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Los 72 Días que Incendiaron el Cielo: Una crónica sobre la Comuna de París
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12 May 2026, Mar

Los 72 Días que Incendiaron el Cielo: Una crónica sobre la Comuna de París

Los 72 Días que Incendiaron el Cielo

Una crónica sobre la Comuna de París

El amanecer del 28 de mayo de 1871 llegó envuelto en humo negro sobre el cementerio de Père-Lachaise. Entre las tumbas de poetas y burgueses, los últimos communards apretaban sus fusiles Chassepot con manos ensangrentadas. Ya no quedaban cartuchos. Solo piedras arrancadas de los mausoleos para arrojar contra las tropas versallesas que avanzaban como una marea oscura entre los cipreses. Contra el muro del fondo del cementerio —ese muro que la historia grabaría con sangre en su memoria— ciento cuarenta y siete hombres y mujeres esperaban de pie. No pidieron vendas para los ojos. Querían ver de frente el rostro de sus verdugos, esos soldados que alguna vez habían sido sus hermanos de clase antes de que Thiers los convirtiera en perros de la reacción.

«¡Viva la Comuna!», gritó una mujer cuyo nombre la historia oficial borraría. El pelotón de fusilamiento descargó sus rifles. Los cuerpos cayeron unos sobre otros, formando una pirámide humana de carne y sueños rotos. Algunos todavía respiraban cuando los soldados se acercaron a rematar con bayoneta. París ardía. El cielo, teñido del rojo de los incendios, parecía sangrar sobre la ciudad que durante setenta y dos días había osado imaginar que otro mundo era posible.

El hambre tiene rostro de revolución

Para entender cómo París llegó a arder, hay que retroceder al invierno de 1870. Francia yacía humillada bajo la bota prusiana. Napoleón III había caído prisionero en Sedán, arrastrando consigo al Segundo Imperio hacia el basurero de la historia. Los prusianos cercaban París desde septiembre. En las calles de Belleville y Montmartre, los obreros comían ratas y gatos, cuando los había. Los ricos de los barrios occidentales todavía conseguían ostras y champagne de contrabando. El pan costaba cincuenta céntimos el kilo, cuando un obrero ganaba tres francos al día, si es que trabajaba.

Adolphe Thiers, ese enano siniestro de la burguesía francesa, negociaba en Versalles la rendición. Prometió a Bismarck una indemnización de cinco mil millones de francos y la entrega de Alsacia y Lorena. Pero había un problema: París no quería rendirse. París había resistido el sitio durante cuatro meses. París había visto a sus hijos morir de hambre y de frío en las barricadas. París tenía trescientos cincuenta mil fusiles en manos de la Guardia Nacional, esa milicia ciudadana formada por obreros, artesanos, pequeños comerciantes. París era una bomba a punto de estallar.

El 18 de marzo, Thiers cometió el error que encendería la mecha. Ordenó al ejército regular apoderarse de los cañones de la Guardia Nacional emplazados en Montmartre. Los había pagado el pueblo con suscripción popular durante el sitio prusiano. Eran suyos. A las tres de la madrugada, las tropas del general Lecomte subieron la colina en silencio. Tomaron los cañones sin resistencia. Pero habían olvidado los caballos para arrastrarlos. Mientras esperaban, el sol salió sobre París.

Louise Michel, la maestra anarquista de Montmartre, fue la primera en ver a los soldados. Corrió colina abajo gritando: «¡Traición! ¡Nos roban los cañones!». Las mujeres salieron primero, todavía en camisón, arrastrando a sus hijos. Luego los hombres, muchos con el uniforme de la Guardia Nacional. Rodearon a los soldados. Les hablaron. Les recordaron que eran hijos del pueblo, no lacayos de Versalles. Les ofrecieron vino y pan. Los soldados del 88º regimiento de línea bajaron los fusiles. Algunos lloraban. Cuando el general Lecomte ordenó disparar sobre la multitud, sus propios hombres lo arrestaron. A las once de la mañana, la bandera roja ondeaba sobre Montmartre.

La ciudad de la luz se vuelve roja

Thiers huyó a Versalles esa misma noche, arrastrando consigo al gobierno, al ejército, a la policía, a los funcionarios. Dejó París en manos del pueblo. Era la primera vez en la historia que una capital europea quedaba bajo control absoluto de la clase trabajadora. El 26 de marzo se celebraron elecciones. Votaron 229,167 parisinos. La Comuna fue proclamada el 28 de marzo desde el balcón del Hôtel de Ville, entre banderas rojas y el estruendo de los cañones que saludaban el nacimiento de un mundo nuevo.

¿Quiénes eran estos communards que osaban desafiar el orden establecido? Obreros metalúrgicos como Benoît Malon. Encuadernadores como Eugène Varlin, ese joven de rostro crístico que moriría torturado en Montmartre. Pintores fracasados como Gustave Courbet. Poetas malditos como Jules Vallès. Maestras como Louise Michel. Mujeres del pueblo como Nathalie Lemel, André Léo, Elisabeth Dmitrieff. Blanquistas, proudhonianos, jacobinos, internacionalistas. No tenían un programa coherente. Tenían algo más peligroso: la certeza ardiente de que el viejo mundo debía morir.

