Un Huevo, Tres Mil Dólares y la Receta Secreta para Vivir Como Obra de Arte

Había una vez en Buenos Aires —porque estos cuentos siempre empiezan así, como las buenas historias de locos luminosos— un señor que decidió que la vida era demasiado absurda para tomársela en serio. Federico Manuel Peralta Ramos (Mar del Plata, Argentina; 29 de enero de 1939 – Buenos Aires, 30 de agosto de 1992), alias «El niño Federiquito» (como lo llamaba su niñera y el mismísimo Borges) o alias «El gordo» fue un artista argentino, representante del dadaísmo y de la vanguardia de los años 1960. Uno de los personajes más originales y excéntricos de Buenos Aires, él mismo era su obra de arte.
El Peso del Apellido: Una Dinastía Entre Ladrillos y Sueños
Para entender al Gordo Federico hay que empezar por el peso específico de su apellido. No era un peso cualquiera: era el peso de cuatro generaciones de notables que habían moldeado la Argentina con sus propias manos. Patricio Peralta Ramos (Buenos Aires, 17 de mayo de 1814 – Mar del Plata, Buenos Aires, 25 de abril de 1887) fue un comerciante y estanciero argentino, fundador de la ciudad de Mar del Plata sobre terrenos que donó a la Provincia de Buenos Aires. En 1840, a los 26 años, se casó con María Cecilia Rita del Corazón de Jesús Robles Olavarrieta, una chica de 15 años de una tradicional familia porteña, con quien tendría 14 hijos.
El fundador había construido su imperio desde cero, transformando unas tierras baldías junto al mar en una ciudad que se convertiría en el balneario aristocrático por excelencia. En 1860 Patricio Peralta Ramos viajó por primera vez a la zona de Cabo Corrientes, en la costa de la provincia de Buenos Aires, en una galera de la compañía Mensajerías Generales del Sud, en compañía de sus hijos Jacinto y Eduardo. Tenía ojo para los negocios y visión de futuro: donde otros veían dunas y viento, él imaginó hoteles, casino y familias patricias veraneando junto al océano.
Pero el peso del apellido no venía solo del tatarabuelo fundador. Federico Manuel fue uno de los seis hijos de Federico Peralta Ramos y Adela González Balcarce y Bengolea. Su padre, Federico Peralta Ramos Sr., no era exactamente un arquitecto cualquiera: SEPRA fue un prolífico estudio de arquitectos argentino, formado en 1936 por Santiago Sánchez Elía, Federico Peralta Ramos y Alfredo Agostini. Durante sus cinco décadas de existencia, SEPRA diseñó algunos de los edificios más importantes de Buenos Aires: el Hotel Sheraton, la Torre Catalinas, el edificio del diario La Nación. Junto con Aslan y Ezcurra y Mario Roberto Álvarez, son los máximos representantes de la primera camada de arquitectos argentinos desligados de la arquitectura academicista.
El estudio tenía tanto prestigio que cuando necesitaban un socio para proyectos especiales, llamaban a Clorindo Testa. Imaginen el peso de esa tradición familiar cayendo sobre los hombros de un niño que prefería dibujar garabatos a leer planos.
Su madre, Adela González Balcarce y Bengolea, traía su propio linaje ilustre: los González Balcarce habían sido protagonistas de la independencia argentina. Entre fundadores de ciudades por un lado y próceres patrios por el otro, Federico Manuel tenía todo el ADN necesario para convertirse en un perfecto presidente de la Sociedad Rural y porque no de la Republica. Pero el ADN, por suerte, a veces muta.
Los Años de Formación: Entre el Newman y SEPRA
Cursó estudios en el Colegio Cardenal Newman y cursó estudios de arquitectura en la Universidad de Buenos Aires, sin llegar a recibirse. El Newman era (y sigue siendo) el colegio de la elite porteña, donde se forman los dirigentes del mañana entre partidos de rugby y clases de religión. Federico pasó por esas aulas con la misma displicencia aristocrática con la que después pasaría por el resto de la vida: presente en cuerpo, pero con el alma en otra parte.
