La Noche Dividida: Una Historia del Sueño Humano desde la Edad Media
Cómo dormíamos cuando la oscuridad regía el mundo y por qué la modernidad cambió para siempre nuestra relación con el descanso
En algún momento entre las primeras campanadas de maitines y el canto del gallo, cuando la noche medieval aún envolvía las aldeas europeas en su manto impenetrable, los habitantes de estas tierras despertaban. No por accidente, sino por costumbre milenaria. Se incorporaban en sus lechos de paja, encendían una vela si tenían la fortuna de poseerla, y durante una o dos horas se dedicaban a actividades que hoy nos parecerían impensables en plena madrugada: rezar, reflexionar, visitar a los vecinos, mantener relaciones íntimas o simplemente contemplar las estrellas desde el umbral de sus moradas.
Este fenómeno, que los historiadores han denominado «sueño segmentado» o «sueño bifásico», constituye uno de los hallazgos más fascinantes de la investigación histórica contemporánea sobre los patrones de descanso humano. Durante siglos, tal vez milenios, la humanidad no dormía de forma continua como lo hacemos hoy. La noche se dividía en dos períodos de sueño claramente diferenciados: el «primer sueño» y el «segundo sueño», separados por un intervalo de vigilia que duraba entre una y tres horas.
El Sueño Fragmentado de la Edad Media
Los documentos medievales están plagados de referencias a esta peculiar organización del descanso nocturno. Los manuales de medicina de la época, como el Regimen Sanitatis Salernitanum, recomendaban específicamente que el primer sueño fuera más breve que el segundo. Los textos religiosos hacían alusión constante a las «vigilias» nocturnas, no como práctica excepcional de los monjes, sino como parte natural del ritmo vital de cualquier cristiano devoto.
El historiador Roger Ekirch, de la Universidad Tecnológica de Virginia, ha documentado más de quinientas referencias literarias, legales, médicas y eclesiásticas a este patrón de sueño dividido en fuentes que abarcan desde el siglo XII hasta el XVIII. En los Canterbury Tales de Geoffrey Chaucer, escritos en el siglo XIV, encontramos a personajes que despiertan naturalmente tras su «primera dormida» para realizar diversas actividades. Los registros judiciales medievales revelan que muchos crímenes se cometían durante estas horas de vigilia nocturna, cuando las calles no estaban completamente desiertas pero tampoco vigiladas.
Esta organización del sueño no era meramente una adaptación cultural, sino que respondía a condicionantes biológicos y ambientales profundos. Antes de la llegada de la iluminación artificial, los ciclos de luz y oscuridad determinaban de manera mucho más directa los ritmos vitales humanos. Al caer la noche, temprano en invierno y más tarde en verano, las familias medievales se retiraban a sus lechos no necesariamente para dormir toda la noche de corrido, sino para iniciar un ciclo de descanso más complejo y natural.
La arquitectura doméstica medieval reflejaba esta realidad. Las casas no tenían habitaciones separadas para el sueño; la familia entera dormía en un mismo espacio, a menudo compartiendo grandes lechos comunales. Los más pobres dormían sobre jergones de paja, mientras que los privilegiados disponían de colchones rellenos de plumas. Pero todos, independientemente de su clase social, experimentaban este patrón de sueño fragmentado.
La Intimidad de la Vigilia Nocturna
¿Qué hacían las personas medievales durante esas horas de vigilia nocturna? Los documentos de la época revelan una rica variedad de actividades. Los textos médicos recomendaban que fuera el momento ideal para las relaciones sexuales, considerando que el cuerpo había descansado lo suficiente después del primer sueño y aún conservaba energía para la intimidad. Los manuales de matrimonio de la época tardía medieval y del Renacimiento temprano hacían referencia explícita a estas prácticas.
Era también el momento privilegiado para la oración personal y la contemplación espiritual. Los libros de horas, esos hermosos manuscritos iluminados que contenían las oraciones cotidianas de los fieles, incluían plegarias específicas para estas vigilias nocturnas. Santa Teresa de Ávila, en sus escritos del siglo XVI, describe con precisión estas horas de oración nocturna que se intercalaban entre los períodos de sueño.
