LA TIRANIA DE LA FELICIDAD CONSTANTE

Un elogio de la tristeza necesaria
Nos enseñaron a administrar la pena, convertir las pérdidas en aprendizajes y volver cuanto antes a la versión productiva de nosotros mismos. Pero hay tristezas que no son una falla ni una enfermedad: son la manera que tiene la vida de reconocer lo que importó. Crónica y defensa de la sombra, en una época que exige florecer con el barro todavía en los zapatos.
«Cuanto más inteligente, profunda y sensible es una persona, más probabilidades tiene de cruzarse con la tristeza».
—Alejandro Dolina—
Pongamos que un hombre entierra a su madre un martes. Pongamos también que se llama Aníbal, porque a los personajes que uno inventa para decir una verdad conviene ponerles nombres antiguos, de esos que ya casi nadie usa y que sin embargo siguen figurando, con letra inclinada y tinta azul, en las libretas de direcciones de las madres.
Llueve durante el entierro. No la lluvia desmesurada de las novelas, sino esa llovizna sin talento que no llega a mojar y apenas humedece, la clase de lluvia que en el Río de la Plata acompaña casi todos los acontecimientos importantes como un pariente lejano que no sabe qué decir. Aníbal vuelve a su casa con barro en los zapatos, un sobretodo que no recuerda haberse puesto y dos ramos de flores que una prima acomoda en los primeros recipientes disponibles: uno en el florero de la abuela, el otro en una jarra de vidrio que hasta esa mañana servía para el agua de la mesa. Después la prima se va, se van todos, y queda esa hora particular de las casas donde acaba de morir alguien, cuando los objetos parecen haber corrido apenas dos centímetros de lugar.
Por la noche llega la segunda lluvia, la electrónica. Fuerza. Estoy para lo que necesites. Ahora tenés que pensar en los buenos momentos. Era una mujer bárbara. Aníbal contesta con corazones y con esas manitos juntas que sirven para agradecer y para rezar, según quién las mire. El idioma del duelo también tiene respuestas automáticas.
El miércoles no ocurre. Hay días que la vida borra del calendario sin pedir autorización, y ese fue uno.
El jueves a las nueve de la mañana la computadora sabe qué día es aunque él no lo sepa, y se lo recuerda con una campanita cortés. Reunión de equipo. Aníbal se afeita, aparta del escritorio una taza con café de anteayer, acomoda los libros que van a verse detrás de su cabeza y descubre, con una lucidez incómoda, que está eligiendo qué lomos quiere que el mundo le vea. Cuando la pantalla se llena de caras, alguien pregunta cómo está. No espera respuesta: ya está buscando el botón para compartir la presentación.
—Todo bien —dice Aníbal.
Y sonríe. La sonrisa le queda como un saco heredado: sirve para la ceremonia, pero no tiene su forma. Nadie parece advertirlo, o todos lo advierten y deciden, por delicadeza o por apuro, aceptar la mentira, que en el fondo es una forma de cortesía. Fuera del encuadre, en la jarra de vidrio, los pétalos empiezan a vencerse. Las flores del velorio van a durar más que la licencia por duelo.
No hay villano en esta escena. Los compañeros no son crueles: están ocupados. La empresa no es un monstruo: es un calendario. Y sin embargo algo acaba de suceder, algo pequeño y brutal como una astilla. Aníbal recibió una lección que ya conocía y que hoy le tocó aprender de nuevo: su tristeza debe permanecer fuera de cámara, atendida puertas adentro, sin alterar el ritmo de los demás y procurando —esto es lo esencial— que no se extienda más allá de lo razonable. El dolor está permitido. Lo que está mal visto es que se quede.
