suizos, mis ojos se detienen en una caja amarilla y roja. Chupa Chups. La sostengo entre las manos y sonrío. No puedo evitarlo. Ahí está él: ese logo inconfundible, esa margarita vibrante que parece girar sobre sí misma, hipnótica, eterna.
Y entonces lo recuerdo: ese logo lo diseñó Salvador Dalí.
No un diseñador cualquiera. No una agencia publicitaria. Salvador Dalí. El del bigote imposible. El de los relojes derretidos. El genio que pintó el surrealismo más delirante del siglo XX… también dibujó esto. Este círculo amarillo con letras rojas que millones de niños han chupado, sostenido, observado mientras esperaban el colectivo, mientras hacían la tarea, mientras crecían.
¿Quién hubiera dicho que aquel giro de muñeca de Dalí serviría para decorar millones de infancias?
¿Cómo algo tan simple como ponerle un palito a un caramelo se volvió una idea revolucionaria?
Compro la caja. La guardo en mi mochila. Y ahí mismo, en medio del aeropuerto, decido que esta historia merece ser contada.
El hombre del palo
La historia comienza en 1958, en plena posguerra española, cuando un joven confitero catalán llamado Enric Bernat Fontlladosa observa algo que nadie más había visto.
Bernat venía de tres generaciones de pasteleros. Su abuelo Josep había sido el primer fabricante de confitería en España. Su padre había creado la firma de galletas «La Gloria» tras la Guerra Civil. Él mismo había fundado en 1950 su propia empresa, «Productos Bernat», junto a su esposa Nuria Serra, también hija de confiteros. El azúcar, podría decirse, corría por sus venas.
Pero ese día, Bernat vio algo distinto.
Vio a un niño sacar un caramelo del bolsillo. El caramelo estaba pegajoso, sucio, lleno de pelusa. El niño lo sostenía con los dedos manchados. Su madre lo regañaba. El niño lloraba. El caramelo terminaba en la basura.
Y Bernat pensó: «Los caramelos deben comerse como se come con tenedor. Limpios.»
La epifanía fue simple, casi doméstica. Pero las grandes ideas suelen ser así: obvias una vez que alguien las piensa por primera vez.
Bernat había adquirido recientemente el control total de «Granja Asturias», una empresa asturiana dedicada a productos derivados de la manzana. Encargó un estudio a una consultora francesa sobre hábitos de consumo de caramelos. Los resultados fueron claros: el 67% de los consumidores de caramelos tenía menos de 16 años. Y todos se ensuciaban las manos.
Ese mismo año, 1958, Bernat compró la patente de un caramelo esférico con palo llamado «Gol» que fabricaba la industria barcelonesa «Reñé SA». El nombre venía de la imagen que Bernat tenía en su cabeza: el caramelo redondo era como un balón de fútbol entrando en la portería, es decir, en la boca del niño.
Pero «Gol» no funcionó. El nombre era demasiado deportivo, poco dulce.
Entonces lo rebautizó: «Chups».
Y ahí empezó todo.
Los primeros Chups salieron al mercado con siete sabores originales: fresa, limón, naranja, cola, menta, café y crema. Se vendían a una peseta cada uno, un precio altísimo para la época. Pero funcionó. Los padres lo percibían como un producto de calidad. Como un pequeño lujo infantil.
Bernat innovó en todo: creó una red de distribución propia con una flotilla de Seat 600 decorados con el logo del producto, recorriendo toda España. Colocó los caramelos en tarros transparentes sobre los mostradores, a la altura de los ojos de los niños. Antes de Chupa Chups, los caramelos estaban en estantes altos, pensados para adultos. Bernat entendió que el verdadero consumidor estaba a un metro del suelo.
Y entonces llegó el jingle que lo cambió todo.
Una campaña publicitaria radiofónica comenzó a sonar en toda España. La canción era pegajosa, imposible de olvidar:
«¡Chupa un dulce caramelo, chupa, chupa, chupa Chups!»
La gente empezó a llamarlo Chupa Chups en lugar de solo «Chups». Bernat, astuto y atento, escuchó a su público. En 1961, oficializó el cambio de nombre.
Desde entonces, ya no hubo más cambios.
Bueno, casi.
El trazo de Dalí
Para 1969, Chupa Chups ya era un fenómeno en España. Pero Enric Bernat tenía una visión más grande: quería conquistar el mundo.
Y para conquistar el mundo, necesitaba un logo inconfundible.
Bernat viajó hasta Figueres, Girona, el pueblo natal de Salvador Dalí. No fue casualidad. Bernat y Dalí se conocían. Eran amigos, o al menos compartían cafés y conversaciones en esa Cataluña pequeña donde los artistas y los empresarios todavía podían cruzarse en la misma acera.
Según cuenta la leyenda (verificada por la propia empresa), Dalí tardó menos de una hora en diseñar el logo.
Estaban sentados en un café. Dalí pidió papel. No había hojas limpias, así que tomó un periódico viejo que estaba en la mesa de al lado. Y ahí, sobre esas páginas de noticias olvidadas, con su pluma fuente y ese bigote enhiesto apuntando al cielo, Dalí dibujó una margarita amarilla con letras rojas.