Cuando llegó el momento de elegir carrera, la presión familiar fue sutil pero implacable. La arquitectura era la profesión dinástica. Trabajó en el estudio SEPRA fundado por su padre junto a Santiago Sánchez Elía y Alfredo Agostini. Imaginen la escena: Federico Manuel, gordo y bohemio, caminando entre los 50 empleados del estudio más prestigioso del país, fingiendo interés por los planos mientras dibujaba poemas en las márgenes de los proyectos.
Su padre no podía soportarlo, un día le dijo «Te doy 300 US$ por mes y te pago el psiquíatra y no quiero volver a verte por aca». Era la versión arquitectónica del destierro: mantenelo, pero que no moleste. Federico tenía su cheque mensual, su libertad, y la bendición paterna para hacer lo que se le diera la gana siempre que fuera lejos del estudio familiar.
Él acudía puntualmente a las sesiones. Le pregunté por qué acudía, hasta que un día descubrí el por qué. Llegaba, saludaba al «loquero», se aproximaba al diván, se bajaba las bombachas (él siempre vestía bombachas de campesino atadas a la parte inferior del tobillo y calzando alpargatas), desvestido, se tumbaba y echaba plácidamente la siesta en los 50 minutos de sesión. Genial: había convertido la terapia en una performance del absurdo, cobrando por dormir la siesta en el diván de un psiquiatra.
Mientras tanto, Diego Peralta Ramos nació en Buenos Aires el 5 de septiembre de 1940 en el seno de una familia donde la arquitectura era la profesión dominante y siguió el camino esperado: se recibió de ingeniero, trabajó en SEPRA, eventualmente dirigiría una de las ramas del estudio después de la separación. Diego era el hijo perfecto; Federico, el lunático adorable. La familia necesitaba ambos: uno para continuar el legado, otro para darle color al árbol genealógico. Si algun productor de Netflix esta leyendo estas lineas, aqui tienen su proxima gran serie de comedia.
El Patito Feo de la Aristocracia
Aunque amaba profundamente a sus padres solía referirse a sí mismo como el patito feo o el loco de la familia y explicaba su rol en tan distinguida estirpe tomando prestado de la psicología social el término chivo emisario. Federico había entendido su función en el ecosistema familiar: era el depositario de todos los impulsos creativos, bohemios y disruptivos que la familia no podía permitirse expresar públicamente.
Esta condición de patito feo parece natural en Federico, cuya obra se encarniza con el status quo, que sería representada por su familia. Sin embargo, sus padres y hermanos lo adoraban, aunque no lo entendieran: «Si bien estaba desconectado de la realidad era mucho más inteligente que todos ellos.
Había una anécdota que pintaba perfecto esa relación ambivalente con su linaje. Un día le dice a un amigo «acompáñame a ver a mi padre» el amigo le contesta «¿para qué voy a ir Federico?», y continuando la marcha, Federico solo responde «acompáñame». Entraron en el estudio de arquitectura del padre progenitor donde trabajaban unas 50 personas. Entra directamente seguido por el amigo, sin dirigir la palabra ni avisar a nadie, ni siquiera a la secretaria ingresa sin más en el despacho del padre, que sorprendido alza la mirada y se les queda mirando como diciendo «estos que quieren». Federico de medio torso, mira al amigo que estaba algo más rezagado y le dice «Dile a mi padre como soy de genial».
Era el eterno adolescente brillante buscando la aprobación paterna, pero a su manera: llevando testigos a constatar su genialidad en el templo mismo del éxito familiar convencional. Ricardo Fort tenia una relacion parecida con su padre, pero de Ricardo hablaremos otro dia.
Federico nació rico. Riquísimo. Condición no obligatoria para un dandy, pero algo más propicia. Y esa riqueza le daba una libertad que pocos artistas de vanguardia podían permitirse: la libertad de fracasar sin consecuencias, de experimentar sin miedo, de convertir su vida entera en una obra de arte total porque tenía la red de contención económica que se lo permitía.