La actividad intelectual también florecía en estas horas. Los cronistas medievales relatan que muchos sabios y eruditos aprovechaban la quietud nocturna para sus estudios más profundos. La mente, liberada de las preocupaciones diurnas pero aún no entregada completamente al descanso, alcanzaba un estado de claridad particular que favorecía la meditación y el pensamiento abstracto.
El Universo Onírico Medieval
Los sueños ocupaban un lugar central en la cosmología medieval. No eran considerados meros productos de la actividad cerebral, sino ventanas hacia realidades superiores, mensajes divinos o, en ocasiones, tentaciones demoníacas. Los tratados de interpretación de sueños, herederos de la tradición clásica pero adaptados a la sensibilidad cristiana, circulaban ampliamente entre las clases letradas.
Macrobio, en su Comentario al Sueño de Escipión, había establecido una taxonomía onírica que perduró durante toda la Edad Media. Distinguía entre somnium (sueño profético que requiere interpretación), visio (visión clara del futuro), oraculum (revelación divina directa), insomnium (sueño causado por preocupaciones físicas o mentales) y visum (alucinación entre el sueño y la vigilia). Esta clasificación no era meramente académica; influía en la manera en que las personas experimentaban y recordaban sus sueños.
Los monasterios desarrollaron una cultura onírica particularmente sofisticada. Los sueños de los santos y místicos eran registrados cuidadosamente, interpretados teológicamente y, en muchos casos, incorporados a la hagiografía oficial. El Dialogus Miraculorum de Cesario de Heisterbach, escrito en el siglo XIII, contiene centenares de relatos de sueños proféticos, visiones celestiales y apariciones sobrenaturales experimentadas por monjes y religiosos.
La Revolución del Sueño en el Renacimiento
El Renacimiento marcó el comienzo de una transformación gradual pero profunda en los patrones de sueño occidentales. Varios factores convergieron para alterar la milenaria tradición del sueño segmentado. La difusión de la imprenta permitió la lectura nocturna a una escala antes impensable. Los libros comenzaron a competir con el sueño por las horas de oscuridad.
La urbanización creciente modificó los ritmos vitales. En las ciudades, la vida nocturna se intensificó gradualmente. Los artesanos trabajaban hasta más tarde, los comerciantes extendían sus horarios, y la socialización nocturna se volvió más común entre las clases acomodadas. Los cafés, que aparecieron en Europa en el siglo XVII, introdujeron el consumo regular de cafeína, alterando los patrones naturales de vigilia y sueño.
Leonardo da Vinci, paradigma del hombre renacentista, experimentó con patrones de sueño extremos. Sus cuadernos revelan que practicaba lo que hoy llamaríamos «sueño polifásico»: dormía apenas dos horas por noche, complementadas con sietas de 15 minutos cada cuatro horas. Esta práctica, que le permitía trabajar casi veinte horas diarias, ilustra la nueva mentalidad que comenzaba a ver el sueño como un obstáculo para la productividad más que como parte natural del ritmo vital.
La Medicalización del Sueño
El siglo XVII presenció el nacimiento de la medicina moderna del sueño. Los médicos comenzaron a estudiar sistemáticamente los trastornos del descanso, alejándose de las explicaciones sobrenaturales medievales. Thomas Willis, anatomista inglés del siglo XVII, fue uno de los primeros en describir clínicamente la apnea del sueño y otros trastornos respiratorios nocturnos.
Los tratados médicos de la época reflejan esta nueva aproximación científica. El Treatise of the Hypochondriack and Hysterick Passions de Bernard Mandeville, publicado en 1711, analiza detalladamente la relación entre el sueño y la salud mental. Por primera vez en la historia, el insomnio comenzó a ser considerado una enfermedad médica específica, no simplemente un castigo divino o una manifestación de desequilibrio humoral.
Esta medicalización del sueño coincidió con cambios profundos en la organización social del descanso. Las clases altas comenzaron a adoptar horarios de sueño más tardíos, influenciadas por la vida cortesana y la socialización nocturna. Luis XIV, el Rey Sol, estableció un ceremonial del coucher (termino frances para referirse al ¨acostarse¨) que ritualizaba ese momento y lo convertía en un acto social y político.