Simple. Vibrante. Perfecta.
Pero lo genial no fue solo el diseño. Fue la instrucción que Dalí le dio a Bernat:
«El logo debe ir siempre arriba del caramelo. Nunca en el lateral.»
¿Por qué? Porque Dalí entendió algo que ningún diseñador gráfico había pensado antes: si el logo está en el costado del envoltorio, desaparece en cuanto el niño empieza a chupar el caramelo. Pero si está arriba, siempre está visible. Incluso mientras lo chupas. Incluso en las fotos. Incluso en tu memoria.
Era una decisión de branding puro, de un artista que entendía el poder de la imagen mejor que cualquier ejecutivo de marketing.
El diseño de Dalí se lanzó en 1969 y desde entonces ha sufrido solo pequeñas modificaciones cosméticas a finales de los años 80. Pero la esencia permanece intacta.
Pensemos en esto por un momento: ¿cuántos productos masivos tienen un logo diseñado por uno de los artistas más influyentes del siglo XX?
Ninguno.
Solo Chupa Chups.
El logo de Coca-Cola lo diseñó un contador. El de Nike, una estudiante de diseño gráfico por 35 dólares. El de Apple, un diseñador publicitario.
Pero el de Chupa Chups lo diseñó Salvador Dalí. Y eso, amigos, es historia del arte en tu bolsillo.


Una empresa con historia (y geografía)
Lo que empezó como una idea catalana en 1958 se convirtió en un fenómeno global.
Chupa Chups comenzó a exportarse de manera sistemática:
- 1969: Abre fábrica en Bayona, Francia
- 1977: Llega a Japón
- 1980: Entra a Estados Unidos
- 1982: Conquista Alemania
- 1989: Se introduce en Rusia
- 1991: Inaugura fábrica en San Petersburgo
- 1994: Abre fábrica en Shanghái, China
- 1996: Establece producción en Toluca, México
Para 2013, Chupa Chups se vendía en más de 150 países.
La producción diaria alcanzó los 12 millones de unidades. Doce millones de pequeñas margaritas amarillas saliendo de las fábricas cada día, girando por el mundo, endulzando bocas en idiomas que Enric Bernat nunca habló.
Uno de los mercados más importantes fue Rusia. En 1997, el Rey Juan Carlos I viajó a Moscú para celebrar las 1.000 millones de unidades vendidas en ese país. Mil millones. En un solo mercado.
Pero hay un hito que supera todo lo demás.
En 1995, los cosmonautas rusos llevaron Chupa Chups a la estación espacial Mir.
Sí. Al espacio.
Los astronautas rusos echaban de menos muchas cosas mientras orbitaban la Tierra a 28.000 kilómetros por hora. Echaban de menos a sus familias. Echaban de menos la gravedad. Echaban de menos los cigarrillos.
Y alguien en la agencia espacial rusa pensó: «Necesitan algo dulce, seguro, fácil de comer en ingravidez».
¿La solución? Chupa Chups.
Así, en 1995, Chupa Chups se convirtió en el primer caramelo consumido en el espacio exterior.
Imaginen la escena: un cosmonauta flotando en la estación Mir, mirando la Tierra azul por la ventanilla, chupando una margarita amarilla diseñada por Dalí. ¿Existe imagen más surrealista? Dalí estaría orgulloso.
Chupa Chups había llegado, literalmente, más allá de este mundo.
Tras la muerte de Enric Bernat en 2003, la empresa pasó a sus cinco hijos: Xavier, Ramón, Marcos, Marta y Nina. Pero las dificultades económicas de principios de los 2000, sumadas a un plan de expansión demasiado ambicioso, llevaron a que en 2006 la familia vendiera la compañía al grupo Perfetti Van Melle, un conglomerado ítalo-holandés que también posee marcas como Mentos, Smint y Happydent.
Hoy, la sede comercial sigue en Barcelona. La margarita de Dalí sigue girando. Y el mundo sigue chupando.
Sabores, formas, colecciones
Los sabores originales de 1958 fueron siete: fresa, limón, naranja, cola, menta, café y crema.
Pero con los años, Chupa Chups se convirtió en un universo de sabores.
Hoy existen más de 100 sabores diferentes en todo el mundo, aunque no todos están disponibles en todos los países.
Algunos clásicos eternos:
- Fresa (el más vendido históricamente)
- Fresa y nata
- Cola
- Sandía
- Cereza
- Manzana
Algunos raros y memorables:
- Yogur
- Crema de vainilla
- Chicle (el famoso Kojak, con centro de chicle)
- Rellenos de chocolate, crema o caramelo líquido
Y las mutaciones chuperiles:
- Melody Pops: los chupetines con silbato incorporado
- Crazy Dips: el lápiz de caramelo líquido para pintar
- Spinners: versiones giratorias con luz LED
- Big Babol: versiones gigantes con chicle
- Chupa Chups sin azúcar para adultos con diabetes o conciencia calórica
En 1990, la empresa fabricó a mano el primer Mega Chups como regalo para el futbolista Hristo Stoichkov. Pesaba 735 gramos y tardó más de 8 horas en enfriarse. Tanto éxito tuvo que comenzaron a producirlo comercialmente (aunque de plástico decorativo, no comestible).
