VITA:
El último rey del slapstick: Auge, caída y sombras de Benny Hill y su incómodo legado
VITA Banner
9 Ene 2026, Vie

El último rey del slapstick: Auge, caída y sombras de Benny Hill y su incómodo legado

El último rey del slapstick: auge, caída y sombras de Benny Hill y su incómodo legado

El ventilador gira lento sobre la picada

U

na noche de verano en Buenos Aires a mediados de los 80´s, la televisión encendida, el ventilador de techo girando lento sobre una mesa con una picada: queso Mar del Plata, salame tandilero, jamón cocido, aceitunas negras. Cerveza fría y risas compartidas. De pronto, la voz de Ernesto Frith irrumpe con su frase inolvidable: «El show de Benny Hill»… Esa voz grave, inconfundible, que anunciaba el comienzo de media hora de persecuciones aceleradas, palmadas en cabezas calvas, música de Yakety Sax y una comedia que, vista hoy, resulta tan problemática como nostálgica.

Era 1983 cuando Canal 11 comenzó a transmitir el programa en Argentina, justo después de la Guerra de Malvinas. El dictador Galtieri había ordenado sacarlo del aire por venir del «país enemigo», pero el rating fue más poderoso. Y así, durante casi una década ininterrumpida, millones de argentinos crecimos viendo a ese gordito inglés de cara pícara perseguir y ser perseguido por mujeres en bikini, mientras el pequeño Jackie Wright recibía cachetazos en su calva brillante.

YouTube player

De Southampton al mundo: la construcción de un rey sin corona

Alfred Hawthorne Hill nació el 21 de enero de 1924 en Southampton, en una familia donde el espectáculo corría por las venas como una maldición hereditaria. Su abuelo Henry había sido payaso de circo entre 1890 y 1910, haciendo reír a la gente con caídas ensayadas y trucos de music hall. Su padre Alfred también había probado suerte bajo la carpa, entre malabares y grasa de maquillaje. El pequeño Benny creció entre bambalinas invisibles, aprendiendo desde los ocho años cómo cronometrar una caída, cómo convertir un tropiezo en arte.

Antes de ser Benny Hill —nombre que tomó en honor a su ídolo Jack Benny—, Alfred fue lechero en Eastleigh, manejando un carro tirado por caballos en las madrugadas heladas de Hampshire. Fue chofer, operador de puentes, baterista ocasional. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en el ejército británico, primero como mecánico en el Royal Electrical and Mechanical Engineers, luego en la división de entretenimiento de las fuerzas armadas, donde conoció a su futuro agente, Richard Stone.

La BBC lo rechazó brutalmente en 1947. Un informe demoledor decía: «No me hizo reír en absoluto, y para un comediante eso no es muy bueno». Pero Hill era terco como mula. Entendió antes que nadie que la televisión sería el nuevo music hall, que devoraría material cómico como una bestia hambrienta. Mientras otros comediantes repetían el mismo acto toda la vida, él escribió cientos y cientos de sketches, preparándose para el futuro.

El nacimiento de un imperio cómico

El 15 de enero de 1955, la BBC transmitió el primer episodio de The Benny Hill Show. Fue el comienzo de una era que duraría 34 años y conquistaría 109 países. El programa era una mezcla imposible: slapstick puro, parodias de películas, música, travestismo descarado, persecuciones a velocidad acelerada y ese guiño cómplice a cámara que se convirtió en su marca registrada.

En 1969, el show pasó de la conservadora BBC a Thames Television, y fue entonces cuando explotó la fórmula que lo haría inmortal y maldito a la vez. Hill tenía control total sobre su programa. Escribía los sketches, componía las canciones, dirigía las escenas. Era un obsesivo del detalle, un perfeccionista que podía pasar horas ajustando un gag de tres segundos.

Su elenco regular era un circo de personajes entrañables: Henry McGee, el hombre serio que ponía orden en el caos; Bob Todd, el actor versátil que podía ser desde un vicario hasta una dama victoriana; y sobre todo, Jackie Wright, ese duende calvo de 1,50 metros que recibía más golpes en la cabeza que un muñeco de práctica de boxeo. Wright, un irlandés que había sido «The Bald Bombshell» en los años 30, se convirtió en el compañero perfecto de Hill, su Sancho Panza en miniatura.

