Cronica de un aperitivo
«En cada copa late el corazón de una época»
El Crepúsculo Dorado de las Tardes
La luz se quiebra oblicua contra los cristales emplomados del café, y en esa hora indecisa entre el día que muere y la noche que nace, cuando las sombras se alargan sobre los adoquines de la Via Garibaldi, surge el ritual inmemorial del aperitivo. Es la hora en que Turín despliega su alma piamontesa como un abanico de tradiciones, y en cada mesa se alza la copa que contiene, suspendido en el ámbar rojizo de sus reflejos, el alma destilada de tres siglos de historia.
Un hombre de mirada serena levanta su vermut hacia la luz declinante. El líquido oscila con la cadencia de quien conoce el peso exacto de los gestos heredados. En ese movimiento simple —el brazo que se alza, la copa que atrapa la última luz del día— se condensa toda la sabiduría de un pueblo que convirtió el arte de beber en ceremonia, la sed en celebración, y la pausa en filosofía. Porque no es solo vino lo que bebe: es tiempo cristalizado, es memoria líquida, es el eco de voces que resonaron en estas mismas calles cuando el mundo era más lento y los secretos se transmitían de boca en boca, de mano en mano, de copa en copa.
En algún lugar de esta escena inmutable late el corazón de una historia que comenzó un 6 de junio de 1757, cuando dos hermanos piamonteses decidieron que la belleza del mundo podía concentrarse en una botella.
Los Arquitectos del Sabor
La historia comenzó oficialmente el 6 de junio de 1757, cuando Giovanni Giacomo y Carlo Stefano Cinzano obtuvieron el prestigioso título de Maestros Destiladores en Turín. Pero como sucede con todas las grandes historias, los verdaderos orígenes se pierden en brumas más antiguas, en tradiciones familiares que se remontan casi dos siglos atrás, cuando un antepasado suyo, Antonio Cinzano, había comenzado a elaborar vermut casero allá por 1568.
Los hermanos Cinzano no eran simples comerciantes: eran los últimos herederos de una tradición alquímica que transformaba las hierbas de los Alpes en poemas líquidos. Giovanni Giacomo manejaba la producción en las colinas de Pecetto, en las afueras de Turín, mientras Carlo Stefano atendía a la clientela en la ciudad. Uno cultivaba el silencio de las montañas donde maduraba el misterio, el otro administraba el bullicio urbano donde florecía el comercio. Entre ambos tejieron el primer capítulo de una saga que habría de conquistar el mundo.
Su bottega en la Via Dora Grossa —hoy Via Garibaldi— se había convertido en uno de los epicentros comerciales más prósperos de Turín. Allí, entre frascos de cristal que guardaban esencias secretas y barricas que susurraban promesas de perfección, los hermanos Cinzano elaboraban no solo vermuts, sino toda una filosofía del gusto. Vendían dulces, confites, mermeladas, licores y aceites, pero su verdadera obra maestra era esa alquimia compleja que transformaba el vino piamontés en algo trascendental mediante la maceración de hierbas y especias, con el ajenjo como protagonista indiscutible de la fórmula.
El reconocimiento llegó de la mano del poder. En 1776, apenas diecinueve años después de la fundación, la Casa de Saboya les otorgó el honor de ser proveedores oficiales de la Corte Real. No era solo un título: era la consagración de un arte, el reconocimiento de que en aquellas botellas se encerraba algo más que una bebida. Era el sabor de una época, la destilación de un territorio, el reflejo líquido de una cultura que había hecho del refinamiento su bandera.
El Despertar de un Imperio
El siglo XIX encontró a la casa Cinzano en plena expansión, como un árbol que extiende sus ramas hacia todos los puntos cardinales. Francesco II había heredado el negocio familiar y bajo su dirección nació el primer «Spumante» italiano, una respuesta audaz al champán francés que la Corte Real había encargado específicamente. Era la época de los grandes desafíos nacionales, cuando Italia construía su identidad a través de sus productos más refinados.
