París, mayo de 1968. La ciudad que alguna vez fue testigo de revoluciones burguesas, de la Comuna y del eco de los pasos de Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, volvía a arder. Pero esta vez, el fuego no venía de fusiles ni de barricadas construidas por obreros curtidos en la lucha, sino de las gargantas febriles de estudiantes que hablaban de amor libre, de autogestión y de un mundo que, simplemente, pudiera soñarse distinto.
Fue, dicen, una revolución que no ganó ningún poder, pero lo cambió todo. Un mes en el que la historia se vistió de utopía. Donde la poesía saltó de los libros a las paredes: «Prohibido prohibir», «La imaginación al poder», «Bajo los adoquines, la playa». Frases que no se escribieron para inmortalizarse, sino para sobrevivir a una noche de gases lacrimógenos y adoquines voladores. Y sin embargo, ahí están, cincuenta años después, recordándonos que hubo un instante en que soñar fue casi obligatorio.

El contexto era una Francia opulenta, pero desigual. La economía crecía, pero el alma se secaba. La universidad francesa, anacrónica y burocrática, no contenía la furia adolescente de una generación que ya no quería repetir la vida de sus padres, sino escribir la suya. El detonante fue Nanterre, un suburbio donde los estudiantes cuestionaban el patriarcado, el imperialismo y hasta el modo en que se miraba a una chica en la biblioteca.
Allí estaban, entre libros de Althusser y citas de Marx en los muros, Daniel Cohn-Bendit, el pelirrojo que se volvería icono, y cientos de otros que jamás salieron en los libros, pero que le dieron cuerpo y grito a la revuelta. Se multiplicaron las asambleas, los panfletos, los encuentros nocturnos con olor a tabaco negro y a preguntas sin respuesta.

París, mientras tanto, se convertía en una sinfonía de ruidos: el estallido de los adoquines contra los escudos de la policía, los gritos de los estudiantes, las canciones de los obreros que comenzaban a sumarse al fuego. En una Francia donde el trabajo era sagrado, 10 millones de personas hicieron huelga. Fábricas tomadas, sindicatos desbordados, la Sorbona convertida en comuna, y el presidente De Gaulle huyendo momentáneamente a Alemania para medir la temperatura del poder.
Era tiempo de pelear. Y ellos lo sabían. Los pies descalzos de la juventud no temblaban sobre el asfalto sino que danzaban con la furia del porvenir. A veces hablaban entre sí con consignas, a veces con caricias improvisadas en las escalinatas de alguna facultad. La ciudad, en su fiebre, paría canciones y grafitis. Todo se convertía en símbolo, todo tenía el aroma de lo irreversible.
En los cafés, los mozos servían café con leche entre discusiones encendidas sobre Lenin y el surrealismo. En las imprentas clandestinas, el papel absorbía manifiestos que eran como cartas de amor lanzadas al futuro. París parecía suspendida, como si alguien hubiera desenchufado el reloj del mundo.
La ciudad no dormía. La ciudad respiraba. Y en cada aliento había una mezcla de humo, deseo y utopía. Era una revolución sin uniforme, con el pecho abierto al azar. La mirada de los jóvenes no pedía permiso, exigía ternura o estallaba en un grito.
La revuelta tuvo de todo: romanticismo, violencia, contradicciones, belleza y fracaso. Pero sobre todo tuvo juventud. Esa juventud que no quiere perpetuar el mundo, sino reinventarlo. No es menor que muchas de las ideas que flotaron en esas jornadas sigan hoy presentes: el cuestionamiento a la autoridad, la emancipación de los cuerpos, la ecología, la horizontalidad. ¡Y pensar que todo empezó por no poder dormir en el cuarto de tu pareja en la residencia universitaria!
No hubo toma del Palacio de Invierno, ni fin del capitalismo. Pero hubo una revolución de las sensibilidades. Y eso, a veces, vale más.

Como todo hechizo, se disipó. De Gaulle disolvió la Asamblea y ganó elecciones. El orden volvió. Las paredes fueron repintadas. Las barricadas se limpiaron. Y cada quien regresó, más o menos herido, a su rincón. Pero algo había cambiado. Francia no fue la misma. Europa tampoco. Y el mundo, si supo mirar, aprendió que a veces basta una chispa para iluminar los rincones olvidados del alma colectiva.
Los ecos del 68 rebotaron por décadas. En las universidades de América Latina, en las calles de Praga, en las asambleas feministas, en las canciones de protesta. El viento de mayo cruzó océanos, se volvió consigna, se volvió consuelo. Se volvió pregunta.
Una obrera llamada Mireille, entrevistada años después, dijo: «Nunca volví a mirar a mi jefe con miedo. Mayo me enseñó que teníamos derecho a alzar la voz». Un librero del Barrio Latino, que distribuyó panfletos durante los días más tensos, escribió en su diario: «Nunca vendí tantos libros de poesía. Era como si todos necesitaran versos para entender el caos».
Los sindicatos aprendieron que la unidad podía ser una fuerza brutal. Los estudiantes descubrieron que no eran futuros engranajes, sino protagonistas. Los poetas no necesitaron más que una pared y un aerosol para declamar. Las calles, los cuerpos, las ideas: todo fue territorio en disputa.
Y como en toda epopeya que merece ser contada, también hubo silencios. Silencios de quienes no supieron cómo volver. Silencios de los que no encontraron después lugar en el mundo. Pero hasta esos silencios fueron gestos revolucionarios. Porque callar, a veces, también es una forma de resistir.
Aquel París no volvió a ser el mismo. En sus muros hay grietas que no reparó la modernidad. En sus plazas, la historia vibra con un eco distinto. Y en cada generación que sueña con transformar algo, hay un poco de mayo latiendo.
Hoy, en medio de un mundo que a veces se parece demasiado a una oficina sin ventanas, recordar el Mayo Francés es como abrir una hendija por la que se cuela el perfume de un sueño viejo, pero no vencido. Porque si algo enseñaron esos días, es que el porvenir no se espera: se inventa. Y que, entre adoquines y consignas, también se puede escribir poesía. Y eso, tal vez, fue lo más revolucionario de todo.













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