La Revolución Industrial y el Fin del Sueño Natural
La Revolución Industrial del siglo XVIII representó el golpe de gracia para el sueño segmentado tradicional. La introducción de la iluminación artificial a gran escala alteró fundamentalmente la relación humana con los ciclos naturales de luz y oscuridad. Las fábricas, que funcionaban con horarios estrictos y productividad medida, no podían tolerar los patrones irregulares del sueño natural.
Los trabajadores industriales se vieron forzados a adaptar sus ritmos biológicos a las necesidades de la producción. El sueño se convirtió en un commodity que debía ser optimizado y racionalizado. Los manuales de higiene industrial de la época prescribían ocho horas de sueño continuo como ideal para el trabajador eficiente.
Benjamin Franklin, con su máxima «early to bed and early to rise, makes a man healthy, wealthy, and wise» (acostarse temprano y levantarse temprano hace al hombre saludable, rico y sabio), encarnaba esta nueva mentalidad que valoraba la productividad por encima de los ritmos naturales. Su invención del pararrayos había demostrado que la ciencia podía dominar las fuerzas naturales; ahora era el turno del sueño. El estado entonces avanzaba sobre la canducta de la sociedad tambien en cuanto al descanso.
El Sueño Burgués del Siglo XIX
El siglo XIX consolidó la transformación del sueño occidental. La burguesía emergente desarrolló una cultura del descanso que enfatizaba la privacidad, la comodidad y la higiene. Las casas burguesas incorporaron dormitorios separados, un lujo impensable para las clases trabajadoras que aún compartían espacios comunales. Incluso en nuestro pais en los primeros años del siglo XX las viviendas populares en los barrios mas humildes como la boca o dock sud en Avellaneda eran de madera y de una sola habitacion general.
La literatura de la época reflejó esta nueva sensibilidad. Charles Dickens, en sus Sketches by Boz, describía con precisión antropológica los diferentes patrones de sueño de las clases sociales londinenses. Las novelas realistas del siglo XIX están llenas de referencias a los nuevos rituales del descanso: los camisones de seda, las camas con dosel, las habitaciones ventiladas según los últimos preceptos médicos.
Los avances en la fabricación de colchones, almohadas y ropa de cama transformaron la experiencia física del sueño. Los colchones de resortes, inventados en la década de 1850, ofrecían un confort sin precedentes. Las sábanas de algodón, producidas en masa por las fábricas textiles, democratizaron el lujo del lecho limpio y suave. Incluso el ser ¨colchonero¨ se transformo en un nuevo oficio muy redituable.
La Neurología del Sueño
Los primeros estudios neurológicos del sueño aparecieron en la segunda mitad del siglo XIX. El neurólogo alemán Wilhelm Griesinger propuso en 1861 que los sueños eran productos de la actividad cerebral residual durante el descanso. Sus observaciones, aunque primitivas, sentaron las bases para la comprensión científica moderna del sueño.
El descubrimiento de las ondas cerebrales por Hans Berger en 1924 revolucionó el estudio del sueño. Por primera vez, los científicos podían observar objetivamente la actividad cerebral durante el descanso. Los electroencefalogramas revelaron que el sueño no era un estado pasivo, sino un proceso activo y complejo con múltiples fases.
Nathaniel Kleitman, considerado el padre de la medicina del sueño moderna, estableció en la década de 1950 los fundamentos científicos para el estudio de los ritmos circadianos. Sus experimentos en cuevas aisladas demostraron que el cuerpo humano posee relojes biológicos internos que regulan los ciclos de vigilia y sueño.
El Sueño en el Siglo XX: Entre la Ciencia y la Patología
El siglo XX presenció una explosión en el conocimiento científico del sueño. El descubrimiento del sueño REM (Rapid Eye Movement) por Eugene Aserinsky y Nathaniel Kleitman en 1953 reveló que el sueño tenía una arquitectura compleja con fases diferenciadas. Los sueños, relegados durante siglos al ámbito de la superstición, recuperaron legitimidad científica como fenómenos neurológicos dignos de estudio.
Paralelamente, el siglo XX vio nacer una auténtica patología del sueño. Los trastornos del descanso se multiplicaron exponencialmente: insomnio crónico, apnea del sueño, síndrome de piernas inquietas, narcolepsia, terrores nocturnos. La medicina del sueño se constituyó como especialidad médica independiente, con laboratorios especializados, técnicas diagnósticas sofisticadas y tratamientos farmacológicos específicos.
