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Marina & Ulay: El amor como performance, la despedida como arte
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1 Ago 2026, Sáb

Marina & Ulay: El amor como performance, la despedida como arte

Marina & Ulay

El amor como performance, la despedida como arte

Hay un minuto y cuarenta y tres segundos que contienen toda la historia del amor y del arte contemporáneo. Es mayo de 2010, el Museo de Arte Moderno de Nueva York vibra con el murmullo contenido de cientos de personas que esperan su turno. Marina Abramović lleva 75 días sentada en la misma silla, mirando en silencio a cada persona que se sienta frente a ella. El artista está presente, dice el cartel. Y ella está ahí, inmóvil como una esfinge, con su vestido largo y su trenza perfecta, convirtiendo la contemplación en ritual sagrado.

Entonces ocurre lo imposible.

Un hombre de barba blanca y ojos claros se acerca a la silla vacía. No es un visitante cualquiera. Es Ulay —Frank Uwe Laysiepen—, el amor de su vida, su compañero de arte, su otra mitad durante doce años. El hombre al que no ha visto en 23 años, desde aquella despedida en medio de la Gran Muralla China que partió sus corazones como se parte una fruta madura.

Marina lo reconoce antes de que él se siente. Su cuerpo se tensa imperceptiblemente, sus manos —que han permanecido inmóviles durante meses— tiemblan apenas. Cuando sus ojos se encuentran, algo se quiebra en el aire. Ella extiende sus brazos hacia él, rompiendo por primera vez las reglas de su propia performance. Y llora. Llora como no había llorado en décadas, como si todas las lágrimas guardadas de 23 años se liberaran de una vez.

El público contiene la respiración. Algunos también lloran, sin entender completamente por qué. Es que están presenciando algo más que una performance: están viendo el momento exacto en que el arte y la vida se vuelven indistinguibles, cuando el dolor se convierte en belleza pura.

¿Pero cómo llegaron hasta ahí? ¿Cómo se construye una historia de amor tan perfecta y tan devastadora?

Ámsterdam, 1976: El Amor Como un Rayo

Todo comenzó en una galería de Ámsterdam en 1976, durante una exposición de arte conceptual. Marina Abramović tenía 29 años y acababa de llegar de Yugoslavia con el corazón lleno de preguntas sobre los límites del cuerpo y la mente. Era una mujer salvaje, intensa, que había crecido en los Balcanes con una madre militar que la despertaba tocando sirenas y un padre partidario comunista que le enseñó que la vida era una lucha constante.

Frank Uwe Laysiepen —Ulay— tenía 31 años y era la antítesis perfecta: alemán, racional, minimalista, con una precisión casi científica para abordar el arte. Había trabajado con fotografía Polaroid, explorando la identidad y el género de maneras revolucionarias para la época.

Cuando se vieron por primera vez, el mundo se detuvo.

«Fue como si nos conociéramos de toda la vida», recordaría Marina años después. «Como si fuéramos la misma persona dividida en dos cuerpos.» Ulay lo describiría de manera más poética: «Era como reconocer tu propia alma en el espejo.»

En tres días se fueron a vivir juntos. En una semana habían decidido crear arte como una sola entidad. Ya no serían Marina Abramović y Ulay por separado: serían «Marina/Ulay», un solo cuerpo con dos cabezas, como ellos mismos lo definían.

Era 1976 y el mundo del arte los miraba con una mezcla de fascinación y escándalo. ¿Cómo podían dos individuos fusionarse completamente sin perder su esencia? ¿Era posible el amor total en el arte total?

Ellos estaban convencidos de que sí. Y durante los siguientes doce años se dedicaron a demostrarlo de las maneras más extremas y hermosas imaginables.

Arte Extremo, Vida Compartida

Sus performances no eran espectáculos: eran experimentos existenciales llevados al límite de lo humanamente posible. En Breathing In, Breathing Out (1977), se sentaron uno frente al otro con las bocas selladas por una membrana, respirando únicamente el aliento del otro hasta que el dióxido de carbono casi los mata. Diecisiete minutos de asfixia compartida para explorar la dependencia absoluta del amor.

En Rest Energy (1980), la performance que los catapultó a la fama mundial, Ulay sostuvo un arco tensado mientras Marina se inclinó hacia atrás, apoyando su corazón exactamente en la línea de la flecha. Un microestetoscopio amplificaba los latidos acelerados de Marina para toda la audiencia. Cuatro minutos y diez segundos en los que cualquier movimiento involuntario de Ulay podría haberla matado. «El arte debe ser hermoso. El artista debe ser hermoso. El dolor también es hermoso», diría Marina para explicar por qué arriesgar la vida por una idea.