La sonrisa de guardia
Durante siglos la felicidad fue una pregunta enorme, casi impertinente. ¿Qué significa vivir bien? ¿A qué se parece una vida lograda? Los antiguos podían discutirlo durante décadas y morir sin acuerdo, y algunos sostenían que a un hombre no se lo puede llamar feliz hasta que termina, porque la última hora todavía puede desmentirlo todo. Nosotros redujimos aquella pregunta descomunal a un estado de ánimo fotografiable. Ya no alcanza con buscar la felicidad: hay que parecer feliz mientras se la busca, y conviene documentarlo.
El desplazamiento fue silencioso, como todos los desplazamientos importantes, y cambió el estatuto moral de las emociones. La alegría dejó de ser una gracia que a veces ocurre y pasó a ser una credencial. La tristeza, en cambio, empezó a parecerse a una negligencia. El que está triste ya no sufre solamente: además tiene que explicar por qué todavía no consiguió dejar de sufrir.
Las frases están en todas partes, y son inofensivas de a una. Poné buena energía. Todo pasa por algo. Si querés, podés. Elegí ser feliz. Sueltas parecen amables. Amontonadas forman un reglamento que dice, con una sonrisa, que el mundo le responde a quien tiene la actitud correcta, y por lo tanto que toda derrota esconde una culpa. Si el trabajo no llega, si el alquiler se vuelve imposible, si el amor termina, si el cuerpo enferma, queda flotando la sospecha de que uno no deseó bien, no vibró alto, no fue lo bastante resiliente. Es una operación de una elegancia matemática: donde había circunstancias económicas, sociales, biológicas y afectivas, ahora hay una sola variable, y esa variable tiene tu cara.
Sara Ahmed observó que la felicidad no es únicamente algo que deseamos, sino una promesa que nos orienta: nos indica qué trabajos, qué vínculos, qué cuerpos y qué formas de vida deberían hacernos felices, y de paso señala a los que se salen del camino. Quien no sonríe en la fotografía no corre solo el riesgo de ser infeliz: corre el riesgo de que lo acusen de arruinar la felicidad ajena. Hay mesas familiares enteras organizadas alrededor de esa disciplina, y todos sabemos quién es el aguafiestas de la nuestra.
Byung-Chul Han le puso a este clima un nombre incómodo: la violencia de la positividad. En La sociedad del cansancio describió el pasaje de una época gobernada por el «no debes» a otra dominada por el «tú puedes». El viejo patrón daba órdenes y se hacía odiar; el nuevo sujeto se da las órdenes solo, se exige, se mide, se optimiza y termina reventado con la convicción de estarse realizando. Ya nadie nos obliga a contestar mensajes un domingo, a contar los pasos, a medir el sueño ni a convertir el descanso en una técnica para rendir mejor el lunes. Llevamos el capataz en el bolsillo, y lo peor es que habla con nuestra propia voz y usa nuestras palabras cariñosas.
Han exagera, como exageran los buenos aforistas: mete paisajes enteros en una frase y deja afuera lo que no entra. Pero su intuición central es difícil de esquivar. Contra una orden que viene de afuera uno puede rebelarse; contra una que viene de adentro, la desobediencia se parece demasiado al fracaso personal.
Por eso el verbo gestionar se pegó a las emociones con la facilidad con que el olor del cigarrillo se pega a los abrigos. Gestionamos la ansiedad, el duelo, la frustración. Procesamos las pérdidas. Trabajamos sobre nosotros mismos. El vocabulario de la oficina entró a la casa, cruzó el pasillo, se sentó en el dormitorio y terminó colonizando el corazón, que ahora, obediente, entrega informes de avance. Aníbal conoce ese idioma: lo usó muchas veces con otros. Es posible que alguna vez le haya dicho tenés que salir adelante a un amigo que no podía levantarse de la cama, y no por indiferencia, sino porque nadie le enseñó otra manera de acompañar. Recién ahora descubre que las palabras destinadas a levantarlo a uno también sirven para dejarlo solo.