Pero fue bajo la dirección de Enrico Cinzano que la marca adquirió verdaderamente su dimensión universal. En 1884, durante la Exposición de Turín, Cinzano innovó con el concepto de degustaciones gratuitas en ferias comerciales, convirtiendo cada sorbo en una estrategia de seducción, cada copa en un embajador silencioso de la excelencia italiana.
Desde la década de 1860, la empresa ya producía vermú rojo, vermú blanco y vino espumoso a nivel industrial, con distribución en toda Italia. En 1890 comenzaría a exportar a Europa y América. El mundo se había vuelto más pequeño gracias a los barcos de vapor y los ferrocarriles, y Cinzano aprovechó esas nuevas arterias del comercio mundial para llevar el sabor del Piamonte a los confines más remotos de la tierra.
La Belle Époque del Cartel
Pero quizás el verdadero genio de Cinzano se manifestó en su comprensión intuitiva de que el siglo XX sería el siglo de la imagen. Siguiendo el estilo de la Belle Époque, Cinzano empezó a utilizar carteles, postales y anuncios que aparecían en muchas revistas y periódicos italianos, colaborando con los artistas e ilustradores más famosos de su época.
El caricaturista italiano Leonetto Cappiello, que llegó a París en 1898, se convirtió en una especie de padre de la publicidad moderna y fue el autor de los famosos carteles de Cinzano. Cappiello había revolucionado el arte publicitario al rechazar las florituras del Art Nouveau en favor de imágenes simples, memorables, que capturaían inmediatamente la atención del espectador en un bulevar ocupado.
Los carteles de Cinzano se volvieron iconos de una época. En las paredes de París, Milán, Buenos Aires y tantas otras ciudades, esas imágenes vibrantes proclamaban no solo la excelencia de un producto, sino la alegría de vivir que caracterizaba aquellos años dorados anteriores a 1914. La Belle Époque fue el período de la historia europea comprendido entre el fin de la guerra franco-prusiana en 1871 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, una época de paz y progreso que llegó a su fin de modo repentino.
Los murales de Cinzano se convirtieron en parte del paisaje urbano de la modernidad. En las estaciones de tren, en los tranvías, en las esquinas más transitadas, esas imágenes coloridas anunciaban una nueva era donde el placer se había democratizado, donde el arte bajaba de los museos para instalarse en la calle, donde cada ciudadano podía acceder a un fragmento de la belleza que antes estaba reservada solo para las élites.
Las Heridas de la Historia
El período de «paz y progreso» llegó a su fin de modo repentino con el estallido de la Primera Guerra Mundial en julio de 1914. El cartel ocupó un lugar preponderante en las campañas de propaganda durante la Primera Guerra Mundial, y también Cinzano tuvo que adaptar su comunicación a los nuevos tiempos. En Argentina, la marca adaptó su publicidad europea empleando ilustraciones de escenarios bélicos durante la Gran Guerra.
La guerra transformó todo: los colores vibrantes de los carteles de la Belle Époque dieron paso a tonos más sombríos, las invitaciones al placer se convirtieron en exhortaciones al deber patriótico, y las marcas comerciales tuvieron que aprender a navegar en aguas más turbulentas. Sin embargo, Cinzano sobrevivió a la tormenta, como sobreviven las tradiciones profundas que han echado raíces en el alma de los pueblos.
La Segunda Guerra Mundial representó un desafío aún mayor. La industria italiana se vio sacudida por los bombardeos, las requisiciones, la escasez de materias primas y la interrupción de las rutas comerciales. Pero como un río que encuentra siempre su cauce hacia el mar, Cinzano logró mantener viva la llama de su tradición, esperando tiempos mejores para recuperar su lugar en el mundo.
El Barco que Cruzó el Océano
Mientras Europa se desangraba en las trincheras, del otro lado del Atlántico una nueva historia comenzaba a escribirse. Por influencia de la inmigración italiana, Cinzano se hizo especialmente popular en Argentina a comienzos del siglo XX. En enero de 1891, la compañía se registró en la oficina de Patentes y Marcas de Argentina, y en 1913 se creó la Sociedad Importadora de Productos Cinzano con oficinas en Lavalle y Carlos Pellegrini.