Relation in Space (1976) los mostraba desnudos, corriendo uno hacia el otro durante una hora hasta que sus cuerpos colisionaban violentamente. Relation in Time (1977) los tenía sentados espalda contra espalda, con las cabezas unidas por una trenza común, durante diecisiete horas. AAA-AAA (1978) era un grito sostenido hasta el agotamiento vocal, una competencia de resistencia convertida en metáfora de toda relación amorosa.

La más controversial fue Imponderabilia (1977): ambos se colocaron desnudos en el marco de una puerta estrecha del museo, obligando a los visitantes a elegir si mirarían a Marina o a Ulay mientras se deslizaban entre sus cuerpos. Era una reflexión radical sobre el voyeurismo, el deseo y la complicidad del espectador.

«Llevábamos el cuerpo al límite para pensar el amor», explicaba Ulay en entrevistas posteriores. «Cada performance era una pregunta: ¿hasta dónde podemos llegar juntos sin destruirnos?»

Vivían en una furgoneta Citroën, viajando por Europa de performance en performance. No tenían casa, no tenían posesiones más allá de sus cuerpos y sus ideas. Habían creado un mundo alternativo donde el arte y la vida eran la misma cosa, donde cada gesto cotidiano era potencialmente una obra maestra.

Pero la perfección absoluta, como sabían los antiguos griegos, siempre contiene las semillas de su propia destrucción.

La Ruptura: Caminar Para Despedirse

Para 1988, después de doce años de fusión total, algo había comenzado a fracturarse. Las entrevistas de la época sugieren diferencias creativas, agotamiento físico, la imposibilidad de mantener la intensidad absoluta para siempre. Marina quería explorar su carrera en solitario. Ulay sentía que habían llegado al límite de lo que podían crear juntos.

Otros hablan de infidelidades, de conflictos de ego, de la dificultad de ser una sola persona durante tanto tiempo. «Es imposible estar tan cerca sin lastimarse», confesaría Marina años después. «Conocíamos cada pensamiento del otro antes de que lo pensara. Era hermoso y terrible al mismo tiempo.»

En lugar de una separación convencional —abogados, divisiones de bienes, reproches— decidieron crear la performance de despedida más épica de la historia del arte.

The Lovers (1988) era un plan imposible: Marina caminaría desde la orilla del Mar Amarillo, en el este de China. Ulay partiría desde el desierto de Gobi, en el oeste. Recorrerían la Gran Muralla China durante 90 días hasta encontrarse exactamente en el medio. Y ahí, después de ese abrazo final, se despedirían para siempre.

90 días caminando hacia el fin de un amor. 90 días para procesar doce años de vida compartida. 90 días para transformar el dolor en arte, la ruptura en belleza.

Marina caminó 1.500 kilómetros desde el este. Ulay caminó 1.500 desde el oeste. El 27 de junio de 1988 se encontraron en Shenmu, provincia de Shaanxi. Se abrazaron. Lloraron. Y se dijeron adiós.

«Fue la cosa más dolorosa y más hermosa que hice en mi vida», recordaría Marina. «Romper una relación así, convertir la despedida en arte… ¿quién hace eso? Solo dos locos como nosotros.»

Y luego, el silencio. Veintitrés años de silencio absoluto.

El Silencio de 23 Años

Marina se quedó con el perro que habían adoptado juntos —un pastor alemán llamado Alba— y se mudó a Nueva York. Ulay regresó a Ámsterdam, donde eventualmente formaría una nueva familia. Durante las siguientes dos décadas, sus caminos no se cruzarían ni una sola vez.

Marina se convirtió en la performer más famosa del mundo. Sus obras en solitario —The House with the Ocean View, Seven Easy Pieces, The Artist is Present— la catapultaron a la fama internacional. Apareció en portadas de revistas, colaboró con Lady Gaga, dio conferencias TED, se volvió el rostro visible del performance art global.

Ulay continuó con su trabajo, más discreto pero igualmente profundo. Sus fotografías y performances exploraban la identidad, el género, la memoria. En entrevistas ocasionales, hablaba de Marina con una mezcla de respeto y melancolía. «Fue la mujer más extraordinaria que conocí», decía. «Y probablemente por eso no pudimos seguir juntos.»

¿Qué pasó entre ellos durante esos 23 años? Según las fuentes cercanas, hubo dolor, por supuesto. Resentimiento. Admiración a la distancia. Marina se refería a Ulay como «mi gran amor perdido». Ulay hablaba de ella como «la artista más valiente que conozco».

Pero nunca se contactaron. Nunca se vieron. El pacto de The Lovers había sido claro: la despedida era definitiva.

Hasta mayo de 2010.