Este dandy marplatense tenía todo para ser un perfecto niño bien de la oligarquía vernácula. Podría haber sido arquitecto, como mandaba la tradición familiar, podría haber jugado polo, podría haber tomado whisky en el Club del Progreso hasta el fin de los tiempos. Pero Federico Manuel tenía otros planes para su existencia. Solia decir: «Pinté sin saber pintar, escribí sin saber escribir, canté sin saber cantar».
Y así, con esa honestidad descarnada que solo tienen los genios y los locos —categorías que en su caso resultaron intercambiables—, el Gordo se las arregló para convertirse en el Marcel Duchamp de los barrios porteños, en un Antonin Artaud criollizado, en una máquina de fabricar asombro y desconcierto a granel.
Los Años de Errancia y Descubrimiento
Durante los primeros años de la década del ’60 se dedica a viajar por América Latina. En esa época también comienza a pintar de manera autodidacta. Era la época de la «errancia», como la llamarían después sus biógrafos: Federico recorriendo el continente con la curiosidad de un antropólogo y la billetera de un heredero, descubriendo que el mundo era mucho más vasto y extraño de lo que podían imaginar desde las terrazas de Recoleta.
Esos viajes lo marcaron profundamente. Conoció la América Latina verdadera, no la de los country clubs y los consulados, sino la de los mercados, los prostíbulos, los cafés de mala muerte y los estudios de pintores bohemios. Volvió a Buenos Aires con una biblioteca visual completamente nueva y la certeza de que el arte no estaba en los museos sino en la vida misma.
Animado por el crítico de arte y director del Museo de Arte Moderno, Rafael Squirru, realiza su primera exposición individual en la Galería Rubbers en agosto de 1960. Squirru había visto algo en esos cuadros que parecían hechos por un amateur genial: una libertad que los artistas «formados» habían perdido en el camino hacia la profesionalización.
Sus primeros trabajos siguen el camino de la abstracción. Allí presenta un conjunto de pinturas próximas a la abstracción lírica, donde las manchas de color intervenidas de modo arbitrario remiten a formas del mundo vegetal. Pero Federico tenía demasiada personalidad para quedarse en los ismos ajenos. Lentamente, sus pinturas se vuelven monocromas, adquieren texturas y mayor carga matérica.
Las Pinturas que Caminan y el Arte de la Destrucción Creativa
En 1963, Germaine Derbecq lo invita a exponer en la Galería Lirolay. Para entonces, Federico ya había desarrollado su estilo inconfundible: pinturas tan espesas que parecían construcciones, tan pesadas que desafiaban las leyes de la física pictórica.
Pero el momento definitorio llegó en 1964. Las pinturas que presenta son gigantescas y extremadamente pesadas, tanto que deben ser expuestas en el piso. Una de las pinturas no pasaba por la puerta, por lo que decide, en un rapto de inspiración (y locura), cortarla al medio con un serrucho y exponerla de ese modo. Con otras obras surgen algunos inconvenientes. Por ejemplo, algunas empiezan a chorrear, la pintura se amontona sobre los soportes y comienza a esparcirse por el suelo, elemento que Peralta Ramos incorporará, sagaz, como parte de su obra. A él lo que le importaba era el concepto, no tenía mayormente apego por la obra, regalaba las cosas», señaló el artista plástico Pedro Roth.
Era pura genialidad conceptual avant la lettre: Federico había descubierto que el proceso de exhibir arte podía ser más interesante que el arte mismo. Que la imposibilidad de transportar una obra era parte de la obra. Que serruchar un cuadro era un gesto artístico en sí mismo.
Sus «pinturas que caminan» —porque literalmente se movían por el piso a medida que la pintura fresca se escurría— fueron el primer signo de que Federico había entendido algo que le tomaría décadas al mundo del arte digerir: que la vida del artista y su obra no eran cosas separadas, que todo podía ser arte si se lo miraba con los ojos correctos.