Esta medicalización intensiva del sueño coincidió con cambios sociales profundos. La electrificación masiva, la televisión, el trabajo nocturno, los viajes transoceánicos y la vida urbana 24/7 alteraron radicalmente los patrones de sueño occidentales. Por primera vez en la historia, grandes sectores de la población vivían completamente desconectados de los ritmos naturales de luz y oscuridad.
La Paradoja del Sueño Moderno
El siglo XXI nos ha legado una paradoja fascinante: nunca hemos sabido tanto sobre el sueño desde el punto de vista científico, pero nunca hemos dormido tan mal. Los estudios epidemiológicos revelan que los trastornos del sueño afectan a más del 30% de la población occidental. El insomnio crónico, prácticamente desconocido en las sociedades pre-industriales, se ha convertido en una epidemia silenciosa.
Las pantallas luminosas, omnipresentes en nuestras vidas, alteran la producción de melatonina y disrumpen los ritmos circadianos. Los dispositivos electrónicos han invadido el dormitorio, ese espacio que la modernidad había sacralizado como santuario del descanso. La conectividad permanente difumina las fronteras entre el día y la noche, entre la vigilia y el sueño.
Los somníferos se han convertido en una industria multimillonaria. Medicamentos como el zolpidem o el zopiclone, diseñados para uso ocasional, se consumen de manera crónica por millones de personas. La industria farmacéutica ha medicalizado el sueño hasta extremos que hubieran parecido absurdos a generaciones anteriores.
Asimismo cuestiones medicas, como la pandemia de obesidad, son causales de trastornos graves en el sueño moderno, como las apneas.
El Retorno de los Ritmos Ancestrales
Paradójicamente, el siglo XXI también ha visto nacer un movimiento de retorno a los patrones de sueño más naturales. Los estudios antropológicos de sociedades pre-industriales contemporáneas han confirmado que el sueño segmentado sigue siendo común en culturas no occidentales. Los hadza de Tanzania, los san del Kalahari y otras sociedades cazadoras-recolectoras mantienen patrones de sueño que recuerdan a los de la Europa medieval.
Estos hallazgos han inspirado a investigadores y terapeutas a cuestionar los dogmas del sueño moderno. Thomas Wehr, del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, realizó experimentos pioneros en los años 1990 que demostraron que seres humanos contemporáneos, expuestos a patrones de luz pre-industriales, desarrollaban espontáneamente sueño segmentado tras varias semanas.
La cronobiología, disciplina que estudia los ritmos biológicos, ha revelado que nuestros genes conservan la memoria de patrones de sueño ancestrales. Los llamados «genes reloj» regulan ciclos que van mucho más allá de la simple alternancia día-noche. Existirían ritmos ultradianos, infradianos y estacionales que la vida moderna ha alterado profundamente.
La Tecnología del Sueño Contemporáneo
La tecnología contemporánea ha generado una nueva relación con el sueño. Los dispositivos de monitoreo del sueño, desde simples pulseras hasta sofisticados equipos de polisomnografía doméstica, han democratizado el acceso a información antes reservada a laboratorios especializados. Millones de personas conocen ahora sus patrones de sueño REM, sus ciclos de vigilia nocturna y la calidad de su descanso.
Las aplicaciones móviles prometen optimizar el sueño a través de algoritmos que analizan movimientos, sonidos y patrones respiratorios. La «quantified self» ha llegado al dormitorio, transformando el sueño en un conjunto de datos que pueden ser medidos, analizados y optimizados.
Esta tecnologización del sueño genera nuevas formas de ansiedad. La obsesión por el «sueño perfecto» puede convertirse en una fuente de estrés que, paradójicamente, empeora la calidad del descanso. Los especialistas han acuñado el término «ortosomnia» para describir la preocupación patológica por optimizar el sueño.
Reflexiones Antropológicas sobre el Sueño
La historia del sueño humano revela verdades profundas sobre nuestra naturaleza como especie. Durante milenios, el sueño fue un fenómeno social, comunitario y ritual. Las familias dormían juntas, las comunidades compartían espacios de descanso, y los sueños eran interpretados colectivamente como mensajes con significado para todo el grupo.