La Comuna legisló como si tuviera toda la eternidad por delante. Abolió el trabajo nocturno de los panaderos. Prohibió los descuentos sobre los salarios. Devolvió gratuitamente las herramientas empeñadas en el Monte de Piedad. Fijó un salario máximo de 6,000 francos anuales para todos los funcionarios, incluidos los miembros de la Comuna. Separó la Iglesia del Estado. Transformó las iglesias en clubes populares donde se discutía hasta el amanecer. Entregó los talleres abandonados a las cooperativas obreras. Abolió la guillotina quemándola públicamente al pie de la estatua de Voltaire. Decretó que las viudas de los guardias nacionales muertos, estuvieran casadas o no, recibirían pensión.

Las mujeres de París no esperaron que les dieran derechos: los tomaron. Formaron el Club de la Revolución Social en la iglesia de Saint-Germain l’Auxerrois. Crearon la Unión de Mujeres para la Defensa de París. Organizaron talleres cooperativos. Exigieron igual salario por igual trabajo. Algunas, como Louise Michel, empuñaron el fusil en las barricadas. Otras, como la rusa Elisabeth Dmitrieff, de apenas veinte años, organizaron la resistencia desde los comités. «La Comuna», escribiría más tarde una superviviente anónima, «fue el único gobierno que nos trató como seres humanos completos.»

La pedagogía de las barricadas

París se transformó en un inmenso laboratorio social. En cada esquina nacían periódicos: Le Cri du Peuple, Le Père Duchêne, La Sociale. Los muros hablaban con afiches y proclamas. Los artistas pintaban la revolución en tiempo real. Courbet, nombrado presidente de la Federación de Artistas, ordenó derribar la columna Vendôme, ese símbolo del militarismo bonapartista. Cayó el 16 de mayo entre los vítores de la multitud y se hizo pedazos contra el suelo, como un presagio.

Los communards crearon una escuela nueva, laica, gratuita, obligatoria, igual para niños y niñas. «La ignorancia», declararon, «es la madre de todos los vicios y la fuente de todas las servidumbres.» Édouard Vaillant, el delegado de Instrucción Pública, abrió escuelas profesionales para mujeres. Se enseñaba ciencia en lugar de catecismo. Se prohibieron los castigos corporales. Los niños aprendían a pensar, no a obedecer.

Pero mientras París soñaba, Versalles preparaba la pesadilla. Thiers había reorganizado el ejército con los prisioneros liberados por Bismarck. Ciento treinta mil hombres cercaban París. Los communards apenas tenían treinta mil combatientes mal armados y peor organizados. Algunos jefes militares de la Comuna, como Louis Rossel, dimitieron desesperados ante la indisciplina y el caos organizativo. Otros, como el polaco Jarosław Dąbrowski, murieron heroicamente en las barricadas sabiendo que la causa estaba perdida.

La Semana Sangrienta

El 21 de mayo, un traidor abrió las puertas de París en Point-du-Jour. El ejército versallés entró como una plaga bíblica. MacMahon, el mariscal derrotado en Sedán, quería lavar su humillación con sangre obrera. Thiers le dio carta blanca. «Pas de quartier», no dar cuartel, fue la orden.

La Semana Sangrienta había comenzado. Los communards levantaron novecientas barricadas. Cada calle se convirtió en un campo de batalla. Las mujeres arrojaban aceite hirviendo desde las ventanas. Los niños llevaban municiones bajo el fuego graneado. Los versalleses avanzaban sistemáticamente, distrito por distrito, fusilando a todo el que llevara las manos ennegrecidas por la pólvora.

París ardía. Los communards, desesperados, prendieron fuego a las Tullerías, al Palacio de Justicia, al Hôtel de Ville. «Si hemos de morir», gritó un desconocido en la barricada de la rue Saint-Antoine, «que sea entre las ruinas del viejo mundo.» Los incendios duraron tres días. Los burgueses que volvían de Versalles juraban haber visto pétroleuses, mujeres incendiarias con botellas de petróleo. Era mentira, pero sirvió de excusa para fusilar a cualquier mujer pobre que llevara una botella de leche.

La matanza fue metódica, científica. En la prisión de La Roquette fusilaron a mil novecientos prisioneros en tres días. Los llevaban de cincuenta en cincuenta al patio. Les disparaban con ametralladoras Gatling, esas nuevas máquinas de matar que escupían doscientas balas por minuto. Los supervivientes eran rematados a bayonetazos. Los cadáveres se apilaban como leña. Cuando no cabían más, los quemaban con petróleo.

Delescluze, el viejo jacobino de setenta y cinco años que dirigía la defensa, se vistió con su mejor traje, el que usaba en la Asamblea, y caminó desarmado hacia una barricada en el Boulevard Voltaire. «Que mi muerte sea útil», dijo antes de ser acribillado. Varlin fue capturado en Montmartre. Lo pasearon media hora por las calles mientras la multitud burguesa lo escupía y golpeaba. Cuando lo fusilaron, su rostro estaba tan desfigurado que tuvieron que sentarlo en una silla porque no podía tenerse en pie.

