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JUVENILIA, LEGADO Y EXAMEN: Entrar al Colegio Nacional de Buenos Aires
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3 Abr 2026, Vie

JUVENILIA, LEGADO Y EXAMEN: Entrar al Colegio Nacional de Buenos Aires

En las primeras páginas de Juvenilia, Miguel Cané evoca su ingreso al Colegio Nacional de Buenos Aires como quien accede a un templo. Las paredes altas, los pasillos fríos, los profesores severos, los compañeros traviesos: todo parece formar parte de un rito de iniciación, de esos que marcan para siempre. Más de un siglo después, aunque los pupitres hayan cambiado de forma y el guardapolvo blanco se haya vuelto opción, el ingreso al Colegio Nacional sigue siendo una de las experiencias más deseadas, temidas y memorables para miles de chicos y chicas porteños (y también para sus padres).

Un colegio, muchas historias

Fundado en 1863 por decreto de Bartolomé Mitre, el Colegio Nacional de Buenos Aires (CNBA) fue concebido como una institución de formación de élite, una suerte de cantera de la intelligentsia argentina. No es exagerado decir que en sus aulas se moldeó buena parte del pensamiento nacional. Allí estudiaron presidentes como Roque Sáenz Peña, Arturo Frondizi, Carlos Pellegrini y Marcelo T. de Alvear; científicos como José Balseiro, Bernardo Houssay (aunque no egresó del CNBA, fue profesor), y Julio Palacios; escritores como Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato y Manuel Mujica Láinez; artistas como Lino Spilimbergo; y hasta premios Nobel como Carlos Saavedra Lamas, primer latinoamericano en recibir el Nobel de la Paz.

Más allá de los nombres, lo que distingue al Colegio es su cultura: exigente, crítica, apasionada. El CNBA es parte de la Universidad de Buenos Aires (UBA), y eso se siente: el ambiente universitario, la autonomía, la política estudiantil, los debates filosóficos en los recreos y la sensación de que allí se piensa en serio. Es también un lugar de mitos: las revoluciones en los ’70, las tomas, las clases de latín y griego, el laboratorio con olor a formol, las campanas que suenan a futuro. No es extraño que quienes hayan pasado por sus aulas, aunque luego se dediquen a oficios o profesiones muy distintas, sigan sintiendo que son parte de una cofradía silenciosa y persistente.

La infraestructura también tiene un peso simbólico. El imponente edificio neoclásico de Bolívar 263 no solo alberga aulas históricas, sino también una biblioteca monumental con más de 70.000 volúmenes, un museo de ciencias naturales, un gabinete de física, laboratorios de química, y hasta un observatorio astronómico en su cúpula, que aún funciona y es usado por docentes y estudiantes. Hay clubes, orquestas, actividades extracurriculares, publicaciones estudiantiles y hasta una imprenta histórica que imprimía desde los apuntes hasta volantes de protesta.

El ingreso: una métrica del deseo

El proceso de ingreso al CNBA no es fácil. Y eso es parte del prestigio. Para muchos estudiantes, ingresar al Nacional es una meta que se empieza a soñar desde 5º o 6º de primaria, y que se prepara con intensidad. El curso de ingreso está diseñado para evaluar conocimientos en tres materias fundamentales: Matemática, Lengua y Geografía. Los exámenes son exigentes: no basta con tener «buena nota» en la escuela primaria. Hay que entrenarse. Y mucho.

Los exámenes suelen rendirse entre octubre y noviembre del año anterior al ingreso. Por ejemplo, para ingresar en primer año en marzo de 2025, los exámenes se rinden entre septiembre y noviembre de 2024, en instancias escalonadas. La modalidad incluye tres exámenes escritos presenciales, con fechas determinadas y criterios de corrección transparentes. El ingreso es por mérito académico, con una nota mínima aprobatoria para cada materia (en general 6 puntos sobre 10), aunque el ingreso efectivo depende del orden de mérito general.

El CNBA ofrece un curso gratuito (aunque con cupo limitado), y además muchas familias recurren a academias privadas, grupos de estudio o clases particulares. Hay simulacros, guías de ejercicios, exámenes de años anteriores. El contenido no es imposible, pero sí muy exigente: en Lengua se evalúa comprensión lectora, análisis sintáctico, gramática, y producción escrita. En Matemática, operaciones, fracciones, geometría, problemas complejos de lógica. Y en Geografía, tanto conocimientos del mapa político y físico de la Argentina como conceptos geográficos generales (clima, relieves, población, recursos).

Las estadísticas muestran que menos del 20% de los inscriptos logra ingresar, lo cual genera una presión considerable. El proceso es largo, intenso, y muchas veces emocionalmente desgastante para chicos de apenas 11 o 12 años. Por eso también se recomienda que la preparación comience al menos un año antes, pero no desde la exigencia ciega, sino desde el entusiasmo, la curiosidad y el acompañamiento afectivo, lo que transforma al proceso mismo en un blindaje.

Una ceremonia familiar y social

Pero entrar al Nacional no es sólo pasar un examen. Es, para muchos, ingresar a un mundo. Padres que fueron alumnos del CNBA o egresados de la UBA, viven la preparación como un viaje emocional, donde se mezclan la nostalgia, el orgullo y la ansiedad.

Hay familias que se organizan con cronogramas como si se tratara de un mundial. Los grupos de WhatsApp hierven. Se intercambian guías, se forman equipos de apoyo entre padres, y muchos chicos hacen amistades que incluso trascienden el ingreso, más allá de si entran o no. Se han formado clubes de lectura, proyectos solidarios e incluso emprendimientos compartidos entre pre-ingresantes.

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Vida dentro del CNBA

Una vez adentro, la exigencia continúa. Las materias son muchas, el nivel es alto, y el sistema de evaluación se rige por un calendario cuatrimestral con parciales y finales. Desde primer año se cursan materias que en otras escuelas se ven más tarde o incluso nunca: Lógica, Latín, Griego, Filosofía. La carga horaria es extensa, con doble jornada en muchas asignaturas. Y sin embargo, lo que más destacan los egresados no es solo lo que aprendieron, sino cómo aprendieron a pensar.

La vida en el CNBA está atravesada por la participación política, la actividad cultural y el sentimiento de pertenencia. Hay agrupaciones estudiantiles, marchas, votaciones internas, tomas, debates, encuentros intercolegiales, cineclubes, recitales en el aula magna. El colegio vive, respira, discute. No es raro que un alumno salga de una clase de física para entrar a una asamblea sobre presupuesto educativo. Esa convivencia entre formación académica y ciudadanía activa es uno de los sellos del CNBA.

Lo que queda

Entrar al Nacional es una experiencia que no se olvida. Y por eso conviene prepararla con tiempo, pero también con afecto. No se trata solo de tener un lugar en el colegio más prestigioso del país: se trata de entrar en una historia. Una historia que empezó hace más de 150 años, que pasó por revoluciones, dictaduras, reformas y resistencias, y que hoy sigue viva en cada alumno que se sienta en un banco, abre un libro, y se pregunta: “¿qué estoy haciendo acá?”

Quizá, como escribió Cané, lo que está haciendo es comenzar a ser. Y eso, en el Colegio Nacional de Buenos Aires, es cosa seria.


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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

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