Y estaban las Hill’s Angels, introducidas en 1980 como respuesta al éxito del programa en Estados Unidos. Sue Upton, Louise English, y un desfile de bellezas británicas que corrían en bikini mientras los viejos verdes las perseguían al ritmo de Yakety Sax, esa melodía compuesta por Boots Randolph que se convirtió en sinónimo universal de persecución cómica.

El conquistador tímido

Lo paradójico de Benny Hill es que el hombre detrás del personaje era exactamente lo opuesto a lo que mostraba en pantalla. Mientras su alter ego televisivo perseguía mujeres con lujuria desbordada, el verdadero Alfred Hill era un solitario patológico que vivía como un monje en un departamento de dos ambientes en Queen’s Gate, Londres, que alquiló durante 26 años sin jamás comprar una propiedad.

Era un tacaño legendario. A pesar de ganar millones —su fortuna al morir se estimó en 10 millones de libras—, nunca tuvo auto, viajaba en transporte público, comía en los lugares más baratos. «Podría permitirme un Rolls Royce bañado en oro, pero prefiero caminar», decía. Sus amigos contaban que encontraban pilas de cheques sin cobrar tirados por su departamento, como si el dinero fuera papel de diario viejo.

Propuso matrimonio tres veces en su vida y fue rechazado las tres. Una de ellas, según confesó después la actriz australiana Annette Andre, fue a principios de los años 60. Hill nunca se recuperó de esos rechazos. Se refugió en su trabajo, en sus viajes solitarios a Francia —era francófilo empedernido y hablaba el idioma perfectamente—, en su rutina inmutable de escribir sketches en servilletas de papel.

Charlie Chaplin y el reconocimiento inesperado

Quizás el momento más importante en la vida de Benny Hill no fue ningún premio ni récord de audiencia, sino una invitación a Suiza en los años 70. La familia de Charlie Chaplin lo convocó a su casa en Vevey. Hill, que había idolatrado a Chaplin desde niño, descubrió con asombro que el genio del cine mudo tenía una colección completa de sus programas en video. Hill y su productor Dennis Kirkland fueron las primeras personas fuera de la familia en ser invitadas al estudio privado de Chaplin.

«Hacía falta alguien como Benny Hill para renovar el slapstick», había dicho Chaplin. Para Hill, que toda su vida había sido menospreciado por la crítica británica, esa bendición del maestro valía más que todos los premios BAFTA del mundo.

El éxito americano y el principio del fin

En 1979, The Benny Hill Show llegó a Estados Unidos y fue un fenómeno instantáneo. Se transmitía dos veces por noche de costa a costa. Una vez estalló un motín en una cárcel de California cuando los prisioneros no pudieron ver el programa. Un jefe de la mafia accedió a hacer un documental con Thames Television solo si conseguían que Benny Hill actuara en su casino de Las Vegas.

Pero mientras conquistaba América, en Inglaterra comenzaba su caída. Los años 80 trajeron una nueva generación de comediantes —los «alternative comedians»— que veían en Hill todo lo que estaba mal con el humor británico. Ben Elton, el abanderado de esta nueva ola, fue particularmente cruel. En una entrevista, implicó que el humor de Hill mitigaba incidencias de asalto sexual contra mujeres. Lo llamó «un viejo verde sucio, arrancándole la ropa a chicas núbiles mientras las persigue por un parque».

Mary Whitehouse, la cruzada moral de la televisión británica, lo atacaba constantemente. Las feministas lo señalaban como el ejemplo perfecto del machismo televisivo. Hill no entendía las críticas. «Nunca entiendo por qué me llaman sexista. ¿Qué significa?», preguntaba con genuina confusión. Para él, su humor era inocente, una continuación del music hall y las postales pícaras de los balnearios británicos.

La cancelación y el golpe mortal

En mayo de 1989, Thames Television tomó la decisión que firmaría la sentencia de muerte de Benny Hill: cancelaron su programa. John Howard Davies, jefe de entretenimiento de Thames, dio tres razones: «Las audiencias estaban bajando, el programa costaba una vasta cantidad de dinero [450,000 libras por episodio], y él (Hill) se veía un poco cansado».

