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Cholets, los Palacios del Altiplano: Cuando el Color Conquistó las Alturas
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7 Abr 2026, Mar

Cholets, los Palacios del Altiplano: Cuando el Color Conquistó las Alturas

Cholets, los Palacios del Altiplano: Cuando el Color Conquistó las Alturas

Una crónica sobre los cholets de Bolivia y la revolución arquitectónica que transformó El Alto


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on las nueve de la noche en El Alto, y el aire cortante del altiplano se filtra por las calles mientras la ciudad despierta de manera paradójica. A 4.000 metros sobre el nivel del mar, donde el oxígeno es escaso pero los sueños abundan, una fiesta de quinceañera está por comenzar en el salón de baile del cholet «Cholet Sentinel Primer». Las luces de neón —verdes esmeralda, naranjas fosforescentes, rosas shocking— bailan sobre una fachada que parece haber sido diseñada por un arquitecto extraterrestre que estudió profundamente los textiles aymaras.

Una cholita baja por la escalera de mármol. Su pollera de lentejuelas refleja los colores caleidoscópicos de las paredes. Cada paso resuena sobre el piso pulido mientras se prepara para celebrar el pasaje de una niña hacia la adultez en un edificio que, él mismo, representa el pasaje de toda una cultura hacia una nueva era de orgullo y poder económico.

Bienvenidos a El Alto, la segunda ciudad más poblada de Bolivia, donde la arquitectura se convirtió en revolución y los colores en bandera de guerra contra siglos de invisibilización.

El Nuevo Mundo en Vertical

Freddy Mamani Silvestre nació en 1971 en Catavi, una pequeña comunidad aymara, en una Bolivia que emergía de décadas de dictadura. Creció como trabajador de la construcción, participando en cerca de cien obras en el área metropolitana de La Paz. Observó el crecimiento vertiginoso de El Alto, vio surgir una nueva burguesía de origen aymara, y entendió que esas familias prósperas necesitaban algo que el mundo arquitectónico tradicional no podía darles: un lenguaje visual que hablara de su identidad, de su triunfo, de su lugar en el mundo.

De su experiencia en las obras y su profunda comprensión de los grupos aymaras, desarrolló una nueva tipología: el cholet. El nombre es un neologismo entre chalet y cholo, palabra con múltiples significados, reapropiada de su sentido negativo que evocaba al descendiente indígena.

Los cholets no son casas. Son declaraciones. Son manifiestos construidos en ladrillo y hormigón, pintados con la paleta cromática de la rebeldía ancestral.

La Geometría de la Memoria

Cada cholet es único, pero todos comparten una estructura funcional que refleja la vida comunitaria andina. El cholet se caracteriza por ser un edificio de 3 a 7 pisos con uso mixto, entre comercial y residencial. El primer nivel se dedica a galerías comerciales, tiendas y restaurantes. Los siguientes dos niveles se destinan a actividades culturales, a menudo con pista de baile pensada para festividades y bodas. Finalmente, los últimos dos o tres niveles son acomodaciones, a veces parcialmente alquiladas pero mayormente habitadas por el propietario del lugar y su familia.

«En la cultura andina decimos que todo tiene vida, también nuestros edificios tienen que tener vida. ¿Eso qué significa? Que tienen que generar dinero», explica Mamani. Esta filosofía andina del edificio como organismo vivo que se sustenta a sí mismo revela una cosmovisión donde la arquitectura no es mero refugio, sino ecosistema económico y cultural.

Pero lo que verdaderamente convierte a estos edificios en íconos es su diseño exterior. La estructura, una mezcla de concreto y relleno de ladrillo, se piensa con anticipación, y la primera parte construida es monocromática. Una vez en la obra, Mamani y los trabajadores dibujan los elementos decorativos coloridos, representando los matices de las culturas andinas.

Los colores no son casuales. Las formas, colores y patrones que usa están inspirados en la historia precolombina de Bolivia. En particular, el aguayo, una tela tejida vibrante de los aymaras —ese pueblo indígena al que Mamani pertenece— inspira los diseños del arquitecto. Los aguayos son muy coloridos con franjas de colores que se alternan y con franjas con figuras simples, con colores intensos, vivos y contrastantes. Predominan los tonos cálidos y tierra, pero combinados con una audacia que los hace resaltar.

El Color como Reivindicación

«Mis diseños son una expresión moderna de nuestra cultura. Desde que Evo Morales [el primer presidente indígena del país] llegó al poder, las cosas han cambiado mucho. Nos sentimos orgullosos de ser aymaras», declaró Mamani en una entrevista con The Guardian.

La conexión entre el ascenso político de Morales y el florecimiento de los cholets no es coincidencia. Las políticas económicas de Morales, como la nacionalización de los hidrocarburos, fueron fuentes del crecimiento y florecimiento económico de El Alto y de Bolivia en general. Se dice que, debido a estos factores, ha habido un surgimiento de la burguesía aymara.