También existe una esponja marina llamada Stylocordia Borealis que por su forma redondeada y textura peculiar fue bautizada popularmente como «Chupa Chups del mar». La naturaleza, al parecer, también tiene sentido del humor.
Chupa Chups en la cultura pop
Si algo define a un producto icónico es su capacidad de infiltrarse en la cultura.
Y Chupa Chups lo logró de maneras insospechadas.
En el cine y la televisión:
- En la icónica serie de los años 70, Kojak (protagonizada por Telly Savalas), el detective de la policía de Nueva York cambiaba su cigarrillo por un Chupa Chups en el episodio 8 de la primera temporada. Se convirtió en su marca registrada. Tanto, que en España la empresa Fiesta lanzó el «Kojak», un Chupa Chups de cereza con centro de chicle que aún se vende hoy.
- En Trainspotting (1996), la película de Danny Boyle sobre la heroína y la juventud escocesa perdida, varios personajes aparecen chupando Chupa Chups como sustituto de los cigarrillos o las drogas.
- Johan Cruyff, legendario entrenador del FC Barcelona, se hizo famoso por chupar Chupa Chups en el banquillo después de dejar de fumar por problemas cardíacos. La imagen de Cruyff con su Chupa Chups es tan icónica como su filosofía futbolística.
Celebridades y campañas: Personajes como Mariah Carey, Spice Girls, Harrison Ford, Rivaldo, Esther Cañadas, Giorgio Armani y Jorge Lorenzo han protagonizado campañas publicitarias o han sido fotografiados públicamente saboreando Chupa Chups.
En 2008, para celebrar su 50 aniversario, Chupa Chups organizó un concierto con MTV en Barcelona donde actuó Katy Perry.
Merchandising y colaboraciones: Chupa Chups trascendió el caramelo y se convirtió en marca de estilo de vida:
- Remeras, mochilas, gorras
- Perfumes y colonias con aroma a fresa
- Zapatillas edición limitada
- Colaboraciones con marcas de moda urbana
El logo de Dalí pasó de ser un envoltorio a ser un símbolo generacional.
¿Por qué nunca pasó de moda? Tal vez porque Chupa Chups nunca intentó ser cool. Simplemente era. Redondo, dulce, accesible. Como la infancia misma.
Un caramelo para siempre
Hay gestos que trascienden el tiempo.
Chupar un caramelo es uno de ellos.
No importa si sos un niño de 5 años en los años 60 o un adulto de 40 en 2025. El gesto es el mismo: sostener el palo, girar el caramelo en la boca, sentir cómo se va disolviendo lentamente, saboreando cada segundo.
Chupar un caramelo es esperar. Es paciencia. Es consuelo. Es picardía (ese momento en que decidís morderlo y escuchás el crujido). Es recompensa (el premio después del médico, después de portarse bien, después de terminar la tarea).
Es una pausa en medio del caos.
Es un ritual pequeño y universal.
Otros íconos de la infancia se fueron. Los yoyos pasaron de moda. Los trompos quedaron en los museos. Las figuritas de fútbol ahora se coleccionan digitalmente. Incluso los juguetes más queridos tienen fecha de vencimiento.
Pero Chupa Chups sigue.
Porque nunca fue solo un caramelo. Fue un invento perfecto.
Simple. Funcional. Bello.
Y cuando algo es perfecto, no necesita cambiar.
Desde la mirada de un padre
Ya estoy en el avión. Afuera, Barcelona ya de noche me despide. Yo abro la mochila y saco la caja de Chupa Chups que compré. Mañana, cuando vuelva a casa, se la daré a mi hijo.
Él no sabrá nada de esto. No sabrá quién fue Enric Bernat. No sabrá que un día, en 1958, alguien pensó en poner un palo a un caramelo para que los niños no se ensuciaran las manos. No sabrá que Salvador Dalí dibujó ese logo en menos de una hora sobre un periódico viejo en un café de Figueres. No sabrá que estos caramelos viajaron al espacio. No sabrá que Cruyff los chupaba en el banquillo del Barça. No sabrá que hay más de 100 sabores en el mundo.
No sabrá nada de esto, al menos hasta que sea mas grande y lea, quizás, esta nota.
Pero lo chupará igual.
Lo sostendrá con sus dedos pequeños. Lo girará en su boca. Sonreirá.
Y yo lo miraré y pensaré: «De algún modo, Dalí sigue dibujando sonrisas desde otro plano.»
Porque eso es lo extraordinario de los objetos perfectos: trascienden a quienes los crearon.
Chupa Chups ya no le pertenece a Enric Bernat. Tampoco a Salvador Dalí. Tampoco a Perfetti Van Melle.
Chupa Chups le pertenece a ese gesto universal de chupar un caramelo mientras el mundo gira.
Y mientras haya infancias, mientras haya esperas, mientras haya bocas que necesiten dulzura…
Chupa Chups seguirá girando.
Redondo. Amarillo. Eterno.

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