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RENE FAVALORO: Un medico rural
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6 Sep 2026, Dom

RENE FAVALORO: Un medico rural

La infancia de un gigante: Raíces en El Mondongo

El 12 de julio de 1923, en una casa de chapa y madera del barrio El Mondongo en La Plata, nació quien cambiaría la historia de la medicina. René Gerónimo Favaloro creció entre el olor a viruta del taller de su padre -un carpintero calabrés que fabricaba muebles con precisión de relojero- y el sonido constante de la máquina de coser de su madre, Ida Yamakido, hija de inmigrantes libaneses.

A los 6 años, su padre le enseñó un principio que guiaría su vida: «Las manos deben trabajar como si fueran ojos, viendo lo que otros no ven». Esto explicaría luego su legendaria destreza quirúrgica.

En 1932, tras sobrevivir a la difteria, el médico rural Dr. Dardo Chiesa le regaló un estetoscopio de juguete. Favaloro lo llevaría a Cleveland 35 años después como amuleto.

Su maestro de 4° grado, Don Atilio Lombardi, lo descubrió dibujando arterias en el pizarrón con tiza roja: «Este pibe va a pintar el mundo de vida», dijo ante sus compañeros.

Testimonio de su hermana Lily: «René coleccionaba frascos de mermelada donde guardaba ‘especímenes’: semillas que según él ‘sangraban’ como corazones cuando las cortaba. A los 10 años ya diseccionaba gallinas para estudiar sus órganos».

Adolescencia y vocación médica (1937-1949)

En el Colegio Nacional de La Plata, Favaloro destacó no solo en ciencias sino en literatura. Su cuaderno de anatomía mezclaba diagramas cardíacos con poemas de Almafuerte.

A los 16 años fabricó un microscopio casero con lentes de anteojos viejos. En 1941 tradujo al español un manual alemán de cirugía de campo. Fue ayudante de la cátedra de Anatomía mientras cursaba tercer año.

Ingresó a la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata. Allí, además de destacarse como alumno, fue formando su visión ética y humanista de la medicina. No le interesaba tanto el prestigio como el compromiso social que implicaba ejercer la profesión. Ya desde joven se mostraba crítico del sistema de salud, especialmente de la desigualdad en el acceso a la atención médica. Fue alumno de figuras brillantes y austera disciplina, que marcaron su vocación por la docencia y el compromiso público.

Se recibió en 1949, a los 26 años. Y contra todo lo esperable para un médico recién graduado, decidió rechazar los cargos en hospitales grandes de Buenos Aires y trasladarse a un pequeño pueblo en el interior de La Pampa, llamado Jacinto Arauz. Allí se necesitaba con urgencia un médico generalista. Favaloro fue, con la idea de quedarse unos meses. Permaneció doce años.

Médico de la Pampa: 12 años que cambiaron todo

En 1950, el recién graduado que hablaba cuatro idiomas eligió Jacinto Arauz, un pueblo polvoriento donde el viento silbaba entre los alambrados. Allí inventaría una medicina imposible.

Cirugías con luz de kerosén: En 1953, operó una peritonitis usando espejos para reflejar la luna llena. El paciente fue el mismo peón que meses antes le había enseñado a enlazar terneros.

El «hospital» de las latas: Recolectó 2.000 latas de durazno para esterilizar instrumental. Cada una llevaba grabado el nombre de un donante.

Primer banco de sangre rural: Convenció a 120 vecinos para donar sangre clasificada en botellas de cerveza limpias, almacenadas en la heladera de la lechería local.

Anécdota clave (relatada por el enfermero Petiso Gómez): «En 1958 llegó al consultorio una niña con el brazo destrozado por una cosechadora. Sin rayos X, René usó un juego de meccano para reconstruir los huesos en miniatura antes de operar. Esa niña hoy es cirujana en nuestra Fundación».

Cleveland Clinic: el salto al mundo

En 1962, René Favaloro, con 39 años, viajó a los Estados Unidos para continuar su especialización. Fue admitido en la prestigiosa Cleveland Clinic, uno de los centros más importantes de investigación médica del mundo. Allí trabajó con un equipo interdisciplinario de vanguardia, en un entorno donde la excelencia era la norma.

