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La rebelión de junio de 1832 en Paris: el canto trágico de los miserables
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4 Abr 2026, Sáb

La rebelión de junio de 1832 en Paris: el canto trágico de los miserables

La rebelión de junio de 1832 en Paris: el canto trágico de los miserables

 

Cuando París se vistió de luto y pólvora

El cortejo avanza por el Boulevard des Capucines como un río negro que desborda sus márgenes. Son las diez de la mañana del 5 de junio de 1832 y París entierra a uno de los suyos. El ataúd del general Jean Maximilien Lamarque, cubierto con la bandera tricolor, se balancea sobre los hombros de veteranos de las guerras napoleónicas que lloran sin vergüenza. El aire huele a lluvia contenida, a sudor de multitud, a ese perfume indefinible que precede a los motines: una mezcla de miedo y esperanza fermentando en las gargantas de cien mil almas.

Un estudiante de medicina, Charles Jeanne, se sube al carro fúnebre. Su voz corta el murmullo como un sable: «¡Ciudadanos! ¡Hoy no enterramos solo a un hombre! ¡Enterramos la última esperanza de la República!» Alguien despliega una bandera roja con la inscripción «La libertad o la muerte». Otro grita «¡Abajo Luis Felipe!» Un tercer grito surge de las entrañas de la multitud: «¡Aux armes, citoyens!»

El cortejo fúnebre acaba de transformarse en insurrección.

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El reino de los banqueros

Para entender por qué cien mil parisinos estaban dispuestos a morir ese día de junio, hay que retroceder dos años. La Revolución de Julio de 1830 había derrocado a Carlos X, el último Borbón que intentó gobernar como si la Revolución Francesa nunca hubiera ocurrido. El pueblo había levantado barricadas, había derramado su sangre, había creído —una vez más— que esta vez sería diferente.

Pero los liberales burgueses tenían otros planes. Coronaron a Luis Felipe de Orleans, el «Rey Ciudadano», que prometía ser una monarquía constitucional, moderna, ilustrada. En realidad, era el gobierno de los banqueros, de los especuladores de la Bolsa, de los industriales que pagaban a sus obreros con vales canjeables solo en las tiendas de la empresa. François Guizot, ministro del rey, lo resumió con brutal claridad: «Enrichissez-vous» —enriquézcanse—. Para los que podían, claro.

París en 1832 era una ciudad partida en dos. En los bulevares occidentales, la burguesía paseaba bajo las nuevas farolas de gas, compraba en los passages couverts, asistía a la Ópera. En los barrios orientales —el Marais, Saint-Antoine, Saint-Marcel— familias enteras vivían en sótanos inundados, trabajaban dieciséis horas por un salario que no alcanzaba para el pan. El cólera había matado a 18,000 parisinos en abril. Los ricos habían huido a sus casas de campo; los pobres murieron vomitando bilis negra en jergones compartidos.

El último napoleónico

Jean Maximilien Lamarque era una anomalía en este nuevo orden. Héroe de las guerras napoleónicas, había combatido en Austerlitz, en Wagram, había defendido Francia cuando los aliados invadieron en 1814. Pero no era solo su gloria militar lo que lo hacía querido. Como diputado, era la voz solitaria que defendía a los desheredados en la Cámara. Denunciaba la miseria obrera, exigía el sufragio universal, defendía a los refugiados polacos que huían de la represión zarista.

Cuando murió el 1 de junio, víctima del cólera, París popular sintió que perdía a su último protector. Las sociedades secretas republicanas —la Sociedad de los Derechos del Hombre, los Amigos del Pueblo— vieron en su funeral la oportunidad. No para honrarlo solamente, sino para continuar su lucha.

La geografía de la resistencia

A mediodía del 5 de junio, cuando el cortejo llega al Pont d’Austerlitz donde debía terminar la ceremonia oficial, la multitud se niega a dispersarse. Los estudiantes del Barrio Latino confluyen con los obreros del Faubourg Saint-Antoine. Las primeras barricadas comienzan a levantarse en la Rue Saint-Martin, en la Rue Montorgueil, en la Place du Châtelet.

