Margaret Thatcher: La dama de hierro que fracturó una Nación

Una crónica crítica sobre la líder que desmanteló el estado de bienestar británico y sembró décadas de división social
El 8 de abril de 2013, cuando Margaret Thatcher exhaló su último aliento en el lujoso Hotel Ritz de Londres, las calles de Gran Bretaña se dividieron inmediatamente. Mientras los políticos oficiales pronunciaban discursos solemnes sobre su «legado transformador», miles de británicos salieron a celebrar. En Brixton, Glasgow, Bristol y Leeds, las fiestas callejeras improvisadas estallaron con la misma espontaneidad que las revueltas que habían caracterizado su mandato. Los manifestantes cantaban, bebían champán y portaban carteles que decían «Rejocíjense – Thatcher está muerta», mientras la canción «Ding Dong! The Witch is Dead» de El Mago de Oz escalaba hasta el número 2 en las listas británicas. La reacción visceral de estas comunidades no era mera provocación: era el rugido final de décadas de dolor acumulado, la liberación de una rabia que había fermentado durante más de treinta años.
Margaret Hilda Roberts había nacido el 13 de octubre de 1925 en Grantham, una pequeña ciudad de Lincolnshire, en el seno de una familia metodista que profesaba los valores más duros del individualismo victoriano. Su padre, Alfred Roberts, era un tendero y político local del Partido Liberal que inculcó en su hija la creencia férrea en la autosuficiencia, la disciplina moral y el desprecio por cualquier forma de dependencia del Estado. Esta educación metodista estaba profundamente marcada por la autoayuda y la caridad enfatizadas en el inconformismo y el liberalismo, valores de autosuficiencia e independencia que marcarían toda su visión política. La pequeña Margaret crecería admirando a figuras como Samuel Smiles, el evangelista de la autoayuda victoriana, y desarrollaría una visión del mundo que dividía a la humanidad en dos categorías irreconciliables: los productivos y los parásitos.
En Oxford, donde estudió química, Roberts se sumergió en la política conservadora con la voracidad de quien ha encontrado su verdadera vocación. Allí comenzó a forjar las conexiones que la llevarían al poder, pero también a desarrollar las ideas que más tarde devastarían comunidades enteras. Su matrimonio con Denis Thatcher en 1951 no solo le proporcionó estabilidad económica, sino también el apellido que se convertiría en sinónimo de brutalidad política. Su entrada al Parlamento en 1959 como diputada por Finchley marcó el inicio de una carrera construida sobre la convicción de que la sociedad británica debía ser refundada sobre bases completamente nuevas: las del capitalismo más salvaje.
El ascenso al poder: aprovechando el descontento para instalar la revolución neoliberal
Los años setenta encontraron a Gran Bretaña en una crisis profunda. El país enfrentaba inflación alta, desempleo creciente y conflictos laborales intensos, pero también era una sociedad considerablemente más igualitaria que la actual, con 1976 identificado como el año en que los británicos fueron estadísticamente más iguales que nunca antes o después. Era una época en la que, como describía el escritor Andrew Collins, un joven de clase media podía asistir a las mismas escuelas y vivir en los mismos barrios que sus pares de clase trabajadora. Era una Gran Bretaña que creía en la solidaridad colectiva y en la responsabilidad del Estado hacia sus ciudadanos más vulnerables.
Thatcher vio en esta crisis no un problema a resolver, sino una oportunidad histórica para destruir lo que consideraba un sistema podrido de raíz. Su victoria electoral en 1979 no fue tanto un mandato para sus políticas específicas —que pocas veces explicó completamente durante la campaña— sino el resultado de su habilidad para canalizar la frustración popular hacia objetivos que servirían a los intereses del gran capital. El thatcherismo pretendía minimizar el papel del estado, promover la baja inflación y el libre mercado a través de un estricto control de la oferta monetaria, las privatizaciones y las limitaciones en el movimiento obrero.