No llegó solo en las bodegas de los barcos: llegó en el corazón de los emigrantes, en sus memorias gustativas, en sus nostalgias líquidas. Cada italiano que pisaba el puerto de Buenos Aires traía consigo el recuerdo del aperitivo dominical en la trattoria del pueblo, el sabor del vermut que acompañaba las charlas interminables de las tardes mediterráneas, el ritual sagrado del brindis que hermana a los hombres más allá de las diferencias.
La empresa llegó a comprar en 1923 una bodega en San Juan, destinada a la elaboración de vinos base para vermú. Era más que una inversión comercial: era un acto de fe en el futuro argentino, la certeza de que esta tierra generosa podía producir los mismos milagros que las colinas del Piamonte. Argentina es actualmente el país que más consume esta marca de vermú, por delante de Rusia e Italia, siendo el principal mercado de consumo de Cinzano a nivel mundial.
Los Domingos de la Patria
En Argentina, Cinzano no fue simplemente adoptado: fue argentinizado. Se volvió parte del paisaje emocional de una nación que se construía a sí misma con el aporte de múltiples tradiciones. Su implicancia en la cultura argentina estuvo impulsada por la gran corriente migratoria italiana que llegó entre 1880 y 1950.
El vermut con soda se convirtió en la banda sonora líquida de los domingos porteños. En los bodegones de San Telmo, en las quintas de Belgrano, en los clubes de barrio de Chacarita, el ritual era siempre el mismo: la botella de Cinzano, el sifón que siseaba su música efervescente, la cuña de naranja que flotaba como un pequeño sol en el vaso, las aceitunas que puntuaban la conversación con su sabor mediterráneo.
Los bodegones costeros inspiraron espacios como Ostende, que invita al encuentro y la nostalgia, con platos basados en recetas de abuelas y una carta de vermutería que, con toques modernos, remite a los aperitivos de los domingos de la casa familiar. Era la hora mágica en que las familias se reunían alrededor de la mesa, cuando los niños jugaban en el patio mientras los adultos resolvían el mundo entre sorbo y sorbo, cuando el tiempo se volvía elástico y generoso, cuando la vida se degustaba con la parsimonia de quien sabe que los verdaderos tesoros no se pueden apurar.
En los pueblos del interior, el vermut marcaba el compás de las tardes de provincia. En Mercedes, en Tandil, en Rosario, en Córdoba, la misma ceremonia se repetía con variaciones locales pero con idéntica devoción. El club social, la confitería de la plaza, el almacén de ramos generales: todos eran templos donde se oficiaba el rito del aperitivo argentino.
La Sinfonía del Sifón
Había una música particular en ese ritual: el gorjeo del sifón al ser apretado, el tintineo del hielo contra el vidrio, el murmullo de las conversaciones que se entrelazaban como melodías en contrapunto. Sifón es un espacio que rinde tributo a la soda, una bebida emblemática en la historia de las familias argentinas y relacionada con la cultura del barrio. El vermut argentino no podía concebirse sin su compañero gaseoso, sin esa efervescencia que hacía burbujear también las charlas, que agregaba una dimensión lúdica a cada encuentro.
Los aperitivos más celebrados incluyen el Vermucito, que lleva Cinzano Rosso, tintura de Chai especiado y soda, y El vermut de la casa, con Cinzano Rosso, soda y limón. Cada barman, cada ama de casa, cada habitué del café tenía su propia versión de la fórmula perfecta, como si el vermut fuera un idioma que cada uno hablaba con su propio acento.
Los domingos se volvieron sinónimo de Cinzano. Era el día en que el tiempo recuperaba su dimensión humana, cuando las agujas del reloj se movían más despacio, cuando las obligaciones cedían paso a los placeres simples. El asado humeaba en el fondo del patio, los chicos correteaban entre las mesas, y los grandes degustaban la vida con la sabiduría de quienes han aprendido que la felicidad no está en los grandes acontecimientos sino en esos momentos suspendidos donde todo parece perfecto.