La Generación Di Tella: El Círculo de los Elegidos
Perteneció a la generación del Instituto Di Tella fue amigo de Roberto Mackintosh, Alberto Greco, Marta Minujín, Edgardo Giménez, Dalila Puzzovio y Jorge de la Vega, de quien interpretaba la canción El Gusanito. El Di Tella era el epicentro de la vanguardia argentina, el lugar donde se cocinaba el futuro cultural del país entre happenings, performances y experimentos que más tarde se exportarían al mundo.
Federico era uno de los personajes más queridos de esa constelación de talentos. Tenía el don de la amistad genuina: no competía con nadie porque había inventado su propia categoría. Mientras Marta Minujín trabajaba con happening y ambientaciones, mientras Jorge de la Vega experimentaba con el pop, Federico simplemente era Federico. Su performance más exitosa era su propia existencia.
Imagíneselo: «Nadie me quiere – Todos me odian – Mejor me como un gusanito – Le corto la cabeza – Le saco lo de adentro – Mmm que rico gusanito!» cantando con Jorge de la Vega en algún bar de la Galería del Este, entre risas y alcohol, creando momentos irrepetibles que después se convertirían en leyenda.
El Instituto Di Tella no era solo un lugar físico; era una actitud ante la vida, una manera de entender que el arte podía cambiar la realidad. Y Federico encarnaba esa filosofía mejor que nadie, porque había logrado que su realidad fuera indistinguible de su arte.
El Huevo de la Discordia
Todo empezó a ponerse lindo en 1965, cuando ganó el Premio Nacional del Instituto Di Tella con la escultura de un huevo gigante hecho de yeso y madera, bautizado con el título perfecto: «Nosotros afuera». La obra combinaba yeso y mampostería, y una cuadrilla de albañiles la terminó de construir a contrarreloj en la sala. Después, el huevo se fue resquebrajando delante del público y, en gesto de performance, fue finalmente destruido con un hacha por un Fedrico desaforado luego de que el jurado lo declarara ganador.
La metáfora no podía ser más perfecta: un huevo gigantesco, símbolo universal del nacimiento y la creación, construido a las apuradas por obreros de la construcción en el mismo templo del arte porteño, destinado desde su concepción a la destrucción. Era como si Federico hubiera encontrado la manera de condensar en yeso y madera toda la filosofía del arte conceptual, décadas antes de que nadie supiera bien qué carajo era eso.
Hay muy poca documentación de la pieza creada por Peralta Ramos para la muestra del Premio Nacional del Instituto Torcuato Di Tella de 1965. Las pocas fotografías en blanco y negro que existen muestran al gran huevo solo con su fabricante, sobre un plinto delgado en el piso de la galería. Pero la leyenda quedó intacta, un mito, como todas las grandes leyendas: imposible de documentar completamente, imposible de olvidar.

La Cena Más Cara de la Historia del Arte Argentino
Si el huevo fue su carta de presentación en sociedad artística, la Beca Guggenheim de 1968 se convirtió en su obra maestra involuntaria. Peralta Ramos recibió la beca Guggenheim, en ese entonces de unos 3500 dolares (hoy seria el equivalente a unos 30.000 dolares). Su propuesta era un inflable que rodeara al mar, pero el artista decidió gastar gran parte del monto en invitar a 25 de sus amigos a una cena en el Alvear Palace Hotel, con baile posterior en la boite África.