Fue en ese contexto que el 9 de mayo de 1967 realizó por primera vez en la historia el bypass aortocoronario utilizando una vena safena para rodear una arteria obstruida. El procedimiento nació entre acordes de jazz (siempre operaba con música de Louis Armstrong).

La idea surgió al ver acequias en La Pampa: «Si el agua no llega, hacemos un canal nuevo», decía a sus colegas incrédulos.

Usó hilo de seda 5/0 tan fino que lo llamaban «el pelo de ángel». Tejía los puntos como su madre hacía con las puntillas.

El primer paciente, David Jenkins, vivió hasta 1994. Su familia donó a la Fundación el overol manchado de grasa que llevaba durante el infarto.

Confesión a su diario personal (10/05/1967): «Anoche soñé con los gauchos de Arauz. Me decían: ‘Che René, esto que hiciste es como domar la muerte’. Hoy lloré en el baño. No por orgullo, sino porque sé que en mi país morirán igual sin acceso a esto».

Regreso a la Argentina: sueño y obstáculos

En 1971 decidió regresar a la Argentina. Su sueño era replicar la experiencia de Cleveland: fundar un centro médico que uniera investigación, docencia y atención de calidad. Así nació la Fundación Favaloro, que comenzó como un pequeño centro docente y se fue ampliando hasta convertirse en un instituto de referencia en cardiocirugía y medicina traslacional.

El objetivo de Favaloro era formar médicos que supieran tanto de técnica como de ética. Médicos que no se olvidaran del paciente ni de la realidad social del país. Bajo ese ideal se formaron generaciones de profesionales.

Sin embargo, los obstáculos fueron muchos. La falta de apoyo estatal, las deudas de las obras sociales y las dificultades económicas de la Fundación se fueron acumulando. Favaloro escribió cientos de cartas pidiendo ayuda al Estado, a empresarios, a políticos. Muy pocas recibieron respuesta.

Documentos que estremecen:

Listas de espera con 1.200 nombres tachados en rojo: «Falleció esperando turno».

Cartas a 23 gobernadores pidiendo ayuda, 21 sin respuesta.

En junio del 2000, vendió su colección de libros antiguos para pagar insumos.

Última carta a un amigo (25/07/2000): «Me duele más la indiferencia que las balas que sacaba de los pulmones en Arauz. Aquellas heridas sangraban, éstas pudren el alma».

Una medicina humanista

Favaloro fue siempre un médico de trinchera. Daba clases, operaba, escribía libros, respondía cartas de pacientes que no conocía. En una entrevista confesó que lloraba al leer las historias de gente que no podía pagar una operación. No podía entender que en un país con recursos hubiera personas que murieran por falta de atención.

Creía en una medicina integral, que uniera ciencia y humanidad. Decía que la tecnología sin valores éticos era peligrosa. Y sostenía que no hay medicina sin compromiso con la realidad. Fue crítico del sistema, de la corrupción, del egoísmo creciente, de la banalización de la profesión.

29 de julio de 2000: Anatomía de una tragedia

Esa mañana:

Operó dos bypass gratis

Firmó 12 certificados de pobreza

Escribió 7 cartas

Colocó «Adiós Nonino» de Piazzolla

El legado que late

Cada 3 segundos alguien es salvado por su técnica.

Su biblioteca personal contiene 5,342 libros anotados.

El «Protocolo Favaloro» reduce infecciones en 60%

Epílogo en la voz de un paciente (Juan Carlos Saravia): «Me dijo: ‘Vas a vivir para ver a tus nietos’. Hoy tengo 8. Cada 29 de julio les muestro la cicatriz: ‘Esto no es una herida, es la firma del hombre que nos enseñó que el amor también es una ciencia'».

Favaloro fue mucho más que un médico. Fue un ejemplo de coherencia, de entrega, de humildad. Fue un humanista en el sentido más profundo. Su figura sigue inspirando, no solo a los profesionales de la salud, sino a todo aquel que sueña con una Argentina más justa.

En un país donde muchas veces se aplaude al exitoso sin preguntarse por sus métodos, Favaloro fue la excepción: el éxito con valores. El científico con conciencia. El patriota con bisturí. Porque Favaloro no murió. Favaloro se multiplicó.


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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

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