Fue un golpe del que Hill nunca se recuperó. Después de 34 años, después de haberle generado 100 millones de libras a Thames Television, lo descartaron como un juguete roto. Años después, ejecutivos de Thames admitirían que cancelar el show de Benny Hill fue «uno de los peores errores que jamás cometieron».

Hill intentó reinventarse. Filmó un especial en Nueva York en 1991. Negociaba nuevos contratos. Pero su salud, minada por décadas de obesidad y soledad, comenzó a fallar. En febrero de 1992 sufrió un infarto. Los médicos le recomendaron un bypass coronario. Se negó. Una semana después, le diagnosticaron insuficiencia renal. También rechazó la diálisis.

La muerte más solitaria del showbusiness

El 20 de abril de 1992, Benny Hill murió solo en su departamento de Teddington, sentado en su sillón favorito frente al televisor encendido. Tenía 68 años. Su cuerpo no fue descubierto hasta dos días después, cuando Dennis Kirkland, preocupado por no poder contactarlo, escaló hasta su ventana del tercer piso y lo vio a través del vidrio. El cuerpo estaba azul, hinchado y distendido, con un hilo de sangre seca que había salido de uno de sus oídos.

Alrededor del cadáver había platos sucios, vasos vacíos, pilas de videocasetes y papeles desperdigados. En algún lugar entre ese desorden llegó por correo un nuevo contrato de Central Independent Television para hacer una nueva serie de especiales. Llegó el mismo día de su muerte.

La ironía final vino con su herencia. Hill había escrito su testamento en 1961, dejando todo a sus padres. Como habían muerto hacía años, y sus hermanos Leonard y Diana también habían fallecido, los 7.5 millones de libras fueron a parar a siete sobrinos, varios de los cuales nunca había conocido. Había un segundo documento donde supuestamente dejaba dinero a sus verdaderos amigos —Sue Upton, Dennis Kirkland, Louise English—, pero nunca fue firmado correctamente y no tuvo validez legal.

En octubre de 1992, ladrones profanaron su tumba en el cementerio de Hollybrook, buscando el oro y las joyas con las que supuestamente había sido enterrado. No encontraron nada. Tuvieron que volver a enterrarlo y cubrirlo con una losa de concreto de media tonelada, igual que su ídolo Chaplin, cuyo cuerpo también había sido robado años antes.

El debate eterno: ¿Era arte o era basura?

Hoy, más de 30 años después de su muerte, Benny Hill sigue siendo un tabú en Gran Bretaña. «En Gran Bretaña, Benny Hill es tabú», escribió su biógrafo Mark Lewisohn. Su programa no se ha vuelto a transmitir en televisión terrestre británica desde 1992.

¿Era Hill un genio incomprendido o un viejo verde que se salió con la suya durante demasiado tiempo? La respuesta probablemente esté en algún punto intermedio, en esa zona gris donde habita todo el arte popular que envejece mal.

Lo que es innegable es su influencia. Sin Benny Hill no existirían Los Simpson (Matt Groening lo citó como influencia), ni Mr. Bean, ni Little Britain. Su estilo de edición rápida y música sincronizada con la acción visual anticipó los videos musicales y, décadas después, los memes de internet. Cualquier video gracioso acelerado con música cómica es, en esencia, un sketch de Benny Hill.

El novelista Anthony Burgess, nada menos, lo defendió como «un genio cómico empapado en la tradición del music hall británico» y «uno de los grandes artistas de nuestra época». Michael Jackson lo visitó en el hospital poco antes de morir (Jackson había sido fan desde los años 70). Snoop Dogg se declaró admirador en 2011.

El espejo incómodo

Quizás lo más perturbador de Benny Hill no sea su humor sexista, sino lo que su éxito dice sobre nosotros como audiencia. Durante décadas, millones de personas en todo el mundo se rieron con sus sketches. En Argentina, familias enteras se reunían para verlo, incluyendo niños que no entendían los dobles sentidos pero se reían con las persecuciones.