El último muro

El 27 de mayo solo resistía Belleville. Los últimos communards se refugiaron en Père-Lachaise. Lucharon entre las tumbas hasta el anochecer. Cuando se quedaron sin municiones, fueron acorralados contra el muro del fondo. Ciento cuarenta y siete hombres y mujeres. Los fusilaron mientras cantaban La Marsellesa. Sus cuerpos fueron arrojados a una fosa común. Ese muro existe todavía. Cada primero de mayo, los socialistas de todo el mundo llevan flores rojas a ese lugar donde la esperanza fue asesinada y renace eternamente.

Las cifras del horror marean. Los versalleses reconocieron oficialmente 17,000 ejecuciones. Los historiadores hablan de 30,000 muertos. Hubo 43,000 arrestos. 10,000 condenas, de las cuales 23 a muerte y 4,586 a deportación a Nueva Caledonia. Entre los deportados iba Louise Michel, que sobreviviría para contar esta historia. También Nathalie Lemel. Los tribunales militares trabajaron cinco años juzgando communards. El último fusilado fue Louis-Nathaniel Rossel, el 28 de noviembre de 1871, en Satory. Tenía veintisiete años.

Las cenizas que no se apagan

La Comuna de París duró setenta y dos días. Fue ahogada en sangre con una ferocidad que espantó hasta a las monarquías europeas. Karl Marx, desde Londres, escribió que los communards «habían asaltado el cielo». Bakunin, su enemigo anarquista, coincidió por una vez: «París había resucitado de entre los muertos.»

¿Qué fue la Comuna? ¿Una revolución prematura? ¿Una jacquerie urbana? ¿El primer gobierno obrero de la historia? Fue todo eso y algo más: fue la prueba ardiente de que los de abajo podían gobernarse sin los de arriba. De que otro mundo no solo era posible sino que había existido, aunque fuera por setenta y dos días, en las calles de París.

Los communards cometieron errores garrafales. No marcharon sobre Versalles cuando pudieron. No tomaron el Banco de Francia. No supieron organizar la defensa militar. Fueron demasiado escrupulosos con las formas legales mientras sus enemigos preparaban el exterminio. Pero también fueron los primeros en imaginar en la práctica una sociedad sin explotadores ni explotados. Los primeros en decretar la igualdad real entre hombres y mujeres. Los primeros en separar la educación de la religión. Los primeros en subordinar el Estado a la sociedad y no al revés.

La sangre de los communards fertilizó las revoluciones del siglo XX. Sin la Comuna no se entiende la Revolución Rusa, ni la República Española, ni Mayo del 68, ni los movimientos de liberación del Tercer Mundo. Cada vez que los oprimidos del mundo levantan una barricada, los fantasmas de la Comuna vuelven a caminar. Cada vez que una mujer exige igualdad, Louise Michel sonríe desde su tumba. Cada vez que un obrero se niega a ser esclavo, Varlin resucita.

París fue reconstruido. Haussman completó sus bulevares diseñados para que la artillería pudiera barrer las barricadas. La columna Vendôme fue vuelta a erigir. Courbet tuvo que pagarla con su exilio y su ruina. El Hôtel de Ville fue reconstruido idéntico al anterior, como si nada hubiera pasado. Pero las piedras tienen memoria. En ciertos amaneceres de niebla, cuando la luz rasante ilumina los muros del este parisino, todavía pueden verse las marcas de las balas. Todavía puede olerse el humo. Todavía pueden escucharse los gritos de «¡Viva la Comuna!» antes de que los fusiles descarguen su trueno.

La Comuna de París no fue una utopía fracasada. Fue una distopía exitosa para los poderosos: la demostración práctica de su peor pesadilla, la prueba de que podían ser prescindibles. Por eso la ahogaron en sangre. Por eso borraron hasta los nombres de sus muertos. Por eso la calumniaron durante décadas. Pero las ideas no se fusilan. Los sueños no se deportan. La esperanza no tiene muro donde ejecutarla.

En algún lugar del mundo, ahora mismo, mientras lees estas líneas, alguien está levantando una barricada. No importa si es de adoquines o de palabras, de fusiles o de versos. La Comuna sigue viva en cada acto de rebeldía contra la injusticia. En cada no que se le dice al poder. En cada mano que se tiende solidaria hacia el caído. Los communards perdieron su batalla pero ganaron la eternidad. Están en cada primavera de los pueblos, en cada otoño de los tiranos, en cada invierno que prepara revoluciones.

El último superviviente conocido de la Comuna, Adrien Lejeune, murió en Siberia soviética en 1942, a los noventa y cuatro años. Había luchado en las barricadas siendo casi un niño. Vivió lo suficiente para ver la Revolución Rusa, el ascenso del fascismo, otra guerra mundial. Antes de morir, según cuenta la leyenda, dijo: «La Comuna no ha muerto. Solo está dormida. Cuando despierte, el mundo temblará.»

El mundo sigue temblando.


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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

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