Los vendedores de elixir
Los mercados rara vez venden objetos: venden distancias. La distancia entre el cuerpo que tenemos y el que deberíamos tener, entre la casa que habitamos y la que supuestamente merecemos, entre esta vida y la otra, la iluminada, la que ocurre del otro lado del vidrio. La industria del bienestar perfeccionó el mecanismo hasta volverlo una obra de arte: primero dibuja a un ser humano descansado, enfocado, agradecido y en paz, un ser que no existe ni existió jamás; después ofrece, en cuotas sin interés, las herramientas para parecernos a él.
Los números de ese negocio son mareadores y conviene darlos con precisión. Según el Global Wellness Institute, que mide este universo desde hace más de una década, la economía global del bienestar alcanzó en 2024 un récord de 6,8 billones de dólares —trillions, en la cuenta anglosajona— y proyecta llegar a 9,8 billones en 2029; ya es casi cuatro veces el tamaño de la industria farmacéutica mundial. La cifra abarca cosas muy distintas entre sí, del turismo termal a los suplementos, y no prueba por sí sola ningún engaño. Pero adentro de ese océano hay dos datos que, leídos juntos, cuentan una historia casi literaria: el segmento de bienestar mental es de los que más rápido crecen, a un ritmo cercano al 12 por ciento anual, mientras que el único rubro que se achicó entre 2023 y 2024 es el bienestar corporativo, el que pagan las empresas para sus empleados. Traducido al idioma de Aníbal: la angustia cotiza en alza, y la factura de sentirse bien se mudó calladamente del escritorio del jefe al bolsillo del que está mal.
Nada de esto convierte al cuidado en enemigo. Hay terapias que salvan, aplicaciones que consiguen que alguien duerma o pida ayuda a tiempo, caminatas que valen más que un libro. El problema empieza cuando el cuidado se vuelve obligación, la obligación se vuelve mercado y el mercado se arroga autoridad moral. Un sistema que necesita recordarnos todos los días que todavía no somos nuestra mejor versión difícilmente vaya a declararnos suficientes alguna vez: la zanahoria funciona porque nunca se alcanza.
El teléfono de Aníbal vibra en mitad de la reunión. Una aplicación le informa que lleva tres días sin completar su ejercicio de gratitud. Otra le recuerda que tiene que tomar agua. Más tarde, cuando apague todo y se quede tirado mirando la pantalla como se mira una ventana, una red social va a mostrarle el video de una mujer que perdió a su madre y que, después de una música tenue y unas fotos en blanco y negro, aprendió a valorar la vida. El video tiene doscientos mil me gusta. El algoritmo no sabe qué hacer con un dolor que todavía no ofrece enseñanza. Nosotros tampoco.
Porque la tristeza, en las redes, entra siempre conjugada en pasado. Hace un año tocaba fondo; hoy agradezco. El sufrimiento consigue permiso de publicación cuando puede exhibir una moraleja, una transformación física o una victoria; debe llegar peinado desde el futuro y explicar para qué sirvió. La pena sin desenlace, la que no inspira ni fabrica una identidad nueva, queda fuera de cuadro: no genera una historia, apenas interrumpe el flujo. Es la única aduana del mundo donde piden el final feliz antes de dejarte pasar.
Barbara Ehrenreich encontró ese mecanismo funcionando en uno de los lugares más crueles posibles. Cuando le diagnosticaron cáncer de mama descubrió, con estupor, una cultura del rosa que solo parecía admitir la batalla optimista: había lugar de sobra para el coraje y la gratitud, y muy poco para la rabia, el miedo o la sospecha de que aquello era, además de una desgracia, una injusticia. No se negaba la enfermedad; se vigilaba la manera correcta de padecerla, como si una mala actitud pudiera ser otra forma de metástasis.
Hay algo de abandono en la positividad obligatoria. Permite alejarse del que sufre con la conciencia tranquila: se le entrega una frase, una recomendación, el nombre de un libro, el enlace a una charla. Se le ofrece la salida antes de haber entrado con él a la habitación. Y si no sale, si sigue triste, siempre queda disponible la explicación más cómoda: no colaboró lo suficiente con su propia recuperación. Hay dolores que aceptan consejo. Otros solo necesitan una silla.