Los Templos del Encuentro
Los bodegones argentinos se convirtieron en los verdaderos santuarios de la cultura del vermut. Lugares con nombre de tango y alma de barrio: La Favorita, El Chanchito, Los Galgos. En Los Galgos ofrecen «vermut tirado con una choppera», con Cinzano Rosso, una versión de Negroni y Galgos Punkie, acompañado del famoso platito de acero inoxidable Triolé con quesos y fiambres regionales.
Estos espacios guardan la memoria sensorial de una época en que el tiempo tenía otra textura. Las mesas de mármol gastado por millones de codos, las sillas de hierro que conocían la anatomía de varias generaciones, los espejos empañados que habían reflejado rostros de todos los siglos XX. En Villa Devoto, la famosa esquina de Sanabria y José Pedro Varela, fundada en 1927, conserva mesas de billar, una gran barra y salones repletos de reliquias.
Cada bodegón tenía su propia liturgia, sus horarios sagrados, su clientela fiel que llegaba siempre a la misma hora a ocupar la misma mesa. Servían Gancia, Cinzano con Fernet y Martini Rosso y Bianco acompañado de una picada súper especial con encurtidos, salchichas, cazuelas y carnes al escabeche. Era la democracia del aperitivo, donde el obrero y el profesional, el jubilado y el estudiante podían encontrarse en pie de igualdad alrededor de la misma tradición.
El Arte de la Picada
Porque el vermut argentino siempre venía acompañado. La picada no era solo un acompañamiento: era la traducción gastronómica de la hospitalidad criolla, la forma argentina de decir «mi casa es tu casa» sin necesidad de palabras. Sobre la tabla de madera o el plato de loza se desplegaba un universo en miniatura: aceitunas verdes que custodiaban el sabor del Mediterráneo, queso fresco que hablaba de las vacas pampeanas, salame que conservaba los secretos de los inmigrantes calabreses, maní salado que agregaba su nota criolla al concierto de sabores.
La idea de degustar un aperitivo –generalmente con una picadita- es «abrir el apetito» mientras aguardamos, por ejemplo, que el asado esté a punto. Pero en Argentina la picada trascendió su función utilitaria para convertirse en una institución social, en un código de convivencia, en una forma de ritualizar la pausa y convertir la espera en celebración.
Cada región aportaba sus variaciones: en el Litoral se sumaban los chipás y los chorizos criollos, en Cuyo aparecían las aceitunas gordales y el queso de cabra, en el Norte se colaban los tamales y las empanadas salteñas. El vermut funcionaba como un denominador común que unificaba las diferencias regionales bajo el mismo techo de la argentinidad.
Los Nuevos Tiempos
En los años 20 se presentó un nuevo logotipo azul y rojo. Juntos, los dos colores encarnaban las cualidades y la singularidad de la tradición italiana. La barra diagonal ascendente entre ellos se diseñó para representar la trayectoria ascendente de la empresa. Era la década del jazz y los automóviles, de las mujeres con pelo corto y los hombres con trajes de lino, de una modernidad que se abría paso entre las tradiciones sin destruirlas completamente.
Con sus cautivadores anuncios en cine, radio y televisión, Cinzano deslumbró y conquistó a millones de fans. De 1957 a 1980 se crearon más de 230 anuncios de televisión. Los más emblemáticos fueron una serie con Leonard Rossiter y Joan Collins, y los inolvidables jingles de Rita Pavone: «Cin cin Cinsoda…»; así, «cin cin» se convirtió en el brindis de Italia y del mundo.
El «chin chin» había nacido en Italia pero encontró en Argentina su segundo hogar. En los asados de Palermo y en las quintas de San Isidro, en los bodegones de La Boca y en los clubes de Belgrano, ese saludo líquido se volvió parte del vocabulario emocional de los argentinos. Desde entonces, con o sin Cinzano de por medio, cualquier brindis en la mayoría de los países de habla hispana o italiana se propone con esa expresión: ¡Chin chin! Gracias a Cinzano.