Los economistas que la asesoraban, como Milton Friedman y Friedrich Hayek, le proporcionaron la justificación teórica para lo que en esencia era una guerra de clases declarada desde arriba. Su famosa declaración de 1981, cuando 365 economistas firmaron una carta al Times pidiendo que revirtiera su política económica, resume perfectamente su mentalidad: «Para aquellos que esperan con respiración contenida esa frase favorita de los medios, el giro en U, solo tengo una cosa que decir: Giren ustedes si quieren. ¡La dama no va a girar!». Era gran teatro político, pero el costo económico fue una caída significativa del PIB y el desempleo manteniéndose cerca de los 3 millones hasta mediados de los años 80.
Las políticas del despojo: privatizaciones, ataques sindicales y el desmantelamiento del Estado social
Una vez en el poder, Thatcher procedió con la determinación de un general en territorio conquistado. Su programa económico no era simplemente neoliberal; era revolucionario en el sentido más destructivo del término. Durante la década de 1980, el gobierno realizó un total de treinta cambios a las definiciones estadísticas hasta 1989, de los cuales veinticuatro redujeron el conteo de desempleo. Cuando la realidad no se ajustaba a su narrativa, simplemente cambiaba las cifras.
Las privatizaciones masivas que implementó —British Aerospace, Cable & Wireless, British Telecom, British Gas, Jaguar, British Airways, British Petroleum, British Steel, Rolls Royce y las compañías eléctricas y de agua— no fueron meras ventas de activos públicos. Los críticos argumentan que enriqueció a aliados políticos de Thatcher y llevó a despidos innecesarios mientras las empresas trataban de volverse más competitivas. Fueron transferencias masivas de riqueza desde el sector público hacia manos privadas, vendidas a precios de liquidación que permitieron ganancias extraordinarias a los compradores mientras despojaban al Estado británico de sus recursos productivos.
Thatcher tenía dos temores principales sobre el estado de bienestar: primero, que la provisión colectiva generosa para el desempleo y la enfermedad estaba minando el impulso de trabajar de algunas personas de clase trabajadora, y segundo, temía la influencia corruptora de lo que su aliado Keith Joseph llamó ‘el estado de Papá Noel’ en la clase media. Su respuesta fue sistemática: reducir impuestos para los ricos mientras desmantelaba los beneficios para los pobres.
El ataque más brutal fue dirigido contra los sindicatos, particularmente contra los mineros. El Plan Ridley de 1977 había delineado cómo un futuro gobierno conservador podría confrontar a los sindicatos, incluyendo apuntar a sindicatos específicos, acumular carbón en las centrales eléctricas, socavar las finanzas sindicales y entrenamiento policial especial para lidiar con los piquetes. Thatcher había estudiado la derrota de Edward Heath ante los mineros en 1974 y estaba determinada a no repetir esa «humillación».
La huelga de los mineros: violencia estatal y la destrucción de comunidades enteras

El conflicto que definiría su legado llegó en 1984, cuando los mineros se declararon en huelga para resistir el cierre masivo de minas. Los documentos desclasificados en 2014 revelaron que Thatcher consideró llamar al ejército para transportar alimentos y carbón, e incluso declarar un estado de emergencia para fortalecer la posición de su gobierno. Lo que siguió fue una demostración de violencia estatal que rivalizaba con las dictaduras latinoamericanas que tanto admiraba.
La violencia caracterizó la huelga de un año, culminando en la «Batalla de Orgreave» el 18 de junio de 1984, donde más de 100 mineros fueron heridos y 95 arrestados y acusados de disturbios o desorden violento. En 1991, 39 de los mineros condenados fueron compensados con £425,000 por la Policía de South Yorkshire, por asalto policial, arresto indebido y enjuiciamiento indebido. La BBC fue acusada de sesgo político contra los mineros, presentando la violencia de manera que culpaba sistemáticamente a los trabajadores mientras minimizaba la brutalidad policial.
La propia Thatcher no escondió su desprecio por los mineros. El 19 de julio de 1984 pronunció un discurso comparando la Guerra de las Malvinas con la huelga: «Tuvimos que luchar contra el enemigo exterior en las Malvinas. Siempre tenemos que estar conscientes del enemigo interior, que es mucho más difícil de combatir y más peligroso para la libertad». Era la declaración de guerra más explícita de un primer ministro británico contra sus propios ciudadanos en la historia moderna.