La barricada parisina de 1832 no es solo una estructura defensiva; es una declaración política. Se construye con adoquines arrancados de las calles (pavés, que darían nombre a los revolucionarios), con carros volcados, con muebles lanzados desde las ventanas por vecinos solidarios. En la Rue du Temple, una barricada alcanza los dos pisos de altura. Los insurgentes clavan banderas rojas y tricolores en lo alto, como desafíos verticales al orden monárquico.

Los nombres de los líderes insurgentes emergen de los archivos policiales: Michel Geoffroy, jefe de la sección de los Derechos del Hombre; Charles Jeanne, el estudiante de medicina que había arengado a la multitud; Jules Bastide, periodista republicano. No son generales ni nobles. Son tipógrafos, estudiantes, artesanos, pequeños comerciantes arruinados.

Las horas de fuego

La respuesta del gobierno es inmediata y brutal. El mariscal Soult, ministro de Guerra, despliega 40,000 soldados y guardias nacionales. El general Tiburce Sébastiani comanda las operaciones. La estrategia es simple: aislar cada barricada, bombardearla con artillería, asaltarla con bayonetas.

En la Rue Saint-Merry, un puñado de insurgentes resiste durante horas en el número 30. Son apenas sesenta hombres dirigidos por Charles Jeanne. Los testigos recuerdan el estruendo de los fusiles, el silbido de las balas rebotando en las paredes, los gritos de los heridos. Una mujer, Alexandrine Baillet, cruza las líneas de fuego para llevar municiones. Un niño de doce años, Joseph Bara (homónimo del mártir de la Primera República), cae atravesado por una bayoneta mientras recarga fusiles.

En el Cloître Saint-Merry, la iglesia se convierte en fortaleza. Los insurgentes tocan las campanas a rebato hasta que las balas las silencian. Un testigo, el escritor Heinrich Heine, que observa desde su ventana, escribiría: «Vi cómo la juventud de Francia moría cantando La Marsellesa mientras las balas del rey ciudadano les destrozaban el pecho».

El amanecer de la derrota

Al amanecer del 6 de junio, la insurrección agoniza. Las últimas barricadas caen una por una. En la Rue Transnonain, los soldados entran en las casas y masacran a sus habitantes, insurgentes o no. Un grabado de Honoré Daumier inmortalizaría esta escena: una familia entera asesinada en su habitación, el padre en camisón, con un bebé aplastado bajo su cuerpo.

Las cifras oficiales hablan de 93 muertos entre los insurgentes, 80 entre las fuerzas del orden. Las cifras reales son imposibles de determinar. Muchos cuerpos fueron arrojados al Sena. Otros murieron días después por las heridas. Los hospitales recibieron orden de no atender a los rebeldes heridos.

Charles Jeanne logra escapar, pero es capturado semanas después. Será deportado a Mont-Saint-Michel, convertido en prisión política. Otros líderes son condenados a muerte o a cadena perpetua. El gobierno celebra su victoria. La burguesía respira aliviada. Los boulevares vuelven a ser seguros para el paseo vespertino.

Los testigos y la memoria

La insurrección de junio de 1832 podría haber sido olvidada como tantas otras revueltas fallidas. Pero tuvo testigos excepcionales. Victor Hugo, que vivía en la Place Royale (actual Place des Vosges), vio las barricadas desde su ventana. Escuchó los disparos, olió la pólvora, observó los cadáveres amontonados en las esquinas.

Treinta años después, en Los Miserables, inmortalizaría estos días en las páginas más desgarradoras de la literatura francesa. El joven Marius en las barricadas, el niño Gavroche cantando mientras recoge cartuchos bajo las balas, Enjolras muriendo fusilado contra la pared del Corinto, no son invenciones. Son los fantasmas de junio de 1832 transfigurados en arquetipos eternos.

Alexandre Dumas, que participó físicamente en la revuelta del lado de los insurgentes, escribiría: «Vi morir a la esperanza en las barricadas de Saint-Merry». George Sand, bajo el seudónimo masculino que la protegía, publicó artículos defendiendo a los insurgentes: «No eran criminales. Eran los mejores de nosotros, los que no podían tolerar la injusticia».