Cuando los gringos de la Fundación le pidieron explicaciones, Federico les mandó una carta que debería enseñarse en todas las escuelas de arte del mundo como ejemplo de conceptualismo puro: «Una de las razones que me impulsaron a este tipo de manifestación es la convicción de que ‘la vida es una obra de arte’, por lo que en vez de ‘pintar’ una comida, dí una comida. Mi filosofía consiste en la frase: ‘Siendo en el mundo’. Creo que la aventura del artista es el desarrollo de su personalidad, para obtener la ‘constitución’ del yo»
De esta forma, además de la cena y la noche de baile por valor de 300 dólares, se sabe que Peralta mandó hacerse tres trajes por valor de 500 dólares y pagó unas deudas de 1000 dólares. Con el resto del dinero compró cuadros de amigos artistas y se los regaló a sus padres. Cuando los del Guggenheim le insistieron en que devolviera la plata, Federico contestó con la dignidad de un prócer: «Una organización de un país que ha llegado a la luna que tenga la limitación de no comprender y valorizar la invención y la gran creación que ha sido la forma como yo gasté el dinero de la beca, me sumerge en un mundo de desconcierto y asombro».
No devolvió un peso. La carta de Peralta Ramos se expone hoy enmarcada en la sede neoyorquina de la Fundación Guggenheim.

El Fundador de la Religión Gánica
Como si fuera poco ser un artista conceptual avant la lettre, Federico se las ingenió para fundar su propia religión. Fue además el creador de la religión gánica (hacer lo que uno tiene ganas). Los mandamientos eran simples: hacer siempre lo que uno tiene ganas de hacer. Ni más ni menos. Una teología del deseo que hubiera puesto celosos a los surrealistas.
Se encontraba en su elemento, donde podía manifestar las más excéntricas propuestas, como pararse en una esquina a repartir hojas impresas con los 23 mandamientos de la religión gánica creada por él. Imaginen la escena: un señor gordo, elegante, parado en una esquina de Recoleta repartiendo panfletos de su propia religión como si fuera un evangelista urbano del absurdo.
El Showman de los Años Dorados
Los años 70 lo encontraron instalado en la televisión argentina, entre 1969 y 1992 participó en diversos programas de Tato Bores, actuó en dos películas y en 1970 editó un disco bajo el sello CBS/Columbia. El disco incluía dos joyas del psicodelismo vernáculo: «Soy un pedazo de atmósfera» y «Tengo un algo adentro que se llama el coso». Más psicodélico aún fue el canal de distribución elegido para su venta: las farmacias.
En los programas de Tato, Federico no era solo un invitado: era un fenómeno. Tenía esa capacidad única de los grandes personajes de hacer que lo cotidiano se volviera extraordinario con solo abrir la boca. «Federico era un chico grande, bueno e ingenioso. Creo que lo pinta entero su famosa definición ‘Dios dirige el tránsito’, que uso periódicamente.»
El Maestro de la Literalidad
Federico tenía un talento especial para la literalidad extrema como forma de arte. Maestro de la literalidad, se hizo construir un buzón. No cualquier buzón, «uno idéntico al de la esquina de La Biela». Lo exhibió en una muestra y se lo vendió a la actriz Egle Martin.
Tenía también una relación muy particular con los animales. De su compra del toro campeón charolais en un remate de la Sociedad Rural en 1966 sin tener fondos propios con la idea de exponerlo como obra de arte en el Instituto Di Tella, pero su padre anulo la operación y decidio confinar temporalmente al «loquito» en una clínica psiquiátrica.
El Flâneur de Florida y Recoleta: La Geografía del Genio
La afición que tenía Peralta Ramos por los bares no es un tema menor a la hora de referirse a su vida. Es que, junto con su selecto grupo de amigos, vivía entre el Florida Garden, La Rambla, y La Biela, entre otros lugares que formaban parte de su rutina. Frecuentaba los reductos clásicos de la vanguardia de la época, la Galería del Este, Bar Florida Garden y La Biela.
«Un día, entró a un bar en el que la gente no tenía el menor romanticismo, se puso a cantar ‘La hora de los magos’, de Jorge de la Vega, y la gente lloró. Fue un momento muy especial, porque lograba estos efectos en gente que en la vida se podía pensar que tuviera alguna clase de sentimientos que no sean pragmáticos», recordaba su amigo Pedro Roth.