El fracaso de la huelga de 1984-85 ayudó a revivir la economía británica, pero tuvo implicaciones importantes para el futuro de los sindicatos y la minería del carbón en Gran Bretaña. La membresía sindical cayó de alrededor del 40 por ciento de la fuerza laboral nacional a apenas el 20 por ciento. Para 1994, cuando la industria minera fue finalmente privatizada, Gran Bretaña tenía solo 15 minas; cuando Thatcher murió en 2013, solo quedaban tres.
El crimen del Belgrano: violencia imperial y desprecio por la vida humana

La verdadera medida de la brutalidad de Thatcher se reveló durante la Guerra de las Malvinas en 1982, particularmente en su decisión de hundir el crucero argentino ARA General Belgrano. El 2 de mayo de 1982, el submarino británico HMS Conqueror disparó dos torpedos contra el Belgrano cuando navegaba fuera del área de exclusión de 200 millas establecida por el Reino Unido, matando a 323 de sus 1093 tripulantes. No fue solo un acto de guerra: fue un acto calculado de escalada destinado a torpedear las negociaciones de paz que estaban en curso.
Los críticos argumentan que el barco no representaba amenaza para la flota británica y que su hundimiento fue innecesario, citando su ubicación fuera de la Zona de Exclusión Total (TEZ) y su movimiento alejándose de las Islas Malvinas en el momento del ataque. En Argentina, algunos ven el hundimiento del crucero como un potencial crimen de guerra, una perspectiva que permanece controvertida en el discurso internacional.
Familiares de las víctimas acusaron al Gobierno Británico de haber violado el artículo 2 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, porque la entonces primera ministra Margaret Thatcher y su gabinete de guerra ordenaron el hundimiento del General Belgrano cuando estaba fuera de la zona de exclusión, navegando hacia las costas argentinas. Aunque los tribunales europeos rechazaron las demandas por motivos técnicos, el hecho permanece: Thatcher ordenó el asesinato de más de 300 marineros argentinos, muchos de ellos conscriptos jóvenes, en una escalada deliberada del conflicto.
La decisión de hundir el Belgrano fue tomada por razones estrictamente militares, no políticas, según las memorias de Thatcher: la afirmación de que estábamos tratando de socavar una iniciativa de paz prometedora de Perú no resistirá el escrutinio. Pero los hechos cuentan otra historia: la decisión fue política desde el principio, diseñada para consolidar su posición doméstica y demostrar que su gobierno no toleraría desafíos a la hegemonía británica.
La alianza con el capital financiero: Big Bang y el capitalismo de casino

Thatcher no fue simplemente una política conservadora; fue la arquitecta del capitalismo financiero salvaje que devastaría la economía global en las décadas siguientes. En 1986, ejecutó lo que se conoció como el «big bang», que desreguló grandes porciones de la industria financiera. Eso resultó en un crecimiento tremendo, especialmente entre las firmas de capital privado y los fondos de cobertura que dependen de inversiones fuertemente apalancadas.
La abolición de regulaciones limitó cuánto podían pedir prestado las empresas, lo que significa que cuando muchas deudas salen mal, ese efecto se extiende fácilmente de institución a institución. Así que las desregulaciones de Thatcher contribuyeron posiblemente a la crisis financiera de 2008, tanto por derecho propio como por influir en los formuladores de políticas estadounidenses. El modelo que implementó en Londres se convirtió en el prototipo para la financiarización global que culminaría en el colapso de 2008.
Su alianza con Ronald Reagan no fue meramente ideológica; fue una asociación estratégica para rehacer el orden económico mundial según los intereses del capital angloamericano. Juntos promovieron un modelo de desarrollo que subordinaba las economías nacionales a los dictados de los mercados financieros internacionales, destruyendo la soberanía económica de naciones enteras en el proceso.