El Artista Está Presente

The Artist is Present era la performance más ambiciosa de Marina hasta ese momento. Durante tres meses completos —736 horas y 30 minutos— se sentaría inmóvil en una silla del MoMA, mirando en silencio a cada persona que se sentara frente a ella. Sin hablar, sin tocar, sin moverse. Solo presencia pura.

La idea era simple y radical: en un mundo acelerado, lleno de distracciones digitales, ofrecer el regalo más escaso de todos: atención completa, presencia absoluta. «Quería dar a la gente lo que más necesitamos y menos tenemos: tiempo», explicaba Marina.

La performance se volvió viral antes de que existieran las redes sociales como las conocemos hoy. Personas de todo el mundo hacían colas de horas para sentarse frente a Marina. Algunos lloraban, otros reían, muchos experimentaban algo que no podían explicar. Los videos del MoMA se volvieron virales en YouTube. The Artist is Present se convirtió en un fenómeno cultural.

Marina estaba en su momento de gloria absoluta. A los 63 años, había logrado algo que muy pocos artistas consiguen: hacer que el arte fuera simultáneamente popular y profundo, accesible y trascendente.

Y entonces, en el día 75 de la performance, apareció Ulay.

Según testigos, Marina lo vio acercarse antes de que él se sentara. Su respiración cambió. Sus manos, que habían permanecido inmóviles durante dos meses y medio, temblaron imperceptiblemente. Cuando Ulay se sentó frente a ella, algo se quebró en el aire del museo.

Marina extendió sus brazos hacia él —la primera vez que rompía las reglas de su propia performance— y las lágrimas corrieron por su rostro como ríos. Ulay sonrió con una mezcla de dolor y ternura. El público, sin saber exactamente qué estaba presenciando, se quedó en silencio absoluto.

Un minuto y cuarenta y tres segundos que contienen toda la historia del amor moderno.

Después, Marina volvió a su posición original. Ulay se levantó y se fue. No intercambiaron palabras. No hacía falta.

«En ese momento entendí que todo —toda la performance, toda mi carrera, todo el dolor— había sido para llegar a ese instante», diría Marina años después. «Era como si los últimos 23 años hubieran sido solo una larga preparación para ese momento de gracia.»

YouTube player

El Arte Como Carta de Amor

¿Qué vimos en esos un minuto y cuarenta y tres segundos que estuvieron cara a cara? ¿Era amor todavía? ¿Era perdón? ¿Era la demostración de que algunas conexiones humanas trascienden el tiempo, el dolor, la distancia?

Marina y Ulay crearon juntos algo que muy pocas parejas logran: convirtieron su amor en arte imperecedero. Sus performances de los años 70 y 80 siguen siendo estudiadas en universidades de todo el mundo. Su historia es citada como ejemplo de que el arte puede nacer de la intimidad más profunda sin traicionarla.

Pero quizás lo más extraordinario es que también supieron convertir su despedida en belleza. The Lovers y el reencuentro en el MoMA demuestran que es posible amar sin poseer, recordar sin amargura, encontrarse sin necesidad de quedarse.

En un mundo donde las relaciones se terminan con mensajes de texto, donde el amor se convierte en contenido para redes sociales, donde la ruptura es sinónimo de fracaso, Marina y Ulay nos enseñaron algo diferente: que es posible amar tan profundamente que incluso la despedida se vuelva una obra de arte.

«Creo que Marina y yo demostramos que el amor verdadero no necesita durar para siempre para ser eterno», dijo Ulay en una entrevista años después del reencuentro. «Algunas historias son perfectas precisamente porque terminan en el momento justo.»

Marina, siempre más poética, lo expresó de otra manera: «Ulay me enseñó que el amor no es algo que tienes, sino algo que eres. Y eso no se puede perder nunca, aunque la persona se vaya.»

Hoy, cuando vemos el video de ese reencuentro —y si no lo has visto aún, no sigas leyendo; pon play; te lo prometo: vas a llorar—, entendemos que estamos presenciando algo más que una performance. Estamos viendo la demostración de que es posible amar sin condiciones, despedirse sin rencor, encontrarse sin necesidad de recuperar lo perdido.

Marina y Ulay nos dieron la lección de amor más hermosa y más devastadora del arte contemporáneo: que el verdadero amor no es estar juntos para siempre, sino poder mirarse a los ojos después de 23 años y reconocer que todo el dolor valió la pena porque nos convirtió en quienes estábamos destinados a ser.

Y que a veces, solo a veces, el arte puede ser una carta de amor que trasciende el tiempo, la distancia y hasta la muerte. Una carta que se lee con lágrimas, que se entiende con el corazón, y que nos recuerda que en algún lugar del mundo, alguien nos amó tan profundamente que ese amor se volvió eterno.

Aunque nosotros, como ellos, hayamos tenido que aprender a vivir sin él.



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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

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