Era un flâneur de raza, pero un flâneur que transformaba cada paseo en una obra de arte involuntaria, cada conversación en un happening espontáneo. Al mismo tiempo, frecuenta los principales centros de diversión de la noche porteña, cantando y ejecutando performances improvisadas.
Solía regalar frases escritas al pasar en servilletas, declamar poemas a los gritos desde las mesas de los bares y obsequiar con ocurrencias varias a quienes lo acompañaran en ese momento (instant – art). Podía vérselo deambular por Recoleta, en la Galería del Este o en Mau Mau en compañía de artistas como Marta Minujín, Antonio Berni, Moría Casan, Antonio Gasalla o Jorge de la Vega.
«Para mí fue un gran niño de la época de los por qué», explicó Pedro Roth, artista plástico e íntimo amigo. «Como era un tipo grande, hacía preguntas muy inteligentes y era un placer hablar con él. Realmente enriquecía mucho las charlas que uno tenía. Por eso andábamos mucho juntos. Él me llamaba a la mañana temprano y venía conmigo a trabajar, me acompañaba y charlábamos sobre distintos temas, todos los días sobre algo distinto», amplió.
Los poemas de FMPR escritos en servilletas, libretas, cuadernos y cualquier hoja disponible son ahora mismo restaurados, como muestra el documental, para su preservación para el presente y el futuro. La actividad principal de Peralta Ramos es la performance y bien se podría decir que vivía en estado de performance y la conversación misma era un arte para FMPR y sus extravagantes juegos de palabras eran trasladados, también, al papel, como «ahí me gustá acá» o ese hallazgo de «Misterio de Economía» en relación a la cartera de los problemas económicos de la nación.
Era un artista inclasificable, porteño, universal y metafísico. A través de cierta sensibilidad aristocrática y su aguda inteligencia, puede entreverse un linaje que lo emparenta con Macedonio Fernández, Xul Solar, Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Laínez o Adolfo Bioy Casares.
El Arte de Ser Uno Mismo: Las Performances Finales
En los 80, Federico alcanzó la síntesis perfecta de su búsqueda artística. Desde la década de 1970, Peralta Ramos abandonó la pintura. Son de estos años algunos de sus mejores escritos, donde prima la poesía, el juego de palabras, la ironía y su rapidez mental. Lentamente se reforzó la figura de Federico el personaje, la obra de arte en sí misma, como por ejemplo cuando presentó en el CAYC (Centro de Arte y Comunicación) en 1972 «El objeto es el sujeto» donde se mostró a sí mismo como objeto artístico.
En 1986 organiza la ambientación La salita del gordo en el Centro Cultural Recoleta, un espacio diseñado como una sala de espera en el que Peralta Ramos recibe a la gente y conversa con ella. Federico Manuel podía ser el más exquisito e intelectual, el más desenfrenado o el más popular (en relación a sus apariciones en los programas de Tato Bores), así como también podía ser extremadamente sensible y sutil.
Y en 1989, su última exposición fue la definitiva: En la Galería Altos de Sarmiento, en la que se exhibe a sí mismo en una habitación vacía pintada de blanco. Peralta Ramos caminaba por la sala sin hablar. En un momento, el artista rompió el silencio con un aplauso y dijo: «Señoras y señores, esta es mi exposición y ustedes son mi obra de arte».
El Eterno Niño de los Porqué
Federico nunca perdió esa capacidad infantil de hacer las preguntas incómodas, de cuestionar lo obvio, de encontrar poesía donde los demás veían apenas rutina.
«Un día dijo que iba a adelgazar y que ese hecho sería una obra», recordaba Roth. Y no era una pose: era la convicción profunda de que el arte no estaba en los museos sino en la vida misma, en la decisión cotidiana de vivir de manera extraordinaria. ¿Qué era el arte para Peralta Ramos? En la mayoría de los casos, su propia persona
Afirmaba que su trabajo era «ser hijo». Nunca tuvo más plan estético que el de hacer de su vida una obra de arte. No fue un artista programático ni metódico, sino más bien espasmódico y vital.