¿Éramos todos machistas? ¿O había algo más, algo en la inocencia casi infantil de Hill, en su cara de pícaro bonachón, que lo hacía parecer inofensivo? Sus defensores argumentan que las mujeres siempre ganaban en sus sketches, que Hill siempre terminaba humillado, golpeado, rechazado. Que el verdadero blanco de la burla era el hombre lujurioso y patético, no las mujeres.

Pero eso es quizás racionalizar demasiado. La verdad es que nos reíamos porque era gracioso, punto. Y ahí está la incomodidad: reconocer que algo que hoy consideramos inaceptable nos causó genuina alegría. Es más fácil cancelar a Benny Hill que admitir que fuimos cómplices.

El último sketch

En 2006, Channel 4 británico hizo un experimento: mostró una compilación de sketches de Benny Hill a un grupo de jóvenes que nunca había visto su programa. Ninguno se sintió ofendido. El sketch más popular fue «Wishing Well», una pieza silente sin contenido sexual. Hasta Ben Elton, su gran crítico, admitió ser admirador de su talento como performer.

Tal vez esa sea la tragedia final de Benny Hill: que detrás del payaso perseguidor de mujeres había un artista genuino, un heredero legítimo de Chaplin y Keaton, que se perdió en su propia fórmula de éxito. Un hombre que podía hacer reír sin palabras, solo con una mirada, un gesto, un timing perfecto, pero que eligió —o el mercado eligió por él— el camino fácil de las tetas y los culos.

Hill murió como vivió: solo, incomprendido, atrapado entre dos mundos. Demasiado vulgar para los intelectuales, demasiado anticuado para los modernos, demasiado británico para ser universal, demasiado universal para ser británico.

Y sin embargo, ahí sigue, inmortal en YouTube, en gifs, en memes. Cada vez que alguien acelera un video y le pone música cómica, Benny Hill resucita. Cada vez que alguien hace una broma de doble sentido, su fantasma sonríe. Cancelado pero no olvidado, muerto pero no enterrado del todo.

El ventilador sigue girando

Vuelvo a esa noche de verano en Buenos Aires. La picada se terminó, la cerveza está tibia, pero en algún lugar de la memoria sigue sonando Yakety Sax. Ernesto Frith murió en 1995, apenas tres años después que Hill. El Canal 11 ya no existe, ahora es Telefe. Las Hill’s Angels envejecieron, Jackie Wright murió en 1989, Bob Todd en 1992, Henry McGee en 2006.

Pero el sketch continúa. En algún lugar, en algún momento, alguien está viendo a Benny Hill por primera vez y riéndose, sin saber nada sobre debates de género o corrección política. Y en ese momento de risa pura, inocente, tal vez esté la única verdad que importa sobre Benny Hill: hizo reír a millones.

¿No es eso, al final, lo único que un payaso quiere?

El ventilador sigue girando lento sobre la mesa vacía. En la televisión, nada. Pero si escuchás con atención, todavía podés oír el eco de esas risas, mezcladas con la vergüenza y la nostalgia, como el sabor agridulce del último trago de una cerveza que se calentó demasiado.

Benny Hill sigue ahí, congelado en el tiempo, persiguiendo y siendo perseguido, en un loop eterno de comedia y tragedia, en ese limbo donde van a parar los artistas que el tiempo no perdona pero tampoco puede olvidar.

Y quizás esa sea su condena perfecta: ser eternamente el rey de un humor que ya nadie se atreve a defender, pero que secretamente, en la soledad de sus computadoras, millones siguen mirando.

 


Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Avatar de Gavroche

By Gavroche

Entre el Río de la Plata y el Mediterráneo, alguien recoge las palabras que caen de los bolsillos rotos de la historia. Obrero de VITA, aprendiz de lo invisible. Sus manos conocen el trabajo honesto: diseñar cuando hay que diseñar, escribir cuando hay que escribir, callar cuando hay que escuchar. No firma contratos con el olvido. Camina las calles de dos ciudades que lo toleran: Buenos Aires, Barcelona. Como el Gavroche de Victor Hugo, conoce los atajos donde la verdad se esconde del poder. No es héroe ni pretende serlo. Solo un cronista de barricadas cotidianas. "Je suis tombé par terre, c'est la faute à Voltaire". Cae, se levanta, sigue.

Deja un comentario

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo