Una melodía entre dientes de leche
La escuchamos cuando todavía no sabíamos conjugar el verbo morir. La cantábamos en ronda, con las manos enlazadas, dibujando círculos infantiles en patios de escuela, plazas y cocinas con aroma a sopa. «Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena…». Nadie preguntaba quién era Mambrú. La guerra quedaba lejos, como el eco de una historia que no era nuestra. Y sin embargo, lo era.
La canción infantil más melancólica que se haya tarareado jamás en español no nació en cuna de juguete ni fue escrita por un pedagogo para entretener párvulos. Nació en las fauces del conflicto, como tantas cosas que acaban en las manos de los niños, recicladas por el tiempo.
John Churchill, el general que devino canción
Mambrú no era un personaje inventado por la imaginación popular. Era, de hecho, John Churchill, primer duque de Marlborough, comandante de las fuerzas aliadas durante la Guerra de Sucesión Española a principios del siglo XVIII. Fue uno de los estrategas más brillantes de su tiempo y sus victorias, especialmente en Blenheim (1704), lo convirtieron en una figura mítica del Imperio Británico. Como apostilla mencionaremos que Sir Winston Churchill fue tataranieto en séptima generación de John Churchill, es decir, estaban separados por siete generaciones directas.
Pero lo que nos importa aquí no es el hombre, sino la leyenda. Marlborough, o más precisamente Malbrough, como se lo conocía en Francia, fue protagonista de una sátira popular que se propagó como una chispa en paja seca: Malbrough s’en va-t-en guerre.
La canción fue escrita tras el rumor (falso) de su muerte en batalla. En tono de burla, el pueblo francés celebró la supuesta caída del enemigo inglés con una melodía repetitiva, pegadiza y burlona. Luis XV, todavía niño, la aprendió de su niñera. Y desde allí, desde el regazo de una corona, empezó su viaje eterno.
La travesía hacia el mundo hispano
¿Cómo cruzó Mambrú los Pirineos? La respuesta es más poética que logística. Las canciones viajan en labios, no en valijas. Durante el siglo XVIII, y especialmente con la llegada de la dinastía borbónica a España, muchas influencias culturales francesas se instalaron en la corte y luego en el pueblo. Malbrough se transformó en Mambrú, en parte por la dificultad fonética y en parte porque así lo quiso el oído popular.
En Hispanoamérica, llegó con las mujeres, los soldados y los educadores coloniales. Se coló por conventillos y patios coloniales, se adaptó a nuevos acentos, adquirió versos locales. En México se canta distinto que en Perú; en Argentina, hay versiones donde Mambrú no muere sino que regresa. Cada pueblo tejió su propia versión, pero todas conservan la misma médula: una marcha hacia la muerte disfrazada de juego.
Del campo de batalla al cuarto infantil
La gran paradoja es que una canción sobre la muerte se haya convertido en canción de cuna. Es como si el inconsciente colectivo buscara dulcificar la tragedia, convertirla en ronda, en balanceo, en arrullo. Quizá porque la guerra es incomprensible, y la infancia necesita metáforas.
Entrevistada la señora Eulalia, de 86 años, en un barrio de Almagro, Buenos Aires, alego: “Yo se la cantaba a mis hijos para dormirlos. Nunca me puse a pensar qué decía. Solo sabía que era una canción vieja, de mi abuela francesa.”
¿Y su abuela? “Decía que Mambrú era un valiente. Que fue a la guerra con orgullo, pero que nunca volvió. Que por eso las madres lo cantaban bajito.”
Los significados ocultos
Algunos musicólogos han rastreado hasta siete versiones diferentes de Mambrú en español. Las más comunes coinciden en el estribillo del “qué dolor, qué pena”. Pero otras incluyen estrofas sobre el funeral, el regreso improbable o incluso una flor que crece en su tumba. Todas parecen mantener un tono melancólico, como si la canción estuviera impregnada de pérdida.
El ritmo —marcha lenta y repetitiva— acompaña esta atmósfera. Como si, incluso en su cadencia, recordara los pasos de un soldado que se aleja.
El testimonio del historiador
Consultado el historiador Felipe Gadea, experto en música popular del siglo XVIII, destaco:
“Lo fascinante de Mambrú”, dijo mientras rebuscaba en un archivo polvoriento del Archivo de Indias, “es que es una canción que nunca perteneció a nadie, pero que todos asumieron propia. Francia la creó como sátira, España la cantó con resignación y América la convirtió en nana. Es como una botella lanzada al mar del tiempo.”
¿Y por qué se convirtió en canción infantil?
“Porque las canciones migran a donde más las necesitan. El dolor busca lugares donde sonar sin asustar. Y no hay lugar más potente que la infancia para esconder lo inaceptable.”
Guerra y niñez: el cruce imposible
Hay una tesis poderosa y triste en toda canción infantil que evoca violencia: que lo traumático se transmite incluso cuando nadie lo quiere decir. “Mambrú se fue a la guerra”, repetimos, como si nada. Pero en la historia latinoamericana, cuántos padres se fueron también a la guerra —real, simbólica, económica— y no volvieron. Cuántos desaparecidos, cuántas ausencias se colaron por debajo de la letra.
Y, sin embargo, la cantamos.
En su libro La infancia bajo asedio, la pedagoga chilena Alicia Córdova sostiene: “Las canciones infantiles funcionan muchas veces como campos de resonancia de lo no dicho. La guerra no se enseña en el jardín de infantes, pero se tararea.”
Variaciones del canto: de Sevilla a Oaxaca
En Sevilla, la letra incluye el verso: “Su espada se oxidaba en el olvido.” En Oaxaca, en cambio, la canción termina con Mambrú bailando con la muerte. En Buenos Aires, hay una versión donde Mambrú se despide con un pañuelo blanco.
Cada adaptación refleja los modos culturales de procesar la pérdida. En algunas regiones, Mambrú no muere: se transforma. Vuelve disfrazado. Se convierte en estatua. O simplemente se evapora.
El poder de la canción: sobrevivir al tiempo
Hay canciones que nacen para morir en su época. Y otras, que parecen tener un conjuro dentro. Mambrú pertenece a esta última estirpe. Se ha cantado en palacios y chozas, en cunas y escuelas, en guerras y treguas.
Sobrevive porque no exige comprensión. Solo repetición. Y porque en esa repetición se construye una memoria cultural más profunda que cualquier libro: la de los que se fueron y los que aún cantan por ellos.
Mambrú no volvió, pero sigue vivo
El canto de Mambrú no es solo un eco del pasado: es una advertencia disfrazada de melodía. Nos recuerda que hay guerras de las que no se vuelve, que la infancia no está exenta del dolor del mundo, y que la memoria puede vivir en formas insospechadas.
Hoy, cuarenta, cien, trescientos años después, seguimos cantando su nombre sin saber quién fue. Pero lo decimos. Lo recordamos.
Y en ese acto, sencillo y rotundo, Mambrú no muere del todo.
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