Los Años Finales: Entre el Despelote y la Melancolía
El 30 de agosto de 1992 muere en Buenos Aires de un paro cardíaco. «Federico se estaba muriendo y su hermano lo subió en el ascensor. Federico preguntó adónde lo estaba llevando y el hermano le dijo que iban al CEMIC para internarlo. Federico le dijo: ‘No me lleves al CEMIC, llevame al Little Company of Mary’, que fue donde internaron a la Coca Sarli». Y esas fueron sus últimas palabras».
Incluso al final, fiel a su genio del absurdo y la asociación poética. Hasta en sus últimos momentos, Federico mantuvo esa capacidad única de encontrar conexiones imposibles entre las cosas más dispares: un hospital, una vedette, y la urgencia de morir en el lugar correcto, como si la muerte fuera también una cuestión de estilo.
Cuando se habla de Peralta Ramos no se lo hace ni con tristeza ni con alegría. Hay una especie de fascinación, mucha sorpresa y mucho respeto por el cierre pícaro del sentido en cada anécdota. «Muchas veces creo que la anécdota más triste es la más cómica y que la más cómica es la más triste», dice Feune de Colombi.

El Legado del Gordito Cósmico: Un Artista Para el Futuro
Su trascendencia ha quedado en la memoria de quienes lo conocieron y los que han oído hablar de sus anécdotas y hazañas. «La obra de Federico es como la carta robada de Poe», nos dice Feune de Colombi. «Es algo que tienes tan delante y es literal que no puedes creerlo, que piensas que te está engañando».
Hoy, cuando Instagram está lleno de gente que quiere convertir su vida en una obra de arte, cuando los influencers descubren que la existencia puede ser performática, cuando el arte conceptual es moneda corriente en las bienales del mundo, Federico Manuel Peralta Ramos aparece como el precursor de todo esto. Pero también como su antítesis: porque él no buscaba seguidores ni likes ni reconocimiento internacional. Buscaba, simplemente, vivir de una manera que le hiciera sentido a él.
En 2003 el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires le dedicó a Federico Manuel Peralta Ramos una Retrospectiva y a finales de 2015, Chus Martínez comisarió la muestra La era Metabólica. De cómo Federico Manuel Peralta Ramos predijo Internet con un huevo en el MALBA (Buenos Aires), en la que venía a afirmar que la célebre obra del artista argentino, Nosotros afuera (1965), venía de alguna forma a anunciar este tiempo nuestro caracterizado por la «abundancia propositiva de ideas y mundos».
«No sé a qué me dedico, me basta ser en el mundo» cantaba en «Soy un pedazo de atmósfera». Y esa frase, casi zen en su simplicidad, resume toda una filosofía de vida.
En un país obsesionado con la épica trágica, Federico eligió la comedia cósmica. En una época que exigía posiciones políticas definidas, él se declaró simplemente «un Peralta Ramos». En un momento histórico que pedía a gritos solemnidad, él respondió con humor y genialidad.
Y esto no debería extrañarnos ya que Federico Manuel Peralta Ramos es un cacho (¡tamaño!) de atmósfera argenta surrealista. Su obra y su vida se fusionan en un continuum infinito y es imposible determinar dónde empieza una y dónde la otra. «Dame una máscara y te diré la verdad», dicen que dijo Oscar Wilde cuando le preguntaron qué era el arte y el Gordo, qué duda cabe, transformó el verbo en arte.
El huevo de Federico se rompió hace décadas, pero sus fragmentos siguen por ahí, desparramados por Buenos Aires, esperando a que alguien los junte y entienda, de una vez por todas, que el arte más puro es el que no se propone serlo.
En mi mente siempre quedaría como epitafio, su sentencia «SI QUERÉS HACER QUE DIOS SE RÍA, CUÉNTALE TUS PLANES».
«Siendo en el mundo», como decía el Gordo. Qué manera tan simple y tan imposible de definir una vida extraordinaria.
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