Lo que la tristeza sabe
Llegados a este punto hay que trazar una frontera, y hay que trazarla con pulso firme, porque de los dos lados se cometen injusticias distintas.
De un lado están la pena, el desamor, el duelo, la nostalgia, el desencanto: emociones humanas que pueden doler de un modo feroz sin ser por eso enfermedades. Del otro está la depresión clínica, que no es una tristeza intensa sino otra cosa, un trastorno serio que altera la manera de sentir, de pensar y de moverse, que puede volver el mundo inhabitable, que a veces mata, y que requiere diagnóstico y tratamiento profesional. Confundir los dos territorios produce dos desastres simétricos: si toda tristeza es patología, nos volvemos intolerantes ante cualquier descenso del ánimo; si toda depresión es melancolía noble, alguien puede pasarse años sin buscar la ayuda que necesita, alentado por una literatura que le prometió que su tormento era un don. No hay belleza que justifique ese error, y ninguna línea de esta nota debería leerse como una invitación a aguantar en silencio.
Freud distinguió en 1917 el duelo de la melancolía y observó algo que hoy suena casi subversivo: el duelo, aunque produzca alteraciones profundas, no se considera una enfermedad, porque sabemos de dónde viene, y a nadie se le ocurriría interrumpirlo como se interrumpe un síntoma. Más de un siglo después la discusión sigue, con otros nombres. En 2022 el DSM-5-TR incorporó el trastorno de duelo prolongado para identificar casos persistentes e incapacitantes y diferenciarlos del duelo común. La herramienta puede hacer que gente desatendida reciba tratamiento, y eso no es poca cosa; también deja abierta una pregunta delicada sobre en qué momento el cuidado empieza a cronometrar una pena. No existe una duración universal para extrañar a alguien. La ausencia no lee manuales.
Tampoco conviene repetir la leyenda romántica que une sufrimiento y genio con una flecha simple. El dolor no vuelve profundo a todo el que lo padece ni garantiza obra alguna: la depresión seca la imaginación, rompe los vínculos y destruye precisamente aquello que, según el mito, vendría a inspirar. Los artistas atormentados no crearon gracias a su tormento sino, casi siempre, contra él, en las treguas, con lo que les quedaba.
Reconocer ese límite no obliga, sin embargo, a declarar inútil toda tristeza. El psicólogo Joseph Forgas dedicó décadas a estudiar los efectos de estados de ánimo negativos leves y pasajeros, y algunos de sus experimentos encontraron mejoras en la atención al detalle, en la memoria y en ciertos juicios sociales: la gente levemente triste recuerda mejor lo que vio, detecta mejor la mentira ajena, se deja engañar menos. Son resultados acotados, obtenidos en laboratorio y bajo condiciones específicas; no convierten la tristeza en un suplemento cognitivo ni autorizan a recetarla. Alcanzan, eso sí, para discutir una idea muy arraigada: que todo ánimo bajo es una avería.
La tristeza cambia la velocidad con la que miramos. La alegría se expande, sale al encuentro del mundo, tiende a creerle. La pena recoge, obliga a revisar, vuelve una y otra vez sobre el mismo punto como quien busca las llaves en el mismo cajón. Ninguna de las dos garantiza la verdad —también la tristeza exagera, miente y construye túneles—, pero hay preguntas que la euforia no se hace nunca. Qué perdí exactamente. Por qué esto me duele y aquello no. Quién era yo cuando todavía lo tenía. No lloramos porque todo importe: lloramos porque algo importó. En eso consiste el conocimiento humilde de la tristeza, que no explica el universo ni vuelve sabio a nadie por el mero hecho de visitarlo: rompe durante un rato la ilusión de que todo es reemplazable, rápido y reversible, y nos recuerda que estamos hechos de vínculos, y que cada vínculo verdadero le concede al otro el derecho de herirnos con su ausencia. Eso que duele es la marca de lo que valió la pena.