El precio humano: desempleo masivo, pobreza y la destrucción del tejido social

Los números cuentan la historia real del thatcherismo con una claridad brutal. El desempleo se disparó agudamente a principios de los años 80, debido a las políticas monetarias y fiscales deflacionarias. La recesión de 1981 y el declive de la industria pesada también causaron un aumento en el desempleo estructural. Casi un millón de personas estaban desempleadas en 1979, pero eso aumentó rápidamente a principios de los años 80 a 3 millones y nunca desde entonces ha caído por debajo de un millón.
Durante los años 80, la desigualdad económica y la pobreza en el Reino Unido aumentaron dramáticamente, pero a menudo se pasa por alto que durante los años 80 el conocimiento sobre los movimientos en pobreza y desigualdad era mucho menos cierto y estaba sujeto a batallas políticas sobre políticas estadísticas, mediciones y cifras. Thatcher no solo creó miseria masiva; manipuló las estadísticas para ocultarla.
La mayoría del enorme aumento en el desempleo a principios de los años 80 vino de la contracción del sector industrial, y el gobierno temía que el desempleo llevaría a su derrota electoral. Pero en lugar de cambiar las políticas que causaban el sufrimiento, Thatcher duplicó su apuesta, convencida de que el dolor a corto plazo era necesario para la «transformación» a largo plazo que tenía en mente.
El norte industrial de Inglaterra, Escocia y Gales se convirtieron en territorio ocupado. ¿Quién ha experimentado la mayor pérdida de empleos desde los años 80 en adelante? Sí, adivinaste: la clase trabajadora, que perdió empleos en minas de carbón, fábricas, astilleros y acerías. Estas industrias fueron cerradas como resultado de políticas industriales neoliberales desastrosas o, como fue el caso con la industria del carbón, simple despecho político.
Su famosa frase: «No existe tal cosa como la sociedad»

Cuando Thatcher famosamente dijo que no existía «tal cosa como la sociedad», estaba argumentando que los individuos tenían que asumir la responsabilidad de sus propias vidas, y que era inútil culpar a algo tan nebuloso como «la sociedad» por los problemas de uno. Pero esta frase, pronunciada en una entrevista en 1987, reveló la esencia misma de su proyecto político: la atomización completa de la solidaridad humana.
La declaración no era una observación sociológica; era una prescripción política. Thatcher buscaba crear una sociedad donde la cooperación fuera imposible, donde cada individuo estuviera en guerra constante contra todos los demás, donde la única relación social significativa fuera la del mercado. Era una visión profundamente antihumana que convertía virtudes como la solidaridad, la cooperación y el cuidado mutuo en vicios que debían ser erradicados.
La reacción popular: huelgas, disturbios y resistencia masiva
La respuesta del pueblo británico a las políticas de Thatcher fue inmediata y sostenida. Miles de mineros fueron arrestados, multados, encarcelados o despedidos, algunos para nunca volver a trabajar. No mucho después del inicio de la huelga se inventó el eslogan: ‘cerrar una mina, matar una comunidad’. Las mujeres de los mineros se organizaron con una fuerza que amenazó los fundamentos mismos del orden patriarcal conservador, viendo claramente que sin las minas había poca esperanza para el futuro de sus hijos o la viabilidad de la comunidad minera.
Los disturbios de Brixton en 1981 y 1985, las manifestaciones masivas contra el poll tax, las huelgas en el sector público: todo era parte de una resistencia popular que Thatcher combatió con la misma brutalidad que había mostrado en las Malvinas. Su respuesta invariable era más policía, más represión, más violencia estatal.
La principal conclusión extraída por todos los que hablaron en nuestras reuniones y en la mayoría de las respuestas escritas es que la policía fue utilizada como una herramienta o arma política por un Gobierno que estaba determinado, entre otras cosas, a eliminar el poder de los sindicatos. El estado británico bajo Thatcher se convirtió en una máquina de represión al servicio del capital, con la policía como su brazo armado contra cualquier forma de resistencia popular.