El Renacer Contemporáneo
El siglo XXI encontró a Cinzano renovando sus tradiciones sin traicionarlas. El Grupo Campari adquiere la marca Cinzano, que después de 240 años sigue siendo un símbolo de la excelencia italiana. La intención es inspirar una nueva vida a esta marca histórica. Era el momento de los millennials y los centennials, de una generación que buscaba autenticidad en un mundo saturado de artificios, que valoraba las historias reales en una época de relatos fabricados.
Cinzano lanzó Cinzano Segundo, un nuevo vermut elaborado a partir del icónico vino malbec argentino y macerado con hierbas locales, nacido para captar la esencia del país. Era la síntesis perfecta entre tradición e innovación: un producto que honraba los 250 años de historia de la marca mientras abrazaba plenamente su identidad argentina.
Cinzano Segundo es sinónimo de ingredientes de cercanía e identidad argentina, como el vino Malbec comprado a la finca Bodega Amigos de Luján de Cuyo, las naranjas de San Pedro, y el ajenjo de pequeños productores de Salto de Potrerillos en Mendoza. Era el círculo que se cerraba: la marca italiana que había llegado a Argentina en los barcos de los inmigrantes ahora se alimentaba de la tierra argentina para crear algo nuevo, algo que era simultáneamente fiel a sus orígenes y revolucionariamente contemporáneo.
Líder del mercado, con más del 70% del market share de los aperitivos en Argentina, Cinzano propone que el vermut sea declarado de interés cultural. No era solo una estrategia comercial: era el reconocimiento de que ciertas marcas trascienden su condición de productos para convertirse en patrimonio colectivo, en depositarias de la memoria social, en custodias de tradiciones que definen la identidad de un pueblo.
Los Nuevos Templos
La reinvención se está dando en lugares icónicos que buscan generar nuevas experiencias y acercar productos a nuevos públicos. Los bodegones tradicionales conviven ahora con vermuterías de diseño, espacios que reinterpretan la tradición con códigos contemporáneos sin perder el alma que los conecta con sus antecesores.
En el polo gastronómico palermitano se encuentran Desarmadero Bar y Desarmadero Session, reconocidos por su amplia propuesta de cervezas artesanales y su oferta de cócteles, donde el clásico vermut es un ingrediente principal, con alternativas que combinan productos de reconocidas marcas como Cinzano con creaciones especiales.
El consumo en el hogar es una tendencia que vino para quedarse. También, post-pandemia surge con fuerza el ‘tardeo’: frente a la necesidad de cortar el día de trabajo dentro de casa, emerge el deseo de salir de tapas por la tarde. El vermut, con su graduación alcohólica moderada y su carácter sociable, se adaptaba perfectamente a estos nuevos ritmos de vida urbana.
El Idioma Universal del Brindis
Argentina es el país donde más se consume vermut, tradicionalmente tomado con soda, aunque también forma parte de cócteles más clásicos como el Manhattan. Pero más allá de las estadísticas, lo que realmente importa es que en Argentina el vermut se volvió parte del ADN cultural, una tradición que se transmite de generación en generación sin necesidad de manuales ni explicaciones.
Los nietos de aquellos inmigrantes italianos que trajeron el vermut en sus memorias ahora enseñan a sus propios nietos el arte de preparar el aperitivo perfecto. La botella de Cinzano pasa de mano en mano como un testigo en una carrera de relevos donde lo que se transmite no es solo una receta sino una forma de entender la vida, una filosofía del encuentro, una manera de convertir el tiempo en ceremonia.
Todas las tradiciones se renuevan, incluso la de Cinzano. La experiencia e historia son el punto de partida de una nueva generación. Porque las verdaderas tradiciones no son museos inmóviles sino ríos vivos que se adaptan al terreno sin perder jamás su esencia, que incorporan los aportes de cada época sin traicionar su identidad fundamental.
La Persistencia del Ritual
En una época de vértigo digital y conexiones virtuales, el vermut mantiene su capacidad de crear encuentros reales, de generar pausas necesarias, de recordarnos que la vida también se vive en tiempo presente. Además de celebrar el ritual vermutero, en este 2024 vamos más allá y traemos una propuesta distinta, para hacer historia y crear un nuevo clásico para siempre.