Un pensamiento triste que se baila
Mucho antes de que existieran las aplicaciones para registrar el ánimo, las culturas habían inventado otra tecnología para el dolor: darle una forma y ponerla en común. No para borrarlo. Para volverlo audible.
El fado Portugués giró durante generaciones alrededor de una palabra, saudade, que nombra una ausencia tan presente que casi ocupa una silla en la mesa. El blues convirtió el despojo y el cansancio de un pueblo entero en una música que se sostiene de pie. Y en esta orilla del mundo, entre puertos y conventillos, entre lenguas que todavía extrañaban otra casa y hombres que habían dejado a su madre del otro lado del océano sabiendo que no la verían más, apareció el tango.
«Un pensamiento triste que se baila»: la definición célebre suele atribuirse a Enrique Santos Discépolo, y fue Ernesto Sábato quien la puso a circular en Tango, discusión y clave. La genealogía exacta se discutió durante décadas. Borges, con deliciosa mala fe, la atacó de frente: sostenía que los primeros tangos eran alegres y valerosos, y que ningún compadre habría confesado tristeza sin avergonzarse de hacerlo. La disputa no debilita la frase; la vuelve más nuestra. Hasta la melancolía rioplatense necesita discutir su paternidad en un café, con la taza fría y el mozo mirando el reloj.
Lo que la definición captura no es una historia completa del tango sino un gesto, y el gesto es enorme. Una comunidad agarra aquello que no puede remediar —el desarraigo, la traición, el barrio que demolieron, la juventud que ya ocurrió— y en lugar de esconderlo le pone compás. No lo supera. No lo convierte en aprendizaje. Lo baila. Dos personas se abrazan para moverse alrededor de una herida sin llegar a pisarla, y durante tres minutos llevan entre las dos un peso que por separado sería más difícil de cargar. Después la música termina, se acomodan la ropa, vuelven a las sillas. La pérdida sigue ahí, intacta. Pero ya no es enteramente privada: tiene una melodía, una letra, un cuerpo que la recuerda.
Eso hace el arte cuando alcanza su forma más honda. No cura, no explica, no reemplaza a nadie: le construye una casa a lo que no tenía lenguaje. Pessoa se pasó la vida escribiendo el desasosiego de un ayudante de contabilidad que miraba Lisboa desde una existencia mínima, y esos fragmentos no rescatan a Bernardo Soares de su soledad, pero permiten que su soledad llegue hasta la nuestra y la reconozca en la oscuridad, como dos linternas. Hopper pintó habitaciones donde la luz entra sin conseguir calentar nada, estaciones, bares, ventanas detrás de las cuales alguien llegó demasiado temprano o demasiado tarde. Sus figuras no piden auxilio. Alcanza con mirarlas para entender que el silencio también puede tener compañía. Por eso el gran arte nacido de la tristeza no siempre entristece: produce, a veces, un alivio raro, el de comprobar que alguien estuvo antes en esta habitación, vio lo mismo y consiguió decirlo. La belleza no elimina la pena. Le impide ser muda.
Quizá la pérdida más grave del régimen de la sonrisa no ocurra adentro de cada uno sino en el espacio que hay entre unos y otros. Una sociedad que solo admite vulnerabilidades breves, prolijas y con moraleja termina perdiendo la paciencia frente al dolor ajeno: le concede al deudo unos días de condolencias y después empieza a mirar el reloj con disimulo. No es crueldad, es falta de entrenamiento. Acompañar a alguien sin apurarlo, sin corregirlo y sin convertir su herida en una tarea pendiente exige una destreza que casi no practicamos, y las destrezas que no se practican se atrofian. Nos pone nerviosos no tener solución. El silencio al lado del otro nos hace sentir inútiles, y aprendimos que ser inútil es una de las peores cosas que se puede ser. Entonces hablamos. Decimos todo pasa, tenés que distraerte, salí un poco, pensá en lo que ella hubiera querido. O pronunciamos la fórmula más educada de la retirada: para lo que necesites, que le deja al que apenas puede levantarse la responsabilidad de convocarnos. La empatía empieza un poco antes de comprender. Empieza cuando uno acepta que no va a poder reparar nada y se sienta igual.
