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EL DEBUT DE MASTANTUONO: De San Justo al mundo!
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21 Abr 2026, Mar

EL DEBUT DE MASTANTUONO: De San Justo al mundo!

Hay noches que se cuelgan del calendario como si supieran que están destinadas a quedarse para siempre. La del 5 de junio de 2024, en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, es una de esas. En una tierra hostil, con los himnos cruzados por la tensión de una rivalidad histórica, con la camiseta argentina sintiéndose más pesada que nunca, un pibe de San Justo, con apenas 17 años y las manos heladas por los nervios, debutó en la Selección Mayor. Se llama Franco Mastantuono. Y anoche dio su primer paso en el mismo campo donde muchos han tropezado.

De La Emilia al mundo

Franco nació en abril de 2007 en La Emilia, en el partido de San Justo. Lo vieron jugar en el baby del club Alumni y no pasó mucho tiempo hasta que River lo sumó a sus divisiones inferiores. Zurdo, liviano, elegante, con una forma de jugar que parecía traída de otro tiempo. A los 15 ya brillaba en Reserva, y a los 16 debutó en el Monumental con la Primera. Su manera de frenar el juego, de mirar al costado cuando todos miran al arco, de encontrar el pase donde otros ven una pared, lo convirtieron en una joya precoz.

El pase récord al Real Madrid

En junio se oficializó la noticia que ya hacía meses que se venía tejiendo en los pasillos del Bernabéu: el Real Madrid compraba a Mastantuono por 45 millones de euros. El pase más caro de la historia para un juvenil argentino. Pero con una cláusula que emocionó a los hinchas de River: Franco jugará el Mundial de Clubes con el club de Núñez antes de cruzar el Atlántico. Un gesto que no es menor: es una despedida con gloria. Es agradecerle al club que lo formó y dejarle, quizás, un título internacional como regalo final.

Santiago de Chile: bautismo con espinas

El partido ante Chile, por Eliminatorias rumbo al Mundial 2026, fue todo lo que uno puede imaginar: roces, presión, tribunas agitadas, clima de final. Argentina ganaba 1 a 0 cuando Lionel Scaloni miró el banco y lo llamó. Franco se levantó, se sacó el buzo, y corrió al borde del campo como quien va hacia su destino. Entró por De Paul, y el Estadio Nacional bramó. No fue un debut fácil. Cada pelota que tocó fue perseguida por patadas, cada giro despertó un murmullo. Pero él no se achicó. Una media vuelta para escapar a Pulgar, un pase filtrado para Lautaro, una pausa en la medialuna: todo pequeño, todo valioso.

En un fútbol donde muchos debutan por marketing y se van sin dejar huella, Mastantuono mostró algo distinto: respeto por la camiseta. No buscó lucirse: buscó jugar bien.

El legado, el linaje, la luz

Argentina tiene una historia larga de chicos que se ponen la celeste y blanca antes de afeitarse. Maradona lo hizo a los 16. Messi, a los 18. Franco, en ese linaje, no es una copia: es una nueva rama del mismo árbol. Tiene algo de Aimar, algo de Gago, algo de Redondo. Pero sobre todo, tiene algo propio: esa forma de moverse que parece ajena al miedo. Ese modo de pisar la pelota como si ya supiera que el mundo la está mirando.

Un debut que se parece a una promesa

Anoche, mientras los flashes lo buscaban y el partido moría en una última patada chilena, Franco levantó la cabeza y miró a Messi. No hicieron falta palabras. El mejor del mundo le palmeó la espalda y le dijo algo al oído. Nadie sabe qué fue. Quizás un consejo. Quizás una bienvenida. Lo cierto es que en ese instante, el pasado y el futuro del fútbol argentino caminaron juntos hacia el vestuario.

Mastantuono no necesita cargar con la mochila de ser «el nuevo Messi». Lo suyo es más silencioso, más íntimo. Es la historia de un pibe que soñó con esto desde una baldosa de San Justo y que ahora, con una sonrisa nerviosa y la camiseta transpirada, empieza a escribir el primer párrafo de una historia que promete tener muchas páginas.

Y en ese gesto humilde de levantar la cabeza en Santiago, entre silbidos y banderas, la Argentina entera sintió que el futuro existe. Que a veces —cuando se juega con el corazón en la zurda— el porvenir empieza con una simple entrega en mitad de cancha. Y que un país entero puede seguir creyendo.


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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

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