El ritual permanece inalterable en su esencia: la hora dorada de la tarde, la mesa compartida, la conversación que fluye sin prisa, el brindis que hermana a los comensales. Cambian los lugares, evolucionan los recipientes, se modernizan las recetas, pero el corazón del aperitivo sigue latiendo con el mismo ritmo que conquistó al mundo hace casi tres siglos.
En los rooftops de Puerto Madero y en los bodegones de San Telmo, en las terrazas de Palermo y en los clubes de provincia, la misma ceremonia se repite con devoción religiosa. Es la hora en que Buenos Aires recupera su alma mediterránea, cuando la ciudad recuerda que antes de ser metrópoli fue puerto de inmigrantes, cuando en cada mesa se vuelve a representar el milagro de la integración que hizo de Argentina el país que es.
El Futuro en una Copa
El consumo de Cinzano en Argentina representa el 50% del total de venta de la marca en el mundo, seguido por Rusia con un 10%. Más que una estadística comercial, esta cifra habla de un fenómeno cultural extraordinario: una marca italiana que encontró en Argentina su verdadero hogar espiritual, una tradición europea que se volvió más argentina que muchas tradiciones nativas.
Los bares que participan de la Semana del Vermut se extienden por todo el país: en Buenos Aires, Santa Fe, y numerosas ciudades del interior. Es la geografía líquida de una pasión nacional, el mapa emocional de un país que adoptó el aperitivo como lengua franca de la sociabilidad.
Las nuevas generaciones descubren en el vermut no solo una bebida sino una actitud ante la vida, una forma de resistir la aceleración del mundo contemporáneo mediante la práctica ancestral de la pausa compartida. En cada sorbo hay una lección de humanismo, en cada brindis una declaración de fe en el valor de los encuentros, en cada aperitivo una celebración silenciosa de todo lo que nos conecta por encima de lo que nos separa.
Epílogo: El Tiempo Suspendido
Al caer la tarde sobre cualquier ciudad del mundo donde se beba Cinzano —y son más de cien países—, se repite el mismo milagro cotidiano. En algún lugar, alguien está levantando una copa hacia la luz, alguien está pronunciando un «chin chin» que resuena como eco de millones de brindis anteriores, alguien está participando sin saberlo en una ceremonia que conecta el presente con el pasado y promete extenderse hacia el futuro.
Porque Cinzano es mucho más que una marca: es la prueba de que ciertas creaciones humanas trascienden su función original para convertirse en depositarias de la memoria colectiva, en custodias de tradiciones que definen quiénes somos y de dónde venimos. En cada botella late el corazón de una época, en cada sorbo se condensa la sabiduría de generaciones que aprendieron que la felicidad no está en los grandes gestos sino en los pequeños rituales que hacen habitable el mundo.
La historia de Cinzano es la historia de cómo un sueño piamontés se volvió patrimonio universal, de cómo dos hermanos del siglo XVIII lograron crear algo que sobrevivió a guerras y revoluciones, a crisis económicas y transformaciones sociales, a la muerte de imperios y el nacimiento de nuevas naciones. Es la historia de cómo una receta secreta se convirtió en idioma común de la humanidad civilizada.
Mientras existan mesas donde se pueda compartir una copa, mientras haya atardeceres que inviten a la pausa, mientras los seres humanos conserven la capacidad de brindar por el simple milagro de estar juntos, el vermut seguirá fluyendo como un río de memoria líquida que conecta el pasado con el presente, Italia con Argentina, la tradición con la innovación, y a cada uno de nosotros con la cadena dorada de quienes supieron que la vida se mide mejor en sorbos compartidos que en años transcurridos.
En el fondo, cada copa de Cinzano contiene la misma promesa que formularon aquellos dos hermanos piamonteses un día de junio de 1757: que es posible concentrar en una botella toda la belleza del mundo, y que esa belleza, compartida, se multiplica hasta el infinito.
Chin chin.
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