Dolina escribió la frase que abre esta nota en un lugar absurdo y perfecto: unas instrucciones falsas para abrir un paquete de jabón. Entre la recomendación de no dejar el envase al alcance de los niños y el cálculo de cien gramos de jabón por cada kilo de ropa sucia, el autor clandestino se distrae del encargo y empieza a pasar de contrabando la muerte, el pensamiento y la tristeza. Ahí está toda una poética: lo serio no vive lejos de lo ridículo, la pena no habita un país enemigo de la risa, y la metafísica se cuela entre los quehaceres domésticos como se cuela el agua en una casa vieja. En otro texto suyo, que circula desde hace años pegado a sus monólogos, Dolina cuenta que suele elegir a sus amigos entre la gente triste, y aclara enseguida que no se reúnen a llorar: van a bailongos, cantan, amanecen en lugares desconocidos. Solo necesita encontrar, alguna vez en medio de la carcajada, un gesto sombrío en el amigo que marcha al lado, un gesto que quiere decir: atención, muchachos, que no me he olvidado de nada. Tal vez esa sea la definición más adulta de la alegría. No la que consiguió olvidar, sino la que puede reír sin traicionarse.
Aníbal sigue frente a la pantalla. Pasaron cuarenta minutos. Escucha porcentajes, fechas de entrega, objetivos del trimestre; cada tanto asiente con la cabeza para probar que sigue vivo. En la jarra de vidrio, una flor se inclina despacio hasta salirse del encuadre. Nadie va a acusarla de falta de actitud. Nadie le va a pedir resiliencia, ni una mejor versión de sí misma, ni que transforme su marchitarse en una enseñanza para los demás. Esas cosas se les exigen únicamente a las personas, y sobre todo se les exigen mientras todavía tienen barro en los zapatos.
No le hace falta que nadie lo ilumine. Tampoco que le enumeren las etapas del duelo ni le prometan que va a salir fortalecido. Bastaría con un mensaje privado, tres frases chiquitas que ninguna aplicación va a sugerirle a nadie: no hace falta que prendas la cámara, no hace falta que contestes, estoy acá. Ninguna de las tres intenta cambiar la estación.
Defender la tristeza necesaria no es fundar una religión del dolor: nadie debería quedarse a vivir en la pena para demostrar sensibilidad, y la alegría sigue siendo una de las pocas cosas que la vida ofrece sin pedir argumentos a cambio. Es aceptar, apenas, que una existencia completa necesita más de una luz, que hay días para abrir las ventanas y días para sentarse cerca de ellas sin abrirlas, y que la salud no consiste en sonreír siempre sino en no tener que mentir sobre el tiempo que hace adentro.
Cuando termina la reunión, Aníbal cierra la computadora y la casa recupera de golpe sus sonidos: una cañería, un auto en la calle, el zumbido antiguo de la heladera que su madre le decía que había que cambiar. Se levanta, va hasta la jarra y le cambia el agua a las flores. No porque crea que van a salvarse. Porque todavía están ahí, y porque hay una forma de amor que consiste sencillamente en ocuparse de lo que se está por perder. Mañana, probablemente, vuelva a decir todo bien: las costumbres sociales son más tercas que las revelaciones. Pero esta tarde, durante un rato, no necesita convertir su dolor en aprendizaje, ni agradecerlo, ni volverlo útil para nadie. Puede limitarse a extrañar a su madre, que es el trabajo más antiguo del mundo.
Afuera sigue lloviendo esa llovizna sin talento. La primavera llegará cuando le toque, sin consultarlo, como llegan las estaciones y las malas noticias. Y llegará igual: nadie la apura con la mano. Forzarla no adelanta la luz; solamente enseña a esconder el frío.
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