Declive y caída: la rebelión conservadora que terminó su reinado

Ironicamente, fueron sus propios aliados conservadores quienes finalmente terminaron con el reinado de terror de Thatcher. El poll tax, su intento más audaz de trasladar la carga fiscal desde los ricos hacia los pobres, demostró ser el puente demasiado lejos. Las manifestaciones masivas, la resistencia civil y los disturbios de 1990 la convencieron a sus colegas conservadores de que se había convertido en un pasivo electoral.
Su caída en noviembre de 1990 no fue el resultado de una repentina conversión moral del Partido Conservador, sino el cálculo frío de políticos que valoraban más su supervivencia electoral que su lealtad personal. La habían utilizado para hacer el trabajo sucio de destruir el consenso de posguerra; una vez completada esa tarea, ya no la necesitaban.
Pero el daño estaba hecho. Thatcher había logrado algo que parecía imposible en 1979: había convertido las políticas que beneficiaban exclusivamente a los ricos en el «sentido común» de la época. Sus sucesores, incluidos los laboristas de Tony Blair, aceptarían los parámetros básicos del thatcherismo como hechos inmutables de la vida política.
El legado del odio: cuando el pueblo celebró su muerte
El 8 de abril de 2013, cuando se anunció la muerte de Thatcher, la reacción popular fue inmediata y reveladora. Fiestas callejeras espontáneas se llevaron a cabo en Gran Bretaña, comparables al entusiasmo mostrado por el asesinato de figuras odiadas de la historia. En Brixton, alrededor de 500 críticos vehementes de la «Dama de Hierro» sostuvieron pancartas que decían «Regocíjense – Thatcher está muerta», bebieron alcohol y bailaron al ritmo de canciones de hip-hop y reggae de los años 80.
La campaña en las redes sociales para llevar la canción «Ding-Dong! The Witch Is Dead» de El Mago de Oz al UK Singles Chart fue seguida por una contra-campaña adoptada por los partidarios de Thatcher a favor de la canción punk de 1979 «I’m in Love with Margaret Thatcher» de los Notsensibles. El 12 de abril de 2013, «Ding-Dong!» llegó al número 2 en todo el Reino Unido.
Los residentes en Orgreave, South Yorkshire, sitio de la Batalla de Orgreave entre los mineros en huelga y la policía en junio de 1984, declararon que su pueblo había sido «decimado por Thatcher». Un funeral simulado se llevó a cabo en el pueblo minero de Goldthorpe en South Yorkshire, en el que se quemó una efigie de Thatcher junto a la palabra «esquirol» deletreada en flores.
Estas celebraciones no fueron manifestaciones de mal gusto o crueldad gratuita. Fueron la expresión espontánea de décadas de dolor acumulado, el grito de liberación de comunidades que habían sido sistemáticamente destruidas por las políticas thatcheristas. Como explicó un manifestante: «No me sorprenden las fiestas, que muestran que los eventos de hace 30-40 años aún engendran ese tipo de reacción violenta, porque su reinado fue muy divisivo y controvertido, y la gente aún recuerda eso hoy».
El discípulo argentino: Javier Milei y la traición a la patria

Si la muerte de Margaret Thatcher había cerrado un capítulo oscuro de la historia británica, la llegada al poder de Javier Milei en Argentina demostró que el thatcherismo estaba lejos de morir. Más aún, reveló algo mucho más perverso: la capacidad de seducir a los líderes de las antiguas colonias para que adopten voluntariamente las políticas de sus antiguos opresores, traicionando no solo a su pueblo sino también a la memoria de sus compatriotas asesinados.
Milei no esconde su admiración por Thatcher. En múltiples entrevistas ha declarado: «Ella fue brillante», «Me siento muy identificado con Margaret Thatcher», y mantiene una fotografía de la ex primera ministra británica en su despacho presidencial de la Casa Rosada, junto a otra de Ronald Reagan. La imagen es obscena en su simbolismo: el presidente de un país que perdió 649 vidas en una guerra contra Gran Bretaña honra diariamente a la mujer que ordenó el asesinato de 323 de sus compatriotas.