«No es que antes no hubiera dinero o no hubiera gente con dinero: es que no tenían forma de mostrarlo. Ahora esta arquitectura neoandina les provee de un lenguaje con el que antes no contaban», reflexiona Freddy Mamani.

Esta arquitectura funciona como acto de descolonización visual. Durante siglos, la palabra cholo se utilizó en términos despectivos para referirse al mundo mestizo e indígena. Los cholets toman esa palabra, la fusionan con el concepto europeo de chalet, y crean algo enteramente nuevo: palacios que celebran precisamente aquello que antes era motivo de vergüenza social.

La Ciudad que Creció Hacia el Cielo

El Alto se creó el 6 de marzo de 1985 y se elevó a rango de ciudad en 1988. Proyecciones poblacionales al 2018 señalaron que el municipio tenía 922.598 habitantes, y se prevé superar los 1,5 millones de habitantes según el Censo de 2024. Es una ciudad que literalmente nació de la migración del campo a la ciudad, construida por gente que llegó con las manos vacías y se convirtió en comerciantes prósperos.

«El Alto yo la considero una ciudad de crecimiento pujante, porque apenas tiene 39 años y ya es la segunda ciudad más poblada de Bolivia. Sus ciudadanos son migrantes del campo a la ciudad. De las 36 nacionalidades que tenemos, esta ciudad se ha conformado de habitantes de la cultura aymara en su gran mayoría», explica Mamani.

«La ciudad no tenía una identidad arquitectónica definida. Las casas eran todas en color ocre, muy apagadas. En un principio, hechas de barro, con su color tierra, y luego, pasaron al ladrillo». Fue en este paisaje monocromático donde los cholets irrumpieron como explosiones de color y orgullo.

Escándalo y Fascinación

Algunos arquitectos no desean reconocer a Mamani como arquitecto sino más bien como decorador. Estas críticas son en realidad a menudo un pretexto para no reconocer la arquitectura contemporánea independiente que destaca a los pueblos indígenas que han alcanzado un nuevo estatus social.

«Mi forma de construir ha sido también una provocación a la academia local. He sido muy criticado acá en Bolivia, al mismo tiempo en que era felicitado por academias y colegas del extranjero», confiesa Mamani.

La resistencia local contrasta con el reconocimiento internacional. En el otoño pasado, Mamani construyó un salón de baile en París como obra inaugural de la exposición sobre arte y arquitectura latinoamericanos en la Fundación Cartier. «Ha salido en la BBC, NBC, NYTimes, New Yorker. Hasta en medios japoneses y de países árabes».

Aunque muchos occidentales hacen comparaciones con Las Vegas, Mamani aclara que las formas, colores y patrones que usa están inspirados en la historia precolombina de Bolivia. La diferencia es fundamental: mientras Las Vegas usa el espectáculo como escapismo, los cholets usan el espectáculo como reivindicación histórica.

La Arquitectura de la Resistencia

Mamani ha construido más de cien cholets, la mayoría en El Alto. Ahora existen cholets en varias ciudades de Bolivia. También en Juliaca (Perú). Y han surgido proyectos en New Jersey. Este estilo ya no es de un solo hombre, están emergiendo copias en El Alto y otras ciudades del país, difundiendo este estilo neoandino que afirma a viva voz el nuevo lugar de las poblaciones indígenas en la sociedad boliviana.

Los cholets representan algo más profundo que una moda arquitectónica. Son la materialización física de una revolución cultural silenciosa pero imparable. En una región donde durante décadas las poblaciones indígenas, pese a representar una parte importante de la población del país (cerca del 40%), fueron relegadas lejos de la sociedad, sin consideración, privadas del poder económico, estos edificios funcionan como faros de un nuevo tiempo.

«Con esta arquitectura, de alguna manera, mi sociedad se muestra con más orgullo a través de sus edificaciones. Entonces, hay gente que puede decir sin problemas ‘yo soy esto; tengo dinero y soy capaz de mostrarme a través de lo que tengo'», concluye Mamani.

El Futuro que Ya Llegó

Mientras la cholita continúa bajando por la escalera de mármol de ese cholet en El Alto, mientras los colores de neón compiten con las estrellas del altiplano, algo histórico está sucediendo. Los cholets no son solo arquitectura; son la prueba construida de que es posible crear modernidad sin renunciar a la identidad, de que es posible ascender socialmente sin blanquearse culturalmente, de que es posible habitar el futuro desde las raíces más profundas.

En el aire enrarecido de El Alto, donde cada respiración es un acto de resistencia, los cholets se alzan como catedrales de una nueva época. Una época donde el color venció al silencio, donde la geometría ancestral conquistó el hormigón contemporáneo, donde la palabra «cholo» se transformó de insulto en palacio.

Los cholets son, finalmente, la prueba de que cuando los pueblos abrazan su poder sin pedir disculpas, el mundo entero se detiene a admirar lo que son capaces de crear. Y en El Alto, a 4.000 metros de altura, el futuro de América Latina ya tiene color, ya tiene forma, ya tiene voz. Ya tiene casa.


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By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

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