El eco en el tiempo

La insurrección de junio de 1832 fracasó militarmente, pero su derrota fue una victoria póstuma. Cada barricada derribada se convirtió en símbolo. Cada joven muerto, en mártir de una causa que no moriría con ellos. En 1848, cuando París volvió a levantarse y esta vez derrocó definitivamente a la monarquía, los insurgentes gritaban: «¡Por los muertos de junio del 32!»

En la Comuna de París de 1871, los communards levantaron barricadas en los mismos lugares: Rue Saint-Martin, Place du Châtelet, Rue Rambuteau. Como si la geografía de la resistencia estuviera inscrita en el ADN de la ciudad. En mayo de 1968, cuando los estudiantes arrancaron los mismos adoquines que sus antepasados de 1832, alguien escribió en un muro: «Bajo los adoquines, la playa». Pero bajo los adoquines también estaba la sangre seca de junio.

Los miserables de ayer y hoy

¿Quiénes son los miserables hoy? ¿Los refugiados que se ahogan en el Mediterráneo mientras Europa mira hacia otro lado? ¿Los trabajadores precarizados que entregan comida en bicicleta por un algoritmo que no reconoce su humanidad? ¿Los jóvenes que se endeudan de por vida para estudiar y luego no encuentran más que contratos basura?

La distancia entre el Boulevard des Capucines de los banqueros y el Faubourg Saint-Antoine de los obreros se ha multiplicado globalmente. Los Luis Felipe de hoy no necesitan coronas: tienen paraísos fiscales, lobbies, medios de comunicación que convierten la precariedad en emprendimiento y la protesta en terrorismo.

Pero también persiste, obstinado, inmortal, el espíritu de aquellos estudiantes y obreros de junio. En Hong Kong, en Santiago, en Beirut, en Minneapolis, en cada ciudad donde alguien dice «no» al poder y «sí» a la dignidad, resuenan los ecos de aquellas barricadas parisinas.

El canto de los derrotados

El 5 de junio de cada año, algunos parisinos recuerdan los sucesos donde resistieron los últimos insurgentes. No hay placa conmemorativa. El gobierno francés nunca rehabilitó oficialmente a los muertos de junio de 1832. Siguen siendo, técnicamente, sediciosos.

Pero la historia tiene su propia justicia poética. Nadie recuerda los nombres de los ministros de Luis Felipe. Nadie canta canciones sobre el mariscal Soult o el general Sébastiani. Pero millones han llorado con Gavroche, han amado a Enjolras, han cantado con los estudiantes revolucionarios de Los Miserables ese himno que no estaba en la novela de Hugo pero que captura perfectamente el espíritu de junio de 1832: «Do you hear the people sing? / Singing the song of angry men…»

En la última barricada de la Rue de la Chanvrerie, según un informe policial, encontraron el cadáver de un joven desconocido con una nota en el bolsillo: «Muero para que un día otros vivan libres». No sabemos su nombre. No necesitamos saberlo. Es todos los nombres, todas las esperanzas truncadas, todos los futuros posibles que el poder aplasta y que, sin embargo, como semillas bajo el pavimento, esperan su primavera.

La rebelión de junio de 1832 duró menos de dos días. Su memoria durará mientras haya injusticia que combatir. Porque los miserables no son los pobres, los derrotados, los olvidados. Miserables son los que pudiendo cambiar el mundo, eligen perpetuar su crueldad. Los verdaderos miserables ocupaban el Palacio de las Tullerías, no las barricadas.

Y por eso, aunque la historia oficial los llame insurgentes, sediciosos, criminales, nosotros los llamamos por su verdadero nombre: los primeros ciudadanos de un mundo que aún no existe pero que, gracias a su sangre, es posible imaginar.

En cada bandera que se alza contra la tiranía, ondea el fantasma de junio. En cada joven que elige la justicia sobre la comodidad, respira el espíritu de aquellos estudiantes. No murieron en vano. Murieron para que nosotros pudiéramos vivir sabiendo que hay cosas por las que vale la pena morir. Y paradójicamente, ese conocimiento es lo que hace que la vida valga la pena ser vivida.

Liberté, Égalité, Fraternité. No como lema en los edificios públicos. Como grito de guerra. Como promesa. Como deuda impagable con los muertos de junio.


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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

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