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El ultimo dia de espera
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12 May 2026, Mar

El ultimo dia de espera

EL ULTIMO DIA DE ESPERA

de Mariano Rodriguez Castellanos

 

Cuando su mano rozó el picaporte, se detuvo en seco. Una certeza brutal lo atravesó, de esas que solo sienten los hombres que han convivido demasiado tiempo con una esperanza que ya no sabe si duele o sostiene. En el aire tibio de la tarde flotaba el aroma de un perfume que había perseguido en sueños durante años innumerables, y que ahora regresaba como regresan los fantasmas: sin aviso y con la puntualidad implacable del destino. Entonces lo supo, con esa claridad terrible de las revelaciones que llegan cuando ya es demasiado tarde para huir de ellas: la espera había terminado. Abrió la puerta con la parsimonia de quien sabe que cada gesto puede ser el último de una época. Allí estaba, en el suelo de parquet gastado, junto a la factura amarillenta del gas: una carta. Yacía inerte y pasiva, de un blanco tan inmaculado como el guardapolvo de quinto grado que su madre le había comprado en la única tienda del pueblo, aquel que usó hasta que los puños se le quedaron cortos y las mangas parecían las alas de un pájaro que hubia perdido la capacidad de volar. Pero lo que verdaderamente le robó el aliento, como si el aire mismo se hubiera vuelto de fuego, fue la letra inconfundible de Ella, esa caligrafía que había aprendido a reconocer en la oscuridad, como se reconoce el tacto de una cicatriz antigua.

Un pánico exquisito, de esos que solo experimentan los virgenes cuando haran el amor por primera vez, le recorrió el cuerpo como un cosquilleo eléctrico que se alojó en su estómago con la persistencia de una fiebre. Primero se inclinó en cuclillas, con la torpeza de un hombre que ha olvidado cómo se doblan las rodillas, luego terminó sentado en el piso frío, junto a la carta perfumada, con la espalda apoyada contra una de las paredes beige del living que habían pintado juntos. La tomó entre sus manos con la delicadeza infinita de quien sostiene un colibrí herido; acarició la textura del sobre como si fuera la piel tibia y suave de Ella en aquellas tardes de lluvia cuando el mundo se reducía al tamaño de una cama. Aspiró su fragancia una y otra vez, en un gesto que habría parecido obsceno a cualquier testigo, pero que para él era tan natural como respirar. Cerró los ojos y dejó que su mente se perdiera en el laberinto de las posibilidades. Trataba de adivinar, con la desesperación meticulosa de un arqueólogo: ¿cuántas hojas contendría el sobre? ¿De qué color sería la tinta? Cuántas oraciones habría escrito? ¿Cuántos párrafos? Y, sobre todo, ¿qué habría dicho después de tanto silencio? Fantaseó con las disculpas que tanto había deseado escuchar, con una promesa de retorno, y con una frase final capaz de liberarlo de aquella rutina gris que se había instalado en su vida como la humedad en las paredes viejas, de aquella monotonía que pesaba sobre sus hombros como la losa de mármol de un sepulcro. Imaginó esas palabras mágicas que podrían devolverle la vida, simples y devastadoras: «otra vez te quiero».

Con un esfuerzo que pareció nacer de sus entrañas más profundas, se incorporó. Caminó hasta la cocina con la carta todavía cerrada en las manos, atravesando el pasillo donde otrora colgaban retratos de ellos, cuando creían que el futuro era tan largo como la eternidad. Sin mirarla una vez más, sin permitir que sus ojos se detuvieran en el nombre escrito con esa letra que conocía como un ciego conoce el braille, la arrojó al cesto de basura, donde cayó con el sonido seco de todas las cosas que mueren antes de haber vivido.

Y nunca más volvió a pensar en Ella.

 

 


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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

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