La modernidad ha privatizado e individualizado el sueño. Cada persona duerme en su espacio privado, sus sueños son considerados productos puramente personales, y los trastornos del sueño se tratan como problemas médicos individuales. Esta transformación refleja cambios antropológicos más amplios: el paso de sociedades colectivistas a individualistas, de economías agrícolas a industriales, de cosmologías sagradas a racionalidades científicas.
Los pueblos indígenas de Australia mantienen una relación con el sueño que recuerda a la de nuestros ancestros medievales. Para los aborígenes australianos, el «Dreamtime» no es simplemente el tiempo de los sueños, sino una dimensión paralela de la realidad donde convergen pasado, presente y futuro. Los sueños no son eventos privados, sino experiencias comunitarias que conectan a los individuos con sus ancestros y con el territorio.
El Sueño como Resistencia Cultural
En el contexto de la globalización contemporánea, los patrones de sueño se han convertido en un campo de resistencia cultural. Comunidades que mantienen ritmos de vida pre-modernos preservan también formas de descanso que desafían la lógica productivista del capitalismo global.
En España, la siesta tradicional ha sobrevivido como una forma de resistencia silenciosa a los horarios industriales. Aunque presionada por las demandas de la economía globalizada, la siesta mantiene su legitimidad cultural como expresión de una sabiduría ancestral sobre los ritmos naturales del cuerpo humano.
Los movimientos slow life y de decrecimiento económico han reivindicado el derecho al sueño natural como una forma de resistencia política. Dormir bien, según estos movimientos, es un acto de rebeldía contra un sistema que mercantiliza el tiempo y subordina las necesidades biológicas a las demandas productivas.
Conclusiones: El Futuro del Sueño Humano
La historia del sueño humano desde la Edad Media hasta nuestros días revela una transformación profunda en uno de los aspectos más íntimos de la experiencia humana. Hemos pasado de un sueño natural, comunitario y ritualizado a un sueño medicalizado, privatizado y tecnologizado.
Los desafíos contemporáneos del sueño no son meramente médicos o tecnológicos, sino profundamente culturales y antropológicos. La epidemia de insomnio que afecta a las sociedades desarrolladas es síntoma de una desconexión más amplia con los ritmos naturales y las necesidades biológicas fundamentales.
La investigación científica contemporánea está redescubriendo la sabiduría de patrones de sueño ancestrales. Los estudios sobre sueño segmentado, ritmos circadianos y cronobiología sugieren que nuestros ancestros medievales tal vez sabían algo sobre el descanso que nosotros hemos olvidado en nuestra prisa por optimizar y racionalizar cada aspecto de la vida.
El futuro del sueño humano dependerá de nuestra capacidad para integrar los avances científicos con una comprensión más profunda de las necesidades biológicas y culturales fundamentales. Tal vez necesitemos redescubrir la sabiduría de aquellos que, en la oscuridad de la noche medieval, despertaban naturalmente para contemplar las estrellas, reflexionar sobre el misterio de la existencia y conectar con ritmos más profundos que los dictados por la productividad y la eficiencia.
La historia del sueño es, en última instancia, la historia de cómo los seres humanos han negociado la tensión entre naturaleza y cultura, entre necesidades biológicas y demandas sociales, entre lo individual y lo colectivo. En nuestros patrones de sueño se refleja nuestra manera de entender el tiempo, la intimidad, la salud, la productividad y, finalmente, el sentido mismo de la existencia humana.
La noche medieval, con su sueño fragmentado y sus vigilias contemplativas, nos recuerda que el descanso puede ser algo más que la mera recuperación de energías para el día siguiente. Puede ser un espacio de intimidad, reflexión, espiritualidad y conexión con los ritmos más profundos de la vida. En un mundo que nunca duerme, tal vez sea hora de redescubrir la sabiduría de aquellos que sabían que la noche está hecha tanto para despertar como para dormir, tanto para la soledad como para la compañía, tanto para el silencio como para la conversación susurrada en la oscuridad.
Este artículo usa de fuentes y se basa en textos e investigaciones históricas, antropológicas y neurocientíficas contemporáneas sobre los patrones de sueño humano. Las referencias incluyen los trabajos pioneros de Roger Ekirch sobre sueño segmentado, los estudios de Thomas Wehr sobre ritmos circadianos, y las investigaciones antropológicas sobre patrones de sueño en sociedades pre-industriales contemporáneas.
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