Cuando le preguntaron sobre la Guerra de Malvinas, Milei respondió con una frialdad que helará la sangre de cualquier argentino con dignidad: «Hubo una guerra y a nosotros nos tocó perder. Eso no quiere decir que uno no pueda considerar que quienes estaban enfrente eran personas que hacen bien su trabajo». No es solo la admiración intelectual por un adversario; es la rendición moral completa ante quien asesinó a sus propios soldados.
La admiración de Milei por Thatcher trasciende lo ideológico para convertirse en traición nacional. Cuando se le consultó sobre la visita del canciller británico David Cameron a las Malvinas, Milei fue categórico: «No, porque ese territorio hoy está en manos del Reino Unido. O sea, tiene todo el derecho de hacerlo». Es la capitulación total: no solo acepta la ocupación británica de territorio argentino, sino que la legitima públicamente.
Esta no es una posición política; es colaboracionismo puro. Milei ha renunciado de facto a la soberanía argentina sobre las Malvinas, entregando sin combate lo que 649 argentinos murieron defendiendo. Su argumento de que «llevará tiempo» recuperar las islas y que requiere «una negociación a largo plazo» es la retórica típica del derrotismo: postponer indefinidamente lo que se debería reclamar con firmeza.
El oro argentino en las garras británicas: la entrega material de la soberanía
Pero la traición de Milei no se limita a las declaraciones. Sus actos concretos revelan una sumisión que va más allá de lo simbólico. Desde junio de 2024, el gobierno de Milei ha enviado secretamente a Londres entre cuatro y cinco cargamentos de oro de las reservas del Banco Central, por un valor estimado entre 500 y 1.500 millones de dólares. La operación se realizó en el mayor sigilo, sin informar al Congreso ni al pueblo argentino, usando camiones sin seguridad visible que transportaron los lingotes al aeropuerto de Ezeiza.
El destino del oro argentino es Londres, la misma ciudad donde se planificó el hundimiento del Belgrano, donde se diseñaron las políticas coloniales que saquearon América Latina durante siglos. La simbolismo es deliberadamente humillante: Milei está entregando el oro argentino —las reservas del pueblo argentino— a las mismas manos que asesinaron a sus compatriotas en 1982.
Los riesgos de esta operación son enormes y perfectamente conocidos. Diversos ex presidentes del Banco Central y economistas han advertido sobre el peligro de embargo, recordando los antecedentes de Venezuela e Islandia, cuyos oro fue retenido por tribunales británicos. Argentina tiene juicios pendientes en Londres relacionados con la nacionalización de YPF y la cesión de pagos de deuda externa tras la crisis de 2001. El fondo buitre Burford Capital reclama a Argentina 16.000 millones de dólares en un juicio en Manhattan.
El ex presidente del Banco Central Miguel Pesce señaló que «los peligros de embargo e indisponibilidad de los recursos son ciertos», mientras que Alejandro Vanoli recordó que todo ese oro fue vendido en los años 90 durante la convertibilidad «a precios bajos, muy bajos», y que «quien empezó a comprar fue Néstor Kirchner, como una base sólida de respaldo del país». Milei está dilapidando en meses lo que costó décadas reconstruir.
El cipayo perfecto: sirviendo al poder económico global
La admiración de Milei por Thatcher y su entrega del oro argentino a Londres no son actos aislados; son la expresión coherente de su rol como cipayo del poder económico global. Milei no es un político argentino que aplica políticas neoliberales; es un agente directo de los intereses financieros internacionales operando desde la Casa Rosada.
Su programa económico es una copia calcada del thatcherismo: privatizaciones masivas, desregulación financiera, destrucción del estado de bienestar, ataque sistemático a los sindicatos. Pero donde Thatcher operaba desde el centro del imperio, Milei lo hace desde la periferia, convirtiendo a Argentina en una colonia económica voluntaria.
La operación con el oro reveló el verdadero carácter de su gobierno: según el economista Martín Guzmán, «un REPO es como empeñar las joyas de la abuela. Das el oro a cambio de dólares. Luego toca devolver los dólares para recuperar el oro. Si no tenés los dólares, la casa de empeño se queda con el oro». Milei está literalmente empeñando el patrimonio nacional para financiar su experimento neoliberal.
La traición es múltiple: traición a los caídos en Malvinas, cuya memoria Milei profana diariamente; traición al pueblo argentino, cuyas reservas entrega sin autorización a potencias extranjeras; traición a la soberanía nacional, que subordina a los intereses del capital financiero internacional.
Milei representa la figura más abyecta del colonialismo mental: el colonizado que se identifica completamente con su colonizador, que internaliza tanto la dominación que la reproduce voluntariamente. No necesita que le impongan políticas desde afuera; las aplica con el celo del converso. No requiere presión externa para subordinarse; se subordina por convicción ideológica.
Su caso es particularmente repugnante porque opera desde la presidencia de un país que pagó un precio altísimo por resistir al imperialismo británico. Cada día que Milei mira la fotografía de Thatcher en su despacho, cada envío de oro a Londres, cada declaración legitimando la ocupación de Malvinas, es una profanación de la memoria de los 649 argentinos que murieron defendiendo la soberanía nacional.
El legado indestructible de la división

Margaret Thatcher murió, pero el thatcherismo sobrevive. Las políticas que implementó —la financiarización de la economía, el desmantelamiento del estado de bienestar, el ataque sistemático a los sindicatos, la subordinación de toda actividad humana a la lógica del mercado— se han convertido en la ortodoxia dominante no solo en Gran Bretaña, sino globalmente.
Su verdadero legado no son las industrias que privatizó o los sindicatos que destruyó. Su legado es haber demostrado que es posible convencer a las sociedades democráticas de que vote contra sus propios intereses, de que acepten como inevitable lo que en realidad es una elección política deliberada. Enseñó a las élites globales que la democracia no era un obstáculo para el capitalismo salvaje, sino una herramienta que podía ser utilizada para legitimarlo.
Las celebraciones que siguieron a su muerte no fueron simplemente sobre una anciana que había muerto. Fueron sobre la esperanza, quizás ingenua, de que su muerte significara también la muerte de las ideas que representaba. Pero como demostraron los eventos posteriores —desde la austeridad impuesta después de 2008 hasta el Brexit— el thatcherismo había echado raíces demasiado profundas para morir con su creadora.
Como mostró el ticker de la BBC durante su funeral de estado, con 70,000 nuevos desempleados ese mes y más de 900,000 desempleados durante más de un año de un total de 2.5 millones, la Gran Bretaña que Thatcher dejó atrás seguía siendo una sociedad fracturada, desigual y dividida. Sus víctimas seguían pagando el precio de sus «reformas» décadas después de que abandonara el poder.
En última instancia, Margaret Thatcher fue exitosa precisamente porque fue despiadada. Entendió que para transformar radicalmente una sociedad, era necesario estar dispuesta a destruir vidas, comunidades y tradiciones sin piedad ni remordimiento. Su legado no es la prosperidad que prometió, sino la desesperación que sembró; no es la libertad que proclamó, sino la atomización social que creó; no es la grandeza nacional que buscaba, sino la pequeñez moral que encarnó.
El hecho de que miles de británicos salieran a celebrar su muerte en 2013 no fue una aberración o una muestra de mal gusto. Fue el veredicto popular sobre una líder que había declarado la guerra a su propio pueblo y había ganado. Las celebraciones fueron el reconocimiento de que, al menos en la muerte, la Dama de Hierro había encontrado finalmente una oposición que no podía reprimir: la memoria histórica de aquellos que sufrieron bajo su régimen y la determinación de que sus crímenes no fueran olvidados ni perdonados.
La muerte de Margaret Thatcher cerró un capítulo de la historia británica, pero no puso fin a la historia misma. Su legado perdura en cada política de austeridad, en cada ataque a los derechos laborales, en cada transferencia de riqueza desde los pobres hacia los ricos que caracteriza la política contemporánea. Mientras esas políticas persistan, la lucha contra el thatcherismo continúa, y la memoria de sus víctimas exige que esa lucha no termine hasta que la justicia social sea finalmente restaurada.
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